19 de octubre de 2003


INTERNACIONAL

Ingrid Betancourt
La cara del secuestro en Colombia

El próximo 23 de Octubre, Ingrid Betancourt, la ex candidata presidencial en Colombia cumplirá 20 meses de ser rehén de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC. Sus familiares han movido cielo y tierra para sacarla del cautiverio. El gobierno francés hizo un intento fallido por rescatarla, en julio pasado. En Europa y Canadá se han creado decenas de comités a favor de su liberación.

Amalia Morales (Primera Parte)
vertice@elsalvador.com

Secuestrado en San Vicente del Caguán negocian con un jefe guerrillero del Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Una fina capa de polvo cubre la vieja computadora compac, que está puesta en el ángulo más iluminado del estudio, debajo de los retratos repetidos de una pareja de niños.

El ojo de la cámara web, que corona la pantalla neutra de la computadora, no enfoca más a la mujer que tiempo atrás, desde ese apartamento en Bogotá, se valía del Internet para verse con sus hijos, seguros a miles de kilómetros de distancia, en Australia o Francia. Pero la silla vacía y el escritorio, aún parecen guardar la distancia de su cuerpo definido en 108 libras y 1,71 metros.

Sobre el mismo escritorio están apilados recibos de los servicios básicos de la casa. Los últimos que su dueña canceló. En lo que fue quizás su última tarea doméstica, Ingrid Betancourt, los pagó el lunes 18 de febrero de 2002, a escasas horas que se rompiera la tregua entre el gobierno y la guerrilla colombiana, y cinco días antes de su secuestro.

El sábado 23 de febrero de 2002, Betancourt, una de los cinco aspirantes a la silla presidencial colombiana, salió temprano de su casa, rumbo a San Vicente del Caguán, poblado localizado al suroriente de ese país, a unos 500 kilómetros de Bogotá.

San Vicente, es uno de los cinco municipios, que en un área de 42,000 kilómetros, el gobernante, Andrés Pastrana (1998-2002), había establecido la zona neutral para negociar la paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc, el ejército insurgente de 15,000 hombres, más antiguo que sobrevive en Latinoamérica.
El proceso de paz, que consumió tres años de la administración de Pastrana, llegó a su fin ese febrero.
En cuestión de horas, San Vicente y sus alrededores se convirtieron en un campo de batalla. El Ejército colombiano llegó a la zona con la misión de replegar a la guerrilla asentada a sus anchas en el territorio.

La población civil vivía una pesadilla. Juan Carlos Lecompte y Yolanda Pulecio, esposo y madre de Betancourt, cuentan que ese día, ella iba a San Vicente, precisamente, a apoyar a las autoridades civiles y a la gente del poblado, que demandaron su presencia ante los sangrientos acontecimientos que ocasionaba el operativo militar.
El alcalde de San Vicente es el único representante municipal en el país, que logró el partido Oxígeno Verde, fundado por la ex senadora en 1998. “Era mi deber ir y apoyarlos. Era mi deber estar con ellos en esos momentos. Había empeñado mi palabra”, justificaría meses después, Betancourt, con la seguridad que la caracteriza, en el primer video grabado desde su cautiverio.

Condones contra la corrupción

Manuel Marulanda (al centro) es el máximo jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Ingrid Betancourt irrumpió en la arena política en 1994 cuando lanzó su candidatura a la Cámara de Representantes por el tradicional partido Liberal. Hasta entonces nadie la conocía. Con 32 años y un título universitario francés de politóloga debajo del brazo, su capital social era ser la hija del dos veces ministro de Educación en Colombia, Gabriel Betancourt y Yolanda Pulecio, una ex reina de belleza, benefactora de niños desamparados y ex senadora del Congreso.

En un país de tabúes, se volvió famosa en los medios por su original campaña de repartir condones en las calles de Bogotá. “Lo mejor para preservarnos de la corrupción”, decía mientras regalaba preservativos en los fríos semáforos de la capital colombiana. Inspirada en los ideales anticorrupción de Luis Carlos Galán, el ex candidato asesinado por el narcotráfico en 1989 durante una manifestación pública, la aspirante les explicaba a sus potenciales votantes que “la corrupción es el sida de los colombianos, otro sida además del verdadero que nos puede quitar las vida”. Su discurso caló tanto que fue elegida con la más alta votación entre los candidatos liberales.

“Es la victoria más bella de mi vida, porque es la más rica en esperanza (...) acabamos de demostrar que Colombia está madura para acabar con la corrupción. Escogió la ética y la democracia, en contra de las componendas”, dijo triunfante.

