20 de abril de 2003

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CRÓNICA

Québec:
Latinos en el polo norte

Las calles sinuosas del Vieux Québec se llenan de turistas en las épocas navideñas.

Los latinos muchas veces tienen la percepción que viajar a Norteamérica significa ser objeto de racismo y discriminación. Aunque esto pueda ser cierto en la mayoría de casos, hay excepciones claras. Québec, francófono y de costumbres francesas, está más cerca de nosotros en su cultura de lo que se podría pensar. Al final no somos tan distintos.

Javier Espinoza
vertice@elsalvador.com

Un hombre y una mujer bailan al compás de una canción colombiana. “Los Aterciopelados” salen de los parlantes. “Cosita, cosita, seria”. La música de grupos latinoamericanos vuelve locos a los visitantes de “Le Sacrilege”, un bar de intelectuales sobre la Rue Saint Jean.
“Quiero vivir en América”, cantan Los Fabulosos Cadillacs. Más parece que estuviéramos en un lugar del sur. Allá por tierra de fuego. La gente ríe y ríe, tratan de cantar pero las letras se pierden en un murmullo incoherente. No hablan español, pero comparten raíces latinas con su francés, heredado de Europa desde 1608.

Irónicamente una batalla entre franceses e ingleses determinó que Francia otorgara todos los territorios de su pertenencia en América a los británicos.
Cuando en el aeropuerto me dijeron “Bienvenue a Québec”, nunca imaginé que me toparía con tantas similitudes entre el polo norte y el cinturón de nuestro continente. Desde el cielo me encontré con un espectáculo lleno de blanco. Todo parece una hielera gigante llena de personas en pequeños trajes espaciales. Sólo se pueden ver los ojos y sus mejillas rojas.
Sólo unas cuantas horas atrás, mis sentidos estaban inundados por el olor a “Pollo Campero”. Doña Julia, hondureña, pasó media hora hablando de su asombro cuando probó esa comida. Desde entonces, cada vez que puede regresa cargada con su caja de pollo. Es que allá en Honduras, viera cómo le gusta a todos. Y ya abrieron uno en Los Angeles. Tengo a una prima allí también, dice.
La cola de la aduana en el aeropuerto de Dorval, Montreal, era interminable. Delante de mí una familia procedente del Medio Oriente y detrás una pareja de señores franceses. Por fin llegó mi turno y, al parecer, mi nacionalidad escrita en el pasaporte no inspira confianza. Tuve que hacer dos filas. Al salir del aeropuerto me sentí en una película de Navidad producida en el soleado Hollywood.
Ahora, escribo mis impresiones en un cuaderno amarillo, sentado entre el aliento de un pueblo que se ha caracterizado a través de la historia por su necesidad de ser únicos. Un pueblo de idealistas, de calidez humana. Gente humilde con sonrisa en el rostro y ganas de platicar.

La Rue Saint Jean luce vacía en época navideña. Recientemente ha sido escenario de las miles de personas manifestándose en contra de la invasión en Iraq.

Alguien se me acerca con ganas de hablar, inmediatamente nota que no soy de los alrededores. Le explico que hablo español. Parece interesado en saber más y yo en contarle, pero mi poca fluidez en el francés y su limitado español nos cortan la conversación. Podría haber tratado el inglés, hablado por la mayoría, pero sé que un quebequence prefiere hablar en su idioma.
Les québécois tienen miedo a perder sus tradiciones, cultura, lenguaje. En 1995, el gobierno pasó un referéndum a sus ciudadanos para consultarles sobre la separación de la provincia para crear un país independiente. No se separaron por una pequeña diferencia que se opuso.
Siempre se piensa que ir al norte significa ser discriminado, visto mal. Para mi sorpresa, en Québec ser latino y hablar español es lo que está más de moda o “in” como se dice en inglés.
Desde su unión a Canadá, en 1867, Québec se rehusó a unirse a menos que se garantizara la protección de la identidad de los francófonos de la nouvelle France. Ahora, sus habitantes todavía se preguntan y difieren en cuanto a unirse o separarse de Canadá.

Québec libre


Hay dos sectores de la población que defienden las dos posturas radicales: los “souverainiste” o “séparatiste” que abogan por la independencia del Québec con su famosa frase “Vive le Québec Libre!” y los conservadores que quieren mantener su adhesión a Canadá.
El Grand Allée es otra calle importante en Québec. Ahí están concentradas dos de las más importantes discotecas de la ciudad, y los pocos Mc Donalds y Burger King que existen dentro del perímetro turístico. La ciudad quiere preservar su arquitectura europea y para hacerlo ha llegado al extremo de prohibir a las grandes cadenas transnacionales el uso de sus grande rótulos neón. Todo europeo.

Sin embargo, los quebequences son más parecidos a lo que es ser un latino que un anglosajón. Reciben muy bien a sus visitantes, con un cierto calor del trópico. Quizás tenga que ver por las raíces similares en la lengua, la religión y el continente que nos conquistó
En las tierras donde se supone que el hombre es frío, individualista, Québec es la excepción. Si los latinos tenemos la fama de ser “cálidos”, este pueblo del norte lo es igualmente, sólo que a menos 25 ºC. Todo mundo te sonríe y saluda en las calles. Bonjour, comment ça va?
La música es la exaltación de la vida. Québec, el país con el tercer índice de suicidios en el mundo, celebra la existencia de la mejor forma. Los bares de cantantes son todo un acontecimiento para el espíritu.

