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REPORTAJE
La
voz inquebrantable Said is dead
El
25 de septiembre, estas tres palabras rasgaban la red mundial como un
relámpago. Edward W. Said, Premio Príncipe de Asturias
2002 por su generosa y encomiable tarea en favor de la convivencia
y la paz, había perdido su lucha de 12 años contra
la leucemia. Desaparecía el adalid más lúcido,
uno de los más elocuentes defensores, del ya de por
sí desposeído pueblo palestino.
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| "Los
Israelíes (pierden) un adversario justo y humano", Daniel
Barenboin, famoso músico judío |
A las 9:00 de la mañana del citado jueves, recién
iniciado el frío otoño neoyorquino, Miriam, la segunda
mujer de Said, confirmaba su muerte al Departamento de Lenguas y Culturas
Asiáticas y de Oriente Medio de la Universidad de Columbia, donde
su marido impartía su cátedra de literatura inglesa y
la entidad encargada de comunicar públicamente su deceso.
Se esfumaba con él la voz crítica más sagaz de
su pueblo (era el intelectual palestino más temido por Arafat),
el avezado pianista y exquisito musicólogo (de ahí nació
su relación con Barenboim -ver recuadro aparte-), el intelectual
de renombre (su obra Orientalismo ha sido traducida a 26 idiomas y sus
artículos se reproducían en los grandes diarios mundiales,
desde el árabe Al-Ahram, hasta el británico The Guardian
o el español El País), en suma, un auténtico Hombre
del Renacimiento.
Un árabe, otro 11-s
Pero hasta en el momento de consumirse, eligió con precisión.
No era casualidad la elección de sus portavoces ni de la ciudad
en que acabar su interminable periplo vital. Said, nacido en Jerusalén
en 1935, había aceptado en 1963 un puesto en la institución
académica columbina tras una infancia claroscura en El Cairo
-ver segundo recuadro- y sus estudios universitarios en Princeton y
Harvard en los años 50. Además, este desarraigado nostálgico
y perpetuo investigador de sus raíces siempre se había
considerado a New Yorker. Nueva York juega un rol
importante en el tipo de crítica e interpretación que
he realizado. Y en fechas posteriores al 11 de septiembre, en
una entrevista insuficientemente divulgada, afirmaba que, como
neoyorquino, lo encontré un evento aterrador. Me quedé
estupefacto, especialmente por la escala (...). En el fondo, había
un implacable deseo de dañar a seres inocentes. Apuntaba a símbolos:
el Centro Mundial del Comercio, el corazón del capitalismo americano,
y el
Pentágono, el mando del establishment militar. Pero no era un
acto destinado a ser debatido. No era parte de una negociación.
No contenía un mensaje. (...) Trascendía lo político
y entraba en lo metafísico. Había una mente de calidad
cósmica, diabólica, en proceso, que se negaba a mostrar
ningún tipo de interés por el diálogo y la organización
y persuasión políticas. (...) Tómese nota de que
no existió ninguna reivindicación (...) ninguna petición
(...) ningún comunicado. Fue una silenciosa pieza de terror.
(...) Fue un salto a otro (...) reino de las locas abstracciones y generalidades
mitológicas, implicando a gente que ha secuestrado al Islam para
sus propios propósitos. Es importante no caer en la trampa e
intentar no responder con otra venganza metafísica (...)
(podrá entenderse su desesperación al ser testigo en sus
últimos días de la locura en que nos ha inmerso la enésima
respuesta desquiciada de EE.UU. a lo que consideran un incomprensible
comportamiento-sentimiento mundial hacia ellos).
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| Uno
de sus momentos más polémicos. Todo un filósofo
tirando piedras simbólicamente contra la valla que separa
Líbano de Israel en los días de la retirada de la
IDF. |
Como puede verse (y puede causar extrañeza),
no traigo aquí al Said emocionado, sus textos clásicos,
al admirable activista de una causa ¿perdida?, suficientemente
loado en la prensa internacional estos días, sino al pensador
pausado, que apela a los meandros más profundos de la razón.
No sólo me interesa su lúcido contenido de sus reflexiones,
sino el modo mismo en que construye su proceso de pensamiento.
