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REPORTAJE
La
mujer indígena del siglo XXI
Pese
a su importante contribución en el sostenimiento de nuestro patrimonio
cultural, la mujer indígena sigue relegada. Una precaria salud
y un inacceso a la educación, son dos grandes advertencias de
quienes constituyen un sector bastante olvidado.
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Rosa
López , una de las tantas mujeres lecas que sostienen
a sus familias modelando el barro
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Más allá de sus rasgos físicos
o su vestimenta, las descendientes pipiles o lencas se identifican por
sus típicas labores. Sentadas en el piso de tierra de sus ranchos
o bajo la sombra de los árboles de los patios, siempre están
manipulando el barro o el tule.
El cantón Pushtan, en Nahuizalco, es uno de esos rincones rurales
que abriga a decenas de mujeres de pieles aceitunadas, pómulos
prominentes y baja estatura, sobando palma como le llaman
al deshoje de la cubierta brillante y lisa de la planta del tule, el
principio de todo un proceso milenario, la fabricación de petates.
Platicar con estas mujeres, de hablar escueto y sencillo, sobre su herencia
cultural, advierte que gran parte de su idiosincracia no ha evolucionado
en años. Mi mamá me enseñó a hacer
los petates cuando estaba chiquita, dice Josefina Galicia, mientras
soba la palma con destreza.
La sucesión del oficio a través de los siglos se ha mantenido,
según se advierte en los relatos de ancianas como Josefina Mi
mamá me enseñó y a ella también su mamá
de ella. Así es como hemos ido aprendiendo, dice.
Recorrer algunas calles o veredas accidentadas de Pushtan significa
oler a tule, cultivo que después del maíz, es el más
importante y una muestra de que su patrimonio ancestral sigue vivo.
Al igual que el maíz, el tule representa el sustento para estas
familias indígenas, la fuente de trabajo para sus mujeres. En
cantones de Nahuizalco como Pushtan, Tajcuilujlan y Cusamaluco, las
mujeres indígenas de hoy mantienen esta tradición que
para el turista extranjero o el resto de connacionales significa una
artesanía para decorar sus hogares, para ellas y sus familias
es una importante fuente de sustento .
Por eso, aún en su avanzada edad, no pierden el hábito
de tejer el tule.
En otras regiones de país, donde habitan estas descendientes,
el ritmo es igual. Guatajiagua, en el norte de Morazán, las mujeres
lencas también mantienen su tradición que identifica a
toda una comunidad. La fabricación de loza es parte intrínseca
de su vida y también su más importante medio de subsistencia.
Ingresar al barrio El Calvario, donde se concentra esta población
es como regresar en el tiempo, no sólo por los ranchos de paja
en que viven varias familias, sino por la faena diaria de labrar los
comales, las ollas y las sartenes con religiosidad.
Bajo pleno sol, amasan tres distintas clases de barro mezclado con agua
y arena. Luego lo ponen a secar al sol, se cercioran de que el suelo
de los patios esté seco y empiezan con habilidad extraordinaria
a diseñar con sus manos morenas los comales, sin moldes, sin
patrones. La práctica de años les ha enseñado a
realizar su oficio a la perfección.
Sin más herramientas adicionales que piedrecitas lisas, una mazorca
y un círculo de plástico, forman poco a poco sus tradicionales
artículos de loza.
Si bien estos oficios artesanales representan gran parte de su identidad,
también reflejan un modo de vida impregnado de escasez.
Signos de pobreza
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Victoria
Campos, sebrevive del barro y mantiene vigente la tradición
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Aquí abunda la pobreza, dice sonriente
Clara Virginia Mate Sánchez, una joven mujer que aporta con la
venta de sus petates a su empobrecido hogar en Pushtan. Y lo dice con
propiedad. Con cuatro hijos pequeños, un marido que labra la
tierra, apenas logran sobrevivir. Además deben ayudarle a su
suegra en la crianza de tres pequeños nietos que quedaron huérfanos
de padre y madre hace unos meses. Junto a todos esos problemas, no han
podido reconstruir su vivienda de adobe después que se las dañara
los terremotos del 2001. por el momento residen en improvisadas champas
de lámina, pisos de tierra y en relativo hacinamiento. Mi
suegra hace petates también pero es poco lo que ganamos porque
bien baratos los pagan, añade Clara Virginia.
El lamento de las mujeres en este vecindarios rurales es unánime.
Siguen haciendo sus petates para no estar de choto, y porque
a pesar de la escasa ganancia, al menos compran unas libras de frijoles,
que junto al maíz es su principal dieta.
