19 de enero de 2003

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REPORTAJE

El marchitar de un oficio

Las trabajadoras del sexo en el país deben soportar diferentes penurias para ganarse la vida. Después de pocos años de un trabajo desgastante -y en muchas ocasiones acompañado del consumo de droga- deben lidiar con la competencia de las más jóvenes. Al final del camino no les espera un retiro tranquilo y mucho menos una vida fácil.

Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com

Nena, una mujer de más de cincuenta años, frecuenta los negocios de prostitución del parque Centenario. Detrás de su actitud positiva, se esconde un amargo pasado dentro del comercio del placer.
Ella ejerció ese trabajo desde sus tempranos 13 años. Su historia es igual pero distinta a las de sus colegas. Todos los relatos esconden un pasado que mezcla la miseria económica y la carencias del alma.
En el país, hay muy poca información sobre cuántas mujeres podrían estar ejerciendo la prostitución.
No hay cifras definitivas ni actualizadas y la poca información disponible la ha elaborado, por sus propios medios “Flor de Piedra”, la institución en la que Nena trabaja.
Según un censo realizado en 1999, en el Área Metropolitana de San Salvador trabajarían unas 700 mujeres. Pero no es una cifra exacta, porque en éste solo se tomaron en cuenta las que trabajan en parques, calles o cervecerías.
Esa cifra sería mucho mayor si se tomara en cuenta los barras shows, las casas de citas y las mujeres que trabajan por medio de teléfonos celulares.
Más del 30% de las mujeres censadas son mayores de 30 años, edad en la que bajaría su atractivo para los clientes. El otro gran sector se encuentra entre los 18 y 30 años que sería la etapa en la que más dinero ganan de la prostitución.
Esa demanda masculina por “carne joven” hace que la mayoría de trabajadoras del sexo empiecen a muy corta edad; unas incluso desde niñas, como en la historia de Nena, que ejemplifica la tragedia de muchas jóvenes salvadoreñas.
Cuando a penas entraba a la pubertad, su precoz interés por el sexo opuesto le jugó una mala pasada que marcaría el destino de su vida. “Conocí a un muchacho mayor que yo y nos hicimos novios”, recuerda.
La relación de Nena no fue bien vista por su madre, quien al darse cuenta la expulsó de su casa. La pequeña halló refugio en un comedor donde le pagaban 15 colones al mes. Una pariente cercana, que ejercía la prostitución, la visitó un día en el negocio donde trabajaba. Al darse cuenta cuanto ganaba, le propuso encontrarle un trabajo mejor.

la primera vez

Además, la niña le confesó a su tía que ya había consumado la relación con el novio por el que su madre le había echado de la casa y que además era casado. Para su tía, Nena había perdido todo su valor como mujer, al ya no ser virgen. Las recriminaciones de su tía votaron al suelo la poca autoestima que le quedaba después de que su madre la echara de la casa.
La confesión también dio alas a los oscuros propósitos de su pariente. Un día, la llevó a un lugar que parecía un comedor. Entrada la noche, la dueña del cafetín Royal de la ciudad de San Miguel la preparó para atender a los clientes. Una minifalda y una camisa escotada sería el uniforme de trabajo que usaría. También su infantil rostro sería transformado cuando le maquillaron, le pintaron los labios y le pintaron la cejas.
“Para servir a los clientes no tengo que andar medio pelada y pintada”, le replicó Nena. Pero la mujer le contestó que su trabajo era atender las mesas de la cervecería y, además, tener relaciones sexuales con los clientes que pagaran el servicio.
La decisión de la niña fue irse del lugar; pero salió a la luz las verdaderas motivaciones de su tía al llevarla a ese negocio. “¿Cómo te vas a ir?, si yo le he dado dinero a tu tía por vos”, le replicó la proxeneta.
Desde ese momento, el negocio se convirtió en su cárcel: “de día me encerraban bajo llave en un cuarto para que no me escapara”, recuerda. De su memoria tampoco se borra el día en que se prostituyó por primera vez: “el cliente era un policía de Hacienda y pensé que si le contaba mi historia me ayudaría”, afirma.