Honesta singularidad
Crítica (insobornable, inflexible, ultrajada) y diálogo
(vibrante, apasionado) eran los dos corazones de Said. Imagino que es
esta dualidad complementaria la que le permitía huir del maniqueísmo
y lo que le hace tan intelectualmente estimulante. El pensamiento occidental
dominante se caracteriza por las dicotomías. Tal vez porque es
el hijo (putativo) de la dialéctica griega y la estructura de
valores judeo-cristiana. El Bien y el Mal, el Cielo y el Infierno, el
fuerte y el débil, lo sublime y lo feo... Esta polaridad ideológica
se agudizó durante la Guerra Fría, en que el planeta entero
se dividió en dos bloques, Kennedy y Kruschev como las personificaciones
icónicas que estuvieron a punto de desencadenar el Armagedón.
Polos que, curiosamente, pueden ocuparse en vida de una sola persona
como, por ejemplo, en la trayectoria del deslumbrante escritor Mario
Vargas Llosa, hoy fanático neoliberal y en su juventud igualmente
inflexible estalinista, como describió en su día en El
País el destacado intelectual español Gregorio Morán
(durante su convivencia en el exilio parisiense, el peruano no dejaba
pasar la ocasión de descalificar al peninsular por ser un
pequeño burgués moderado) y como el propio autor
de La ciudad y los perros aceptó (éramos bastante
sectarios) en su discurso de aceptación del título
de Honoris Causa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú),
el 17 de abril de 2001.
Frente a este tipo de intelectual acre que usa su riqueza conceptual
y verbal de forma zahiriente, Said, no menos combatiente en sus acciones
y principios, no pierde de vista su objetivo superador. Siempre con
los débiles, con los explotados, con los maltratados, pero no
en Blanco y Negro.
Dialéctico en el sentido que toma la dialéctica
negativa en la Escuela de Frankfurt (paradójicamente constituida
por una plétora de judíos alemanes), este árabe
mediterráneo y a la vez anglosajón acaba interesándose
por las relaciones por encima de los hechos. (...) me proporcionaron
un gusto gradualmente emergente por la complejidad (...) por sí
misma, sin resolver, sin conciliar y tal vez en realidad sin asimilar.
(...) La idea de una complejidad que trascendiera las atroces limitaciones
siguió creciendo en mí tras mi partida (...). Paradójicamente,
las semillas de aquel deseo habían sido plasmadas en mi época
de penuria más grande, cuando yo caminaba por las lúgubres
calles (...) Poco a poco fui hallando la manera de coger libros prestados
de varios amigos, (...) establecía conexiones entre libros e
ideas dispares con facilidad considerable, (...) trazaba analogías
(...) Tenía momentos de recuerdo exultante que me permitían
contemplar un mar de detalles y encontrar pautas, frases y grupos de
palabras que yo imaginaba que se extendían de forma ilimitada
conectándose entre sí.
En el siglo de las grandes escuelas enfrentadas del pensamiento político,
social y de la comunicación, Said, como Chomsky, se sitúa
en la posición del francotirador solitario, certero pero vulnerable
en su soledad, camuflado entre la hojarasca, también como Chomsky,
de la brillantez de su trabajo más técnico, la literatura
en el caso de uno, la lingüística en otro, pero a la vez
también puente entre mundos debido a su indómito exilio,
pero no como esos especialistas en la equidistancia exquisita y vacua
-ver foto superior-.
En el malecón de gaza
Me ha dejado Usted, Sir Edward, sin la entrevista que siempre quise
hacerle. Tantas preguntas, impertinentes, respetuosas o cómplices
han quedado en el aire. Cuando paseamos por las ventosas y asoleadas
avenidas de Johannesburgo, con sus nombres de los verdugos y las víctimas
aún colgando, símbolos abofeteadores de que el país
es fruto de un pacto entre el antiguo régimen y la población
para acabar con el horrendo crimen institucional que supuso el apartheid,
y vemos a los antiguos enemigos, como en El Salvador, enfrentados, pero
dialogantes, incluso sonrientes, en el Gobierno y en el Congreso, puede
soñarse que algún día podamos pasear igualmente
por las calles de Gaza o de Haifa, y se mezclen en el callejero, como
soñaron Said y Barenboim, los nombres judíos y árabes.
