 |  |
PIEDRA
DE TOQUE
Gente
de Bagdad
El
capitán Nawfal Khazal Aied Abdala Al-Dolame es un hombre alto,
serio, escurrido, de ademanes elegantes y cara de pocos amigos. Estudió
en la Academia Militar de Al Amiriya, en las afueras de Bagdad, y desde
que se graduó pasó varios años en el Ministerio
de Defensa. Pero cuando las cosas se pusieron bravas para el régimen
fue destacado a un batallón de combatientes y estuvo en Basora,
resistiendo a los soldados británicos de la coalición.
Luego, su batallón se retiró hacia Bagdad y allí,
al igual que en otros cuerpos del Ejército iraquí, sus
jefes decidieron que era inútil oponer resistencia a los norteamericanos
y despacharon a oficiales y soldados a sus casas. En su hogar se enteró
el capitán que la CPA (Coalition Provisional Administration),
que preside el embajador Paul Bremer, había licenciado al casi
medio millón de hombres de las Fuerzas Armadas de Sadam Husein
y que era un desempleado. Desde entonces, se gana la vida como guardaespaldas,
profesión que, dada la anarquía generalizada de este país
sin Estado, ni servicios, ni policía, ni autoridad y miríadas
de Ali Babás, se ha vuelto muy solicitada.
Armado de una pistola (autorizada por la CPA) y por la módica
suma de cien dólares me sigue por donde voy como una sombra.
Como guardaespaldas, es de una inutilidad encantadora. La única
vez que sus servicios fueron necesarios, en la mezquita del Imán
Alí, en la ciudad sagrada para los chiítas- de Najef,
donde un creyente exaltado intentó agredir a mi hija Morgana,
que con irresponsabilidad característica tomaba fotos en medio
de la masa de fieles ululantes, sólo atinó a llevarse
las manos a la cabeza y a lamentarse de semejante manifestación
de fanatismo e incultura. Fueron otros creyentes los que salvaron la
cara de Morgana del manazo que le iba dirigido. Pero el capitán
de nombre interminable Nawfal Khazal Aied Abdala Al-Dolame- a
mí me cae muy bien. Sin que su cara dura de Fierabrás
se altere lo más mínimo, suelta de pronto barbaridades
de este calibre: Soy musulmán de noche y de día
cristiano, para así poder tomarme una cerveza helada. Lo
comprendo y lo apruebo: no hay trasgresión que un bípedo
normal no esté dispuesto a cometer para aplacar de algún
modo este infierno de 50 grados a la sombra que es la capital de Irak.
El hijo de sadam
El capitán conoce muchas historias de Uday, el hijo de Sadam
Husein que ha robustecido extraordinariamente la tradición según
la cual los hijos de los grandes sátrapas suelen superar en iniquidades
y crímenes incluso a sus progenitores. Las historias que oigo
a diario sobre los vástagos del dictador iraquí me recuerdan,
como una pesadilla recurrente, las que oía en la República
Dominicana, sobre los hijos del Generalísimo Trujillo. Pero sospecho
que Uday batió incluso el récord de Ramfis y Radhamés
Trujillo, por ejemplo, haciendo devorar por una jauría de perros
bravos al Ministro de Salud del régimen, el Dr. Raja, que era,
como Sadam Husein, oriundo de Tikrit. La historia que el capitán
conoce de cerca tiene como protagonista a una muchacha muy bonita, nacida
en Samarra, de una familia íntima de la suya, que se ganaba la
vida como maestra y cuyo nombre me oculta por pudor. Uday la vio en
la calle, cuando la chica iba rumbo a la escuela. Ordenó a sus
guardaespaldas que se la llevaran y cargó con ella a uno de sus
palacios, donde la muchacha estuvo a su merced, cerca de dos meses.
Cuando la dejó partir, la familia, avergonzada, se trasladó
con ella a Mosul, donde vive todavía. El capitán me asegura
que la cifra de por los menos 300 mujeres secuestradas de este modo
por el psicópata criminal que era (que es, pues todavía
anda prófugo) Uday Husein, es un cálculo absolutamente
realista.
A pesar de no hablar árabe, yo entiendo todo lo que oigo a mi
alrededor gracias al traductor de lujo que tengo: el Dr. Bassam Y. Rashid.
Es profesor de la Universidad de Bagdad y dirigió en un tiempo
el Departamento de Español, que tiene más de 800 alumnos.
