19 de enero de 2003

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Bendito es el fruto de tu vientre...

El conflicto árabe israelí tiene una predilección entre sus víctimas: los civiles, que no pertenecen ni un bando. En medio del cruce de balas, los transeúntes, los obreros, las familias siempre están presentes para quedarse con la peor tajada. Durante la pasada Navidad, una pareja palestina vivió su propio drama al margen de los escándalos por corrupción que pesan sobre el gobierno israelí de Ariel Sharon y las expectativas que hay por las nuevas elecciones a celebrarse el 28 de enero.

Sean Hawkey*
vertice@elsalvador.com

Cuando Nahed Fawaregh supo de su embarazo, a principios de este año, ella y su esposo se sintieron bendecidos. Tenía fecha para dar a luz los primeros días de diciembre y para el parto viajaría hasta la cercana maternidad, en Belén.
Nahed y su familia viven en un pequeño pueblo llamado Ma´sarah (significa prensa de aceitunas) donde los campos están salpicados de olivares y viñedos. No hay clínicas especializadas en maternidad en Ma´sarah , así que ella viajaría a la cercana Belén para el nacimiento. Mientras que muchos de los pobladores cuidan pequeños rebaños de cabras y ovejas, el marido de Nahed conduce un taxi, por lo que llegar al hospital no podía ser un problema.
Nahed, quien acaba de cumplir 20 años, fue el centro del cariño y la atención familiar a medida que el niño crecía en su vientre. Los amigos le daban pequeños regalos; las mujeres ancianas le tejían pequeños pullovers y todos se aseguraban que ella comiera lo que quisiera. Nahed era una imagen radiante de salud y felicidad.
El 27 de noviembre al mediodía, Nahed entró en trabajo de parto. Ya había preparado su bolso así que partió con su marido en el taxi hacia Belén. Tomaron el único camino que no está lleno de excavaciones y bloqueado por pilas de tierra y escombro dejadas por bulldozers israelíes. Pero sólo a ciertas personas le está permitido transitar por esta ruta: a los judíos que viven en los fuertemente custodiados asentamientos. El inofensivo término “asentamiento” no describe con precisión las colonias en expansión: ciudades y pueblos levantados en la tierra más alta, tomados por las fuerzas militares y habitados por unas 400 mil personas, muchos de ellos inmigrantes de países del Este de Europa. A la gente de la zona se le dejan los espacios cada vez menores, ubicados entre las colonias y los caminos que las unen. El agua que necesitan para el riego es desviada hacia las tierras ocupadas por Israel.

Prohibido pasar

Los Fawareghs sabían que les estaba prohibido transitar por la ruta sólo permitida a los judíos, pero en este caso era una emergencia. Rogaron que no se encontraran con una patrulla israelí, pero así sucedió.
Un jeep con cuatro soldados de las fuerzas de ocupación israelí los interceptó y los detuvo a punta de pistola. Los soldados no dijeron nada aún cuando era obvio que Nahed sentía mucho dolor. Rompió la bolsa de aguas y el señor Fawaregh suplicó a los soldados que los dejaran pasar, ellos le dijeron que se callara. Nahed comenzó a sangrar pero los soldados tampoco dijeron nada, sólo los mantuvieron esperando. Finalmente, después de dos horas, los dejaron partir.
Este no fue ni un error ni un caso aislado. Esto es parte de la persecución diaria que sufren los cristianos y musulmanes de Palestina; es una política israelí. De hecho, esto es tan común que a las fuerzas israelíes de ocupación se las provee de equipos médicos para ocuparse de las mujeres que “eligen dar a luz en los puntos de control”.
Belén está bajo toque de queda, las calles son patrulladas por tanques. “Esto es una prisión” explica Mitri Raheb, un sacerdote residente: “si dejas tu casa, serás baleado”. La tripulación de los tanques grita a través de megáfonos a medida que pasa con estruendos delante de las casas: “no salgan, animales”. La tarde en que Nahed llegó a Belén, el señor Rabayia, quien había ido a buscar pan para su familia, fue baleado y muerto por tropas de ocupación. Le dispararon en la parte trasera de la cabeza con una bala explosiva. Frecuentemente, esos asesinatos son informados como fuego cruzado, la gente aquí explica desesperada que “ello significa que nosotros cruzamos y ellos hacen fuego, disparan”. Lleno de impotencia, miro a su madre y a su esposa que rechinan sus dientes y tiran de sus cabellos y ropas con profunda pena.
En Belén, una estatua de la Virgen María está colocada sobre la entrada de la maternidad llamada Sagrada Familia. Está acribillada por balas israelíes. Cuando Nahed finalmente llegó al hospital, era evidente que el largo retraso había sido crítico. Su bebé, un varón, había muerto.
Nahed me cuenta su historia con tranquilidad; está llena de gracia, “Le ofrezco mi sufrimiento a Dios”, dice. Mientras la miro no puedo evitar pensar que se puede ver la historia completa en su cara, no sólo su propia historia, sino la historia de Palestina.

* Sean Hawkey es editor de “Acción” publicación de la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana


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