
|
 |
REPORTAJE
El
marchitar de un oficio
Las
trabajadoras del sexo en el país deben soportar diferentes penurias
para ganarse la vida. Después de pocos años de un trabajo
desgastante -y en muchas ocasiones acompañado del consumo de
droga- deben lidiar con la competencia de las más jóvenes.
Al final del camino no les espera un retiro tranquilo y mucho menos
una vida fácil.
Ernesto
Villalobos
vertice@elsalvador.com
Nena, una mujer de más de cincuenta años, frecuenta los
negocios de prostitución del parque Centenario. Detrás
de su actitud positiva, se esconde un amargo pasado dentro del comercio
del placer.
Ella ejerció ese trabajo desde sus tempranos 13 años.
Su historia es igual pero distinta a las de sus colegas. Todos los relatos
esconden un pasado que mezcla la miseria económica y la carencias
del alma.
En el país, hay muy poca información sobre cuántas
mujeres podrían estar ejerciendo la prostitución.
No hay cifras definitivas ni actualizadas y la poca información
disponible la ha elaborado, por sus propios medios Flor de Piedra,
la institución en la que Nena trabaja.
Según un censo realizado en 1999, en el Área Metropolitana
de San Salvador trabajarían unas 700 mujeres. Pero no es una
cifra exacta, porque en éste solo se tomaron en cuenta las que
trabajan en parques, calles o cervecerías.
Esa cifra sería mucho mayor si se tomara en cuenta los barras
shows, las casas de citas y las mujeres que trabajan por medio de teléfonos
celulares.
Más del 30% de las mujeres censadas son mayores de 30 años,
edad en la que bajaría su atractivo para los clientes. El otro
gran sector se encuentra entre los 18 y 30 años que sería
la etapa en la que más dinero ganan de la prostitución.
Esa demanda masculina por carne joven hace que la mayoría
de trabajadoras del sexo empiecen a muy corta edad; unas incluso desde
niñas, como en la historia de Nena, que ejemplifica la tragedia
de muchas jóvenes salvadoreñas.
Cuando a penas entraba a la pubertad, su precoz interés por el
sexo opuesto le jugó una mala pasada que marcaría el destino
de su vida. Conocí a un muchacho mayor que yo y nos hicimos
novios, recuerda.
La relación de Nena no fue bien vista por su madre, quien al
darse cuenta la expulsó de su casa. La pequeña halló
refugio en un comedor donde le pagaban 15 colones al mes. Una pariente
cercana, que ejercía la prostitución, la visitó
un día en el negocio donde trabajaba. Al darse cuenta cuanto
ganaba, le propuso encontrarle un trabajo mejor.
la primera vez
Además, la niña le confesó a su tía que
ya había consumado la relación con el novio por el que
su madre le había echado de la casa y que además era casado.
Para su tía, Nena había perdido todo su valor como mujer,
al ya no ser virgen. Las recriminaciones de su tía votaron al
suelo la poca autoestima que le quedaba después de que su madre
la echara de la casa.
La confesión también dio alas a los oscuros propósitos
de su pariente. Un día, la llevó a un lugar que parecía
un comedor. Entrada la noche, la dueña del cafetín Royal
de la ciudad de San Miguel la preparó para atender a los clientes.
Una minifalda y una camisa escotada sería el uniforme de trabajo
que usaría. También su infantil rostro sería transformado
cuando le maquillaron, le pintaron los labios y le pintaron la cejas.
Para servir a los clientes no tengo que andar medio pelada y pintada,
le replicó Nena. Pero la mujer le contestó que su trabajo
era atender las mesas de la cervecería y, además, tener
relaciones sexuales con los clientes que pagaran el servicio.
La decisión de la niña fue irse del lugar; pero salió
a la luz las verdaderas motivaciones de su tía al llevarla a
ese negocio. ¿Cómo te vas a ir?, si yo le he dado
dinero a tu tía por vos, le replicó la proxeneta.
Desde ese momento, el negocio se convirtió en su cárcel:
de día me encerraban bajo llave en un cuarto para que no
me escapara, recuerda. De su memoria tampoco se borra el día
en que se prostituyó por primera vez: el cliente era un
policía de Hacienda y pensé que si le contaba mi historia
me ayudaría, afirma.
El engaño
Pero el que creía que sería su salvador, solo tomó
ventaja del relato y se aprovechó de la adolescente. Aquel primer
rato, le hizo entender que solo prostituyéndose saldría
de lugar y así lo hizo. Trabajó por dos años ganando
tres colones por cada servicio en la cervecería, hasta que compró
su libertad.