El engaño

Pero el que creía que sería su salvador, solo tomó ventaja del relato y se aprovechó de la adolescente. Aquel primer “rato”, le hizo entender que solo prostituyéndose saldría de lugar y así lo hizo. Trabajó por dos años ganando tres colones por cada servicio en la cervecería, hasta que compró su libertad.
Pero para ella ya era demasiado tarde para salirse de esa vida y junto a su mejor amiga decidieron prostituirse en aquellos pueblos del interior del país donde se realizaran fiestas patronales, “aunque cada servicio solo costaba 1.25 de colón, se ganaba mucho más dinero y solo trabajábamos tres días”, dice.
Esas giras la llevaron hasta ciudad de Guatemala donde conoció a su esposo. Recién llegada, alquiló un humilde cuarto para trabajar en lo único que sabía hacer. Pero la fortuna una vez más abandonó a Nena; a pocos días de haber llegado, se enfermó y permaneció en cama por varios días.
Su enfermedad no le permitía trabajar y el dinero le escaseaba. En unos de sus intentos de salir de la cama conoció a un humilde zapatero que rentaba un cuarto cerca del suyo. Poco acostumbrada a la bondad de la gente, la convaleciente mujer le extrañó que un desconocido le ofreciera ayuda sin conocerla.
Pero el hombre la llevó hasta su casa y la cuidó por más de tres meses hasta que estuvo recuperada.
Después el romance tocó por segunda vez a la puerta de Nena, quien formó pareja con su salvador.
Además de ofrecerle el calor de un hogar en la fría ciudad de Guatemala, el zapatero le enseñó el oficio de chapucera para remendar zapatos. Poco a poco, la mujer fue haciendo la clientela suficiente como para lograr mantenerse por sí misma.

Nace una familia

Con el tiempo llegaron los hijos de la pareja, siete en total. Pero, la relativa estabilidad de la nueva familia duraría poco gracias al alcoholismo y el maltrato físico de su compañero de vida.
Las difíciles circunstancias obligaron a Nena a dejar a compañero para regresar a San Salvador. “Él me quemó todos los papeles para que no pudiera venirme, pero de todos modos me vine”, recuerda. Nada ni nadie esperaba a la mujer en el país, como siempre nada era fácil para ella.
Así decidió entrar ilegalmente a su propio país y con la carga extra de siete niños y sin ningún lugar donde llegar. Unos policías guatemaltecos le facilitaron el paso por el río que divide los dos países.
Al llegar a San Salvador se dirigió al sector del barrio Concepción de San Salvador, donde abundan negocios de prostitución y cervecerías. Ahí encontró trabajo y comida en un cafetín en el que la dueña alquilaba cuartos para “ejercer”.
Después de un tiempo de trabajar como mesera en el local ganando cinco colones diarios más dos tiempos de comida y bajo la presión de mantener a sus hijos, decidió volver a comerciar su cuerpo. Los sentimientos que aquella primera vez le provocara el policía de Hacienda regresaron a la memoria de Nena, para sentir la humillación una vez más; “regresar a la prostitución, después de estar retirada un tiempo, es tan duro como la primera vez”, asegura.

De regreso

Un pequeño cuarto en la calle Celis del barrio Concepción le sirvió para ganarse la vida. Su rutina empezaba muy temprano, a las seis de la mañana. A esa hora se iba al “talón”, como ella le llama a ese oficio, porque aprovechaba el paso de los trabajadores que abordaban el transporte colectivo cerca de su cuarto. De la misma forma, en la hora pico de la tarde los clientes aumentaban y con ellos las ganancias.
Un par de horas por la mañana y por la tarde le bastaban para ganar un sueldo que cubría con creces sus necesidades y las de sus hijos, de quienes nunca se separó.
Pero en este nuevo regreso, el trabajo le traería nuevos problemas con el alcohol y las drogas.
Ahora reflexiona que el dinero que ganaba, un promedio de 500 colones diarios, lo gastaba en sus vicios. A principios de la década de los ochenta, el miedo al Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) y el peso de los años le indicaron que el retiro estaba cerca.
Aunque todavía no cumplía los cuarenta años, sus clientes empezaron a reducirse gracias a la competencia de las más jóvenes y el miedo al SIDA.
Sin embargo, la vida fuera de la prostitución prometía poco. Los años de bondades se esfumaron entre botellas y drogas. Pero la formación de “Flor de Piedra”, la institución que se especializaría en la problemática de las trabajadoras del sexo, le brindó una oportunidad para romper el círculo de miseria en el que había vivido.