Ese día pienso romper mi aversión a visitar el Estado
religioso, belicoso e intolerante de hoy y espero poder caminar por
la calle que su pueblo le dedique. Seguro que tendrá banquitos
al sol, de ésos que invitan a sentarse a practicar su deporte
favorito: reflexionar. Ahí le esperaré, Said, ahí
le esperaré.
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Era mi alma gemela
Daniel Barenboim, uno de los directores
israelíes de orquesta de mayor prestigio, lamentó
la pérdida de su compañero de galardón y
de arriesgadas iniciativas por la paz entre sus pueblos.
La misma mañana de la fatídica partida todas las
agencias reproducían el escueto y emocionado comunicado
que la Deutsche Staatsoper de Berlín, que el famoso músico
judío de origen argentino dirige desde hace una década,
liberaba en su nombre. Ambos habían obtenido el máximo
premio español por su iniciativa conjunta The West-Eastern
Divan.
West-eastern DIVAN
Con su título inspirado en la famosa obra de Goethe alusiva
al Oriente, West-oestlicher Diwan, el proyecto consiste en un
taller-orquesta en el que participan jóvenes promesas árabes
e israelíes con el objetivo de fomentar la convivencia
entre ambos pueblos mediante la música.
Mi amigo tenía una inusual facultad para
ver conexiones entre disciplinas, recoge el texto del pianista,
que añade que tenía la capacidad de perforar
el subconsciente de la gente, de los creadores, de ganarse la
admiración y provocar, lógicamente también,
los celos y la enemistad de muchos israelíes y judíos
que no querían tolerar sus críticas, no ya contra
el actual Gobierno de Israel, sino contra una cierta mentalidad
israelí. De ese mismo modo, muchos árabes
no podían aceptar su sensibilidad para con la historia
judía, precisó el maestro.
Significado de una roca
Porque el tímido Said no tenía miedo a exponerse.
Véase el caso de su episodio más controvertido -foto
izquierda-. La propia Columbia le exculpó alegando con
acierto que el escritor en ningún momento había
infringido una ley o agredido a alguien. Said inaugura el Milenio
lanzando piedras en la franja fronteriza para recordar al mundo
con su estrafalaria imagen de ese gesto inusitado en un profesor
anglosajón, en medio del desierto, que sigue perteneciendo
al pueblo de la intifada (recordemos, la revuelta
de las piedras) y que esta rebelión, con todas sus dolorosas
consecuencias, se mantiene viva mientras la injusticia que la
provocó no sea enmendada por la comunidad internacional.
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Partir
y volver
Su lucidez y su melancolía brotaban de su cruel exilio,
que retrató en su autobiografía, Fuera de lugar.
"(...) Cuando viajo siempre llevo demasiado equipaje e incluso
para ir al centro de la ciudad necesito llevar un maletín
atiborrado de objetos cuya cantidad y tamaño resultan desproporcionados
en relación a la duración real del viaje. Al analizar
esto, llegué a la conclusión de que tenía
un miedo secreto, pero invencible a no volver. Lo que he descubierto
desde entonces es que a pesar de ese miedo siempre me creo ocasiones
para marcharme, es decir, que doy pie voluntariamente al miedo.
Las dos cosas parecen absolutamente necesarias para mí
(...). Me digo a mí mismo: si no haces este viaje, si no
demuestras tu movilidad, si cedes ante tu miedo a perderte y no
cancelas ahora mismo los ritmos normales de la vida doméstica,
seguro que no podrás hacerlo en un futuro próximo.
También suelo sentir la melancolía del viajero (...)
además de envidia hacia quienes se quedan atrás
y a quienes veo al regresar con las caras no ensombrecidas por
la desubicación o la movilidad aparentemente forzosa, felices
con sus familias, atrapados en sus cómodos trajes y abrigos,
presentes a la vista de todo el mundo. En la invisibilidad del
que se ha marchado, en la condición de desaparecido y tal
vez añorado, y asimismo en la sensación intensa,
repetitiva y predecible de destierro que lo aleja a uno de todo
lo que conoce y le resulta cómodo, hay algo que infunde
la necesidad de marcharse en virtud de una lógica apriorística
y autogenerada y de una sensación de éxtasis. Sin
embargo, en todos los casos, el miedo más grande es que
la partida acabe significando ser abandonado, por mucho que sea
uno el que se marche.
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