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CRÓNICA
Québec:
Latinos en el polo norte
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| Las
calles sinuosas del Vieux Québec se llenan de turistas en
las épocas navideñas. |
Los
latinos muchas veces tienen la percepción que viajar a Norteamérica
significa ser objeto de racismo y discriminación. Aunque esto
pueda ser cierto en la mayoría de casos, hay excepciones claras.
Québec, francófono y de costumbres francesas, está
más cerca de nosotros en su cultura de lo que se podría
pensar. Al final no somos tan distintos.
Javier
Espinoza
vertice@elsalvador.com
Un hombre y una mujer bailan al compás de una
canción colombiana. Los Aterciopelados salen de los
parlantes. Cosita, cosita, seria. La música de grupos
latinoamericanos vuelve locos a los visitantes de Le Sacrilege,
un bar de intelectuales sobre la Rue Saint Jean.
Quiero vivir en América, cantan Los Fabulosos Cadillacs.
Más parece que estuviéramos en un lugar del sur. Allá
por tierra de fuego. La gente ríe y ríe, tratan de cantar
pero las letras se pierden en un murmullo incoherente. No hablan español,
pero comparten raíces latinas con su francés, heredado
de Europa desde 1608.
Irónicamente una batalla entre franceses e ingleses determinó
que Francia otorgara todos los territorios de su pertenencia en América
a los británicos.
Cuando en el aeropuerto me dijeron Bienvenue a Québec,
nunca imaginé que me toparía con tantas similitudes entre
el polo norte y el cinturón de nuestro continente. Desde el cielo
me encontré con un espectáculo lleno de blanco. Todo parece
una hielera gigante llena de personas en pequeños trajes espaciales.
Sólo se pueden ver los ojos y sus mejillas rojas.
Sólo unas cuantas horas atrás, mis sentidos estaban inundados
por el olor a Pollo Campero. Doña Julia, hondureña,
pasó media hora hablando de su asombro cuando probó esa
comida. Desde entonces, cada vez que puede regresa cargada con su caja
de pollo. Es que allá en Honduras, viera cómo le gusta
a todos. Y ya abrieron uno en Los Angeles. Tengo a una prima allí
también, dice.
La cola de la aduana en el aeropuerto de Dorval, Montreal, era interminable.
Delante de mí una familia procedente del Medio Oriente y detrás
una pareja de señores franceses. Por fin llegó mi turno
y, al parecer, mi nacionalidad escrita en el pasaporte no inspira confianza.
Tuve que hacer dos filas. Al salir del aeropuerto me sentí en
una película de Navidad producida en el soleado Hollywood.
Ahora, escribo mis impresiones en un cuaderno amarillo, sentado entre
el aliento de un pueblo que se ha caracterizado a través de la
historia por su necesidad de ser únicos. Un pueblo de idealistas,
de calidez humana. Gente humilde con sonrisa en el rostro y ganas de
platicar.
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| La
Rue Saint Jean luce vacía en época navideña.
Recientemente ha sido escenario de las miles de personas manifestándose
en contra de la invasión en Iraq. |
Alguien se me acerca con ganas de hablar, inmediatamente
nota que no soy de los alrededores. Le explico que hablo español.
Parece interesado en saber más y yo en contarle, pero mi poca
fluidez en el francés y su limitado español nos cortan
la conversación. Podría haber tratado el inglés,
hablado por la mayoría, pero sé que un quebequence prefiere
hablar en su idioma.
Les québécois tienen miedo a perder sus tradiciones, cultura,
lenguaje. En 1995, el gobierno pasó un referéndum a sus
ciudadanos para consultarles sobre la separación de la provincia
para crear un país independiente. No se separaron por una pequeña
diferencia que se opuso.
Siempre se piensa que ir al norte significa ser discriminado, visto
mal. Para mi sorpresa, en Québec ser latino y hablar español
es lo que está más de moda o in como se dice
en inglés.
Desde su unión a Canadá, en 1867, Québec se rehusó
a unirse a menos que se garantizara la protección de la identidad
de los francófonos de la nouvelle France. Ahora, sus habitantes
todavía se preguntan y difieren en cuanto a unirse o separarse
de Canadá.
Québec libre
Hay dos sectores de la población que defienden las dos posturas
radicales: los souverainiste o séparatiste
que abogan por la independencia del Québec con su famosa frase
Vive le Québec Libre! y los conservadores que quieren
mantener su adhesión a Canadá.
El Grand Allée es otra calle importante en Québec. Ahí
están concentradas dos de las más importantes discotecas
de la ciudad, y los pocos Mc Donalds y Burger King que existen dentro
del perímetro turístico. La ciudad quiere preservar su
arquitectura europea y para hacerlo ha llegado al extremo de prohibir
a las grandes cadenas transnacionales el uso de sus grande rótulos
neón. Todo europeo.
Sin embargo, los quebequences son más parecidos a lo que es ser
un latino que un anglosajón. Reciben muy bien a sus visitantes,
con un cierto calor del trópico. Quizás tenga que ver
por las raíces similares en la lengua, la religión y el
continente que nos conquistó
En las tierras donde se supone que el hombre es frío, individualista,
Québec es la excepción. Si los latinos tenemos la fama
de ser cálidos, este pueblo del norte lo es igualmente,
sólo que a menos 25 ºC. Todo mundo te sonríe y saluda
en las calles. Bonjour, comment ça va?
La música es la exaltación de la vida. Québec,
el país con el tercer índice de suicidios en el mundo,
celebra la existencia de la mejor forma. Los bares de cantantes son
todo un acontecimiento para el espíritu.