La venta de la loza sólo nos deja para comprar los frijoles;
el pollo y la carne es lo comemos cuando ajusta el pisto, dice
Margarita Gómez, una artesana lenca que al igual que otras de
su comunidad ha comenzado a trabajar los utensilios en pequeño
y los vende como artesanía. Esta alternativa de ingreso se está
volviendo un boom entre las artesanas pero las expectativas
de incrementar sus ingresos no son halagadoras. Los toponeros
(intermediarios) nos compran barato el producto y ellos lo venden caro.
Por ejemplo, un plato calado cuesta hacerlo y lo más que nos
pagan por cada uno es un dólar, pero ellos los venden a más
de cinco dólares, señala Margarita. La mayoría
de artesanas como ella, tienen un ingreso de casi seis dólares
a la semana con la venta de 16 comales crudos. Venderlos ya cocidos
incrementaría su ganancia pero carecen de dinero para invertir.
El caso no es distinto en Nahuizalco. Los petates terminan vendiéndolos
a bajo precio en el mercado local. Nos pagan a dos dólares
el grande, apenas les sacamos lo que gastamos, se lamenta Josefa
Galicia.
Manuel Bonilla, de Concultura, dice que se ejecutan algunas acciones
de desarrollo de las artesanías, las cuales consisten en lograr
desde el perfeccionamiento de los diseños sin alterar su autenticidad,
hasta el mejoramiento de su calidad. También dice estar gestionando
ante organismos internacionales para que financien proyectos de desarrollo
en las comunidades nativas a fin de satisfacer algunas necesidades básicas.
La exigua ganancia que les deja su tradicional oficio y las escasas
oportunidades de empleo para sus maridos, los ha puesto en aprietos.
Un estudio que hiciera en 1999 la Organización Panamericana de
la Salud (OPS), el Consejo Coordinador Nacional Indígena Salvadoreño
(CCNIS) y Concultura, sobre las condiciones de vida de los pueblos indígenas
salvadoreños, estima la situación que viven los 500 mil
descendientes, es crítica porque apenas un 1% satisface sus necesidades
básicas.
A pesar que en el estudio se exalta a la mujer porque desempeña
su papel de maestra, consejera, transmisora de su propia cultura, también
revela cuan tempranamente asume su rol reproductivo y como en en el
24%de los casos sostenía el hogar .Vive muy alejada del
desarrollo social, económico y especialmente político
del país, concluye en parte.
En el caso específico de Nahuizalco, ellas residen en zonas desprovistas
de condiciones básicas para vivir. Por ejemplo, existía
una necesidad habitacional del 32%, mientras casi un 20% de la población
habitaba en mesones, ranchos u otra vivienda improvisada que no eran
propias. En Guatajiagua, un 22.25 por ciento vivía en similares
condiciones. A casi cinco años de ese estudio, casi 650 familias
lencas no han mejorado su forma de vida. Vivimos apretados. En
una parcela estamos hasta tres familias, señala Gloria
Gómez.
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Situación mala
En Nahuizalco no hay un censo específico, pero sólo en
Pushtan habitan unos 3 mil 889 descendientes, los que según el
promotor de salud para esa zona, Benito Marcelino Alpe, la situación
tampoco es muy bonancible, especialmente para la mujer. Su situación
es fregada, trabajan duro no sólo en la elaboración de
la artesanía que ocupa al 90 por ciento de ellas y se la pagan
barata, sino que también tiene la mayor carga del hogar,
dice.
Pero esto no es todo, Marcelino, un 40 por ciento de las mujeres de
Pushtan padecen desnutrición leve. Hay embarazadas que
están pesando entre 90 y 125 libras lo cual no es normal,
dice.
Las mujeres lencas tampoco gozan de buena salud. La dieta poco nutritiva
e incompleta las vuelve vulnerables. Además el contacto con la
humedad del barro las hace propensas a las enfermedades respiratorias,
dolores de cabeza y artritis reumatoidea, según la directora
interina de la unidad de salud, Rosibel de Zuleta.
Esperanza Cruz, una de las parteras que ha asistido por más de
30 años a las mujeres de su comunidad, afirma que estas mujeres
han perdido la fortaleza física. Son más débiles
para parir a sus hijos, afirma.
Pero la doctora Zuleta cree que la mujer lenca siguen resistiéndose
a buscar el hospital ya sea para curarse o prevenir
enfermedades graves. Es cuestión cultural. Les da pena
que las vea un médico. Se resisten a los cambios, apunta.
