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ESPECIAL
Cuando
los salvadoreños quemaron Washington
Hace
doce años, los emigrantes salvadoreños armaron el último
motín violento de Washington DC. Fue una explosión que
no se ha repetido y cuya mecha sigue ardiendo a raíz de las diferencias
raciales.
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Todo ocurrió en Mount Pleasant, un barrio de
casas elegantes en el centro de la zona noroeste de Washington, a cuatro
kilómetros de la Casa Blanca. Hace 12 años estaba alfombrada
de cristales rotos, rodeada por policías aterrorizados, incapaces
de comprender como un grupo de emigrantes podía crear tanta violencia.
Irónico: corrían buenos tiempos. Estados Unidos era vencedor
en la Guerra Fría y antes de un año la guerrilla y el
gobierno salvadoreño firmarían la paz en el castillo de
Chapultepec, México. Los motines estaban ligados con la Guerra
Fría y las batallas en Centroamérica.
Cada nación centroamericana fue peón de la Guerra Fría.
No menos de 200 mil muertos dejó la violencia en Guatemala, El
Salvador y Nicaragua. En una década, dos millones de hombres
y mujeres huyeron de sus patrias, casi todos a América del Norte.
Dos de casa seis salvadoreños viven en Estados Unidos.
La mayor oleada llegó entre 1980 y 1985, cuando las guerras eran
matanzas. Luego, la migración disminuiría, pero nunca
terminaría. Hombres y mujeres llegarían a Estados Unidos
atravesando altiplanos guatemaltecos y serranías y desiertos
mexicanos. Eran ancianos y jóvenes, algunos casi niños.
Muchos cargaban bebés.
Duro como chapernos
Lo que no te mata te hace fuerte, escribió Federico
Nietszche. Los emigrantes soportaron miles de kilómetros de hambre,
dolores, humillaciones, fríos y calores. Muchos llegaron endurecidos
por la guerra que se peleaba en el patio de sus casas. Habían
campesinos que nunca conocieron las ciudades de sus países y
terminaron viviendo en la capital de Estados Unidos. Electricidad, inodoros,
sistema de cañerías les eran tan desconocidos como la
nieve.
Muchos eran veteranos de los ejércitos centroamericanos, así
como ex-contras, ex-sandinistas, ex-guerrilleros salvadoreños
y guatemaltecos, gente presta a defenderse, y a defenderse matando.
Un gran número de emigrantes centroamericanos se asentaron en
Mount Pleasant, especialmente salvadoreños atraídos por
la abundancia de trabajo en la capital. Durante años, la otrora
elegante Mount Pleasant había sido una de las zonas más
azotadas por el crimen del noroeste de Washington, pero un programa
de vigilancia vecinal redujo los delitos en un 25% en 1989.
Los recién llegados trajeron nuevos problemas. Ellos competían
con la población negra por viviendas y empleos. Negros y latinos
levantaban barreras de idioma y cultura. La raza determina mucho de
lo que pasó aquel sábado.
Una fiesta salvaje
Cada 5 de mayo los mexicanos conmemoran la victoria de Puebla, cuando
en 1862, un ejército compuesto por indígenas zapotecos
derrotó a los invasores franceses. En los Estados Unidos, cada
minoría hispana lo celebra con un día de comida y fiesta,
celebración y cerveza.
El 5 de mayo de 1991, Daniel Enrique Gómez bebía su cerveza
en un parque de Mount Pleasant. Era un hombre de 30 años de edad
que recién había llegado de El Salvador. La tarde era
clara y soleada, casi en el crepúsculo. La agente de policía
Angela Jewell y otra agente, ambas afroamericanas, se acercaron a decirle,
en español, que se deshiciera de la lata de cerveza.
Al comienzo de los noventa, muchos salvadoreños consideraban
que la policía era una fuerza militar que debía ser repelida.
Además, beber en público no es anormal en El Salvador,
como tampoco es escuchar música a volumen máximo u orinar
en en la calle, quejas frecuentes de los habitantes de Mount Pleasant.
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Dos veces regresaron las agentes y dos veces encontraron
al hombre con cerveza. A la tercera vez trataron de arrestarlo.
Daniel Enrique Gómez sacó una navaja. Las policías
trataron de lucharlo y consiguieron esposarle una muñeca. El
hombre siguió luchando con la mano libre, sosteniendo el cuchillo.
Entonces, Angela Jewell le disparó.
Gómez calló y las policías pidieron por radio una
ambulancia. Un rumor explotó entre los borrachos del cinco de
mayo: una policía negra le disparó a un salvadoreño
esposado.
Hombres comenzaron a rodear a las dos mujeres y al herido. Llegaban
adultos y adolescentes, borrachos y sobrios. Aterrorizadas, las agentes
metieron a Gómez en un taxi y escaparon.
Los hombres se juntaban en grupos pequeños, diciendo las palabras
básicas, las necesarias. Bastaba una chispa. Carros de policía
llegaron a Mount Pleasant. Esa fue la chispa.
Para entonces, los grupos eran una muchedumbre. La capitán de
policía actualmente retirada-- María Alvarenga,
emigrante salvadoreña, recuerda lo que ocurrió esa tarde.
