20 de julio de 2003


CRÓNICA

Herbert, hijo del infortunio

En doce años de vida, Herbert Antonio Chicas ha probado los oscuros caminos de la vida. Alcoholismo, tabaquismo, los acechos de la vagancia y las consecuencias de delinquir, son algunas de sus experiencias.

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

Mantenerse en el billar del pueblo y jugar entre adultos es para Herbert algo normal. El juego representa su principal pasatiempo.

Hasta hace cuatro años su nombre era casi desconocido, era simplemente Herbert, el nieto de doña Dolores Chicas, residente en el barrio San Este-ban de Tepecoyo, La Libertad. A los ocho años empezó a figurar públicamente en este poblado de calles empedradas y su fama corre desde entonces.

No es el personaje más típico de la localidad, tampoco es el artista, el más intelectual o el servicial, no es el niño modelo de buena conducta o el mejor deportista. Todo lo contrario. Su nombre es sinónimo de “travesura”, término que en el diccionario local significa simple y sencillamente: un ladronzuelo.

Pero la persona de Herbert Anto- nio Chicas, no se limita a ser el “niño travieso”, a los ojos de los tepecoyenses su nombre tiene otros significados: alcoholismo, vagancia, vulgaridad, maldad, depravación. En resumen, este jovencito es definido bajo el mote de “Cara de malo”.

Pese a haber pasado por las aulas del centro escolar “Guillermo Schmi- dt”, y haber participado en la banda de paz, sus compañeros lo recuerdan más por su mote que por su nombre o su rendimiento escolar.

“A veces lo vemos tirado en la calle, bien bolo”, comenta un alumno. Cuentan que a menudo el pequeño Herbert amanece en las aceras del poblado víctima de una noche intensa de embriaguez.

Mientras decenas de niños tepecoyenses duermen en sus camas después de un día ajetreado en la escuela, el juego y los quehaceres domésticos, Herbert duerme muchas veces en la dura acera porque los efectos del alcohol le impidieron llegar a su casa.

“A veces llega en la madrugada, arando de bolito por eso le he puesto una cama de pita porque se orina de la gran borrachera”, reconoce Dolo-res, la abuela que lo ha criado.
Herbert no lo niega, sólo sonríe, y asiente que toma licor “en veces”. Más de sus noches tirado en la calle prefiere guardar silencio.

Mientras los niños y niñas de su edad están en la casa o la escuela, él vaga por las calles del pueblo, juega al billar en medio de adultos o simplemente duerme en el día porque casi siempre está desvelado.

Caminar a su lado por las calles empedradas de la localidad causa un efecto inmediato. Algunos pobladores dirigen miradas curiosas o maliciosas, otros lanzan advertencias como: Tenga cuidado con el “cara de malo”, cuide su cartera. El adolescente sólo calla y baja la cabeza.

“Este niño se hace amigo de la gente pero mientras tanto, le está vigiando algo de valor. Cuando usted menos se descuida, le saca la cartera o el dinero”, comenta una señora.
Herbert sabe que su fama no es muy buena entre la gente del pueblo.

Al preguntársele por qué le han apodado “cara de malo”, refiere a “un baboso de allá arriba” como el autor pero sin explicar las razones.

“El me empezó a llamar así, y no sé porqué”, dice.
Pero el apodo y el triste historial que este adolescente de baja estatura tiene ganado, no ha sido obra de la casualidad.

La vida de este niño no ha sido fácil. Antes de nacer ya había sido rechazado por su propia madre según la abuela Dolores.

Ella le encargó a su hija que al menos lo amamantara por un año y que luego se lo dejara a su cuidado. Aunque a veces la madre lo llevaba a la casa el niño jamás se sintió a gusto allí.
“Siempre se regresaba solito, y sólo tenía cinco años. Ella lo maltrataba, nunca lo ha querido. El papá a saber quien es”, relata.

La iniciación

Una cama de pit a en donde siempre reina el desorden,. es testigo silenciosa de sus desvelos y alcoholismo, pero también de sus sueños.

Aunque en apariencia Herbert no siente nostalgia por su madre biológica, algunas maestras que tuvo en la escuela recuerdan como asomaba en su interior el vacío maternal. “El niño está muy deseoso de amor y tal vez se refugia en eso (alcoholismo)”, dice Reina de la Paz Pérez, su ex maestra del tercer grado.

Su abuela todavía no se explica como de repente la vida de su nieto cambió. Los juegos, la escuela, el deporte y la vida en familia las sustituyó por la vagancia, el alcohol, el cigarrillo y actos ilícitos.