El retiro

Según Doris Montenegro, coordinadora del Programa de Salud y Violencia de CEMUJER, sostiene que a partir de los programas de apoyo sicológico que su institución brinda a trabajadoras del sexo han podido constatar que en la mayoría de los casos las mujeres mayores son más vulnerables. “Para poder competir con las más jóvenes ofrecen tener relaciones sin condón lo que aumenta para ellas el riesgo de contraer enfermedades”, afirma. La activista también sostiene que las severas depresiones que sufren las orillan a consumir drogas; esto sumado a su situación económica las obliga a vivir en la indigencia.
Esta realidad, ha impulsado a instituciones como “Flor de Piedra” a echar a andar programas de capacitación en un oficio que les posibilite dejar el mundo de la prostitución.
Nena formó parte de esos programas desde la fundación de la institución, que se produjo en 1991, y ahí aprendió a elaborar piñatas.
Un tiempo después, entró a formar parte de la organización como promotora social, trabajo que hace hasta la fecha. “Yo fui puta por ser puta, sin plantearme ninguna meta, pero ahora les hacemos conciencia a las compañeras que se planteen metas para ejercer las prostitución”, reflexiona.
De esta forma Nena espera que su trabajo haga que las mujeres que ejercen ese trabajo no solo lo hagan para mantener a lo que ellas llaman un “chivo” o para gastarlo en drogas.
En su lugar, animan a que sus ex colegas piensen en ahorrar para establecer un negocio, comprar casa o seguir estudiando.
“Ahora lo que quisiera es establecer mi propio negocio de piñatas para que mis hijos lo administren y vivan de eso, también quiero seguir trabajando para ayudar con mi historia a las otras compañeras”, reflexiona.

Una caminata por El Centenario

El parque está rodeado de hospedajes y cervecerías. Detrás de las rejas que cubren las ventanas, mujeres jóvenes y otras no tan jóvenes, con ropa corta y ajustada al cuerpo, compiten por las miradas de los transeúntes esperando que alguno se anime a entrar.
En uno de esos bares, Juana de 45 años se gana la vida con su cuerpo, cobra diez dólares el rato, al igual que sus compañeras. En días buenos, puede ganar hasta 30 dólares; en los malos, nada. Una minifalda café deja ver sus firmes piernas, quizás esculpidas por años de caminar con tacones altos. Sin embargo, las arrugas, que ni una capa de maquillaje ocultan, delata su verdadera edad.
Ella ha trabajado en el parque desde los 15 años. Solo ha estado ausente en sus períodos de embarazo de sus hijas, “una arquitecto y la otra ingeniero”, dice con orgullo.
Sus hijas no saben de la doble vida que ha llevado desde siempre, la misma vida que pagó sus estudios, les dio de comer y un lugar donde vivir.
Junto a ella está su amiga Nohelia de 37 años, quien también lleva una doble vida y está próxima a retirarse. “Solo quiero preparar al mayor de mis seis hijos y me retiro. Solo le faltan 15 materias para ser ingeniero”, dice.
Las dos mujeres representan el ocaso de las trabajadoras del sexo, a su edad los clientes se han reducido drásticamente, bajo la presión de la desmedida competencia de las más jóvenes.

El negocio propio
Algunas trabajadoras del sexo logran, en corto tiempo, ahorrar dinero para salirse de la prostitución.

Marimar es una esbelta joven morena de la costa oriente del país. Cuando tenía 27 años se hizo cargo de sus dos hijos ella sola.
Su precaria condición le obligó a trabajar como prostituta para mantener a su familia. A diferencia de otras mujeres, ella supo desde el principio que eso solo era temporal.
En su mente siempre estuvo la meta de reunir dinero para poner un negocio propio. A los pocos años de estar en el negocio Marimar ya había reunido una fuerte cantidad de dinero, amueblado su casa, la cual todavía está pagando. “Ahorré más de mil dólares y eso me sirvió para poner el negocio”, dice. Por cosas del destino compró el derecho para explotar una cervecería del parque Centenario.
“No quería que fuera un negocio de estos, pero ya que me salió la oportunidad no la rechacé”, dice. Su negocio le ha permitido recobrar un poco de la dignidad perdida en sus años de trabajadora del sexo: “a veces los clientes me preguntan cuánto cobro y yo les digo que soy la dueña y ellos se disculpan. Me gusta que ellos se disculpen, porque me siento respetada”.



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