En medio de risas, palmas, coros y mucha felicidad, la gente grita a todo pulmón las canciones de los cantantes típicos quebequences. Uno de los bares famoso por “les chansonniers” (cantantes) es “Les yeux bleus” (Los ojos azules). Me siento como en una pequeña villa de Francia, donde la gente ordeña las vacas, come queso de cabra, y, por la noche, celebra su cotidianidad con sus palmas.
A-di-de-la-di. Country musique. La música suena de lo más alegre del mundo. La gente ríe y corea canciones que hablan de engaños matrimoniales, mujeres promiscuas, enfermedades sexuales, hombres cuarentones fracasados, versiones de Guajira Guantanamera a la quebequence. Reír para no llorar.

Las últimas escenas de la película “Atrápame si puedes“ fueron filmadas en Québec para simular una pequeña villa francesa. Era llamado “la nueva Francia”.

Conocer a un país y a su gente es conocer su música. Así como los mariachis mexicanos sirven para pasar las penas o celebrar un acontecimiento, en Québec la gente busca a los cantantes para sentirse mejor. Clap. Clap. Clap. La gente canta hasta el borde de la locura. Uno no puede ser más feliz que cantando, celebrando la vida bajo las cavernas húmedas que servían de bar para los primeros marineros franceses que poblaron la región.
Al salir del bar, Pascale, una parroquiana de Québec, vomita sobre la nieve. “¡Tabarnac!”, (Tabernáculo). Desde los setenta, la población se ha ido apropiando de palabras relacionadas a la iglesia como insultos o expresiones de enojo. Calice y Ostie (Cáliz y hostia) son otras expresiones.

Bon année


Las calles están llenas de personas para el 31 de diciembre. Son las 12 en punto y la gente se grita “Bon Année“. Me encuentro con una pareja de mexicanos en la calle. ¡Feliz año, güey!”.
La globalización: dos mexicanos deseándole un próspero año a un salvadoreño, en medio de una nevada, en el polo norte, a menos 15 °C y en español en medio de cientos de personas franco hablantes.
Es todo un sentimiento diferente ser inmigrante en Québec. Desde que se pasa por la aduana en el aeropuerto, la gente sonríe y te hace sentir bienvenido.
En 1666, 58 años después de su fundación, su población no superaba las 550 personas. Con el tiempo y a través del incentivo del Rey Luis XIV, la población fue creciendo. Siempre han buscado expandir su población. Samuel de Champlain, el explorador francés que creó la región, llegó con una nueva expedición para poblarla más.

Similares iniciativas impulsa el gobierno de Québec. Acoge a inmigrantes que están dispuestos a aprender sus costumbres y su idioma.
Son las 4 de la mañana unos días antes del fin de año. Estoy sentado en el Chantauteuil, un bar donde se reúnen todas las meseras y meseros de la Rue Saint-Jean después de sus trabajos. En la época de los sesenta era un nicho de los intelectuales.
Con calefacción, una taza de café y buena compañía, veo nevar. Sólo un vidrio me separa de la nieve silenciosa, que cae lentamente. Hace unos días estaba en la playa en La Libertad. Surrealista.
Esa misma noche y esa misma nieve la compartía una familia salvadoreña; pero en Montreal, metrópoli a 3 horas en carro de Québec. Raquel, hija mayor, está contentísima con su nueva vida.
“Voy a la escuela, aprendo el francés”, me dice con una gran sonrisa. La conversación por teléfono que tuvimos fue corta pero me dejó claro sus ganas de empezar los estudios universitarios en Montreal.

La temperatura estuvo bajo cero grados a pesar de ser la primavera

Unos meses después, la sonrisa de Raquel se apagó el día que un carro arrolló su cuerpo lleno de esperanza. Irónicamente, aquí no sufrió ningún accidente de tráfico. En El Salvador, donde a diario miles de personas están expuestas a ser atropelladas, a ella no le sucedió nada. Fue en Montreal, donde las personas manejan civilizadamente.
Raquel es parte de los inmigrantes centroamericanos que emigran al norte para vivir mejor. El menor movimiento dentro de su estado de coma es signo de alegría. Todos esperan que un milagro la regrese al futuro anhelado.

Todo llega a un final. El acento de la voz de Raquel antes de despedirme de ella me recuerda que El Salvador me espera. Me sentí en esos 22 días como en una de esas bolas de plástico con una ciudad de plástico en miniatura. Se tiene la bola en las manos, se agita y parece que es nieve cayendo.

Consciente que estoy del otro lado del río, preparo mis maletas para regresar. Tengo que asegurarme que las encomiendas de otros salvadoreños que residen en Heamstead, Long Island, estén en el lugar correcto. Me dirijo a recorrer el camino a la inversa. El viaje es Montreal – San Salvador. En las 5 horas de camino hacia San Salvador, cientos de inmigrantes arriesgarán sus vidas para lograr entrar a la bola de cristal. Mientras una aeromoza sirva una soda en un vaso de plástico con una sonrisa falsa, un coyote mirará al cielo mientras lleva a sus pollos al american dream.

Con renuencia, tomo mi abrigo para salir a una temperatura de –12 o C. Tiemblo. En pocos horas estaré sudando en el aeropuerto de El Salvador. El aliento de la costa salvadoreña me ahogará. Cubierto de nieve pienso en el ardiente calor. À la prochaine, Québec, enchanté.

 


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