Tomar sin permiso de la abuela algunas monedas cuando tenía apenas ocho años no despertaron sospechas en ella de que algo andaba mal, tampoco que pasara mucho tiempo en la calle o viajara todo el día en autobuses.
“Nada bueno aprendió en la calle. Ahora, ni siquiera lo puedo llevar a ver a la familia a San Miguel porque una vez le robó ¢400 a un pariente”, cuenta la abuela.

El último robo cometido por habría sido de $6 a un motorista quien le ha prometido una paliza. Algunos cobradores y motoristas confirmaron -no la amenaza- pero si que Herbert se apropia del dinero en el menor descuido.
¿Por qué roba? La abuela dice que para tomar licor con los amigos porque él se consiente un hombre.

El joven acepta que bebe por invitación de sus amigos pero no que robe para eso. Lo cierto es que muchos le temen.
Un comerciante dijo que en su tienda no lo deja entrar; los autobuses en las canchas deportivas también le desconfían. Todos recuerdan como sustrajo ¢300 de la bolsa de un pantalón mientras su dueño jugaba al fútbol.
Su abuela dice estar cansada y avergonzada de tantas quejas, pero Herbert no escarmienta y su vida sigue como siempre.

“Es igualito de rebelde que la mamá. Me contesta mal cada vez que lo regaño por lo que hace y un día por poco me pega, por eso llamé a la policía. Yo ya tiré la toalla, a Dios se lo he dejado para que lo calme”, dice Dolores, resignada.

Una oportunidad

Se habla en el pueblo que el alcalde y las Hermanas de La Caridad se interesaron en la rehabilitación de Herbert, pero es la profesora Matilde Arely Paz, quien más ha intentado ayudarlo.

“Hemos tratado que permanezca en la escuela pero ha sido difícil. Cursó hasta el segundo grado pero aprendió a leer y a escribir bien, pero ahora bebe (licor), vaga, trasnocha. Lo he encontrado algunas veces tambaleándose. Yo lo estimo mucho y lamento que teniendo tanto potencial esté ahora en esa situación”, dice.

Dolores muestra uno de los cuadernos que Herbert ha ha dejado en el olvido. Los dibujos, las planas y apuntes de clase no parecen causarle nostalgia por la escuela.

El corto paso de Herbert por la escuela dejó buenas impresiones por su capacidad para aprender, no así por su irregularidad en la asistencia a clases y las relaciones con sus compañeros.
“Les pegaba a los niños cuando lo trataban de integrar al grupo, era agresivo pero no puedo negar que a la vez era cariñoso”, afirma Reina de la Paz Pérez.

Dolores dice que una vez aceptó que lo llevaran a una clínica a recibir tratamiento sicológico pero luego se arrepintió. También ha pasado por el albergue capitalino para niños en riesgo social del Instituto Salvadore-ño para la Atención integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA), pero se ha fugado en dos ocasiones.

A su corta edad, Herbert dice estar consciente de que el alcoholismo, el cigarrillo, la vagancia y los amigos que lo inducen a todo esto no es algo bueno. Reconoce, además, los riesgos de abandonar la escuela.
“Me gustaría estudiar pero este año no he ido porque no me matriculé”, se justifica.

Herbert asegura que el otro año irá a la escuela, pero quienes lo conocen, saben que eso no es tan fácil.
Algunas personas del pueblo creen que pesa más las manía de vagar y robar, beber y fumar con amigos de mala fama; otros, simplemente lo han desahuciado y estigmatizado.

Religiosas de Las Hermanas de la Caridad dicen que él se resiste a recibir ayuda; su abuela Do lores se lo ha dejado a Dios. Las maestras Arely y Reina todavía creen en él. Lo ven como un ser con potenciales para labrarse un mejor destino y muy necesitado de amor.

Solidaridad con niñez en riesgo
La niñez en situación de riesgo es un sector que debe atenderse de manera urgente.


Aún no hay un censo oficial de la población de niños y niñas en situación de calle a nivel nacional. Se habla de unos 500 sólo en San Salvador; sin embargo, se cree que la cifra es mucho mayor.
Existen instituciones oficiales e independientes que desarro llan programas de atención a este sector de la niñez. El recién inaugurado Complejo de Inte gración Social para la Niñez y la Adolescencia (CISNA) dice estar atendiendo a 110 menores con un novedoso programa que funciona en varias fases. La directora del centro, Maris de Belloso, dice que lo interesante de programa es que los menores se someten a él voluntariamente.

CISNA
Tel.294-1606
Es el nuevo centro oficial de atención a la niñez en calle.
OLOF PALEM
Tel.225-4138
También cuentan con programas de atención.


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