En la Cámara no fue menos popular. Se caracterizó por no tener pelos en la lengua. Denunció los embrollos tejidos entre el gobierno y la mafia. En su libro autobiográfico, La rabia en el corazón, se segundo libro que ha vendido 300,000 copias en Francia, narra episodios traumáticos que vivió el país durante el mandato de Ernesto Samper (1994-1998), quien fue acusado de financiar su campaña con dinero del narcotráfico. Eso valió para que Estados Unidos le quitara la visa.

La representante política recogió sus fogosas denuncias en el Congreso, en el libro Sí sabía, en el que, según ella, demuestra que el ex presidente estaba al tanto de ser financiado con fondos provenientes del cartel de Calí.

“Escribo para que este ‘proceso’ contra Samper que los representantes abortaron, pueda a pesar de todo tener su sitio en nuestra historia, para que jamás se olvide en Colombia la indignidad de la cual fuimos víctimas”, dice con rabia en el corazón.  A raíz de esta publicación fue amenazada de muerte ella y su familia.

Sin quererlo pasó la navidad de 1996 fuera del país. Viajó hasta Australia, donde estaba radicado su ex marido, un diplomático francés, para poner a salvo a sus hijos, Melanie y Lorenzo. Ahí nació su complicidad con la Internet.

El riesgo del secuestro

En el ocaso del gobierno de Samper -quien acusó de difamador su segundo libro- Betancourt escaló otro peldaño en su trayectoria política.

La FARC es una guerrilla fuerte debido al control de redes de narcotráfico.

Se postuló para senadora, desde las filas del partido Oxígeno Verde, fundado por ella. Nuevamente la sorprendió otra victoria. Alcanzó la votación más alta en las elecciones del Senado. En el Congreso mantuvo su cruzada anticorrupción. Al gobierno de Andrés Pastrana, le reclamó por los acuerdos asumidos en campaña: las reformas políticas a través de un referendo, lo que según ella necesita Colombia para democratizarse.

En 2001 cuando corre por la Presidencia por la República, la revista semanal Cambio, propiedad del Nobel Gabriel García Márquez, la reconoció como la niña terrible de la política colombiana. “Audaz, valerosa y sin pelos en la lengua, Ingrid Betancourt no ha dejado títere con cabeza a la hora de hablar de sus opositores”. Pero, la misma nota apuntó que era la candidata con menos posibilidades en la contienda.

El día del secuestro, el último familiar que la vio fue su esposo, Lecompte. La recuerda con su atuendo de campaña: unos jeans, que acentuaban su flaca silueta y camiseta. La de ese día era amarilla con el logo de Colombia Nueva, estampado a la altura del pecho. Su slogan de campaña. En tierra caliente era el vestuario perfecto. En su ropero olvidó el chaleco gris de bolsas, que la semejaba a un reportero gráfico.

Antes de salir de su apartamento, situado al norte de Bogotá, en el costado de una loma desde la cual se distingue media ciudad, le dijo al marido que haría lo posible por regresar ese mismo día. “Mira Juanqui, voy a tratar de venir esta noche, pero lo más seguro es que llegue mañana”. Se acercó y lo besó.

Lo que sucedió después lo reseñaron ampliamente los medios colombianos. La ex candidata llegó a Florencia en avión, a eso de las siete de la mañana. Pero sólo hasta después de mediodía se enrumbó hasta la otrora zona de distensión con sus cuatro acompañantes.

El rastro de Betancourt se perdió a mitad del camino, entre Florencia y San Vicente. Minutos antes salir, vía telefónica, le había transmitido a su mamá, la desazón que le produjo la comitiva presidencial que también iba a la zona de conflicto.
“Mamá ¡es el colmo! Llegó el presidente, ni siquiera me quiso saludar, y dio orden de que no me suministraran ninguna posibilidad de subirme a un helicóptero, en cambio me mandan en una camioneta del Das (Departamento Administrativo de Seguridad)”. Fueron sus palabras.

Una crónica del Espectador, publicada a los dos días del secuestro, reseña que en el trayecto, la candidata y su comitiva se toparon con la Cruz Roja Internacional. Un funcionario de esa organización aconsejó al grupo regresar a Florencia ante la presencia cercana de guerrilleros. Pero la candidata quiso seguir.

En su último trayecto, la camioneta se encontró con un retén del frente 13 de las FARC. Minutos después, ella y Clara Rojas, su amiga y compañera de fórmula, fueron separadas del resto. Desde entonces nadie las ha vuelto a ver libres.
Según cifras disponibles en internet de la organización País Libre, Ong dedicada al tema de los secuestros en Colombia, sólo en 2002, las Farc retuvo a 258 personas. Distintas organizaciones sostienen que la industria del secuestro en ese país, priva de su libertad a unas 3,000 personas cada año.

El gobierno de Álvaro Uribe, ha dicho que en los primeros seis meses de este año, ese delito ha disminuido en más de un 24 por ciento...


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