Pero para ella ya era demasiado tarde para salirse de esa vida y junto
a su mejor amiga decidieron prostituirse en aquellos pueblos del interior
del país donde se realizaran fiestas patronales, aunque
cada servicio solo costaba 1.25 de colón, se ganaba mucho más
dinero y solo trabajábamos tres días, dice.
Esas giras la llevaron hasta ciudad de Guatemala donde conoció
a su esposo. Recién llegada, alquiló un humilde cuarto
para trabajar en lo único que sabía hacer. Pero la fortuna
una vez más abandonó a Nena; a pocos días de haber
llegado, se enfermó y permaneció en cama por varios días.
Su enfermedad no le permitía trabajar y el dinero le escaseaba.
En unos de sus intentos de salir de la cama conoció a un humilde
zapatero que rentaba un cuarto cerca del suyo. Poco acostumbrada a la
bondad de la gente, la convaleciente mujer le extrañó
que un desconocido le ofreciera ayuda sin conocerla.
Pero el hombre la llevó hasta su casa y la cuidó por más
de tres meses hasta que estuvo recuperada.
Después el romance tocó por segunda vez a la puerta de
Nena, quien formó pareja con su salvador.
Además de ofrecerle el calor de un hogar en la fría ciudad
de Guatemala, el zapatero le enseñó el oficio de chapucera
para remendar zapatos. Poco a poco, la mujer fue haciendo la clientela
suficiente como para lograr mantenerse por sí misma.
Nace una familia
Con el tiempo llegaron los hijos de la pareja, siete en total. Pero,
la relativa estabilidad de la nueva familia duraría poco gracias
al alcoholismo y el maltrato físico de su compañero de
vida.
Las difíciles circunstancias obligaron a Nena a dejar a compañero
para regresar a San Salvador. Él me quemó todos
los papeles para que no pudiera venirme, pero de todos modos me vine,
recuerda. Nada ni nadie esperaba a la mujer en el país, como
siempre nada era fácil para ella.
Así decidió entrar ilegalmente a su propio país
y con la carga extra de siete niños y sin ningún lugar
donde llegar. Unos policías guatemaltecos le facilitaron el paso
por el río que divide los dos países.
Al llegar a San Salvador se dirigió al sector del barrio Concepción
de San Salvador, donde abundan negocios de prostitución y cervecerías.
Ahí encontró trabajo y comida en un cafetín en
el que la dueña alquilaba cuartos para ejercer.
Después de un tiempo de trabajar como mesera en el local ganando
cinco colones diarios más dos tiempos de comida y bajo la presión
de mantener a sus hijos, decidió volver a comerciar su cuerpo.
Los sentimientos que aquella primera vez le provocara el policía
de Hacienda regresaron a la memoria de Nena, para sentir la humillación
una vez más; regresar a la prostitución, después
de estar retirada un tiempo, es tan duro como la primera vez,
asegura.
De regreso
Un pequeño cuarto en la calle Celis del barrio Concepción
le sirvió para ganarse la vida. Su rutina empezaba muy temprano,
a las seis de la mañana. A esa hora se iba al talón,
como ella le llama a ese oficio, porque aprovechaba el paso de los trabajadores
que abordaban el transporte colectivo cerca de su cuarto. De la misma
forma, en la hora pico de la tarde los clientes aumentaban y con ellos
las ganancias.
Un par de horas por la mañana y por la tarde le bastaban para
ganar un sueldo que cubría con creces sus necesidades y las de
sus hijos, de quienes nunca se separó.
Pero en este nuevo regreso, el trabajo le traería nuevos problemas
con el alcohol y las drogas.
Ahora reflexiona que el dinero que ganaba, un promedio de 500 colones
diarios, lo gastaba en sus vicios. A principios de la década
de los ochenta, el miedo al Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida
(SIDA) y el peso de los años le indicaron que el retiro estaba
cerca.
Aunque todavía no cumplía los cuarenta años, sus
clientes empezaron a reducirse gracias a la competencia de las más
jóvenes y el miedo al SIDA.
Sin embargo, la vida fuera de la prostitución prometía
poco. Los años de bondades se esfumaron entre botellas y drogas.
Pero la formación de Flor de Piedra, la institución
que se especializaría en la problemática de las trabajadoras
del sexo, le brindó una oportunidad para romper el círculo
de miseria en el que había vivido.