Resistencia, temor, marginación, cualquiera que sea la razón,
hay algo cierto, y es que estas mujeres no gozan de buena salud, tampoco
de educación. El estudio realizado por OPS/CCNIS/Concultura,
reveló que un 40.5 por ciento de la población indígenas
es analfabeta. Aunque no se calculó cuantas mujeres carecen de
educación formal. Antonia Alvarez, de la orden religiosa Hermanas
de Cristo Crucificado, de Nahuizalco, trabaja con algunas comunidades
indígenas, y dice que de 200 que reunieron en cierta ocasión,
apenas diez sabían leer.
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La
taza promedio de fecundidad en las mujeres indígenas es
de cinco hijos
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Hay dos cosas que les preocupan: no saber leer
y que la pobreza nos les permita alcanzar una verdadera salud,
relata.
Algunas mujeres resienten no haber ido a la escuela y resumen su vida
como una larga dedicación al trabajo. También consideran
que la escuela habría cambiado su vida. A mi me hubiera
gustado estudiar, gracias a Dios que me dio sabiduría para aprender
a hacer comales, dice.Otras madres como Gloria Gómez ven
con optimismo el hecho que sus hijas se estén formando en la
escuela pero reconoce que talvez lo aprendan pero no creo que
vivan de esto.
La hermana Antonia dice que una particularidad de la mujer indígena
es que siempre han pensado primero en sus hijos, en complacer
a sus maridos. Así fueron educadas, incluso algunas están
casadas con el hombre que su familia le escogió. Creo que su
desarrollo debe partir de su valoración de sí mismas.
El doctor Bonilla en cambio, cree que en el interior de las comunidades,
la mujer nunca ha perdido su valor y que así lo manifestaron
algunas representantes en el Primer Encuentro Nacional de la Mujer Indígena
el año pasado. El hombre es hombre y la mujer es mujer,
los dos son complemento, es algo que se ha mantenido por años,
afirma.
Sin embargo, el encuentro de mujeres, concluyó, entre otros aspectos,
en la necesidad de fortalecer el papel de la mujer indígena en
el interior de sus comunidades y como perpetuadora de su cultura para
demostrar al resto de la sociedad salvadoreña, que no son invisibles
y que no deben verlas a ellas y a sus comunidades, de forma aislada.
REPORTAJE
Guardianas
de identidad
Artesanas,
doctoras, madres, esposas y en algunos casos vigilantes del idioma y
la indumentaria tradicional. Así es en cierta forma la mujer
indígena.
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Plegadas. Así les llaman, especialmente
en el occidente del país, a aquellas mujeres nativas que cambiaron
el refajo y la blusa colorida y brillante por el sencillo vestido de
falda plisada.
Pero aún cuando éstas han abandonado su tradicional vestimenta,
otras aún lo portan con cierto orgullo y hasta con recelo. Sin
embargo, lo usen o no, estas mujeres jamás pueden esconder su
antecedente. Su forma de convivencia, su rol, es su sello más
característico y el reflejo de que en el país su presencia
no ha muerto.
Pero su identidad no se manifiesta solamente en el vestuario, sino en
toda una forma de vida. En el interior de sus comunidades, cumplen un
importante papel. Manuel Bonilla, director de Espacios de Desarrollo
Cultural de Concultura, resume esa importancia en dos vías. Son
heredadoras y transmisor ade su propia cultura.
Es ella la que heredó de su familia tradiciones, costumbres,
dieta, lengua,
creencias, religión, arte popular y tradicional, y es al mismo
tiempo la transmisora de esa herencia de orden cultural. Ese es el máximo
papel que ha desarrollado, aparte de su función reproductora
de vida, opina Bonilla.
En el seno de la comunidad lenca de Guatajiagua, algunos hombres reconocen
ese aporte y han comenzado a formarse conciencia sobre su verdadero
valor. A las mujeres se les toma en cuenta sus ideas, tienen participación.
Ahora ellas van despertando , señala Mario Salvador, Hernández,
presidente de la comunidad lenca de Guatajiagua
Hernández coincide con el doctor Bonilla respecto al respeto
que siempre se le ha debido por igual a hombres y a mujeres indígenas
ancianos, porque son representantes de la sabiduría en todos
los aspectos de la vida comunitaria, especialmente en el campo cultural.
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Josefina
Galicia se resisten al abandonar la tradición del tule
en Pushtan.
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A
su avanzada edad, Carmen Campos Promueve la cultura Lenca
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