Se doctoró en la Universidad de Granada, con una edición
crítica de un tratado de astrología de Enrique de Villena,
que le tomó siete años de trabajo erudito y feliz. Allí
nació su hijo Ahmed, quien vive todavía soñando
con su infancia granadina como otros sueñan con el paraíso.
En la modesta vivienda del profesor, el joven Ahmed ha convertido su
cuartito en una especie de santuario, con fotos de los Reyes y lugares
de España cuya geografía e historia sabe de memoria
y repite como un mantra- así como otros jóvenes de su
edad empastelan sus paredes con artistas de cine o roqueros de moda.
El profesor Bassam Y. Rashid fue misteriosamente llamado un día
por Sadam Husein para que le sirviera de intérprete cuando vino
a visitarlo el comandante Hugo Chávez, el demagogo que gobierna
Venezuela, y estoy seguro que de ese trabajo debe guardar anécdotas
sabrosas. Pero no lo interrogo al respecto porque, conociéndolo,
sé que guardará el secreto profesional más estricto
y no abrirá la boca.
Porque el profesor Bassam es una de esas personas decentes que son la
reserva moral de un país, a las que las dictaduras frustran y
arruinan, pero que son capaces de sobrevivir con sus valores morales
intactos a la vileza, al miedo, a la corrupción, a la estupidez
que el tirano propaga en torno, emponzoñando hasta el aire que
todos respiran.
En estos diez días que hemos compartido no lo he oído
quejarse una sola vez de los infinitos padecimientos de que es víctima,
como casi todos sus compatriotas: la total inseguridad, la incertidumbre,
la falta de luz, de agua, de autoridades, el avance terrorífico
de las basuras por todas las calles y veredas, el caos reinante, la
penuria económica, los atentados terroristas que se multiplican
cada día, los atracos callejeros. La única vez que le
vi la cara descompuesta por la tristeza fue mientras me mostraba las
bibliotecas y las aulas saqueadas y carbonizadas de la Universidad donde
se ha pasado la vida, en la orgía vandálica que se apoderó
de Bagdad a la caída del régimen de Sadam Husein y destruyó
literalmente, entre otras miles de instituciones, viviendas y locales,
las cinco universidades de la capital iraquí.
Pero él no se da por vencido. La libertad siempre es buena, aunque
haya que pagarla cara, dice, y no pierde las esperanzas de que Irak
sea un día un país libre, moderno y democrático,
como España (son sus palabras). En su muy modesta
vivienda del barrio de Al-Magreb, él y su esposa me reciben con
la magnificencia de las Mil y una Noches, en la mejor tradición
de la hospitalidad árabe, aunque ello les signifique, me temo,
tener que ayunar luego varias lunas. Si, por casualidad, alguno de estos
días las circunstancias de la vida lo traen a Bagdad, procure
conocer al Dr. Bassam Y Rashid, porque solo hablar con él unos
minutos le levantará el ánimo.
Y, después, dese una vueltecita por el viejo centro de la ciudad
y vaya a la Torre del Reloj, a orillas del Tigris. No para gozar del
espectáculo de los jardines del antiguo edificio que fue sede
del Gobierno en los tiempos de la monarquía, donde fue coronado,
en 1922, el Rey Faisal I. Todo eso ha sido destrozado y volatilizado
por los Ali Babás. Y los saqueadores, no contentos con llevarse
las ventanas, las puertas, las vigas, los fierros, las baldosas de la
histórica construcción, lo que no consiguieron arrancar
lo desportillaron, quebraron, desventraron y astillaron, de modo que,
allí, tendrá usted la impresión de estar pisando
lo que fue el epígono de un devastador terremoto. No. Peregrine
usted hasta allí porque, como me ocurrió a mí,
es muy posible que se dé de bruces con el simpático y
afable Jamal N. Hussein, un bagdadí cuarentón, pequeñito
y formal, que trabaja en la Biblioteca del Museo Nacional y saborea
el inglés como si fuese azúcar. Es efusivo y estará
encantado de contarle su historia. El vivía allí, en los
altos de un local contiguo a la gobernación. Cuando estallaron
los saqueos, estaba en la calle y corrió hacia aquí, pensando
en su departamento. Cuando llegó, acezante, los Ali Babás
ya habían dado cuenta de todas sus pertenencias sus libros,
sus ropas, su música- y estaban prendiéndole fuego. Desde
estos jardines vio cómo el humo daba cuenta de todo lo que no
le habían robado.
