18 de mayo de 2003

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Cuando los salvadoreños quemaron Washington

Hace doce años, los emigrantes salvadoreños armaron el último motín violento de Washington DC. Fue una explosión que no se ha repetido y cuya mecha sigue ardiendo a raíz de las diferencias raciales.

Francisco Ayala Silva
vertice@elsalvador.com

Todo ocurrió en Mount Pleasant, un barrio de casas elegantes en el centro de la zona noroeste de Washington, a cuatro kilómetros de la Casa Blanca. Hace 12 años estaba alfombrada de cristales rotos, rodeada por policías aterrorizados, incapaces de comprender como un grupo de emigrantes podía crear tanta violencia.

Irónico: corrían buenos tiempos. Estados Unidos era vencedor en la Guerra Fría y antes de un año la guerrilla y el gobierno salvadoreño firmarían la paz en el castillo de Chapultepec, México. Los motines estaban ligados con la Guerra Fría y las batallas en Centroamérica.
Cada nación centroamericana fue peón de la Guerra Fría. No menos de 200 mil muertos dejó la violencia en Guatemala, El Salvador y Nicaragua. En una década, dos millones de hombres y mujeres huyeron de sus patrias, casi todos a América del Norte. Dos de casa seis salvadoreños viven en Estados Unidos.

La mayor oleada llegó entre 1980 y 1985, cuando las guerras eran matanzas. Luego, la migración disminuiría, pero nunca terminaría. Hombres y mujeres llegarían a Estados Unidos atravesando altiplanos guatemaltecos y serranías y desiertos mexicanos. Eran ancianos y jóvenes, algunos casi niños. Muchos cargaban bebés.

Duro como chapernos

“Lo que no te mata te hace fuerte”, escribió Federico Nietszche. Los emigrantes soportaron miles de kilómetros de hambre, dolores, humillaciones, fríos y calores. Muchos llegaron endurecidos por la guerra que se peleaba en el patio de sus casas. Habían campesinos que nunca conocieron las ciudades de sus países y terminaron viviendo en la capital de Estados Unidos. Electricidad, inodoros, sistema de cañerías les eran tan desconocidos como la nieve.

Muchos eran veteranos de los ejércitos centroamericanos, así como ex-contras, ex-sandinistas, ex-guerrilleros salvadoreños y guatemaltecos, gente presta a defenderse, y a defenderse matando.

Un gran número de emigrantes centroamericanos se asentaron en Mount Pleasant, especialmente salvadoreños atraídos por la abundancia de trabajo en la capital. Durante años, la otrora elegante Mount Pleasant había sido una de las zonas más azotadas por el crimen del noroeste de Washington, pero un programa de vigilancia vecinal redujo los delitos en un 25% en 1989.
Los recién llegados trajeron nuevos problemas. Ellos competían con la población negra por viviendas y empleos. Negros y latinos levantaban barreras de idioma y cultura. La raza determina mucho de lo que pasó aquel sábado.

Una fiesta salvaje

Cada 5 de mayo los mexicanos conmemoran la victoria de Puebla, cuando en 1862, un ejército compuesto por indígenas zapotecos derrotó a los invasores franceses. En los Estados Unidos, cada minoría hispana lo celebra con un día de comida y fiesta, celebración y cerveza.

El 5 de mayo de 1991, Daniel Enrique Gómez bebía su cerveza en un parque de Mount Pleasant. Era un hombre de 30 años de edad que recién había llegado de El Salvador. La tarde era clara y soleada, casi en el crepúsculo. La agente de policía Angela Jewell y otra agente, ambas afroamericanas, se acercaron a decirle, en español, que se deshiciera de la lata de cerveza.

Al comienzo de los noventa, muchos salvadoreños consideraban que la policía era una fuerza militar que debía ser repelida. Además, beber en público no es anormal en El Salvador, como tampoco es escuchar música a volumen máximo u orinar en en la calle, quejas frecuentes de los habitantes de Mount Pleasant.

Dos veces regresaron las agentes y dos veces encontraron al hombre con cerveza. A la tercera vez trataron de arrestarlo.
Daniel Enrique Gómez sacó una navaja. Las policías trataron de lucharlo y consiguieron esposarle una muñeca. El hombre siguió luchando con la mano libre, sosteniendo el cuchillo. Entonces, Angela Jewell le disparó.

Gómez calló y las policías pidieron por radio una ambulancia. Un rumor explotó entre los borrachos del cinco de mayo: “una policía negra le disparó a un salvadoreño esposado”.

Hombres comenzaron a rodear a las dos mujeres y al herido. Llegaban adultos y adolescentes, borrachos y sobrios. Aterrorizadas, las agentes metieron a Gómez en un taxi y escaparon.

Los hombres se juntaban en grupos pequeños, diciendo las palabras básicas, las necesarias. Bastaba una chispa. Carros de policía llegaron a Mount Pleasant. Esa fue la chispa.