Nos sorprendió la velocidad de aquella gente; cuando la
policía llegó los recibieron con cocteles Molotov; ya
tenían pañuelos alrededor de la cara, y sabían
como darle vuelta a un carro de policía antes de quemarlo.
La mayoría de los amotinados eran salvadoreños, algunos
veteranos de batallas que la policía de Washington no podía
imaginar.
A las 7:30 cuatro o cinco carros de policía estaban en
llamas, incluyendo una microbús, recuerda Alvarenga. Un
bus metropolitano había sido destruido luego de que sus pasajeros
y conductor huyeran. Ya se había iniciado la destrucción
de las vitrinas de los comercios de Mount Pleasant, que duraría
toda la noche.
Ardían latas de basura. El comisionado de policía Edward
Spurlock decidió retirar sus fuerzas.
Llegaron cámaras de televisión. Entonces, más
amotinados llegaron, esta vez blancos y negros, y ellos hicieron casi
todo el saqueo, recuerda María Alvarenga.
La policía arrojó gas lacrimógeno. Los amotinados
recogían las granadas y las devolvían.
La alcaldesa Sharon Pratt Kelly negra, atractiva, recién
casadafue obligada a salir de una reunión. Ella declaró
el toque de queda en la zona de Mount Pleasant, que duró cinco
días. Docenas de hombres fueron arrestados, incluyendo muchos
negros y blancos. Las no siempre amistosas relaciones entre negros y
latinos se envenenaron más. La policía comenzó
a considerar a los salvadoreños como raza violenta, asegura
la capitán Alvarenga.
Y llegó la paz
Pedro Avilés estaba cocinando camarones en su casa de Mount Pleasant
cuando ocurrió la erupción. Él había emigrado
de El Salvador a Washington en 1974, sacó una licenciatura en
filosofía y sociología y regresó a El Salvador,
a estudiar en la UCA y colaborar con el FMLN. Regresó cuando
el ejército asesinó a seis sacerdotes jesuitas. Cuando
comenzaron los motines, era hombre sin empleo. Llegaría a ser
nombrado Washingtoniano del Año por la revista Washingtonian.
Un artículo en el Washington Post definió a Avilés
como un hombre joven, inteligente y carismático. Tenía
32 años. Pedro Avilés salió a la calle. El fue
parte de un pequeño grupo de emigrantes salvadoreños y
dos monjes católicos, que convencieron a los amotinados que regresaran
a sus casas.
Súbitamente, Avilés era figura pública. En pocas
semanas, con la ayuda del Concilio Nacional de La Raza, se había
creado la Agencia de Acción del Consejo para los Derechos de
los Latinos. Allí estaba Mauricio Alarcón, ex-profesor
de la universidad George Mason, y el activista social Saúl Solórzano,
ambos salvadoreños.
Ellos tomaron las quejas de la comunidad latina a la alcaldía,
e iniciaron talleres sobre cómo obtener residencia legal o convertirse
en votante.
Entonces, en 1996, la ciudad de Washington, agobiada por las deudas,
pasó al control de un comité federal. La Agencia de Acción
desapareció ese año.
No hicimos todo lo que pudimos haber hecho, asegura Alarcón
en una entrevista hecha hace varios meses.
Sin embargo, Alarcón no cree que se desencadenen nuevos motines
en Mount Pleasant. La mayoría de los emigrantes que se
amotinaron aquel sábado se fueron hace tiempo, la mayoría
a los suburbios, algunos fueron deportados, y otros están muertos.
Patricia Campos, una joven abogada y sindicalista nacida en Chirilagua
(San Miguel), insiste que la población emigrante todavía
tiene problemas de vivienda y servicios básicos, especialmente
las comunidades latina y vietnamita. Pero para ella el principal reto
es crear confianza entre los grupos raciales y étnicos que habitan
en la capital en números mayores que en 1991.
Daniel Enrique Gómez sobrevivió. Desde hace cinco años
vive en Maryland, a una hora de Mount Pleasant.
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Noticias de los viejos tiempos
Un reporte especial para El Diario de
Hoy publicado el 8 de mayo de 1991 decía que los
residentes de la capital de los Estados Unidos prueban en este
momento lo que los habitantes en El Salvador han sufrido por más
de diez años: la violencia callejera desatada, no por negros
del ghetto, sino esta vez por izquierdistas salvadoreños.
Poco después de que una mujer policía hirió
gravemente de un balazo la noche del domingo a una salvadoreño
borracho que supuestamente la había agredido con un cuchillo
grande o machete, turbas de salvadoreños y otros hispanos,
negros y blancos se lanzaron a las calles del sector de Columbia
Road y Mount Pleasant, a poca distancia de la Casa Blanca, donde
quemaron autos, saquearon negocios y agredieron a la policía
durante dos días.
Las autoridades locales consideran que éste es el
peor motín experimentado aquí desde los disturbios
generados en 1968 por el asesinato del líder negro Martin
Luther King.
A lo largo de la semana, este periódico siguió ofreciendo
despachos sobre el papel de los salvadoreños en los disturbios
de Mount Pleasant.
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