En medio de risas, palmas, coros y mucha felicidad, la gente grita a
todo pulmón las canciones de los cantantes típicos quebequences.
Uno de los bares famoso por les chansonniers (cantantes)
es Les yeux bleus (Los ojos azules). Me siento como en una
pequeña villa de Francia, donde la gente ordeña las vacas,
come queso de cabra, y, por la noche, celebra su cotidianidad con sus
palmas.
A-di-de-la-di. Country musique. La música suena de lo más
alegre del mundo. La gente ríe y corea canciones que hablan de
engaños matrimoniales, mujeres promiscuas, enfermedades sexuales,
hombres cuarentones fracasados, versiones de Guajira Guantanamera a
la quebequence. Reír para no llorar.
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| Las
últimas escenas de la película Atrápame
si puedes fueron filmadas en Québec para simular una
pequeña villa francesa. Era llamado la nueva Francia. |
Conocer a un país y a su gente es conocer su
música. Así como los mariachis mexicanos sirven para pasar
las penas o celebrar un acontecimiento, en Québec la gente busca
a los cantantes para sentirse mejor. Clap. Clap. Clap. La gente canta
hasta el borde de la locura. Uno no puede ser más feliz que cantando,
celebrando la vida bajo las cavernas húmedas que servían
de bar para los primeros marineros franceses que poblaron la región.
Al salir del bar, Pascale, una parroquiana de Québec, vomita
sobre la nieve. ¡Tabarnac!, (Tabernáculo).
Desde los setenta, la población se ha ido apropiando de palabras
relacionadas a la iglesia como insultos o expresiones de enojo. Calice
y Ostie (Cáliz y hostia) son otras expresiones.
Bon année
Las calles están llenas de personas para el 31 de diciembre.
Son las 12 en punto y la gente se grita Bon Année.
Me encuentro con una pareja de mexicanos en la calle. ¡Feliz año,
güey!.
La globalización: dos mexicanos deseándole un próspero
año a un salvadoreño, en medio de una nevada, en el polo
norte, a menos 15 °C y en español en medio de cientos de
personas franco hablantes.
Es todo un sentimiento diferente ser inmigrante en Québec. Desde
que se pasa por la aduana en el aeropuerto, la gente sonríe y
te hace sentir bienvenido.
En 1666, 58 años después de su fundación, su población
no superaba las 550 personas. Con el tiempo y a través del incentivo
del Rey Luis XIV, la población fue creciendo. Siempre han buscado
expandir su población. Samuel de Champlain, el explorador francés
que creó la región, llegó con una nueva expedición
para poblarla más.
Similares iniciativas impulsa el gobierno de Québec. Acoge a
inmigrantes que están dispuestos a aprender sus costumbres y
su idioma.
Son las 4 de la mañana unos días antes del fin de año.
Estoy sentado en el Chantauteuil, un bar donde se reúnen todas
las meseras y meseros de la Rue Saint-Jean después de sus trabajos.
En la época de los sesenta era un nicho de los intelectuales.
Con calefacción, una taza de café y buena compañía,
veo nevar. Sólo un vidrio me separa de la nieve silenciosa, que
cae lentamente. Hace unos días estaba en la playa en La Libertad.
Surrealista.
Esa misma noche y esa misma nieve la compartía una familia salvadoreña;
pero en Montreal, metrópoli a 3 horas en carro de Québec.
Raquel, hija mayor, está contentísima con su nueva vida.
Voy a la escuela, aprendo el francés, me dice con
una gran sonrisa. La conversación por teléfono que tuvimos
fue corta pero me dejó claro sus ganas de empezar los estudios
universitarios en Montreal.
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| La
temperatura estuvo bajo cero grados a pesar de ser la primavera |
Unos meses después, la sonrisa de Raquel se apagó
el día que un carro arrolló su cuerpo lleno de esperanza.
Irónicamente, aquí no sufrió ningún accidente
de tráfico. En El Salvador, donde a diario miles de personas
están expuestas a ser atropelladas, a ella no le sucedió
nada. Fue en Montreal, donde las personas manejan civilizadamente.
Raquel es parte de los inmigrantes centroamericanos que emigran al norte
para vivir mejor. El menor movimiento dentro de su estado de coma es
signo de alegría. Todos esperan que un milagro la regrese al
futuro anhelado.
Todo llega a un final. El acento de la voz de Raquel antes de despedirme
de ella me recuerda que El Salvador me espera. Me sentí en esos
22 días como en una de esas bolas de plástico con una
ciudad de plástico en miniatura. Se tiene la bola en las manos,
se agita y parece que es nieve cayendo.
Consciente que estoy del otro lado del río, preparo mis maletas
para regresar. Tengo que asegurarme que las encomiendas de otros salvadoreños
que residen en Heamstead, Long Island, estén en el lugar correcto.
Me dirijo a recorrer el camino a la inversa. El viaje es Montreal
San Salvador. En las 5 horas de camino hacia San Salvador, cientos de
inmigrantes arriesgarán sus vidas para lograr entrar a la bola
de cristal. Mientras una aeromoza sirva una soda en un vaso de plástico
con una sonrisa falsa, un coyote mirará al cielo mientras lleva
a sus pollos al american dream.
Con renuencia, tomo mi abrigo para salir a una temperatura de 12
o C. Tiemblo. En pocos horas estaré sudando en el aeropuerto
de El Salvador. El aliento de la costa salvadoreña me ahogará.
Cubierto de nieve pienso en el ardiente calor. À la prochaine,
Québec, enchanté.
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