Dolorosa destrucción
Pero,
lo verdaderamente interesante no es esta ocurrencia banal que han compartido
cientos de miles, acaso millones de iraquíes, sino que, a estas
alturas de su relato, el delicado Jamal N. Hussein alzará un
poco la voz y con ademanes enérgicos le hará saber que
a él que los Ali Babás le birlaran sus cosas y le quemaran
su casa no le importa tanto, que él puede sobrevivir a esa prueba.
Lo que lo angustia, desespera, mantiene desvelado en las noches, y lo
que lo trae aquí todos los días y lo mantiene inmóvil
y suspenso en estos jardines destrozados, es su Fiat. Y entonces, agitando
su manita de niño Jamal N. Hussein le dirá: Venga,
señor, venga a conocerlo. Era la niña de sus ojos,
más que un perro o un familiar: una amante o un diosecillo personal.
Lo limpiaba, lo cuidaba, lo mostraba a los amigos con regocijo y admiración.
Y cuando usted vea los restos mortales del Fiat, en una esquina del
desvestido jardín, esa madeja de fierros retorcidos y carbonizados
asoleándose bajo el fuego inclemente del verano iraquí,
verá que los ojitos pardos de Jamal N. Hussein se humedecen de
melancolía. Le recomiendo que, en ese momento, parta. No cometa
la vulgaridad de tratar de consolarlo con una de esas estúpidas
frases que se dicen en los velatorios. Márchese de puntillas
y deje a ese hombre triste sumido en su nostalgia.
Si está muy deprimido con lo que acaba de ver, a menos de doscientos
pasos de allí, entre casas en escombros y basurales pestilentes,
en una calle ruinosa que hace esquina con la angosta calle de Al-Mutanavi,
donde todos los viernes hay una abigarrada feria de libros viejos, se
encuentra un atestado cafecito inmemorial de nombre sorprendente: Café
del Adalid de los Mercaderes. Vaya allí y le mejorará
el ánimo, se lo aseguro. Sin dejarse intimidar por la espesa
muchedumbre masculina que lo atesta, entre usted en el café,
y, dando codazos, hienda aquella clientela y siéntese en el hueco
que encuentre. Pida usted un té, un café, o una narguila,
y póngase a charlar con su vecino. Si tiene suerte, le tocará
conocer al abogado sin nombre con el que yo compartí un estrechísimo
asiento llameante que me escaldaba el trasero. Ancho y jocundo, bañado
en sudor, masticaba la boquilla de su narguila y arrojaba nubecillas
de humo oloroso a tabaco mezclado con albaricoque y manzana, mientras
soltaba sus amables impertinencias. Tenía unos anteojos oscuros
y una gran melena negra y ondulada. Me contó que su profesión
era la abogacía pero que, como, dados los últimos acontecimientos,
este país se había quedado sin tribunales, sin jueces,
sin leyes, y por lo tanto sin litigantes, él, después
de una exitosa carrera en el foro, había pasado a ser una nulidad,
una no persona, casi una no existencia. Imagínese,
el país que dio al mundo la primera recopilación de leyes
de la historia el Código de Hammurabi- es ahora un país
sin leguleyos. Su sonrisita burlona mariposeaba por el abrasado
local como dando por sobreentendido que eso, a alguien como él,
le importaba un comino. Él, mientras estuviera aquí, rodeado
de los poetas, literatos y vagos que son los parroquianos del Café
del Adalid de los Mercaderes, con un lento narguila en la boca,
en las manos y en la cabeza, era un hombre risueño y sin problemas.
¿Quién cree usted que gobierna Bagdad?, preguntó
de pronto, manoteando en el aire y adoptando una postura de diva que
atrajo la atención de todo el mundo, ¿Los norteamericanos?.
Unos segundos de silencio y expectativa. Por fin, el abogado dio la
esperada respuesta: No, habibi. Los verdaderos dueños de
Bagdad son los Ali Babás, las cucarachas, las chinches y los
piojos. Una educada risita colectiva lo festejó. A los
otros parroquianos, que le deben de haber oído muchas veces esos
chistes, no les hizo mucha gracia. Pero, a mí, sí. El
cinismo estoico es una bocanada de civilización en estos casos,
una excelente estrategia de los seres pensantes contra la desesperación.
© Mario Vargas Llosa, 2003.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados
a Diario El País, SL, 2003.
Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular. | |