Para entonces, los grupos eran una muchedumbre. La capitán de policía –actualmente retirada-- María Alvarenga, emigrante salvadoreña, recuerda lo que ocurrió esa tarde. “Nos sorprendió la velocidad de aquella gente; cuando la policía llegó los recibieron con cocteles Molotov; ya tenían pañuelos alrededor de la cara, y sabían como darle vuelta a un carro de policía antes de quemarlo”. La mayoría de los amotinados eran salvadoreños, algunos veteranos de batallas que la policía de Washington no podía imaginar.
”A las 7:30 cuatro o cinco carros de policía estaban en llamas, incluyendo una microbús”, recuerda Alvarenga. Un bus metropolitano había sido destruido luego de que sus pasajeros y conductor huyeran. Ya se había iniciado la destrucción de las vitrinas de los comercios de Mount Pleasant, que duraría toda la noche.

Ardían latas de basura. El comisionado de policía Edward Spurlock decidió retirar sus fuerzas.
Llegaron cámaras de televisión. “Entonces, más amotinados llegaron, esta vez blancos y negros, y ellos hicieron casi todo el saqueo”, recuerda María Alvarenga.

La policía arrojó gas lacrimógeno. Los amotinados recogían las granadas y las devolvían.
La alcaldesa Sharon Pratt Kelly –negra, atractiva, recién casada—fue obligada a salir de una reunión. Ella declaró el toque de queda en la zona de Mount Pleasant, que duró cinco días. Docenas de hombres fueron arrestados, incluyendo muchos negros y blancos. Las no siempre amistosas relaciones entre negros y latinos se envenenaron más. “La policía comenzó a considerar a los salvadoreños como raza violenta”, asegura la capitán Alvarenga.

Y llegó la paz

Pedro Avilés estaba cocinando camarones en su casa de Mount Pleasant cuando ocurrió la erupción. Él había emigrado de El Salvador a Washington en 1974, sacó una licenciatura en filosofía y sociología y regresó a El Salvador, a estudiar en la UCA y colaborar con el FMLN. Regresó cuando el ejército asesinó a seis sacerdotes jesuitas. Cuando comenzaron los motines, era hombre sin empleo. Llegaría a ser nombrado “Washingtoniano del Año” por la revista Washingtonian.

Un artículo en el Washington Post definió a Avilés como un hombre joven, inteligente y carismático. Tenía 32 años. Pedro Avilés salió a la calle. El fue parte de un pequeño grupo de emigrantes salvadoreños y dos monjes católicos, que convencieron a los amotinados que regresaran a sus casas.

Súbitamente, Avilés era figura pública. En pocas semanas, con la ayuda del Concilio Nacional de La Raza, se había creado la Agencia de Acción del Consejo para los Derechos de los Latinos. Allí estaba Mauricio Alarcón, ex-profesor de la universidad George Mason, y el activista social Saúl Solórzano, ambos salvadoreños.

Ellos tomaron las quejas de la comunidad latina a la alcaldía, e iniciaron talleres sobre cómo obtener residencia legal o convertirse en votante.

Entonces, en 1996, la ciudad de Washington, agobiada por las deudas, pasó al control de un comité federal. La Agencia de Acción desapareció ese año.

“No hicimos todo lo que pudimos haber hecho”, asegura Alarcón en una entrevista hecha hace varios meses.
Sin embargo, Alarcón no cree que se desencadenen nuevos motines en Mount Pleasant. “La mayoría de los emigrantes que se amotinaron aquel sábado se fueron hace tiempo, la mayoría a los suburbios, algunos fueron deportados, y otros están muertos”.

Patricia Campos, una joven abogada y sindicalista nacida en Chirilagua (San Miguel), insiste que la población emigrante todavía tiene problemas de vivienda y servicios básicos, especialmente las comunidades latina y vietnamita. Pero para ella el principal reto es crear confianza entre los grupos raciales y étnicos que habitan en la capital en números mayores que en 1991.
Daniel Enrique Gómez sobrevivió. Desde hace cinco años vive en Maryland, a una hora de Mount Pleasant.

Noticias de los viejos tiempos

Un reporte especial para El Diario de Hoy publicado el 8 de mayo de 1991 decía que “los residentes de la capital de los Estados Unidos prueban en este momento lo que los habitantes en El Salvador han sufrido por más de diez años: la violencia callejera desatada, no por negros del ghetto, sino esta vez por izquierdistas salvadoreños.

“Poco después de que una mujer policía hirió gravemente de un balazo la noche del domingo a una salvadoreño borracho que supuestamente la había agredido con un cuchillo grande o machete, turbas de salvadoreños y otros hispanos, negros y blancos se lanzaron a las calles del sector de Columbia Road y Mount Pleasant, a poca distancia de la Casa Blanca, donde quemaron autos, saquearon negocios y agredieron a la policía durante dos días.

“Las autoridades locales consideran que éste es el peor motín experimentado aquí desde los disturbios generados en 1968 por el asesinato del líder negro Martin Luther King”.

A lo largo de la semana, este periódico siguió ofreciendo despachos sobre el papel de los salvadoreños en los disturbios de Mount Pleasant.


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