El retiro
Según Doris Montenegro, coordinadora del Programa de Salud y
Violencia de CEMUJER, sostiene que a partir de los programas de apoyo
sicológico que su institución brinda a trabajadoras del
sexo han podido constatar que en la mayoría de los casos las
mujeres mayores son más vulnerables. Para poder competir
con las más jóvenes ofrecen tener relaciones sin condón
lo que aumenta para ellas el riesgo de contraer enfermedades,
afirma. La activista también sostiene que las severas depresiones
que sufren las orillan a consumir drogas; esto sumado a su situación
económica las obliga a vivir en la indigencia.
Esta realidad, ha impulsado a instituciones como Flor de Piedra
a echar a andar programas de capacitación en un oficio que les
posibilite dejar el mundo de la prostitución.
Nena formó parte de esos programas desde la fundación
de la institución, que se produjo en 1991, y ahí aprendió
a elaborar piñatas.
Un tiempo después, entró a formar parte de la organización
como promotora social, trabajo que hace hasta la fecha. Yo fui
puta por ser puta, sin plantearme ninguna meta, pero ahora les hacemos
conciencia a las compañeras que se planteen metas para ejercer
las prostitución, reflexiona.
De esta forma Nena espera que su trabajo haga que las mujeres que ejercen
ese trabajo no solo lo hagan para mantener a lo que ellas llaman un
chivo o para gastarlo en drogas.
En su lugar, animan a que sus ex colegas piensen en ahorrar para establecer
un negocio, comprar casa o seguir estudiando.
Ahora lo que quisiera es establecer mi propio negocio de piñatas
para que mis hijos lo administren y vivan de eso, también quiero
seguir trabajando para ayudar con mi historia a las otras compañeras,
reflexiona.
|
Una
caminata por El Centenario
El parque está rodeado de hospedajes y cervecerías.
Detrás de las rejas que cubren las ventanas, mujeres jóvenes
y otras no tan jóvenes, con ropa corta y ajustada al cuerpo,
compiten por las miradas de los transeúntes esperando que
alguno se anime a entrar.
En uno de esos bares, Juana de 45 años se gana la vida
con su cuerpo, cobra diez dólares el rato, al igual que
sus compañeras. En días buenos, puede ganar hasta
30 dólares; en los malos, nada. Una minifalda café
deja ver sus firmes piernas, quizás esculpidas por años
de caminar con tacones altos. Sin embargo, las arrugas, que ni
una capa de maquillaje ocultan, delata su verdadera edad.
Ella ha trabajado en el parque desde los 15 años. Solo
ha estado ausente en sus períodos de embarazo de sus hijas,
una arquitecto y la otra ingeniero, dice con orgullo.
Sus hijas no saben de la doble vida que ha llevado desde siempre,
la misma vida que pagó sus estudios, les dio de comer y
un lugar donde vivir.
Junto a ella está su amiga Nohelia de 37 años, quien
también lleva una doble vida y está próxima
a retirarse. Solo quiero preparar al mayor de mis seis hijos
y me retiro. Solo le faltan 15 materias para ser ingeniero,
dice.
Las dos mujeres representan el ocaso de las trabajadoras del sexo,
a su edad los clientes se han reducido drásticamente, bajo
la presión de la desmedida competencia de las más
jóvenes.
|
El
negocio propio
Algunas trabajadoras del sexo logran, en corto tiempo, ahorrar
dinero para salirse de la prostitución.
Marimar es una esbelta joven morena de la costa oriente
del país. Cuando tenía 27 años se hizo
cargo de sus dos hijos ella sola.
Su precaria condición le obligó a trabajar
como prostituta para mantener a su familia. A diferencia
de otras mujeres, ella supo desde el principio que eso solo
era temporal.
En su mente siempre estuvo la meta de reunir dinero para
poner un negocio propio. A los pocos años de estar
en el negocio Marimar ya había reunido una fuerte
cantidad de dinero, amueblado su casa, la cual todavía
está pagando. Ahorré más de mil
dólares y eso me sirvió para poner el negocio,
dice. Por cosas del destino compró el derecho para
explotar una cervecería del parque Centenario.
No quería que fuera un negocio de estos, pero
ya que me salió la oportunidad no la rechacé,
dice. Su negocio le ha permitido recobrar un poco de la
dignidad perdida en sus años de trabajadora del sexo:
a veces los clientes me preguntan cuánto cobro
y yo les digo que soy la dueña y ellos se disculpan.
Me gusta que ellos se disculpen, porque me siento respetada.
|
|
Copyright 2002
El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización
escrita de su titular. |
|