 |  |
LA
ARISTA AFILADA
Los
terroristas y la guerra preventiva
Al temible Abu Abbas lo detuvieron
en las cercanías de Bagdad. Todo fue tan rápido y tan
brusco que lo traicionaron los esfínteres. La vejiga es así:
humedece los momentos más heroicos. Lo entregaron ex miembros
de policía política iraquí. Se trata del terrorista
palestino que en 1985 secuestró el barco italiano Achille
Lauro y asesinó a un pasajero inválido de nacionalidad
estadounidense. Lo interesante es que en medio del caos de la ocupación,
mientras se sucedían los pillajes, el gobierno norteamericano
haya dedicado tiempo y una unidad especial de inteligencia a capturar
al siniestro personaje.
Esta anécdota esconde una importantísima lección,
y harían bien los sirios, los iraníes, e incluso los saudíes,
en tomarse muy en serio las advertencias de Estados Unidos. Tras el
11 de septiembre de 2001, cuando cayeron las Torres Gemelas y el Pentágono
fue atacado, la Casa Blanca tomó la decisión de aplastar
sin piedad a cualquier gobierno que pusiera en peligro la seguridad
norteamericana o que sirviera de refugio a terroristas dedicados a perturbar
la paz internacional y a perjudicar los intereses estadounidenses.
Inmediatamente, cuando se identificaron a los culpables, Afganistán
fue conminado a entregar a la justicia norteamericana a Ben Laden y
a sus secuaces de Al Qaeda. Al no hacerlo, Washington descargó
su mano de hierro sobre los talibanes y los grupos terroristas que pululaban
en el país. Poco tiempo más tarde le tocó el turno
a Sadam Husein, y en apenas tres semanas los marines ocupaban todo el
territorio iraquí. Buscaban armas de destrucción masiva,
pero también a sujetos como Abu Abbas, de la estirpe de Ben Laden,
porque los centros de poder norteamericanos comprenden perfectamente
que se enfrentan a un enemigo que tiene dos cabezas: los Estados desestabilizadores
y las organizaciones terroristas auspiciadas por ellos para lograr sus
fines.
El espectro rojo
Este letal matrimonio entre Estados desestabilizadores y organizaciones
terroristas fue un fenómeno surgido en los años sesenta
del siglo XX al amparo de la Guerra Fría. La URSS ambicionaba
el control total del planeta, mientras Estados Unidos contenía
o resistía ese espasmo imperial. Y como las dos superpotencias,
sabiamente, esquivaban la confrontación total, que acaso hubiera
significado el aniquilamiento de medio planeta, Moscú desarrolló
o potenció la estrategia de la subversión terrorista y
guerrillera, creando o estimulando grupos capaces de golpear en países
como Italia, Alemania, Israel, Inglaterra, España, Japón
y casi toda América Latina.
La hipótesis en que se sustentaban estos esfuerzos subversivos
era de un aterrador cinismo: secuestrando, colocando bombas, asesinando
selectivamente o creando grupos de guerrilleros rurales, era posible
destruir la confianza general en la viabilidad de los Estados
burgueses hasta que, poco a poco, la sociedad fuera aceptando
la inevitabilidad, e incluso la conveniencia de adoptar el modelo comunista
de organización general, siempre bajo la admonición implacable
de la URSS. Las organizaciones protegidas o creadas ni siquiera tenían
que ser marxistas convencidas: lo único que debía identificarlas
era un odio invencible contra Estados Unidos y la certeza de que para
lograr el desarrollo económico era indispensable destruir el
modo capitalista de producción y las estructuras políticas
liberales.
El santuario de todos
Fue así como Cuba desde 1966 se convirtió en una especie
de santuario mundial de la subversión internacional. Momento
en que en ese país se creó oficialmente La Tricontinental,
e inmediatamente comenzaron a acudir terroristas de todo pelaje y origen
-etarras vascos, tupamaros uruguayos, palestinos, irlandeses del IRA,
sandinistas, macheteros puertorriqueños, y otras gentes de rompe
y rasga-, todos en busca de adiestramiento, armas, dinero, coordinación
o refugio cuando la persecución en sus países de origen
se hacía muy intensa.
Naturalmente, no sólo La Habana poseía la turbia distinción
de ser la capital del terrorismo. Muy pronto Damasco, Bagdad, Teherán,
Trípoli, Jartum, Pyongyang y Sofía fueron alimentando
a sus propios grupos terroristas, controlados en la distancia por los
soviéticos. Pero entre todos estos Estados desestabilizadores,
aunque existieran diferencias tácticas, existía una suerte
de colaboración, como se demuestra leyendo la biografía
del terrorista venezolano Iván Ilich Ramírez, Carlos
el Chacal, el héroe y amigo de Hugo Chávez, quien
comenzara recibiendo entrenamiento en Cuba, más luego recorriera
toda esa geografía del odio forjando alianzas y sirviendo a diversas
organizaciones, puesto que todas coincidían en los objetivos
finales que perseguían.
Curiosamente, cuando implosionó la URSS no se llevó a
la tumba a estos siniestros grupos terroristas, aunque sí desapareció
la protección y la impunidad que les brindaba el Ejército
Rojo. La Rusia más o menos democrática, capitalista, alejada
del comunismo, ya no tenía interés en desestabilizar a
Occidente, sino en beneficiarse del comercio y de las buenas relaciones
diplomáticas con los enemigos de la víspera. Los Estados
desestabilizadores, en cambio, por inercia, y tal vez porque no se daban
cuenta del peligro que corrían, continuaron asistiendo a las
organizaciones terroristas, hasta que un fatídico 11 de septiembre
de 2001 cambió súbitamente el clima internacional en que
hasta entonces habían actuado. A partir de ese momento, entrenar,
ayudar o simplemente darle posada y fonda a estos asesinos políticos
puede acarrear un altísimo costo. Estados Unidos no quiere correr
el riesgo de que otros Ben Laden los ataque. Y para evitarlo, están
dispuestos a atacar primero. Esa es la guerra preventiva.
Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular. | |