17 de agosto de 2003


REPORTAJE

La mujer indígena del siglo XXI

Pese a su importante contribución en el sostenimiento de nuestro patrimonio cultural, la mujer indígena sigue relegada. Una precaria salud y un inacceso a la educación, son dos grandes advertencias de quienes constituyen un sector bastante olvidado.

Texto: Mirella Cáceres
Fotos: Lizette Moreno y Omar Carbonero

vertice@elsalvador.com

Rosa López , una de las tantas mujeres lecas que sostienen a sus familias modelando el barro

Más allá de sus rasgos físicos o su vestimenta, las descendientes pipiles o lencas se identifican por sus típicas labores. Sentadas en el piso de tierra de sus ranchos o bajo la sombra de los árboles de los patios, siempre están manipulando el barro o el tule.

El cantón Pushtan, en Nahuizalco, es uno de esos rincones rurales que abriga a decenas de mujeres de pieles aceitunadas, pómulos prominentes y baja estatura, “sobando palma” como le llaman al deshoje de la cubierta brillante y lisa de la planta del tule, el principio de todo un proceso milenario, la fabricación de petates.

Platicar con estas mujeres, de hablar escueto y sencillo, sobre su herencia cultural, advierte que gran parte de su idiosincracia no ha evolucionado en años. “Mi mamá me enseñó a hacer los petates cuando estaba chiquita”, dice Josefina Galicia, mientras soba la palma con destreza.

La sucesión del oficio a través de los siglos se ha mantenido, según se advierte en los relatos de ancianas como Josefina “Mi mamá me enseñó y a ella también su mamá de ella. Así es como hemos ido aprendiendo”, dice.

Recorrer algunas calles o veredas accidentadas de Pushtan significa oler a tule, cultivo que después del maíz, es el más importante y una muestra de que su patrimonio ancestral sigue vivo. Al igual que el maíz, el tule representa el sustento para estas familias indígenas, la fuente de trabajo para sus mujeres. En cantones de Nahuizalco como Pushtan, Tajcuilujlan y Cusamaluco, las mujeres indígenas de hoy mantienen esta tradición que para el turista extranjero o el resto de connacionales significa una artesanía para decorar sus hogares, para ellas y sus familias es una importante fuente de sustento .

Por eso, aún en su avanzada edad, no pierden el hábito de tejer el tule.

En otras regiones de país, donde habitan estas descendientes, el ritmo es igual. Guatajiagua, en el norte de Morazán, las mujeres lencas también mantienen su tradición que identifica a toda una comunidad. La fabricación de loza es parte intrínseca de su vida y también su más importante medio de subsistencia.

Ingresar al barrio El Calvario, donde se concentra esta población es como regresar en el tiempo, no sólo por los ranchos de paja en que viven varias familias, sino por la faena diaria de labrar los comales, las ollas y las sartenes con religiosidad.

Bajo pleno sol, amasan tres distintas clases de barro mezclado con agua y arena. Luego lo ponen a secar al sol, se cercioran de que el suelo de los patios esté seco y empiezan con habilidad extraordinaria a diseñar con sus manos morenas los comales, sin moldes, sin patrones. La práctica de años les ha enseñado a realizar su oficio a la perfección.
Sin más herramientas adicionales que piedrecitas lisas, una mazorca y un círculo de plástico, forman poco a poco sus tradicionales artículos de loza.

Si bien estos oficios artesanales representan gran parte de su identidad, también reflejan un modo de vida impregnado de escasez.

Signos de pobreza

Victoria Campos, sebrevive del barro y mantiene vigente la tradición

“Aquí abunda la pobreza”, dice sonriente Clara Virginia Mate Sánchez, una joven mujer que aporta con la venta de sus petates a su empobrecido hogar en Pushtan. Y lo dice con propiedad. Con cuatro hijos pequeños, un marido que labra la tierra, apenas logran sobrevivir. Además deben ayudarle a su suegra en la crianza de tres pequeños nietos que quedaron huérfanos de padre y madre hace unos meses. Junto a todos esos problemas, no han podido reconstruir su vivienda de adobe después que se las dañara los terremotos del 2001. por el momento residen en improvisadas champas de lámina, pisos de tierra y en relativo hacinamiento. “Mi suegra hace petates también pero es poco lo que ganamos porque bien baratos los pagan”, añade Clara Virginia.

El lamento de las mujeres en este vecindarios rurales es unánime. Siguen haciendo sus petates para “no estar de choto”, y porque a pesar de la escasa ganancia, al menos compran unas libras de frijoles, que junto al maíz es su principal dieta.

“La venta de la loza sólo nos deja para comprar los frijoles; el pollo y la carne es lo comemos cuando ajusta el pisto”, dice Margarita Gómez, una artesana lenca que al igual que otras de su comunidad ha comenzado a trabajar los utensilios en pequeño y los vende como artesanía. Esta alternativa de ingreso se está volviendo un “boom” entre las artesanas pero las expectativas de incrementar sus ingresos no son halagadoras. “Los toponeros (intermediarios) nos compran barato el producto y ellos lo venden caro. Por ejemplo, un plato calado cuesta hacerlo y lo más que nos pagan por cada uno es un dólar, pero ellos los venden a más de cinco dólares”, señala Margarita. La mayoría de artesanas como ella, tienen un ingreso de casi seis dólares a la semana con la venta de 16 comales crudos. Venderlos ya cocidos incrementaría su ganancia pero carecen de dinero para invertir.

El caso no es distinto en Nahuizalco. Los petates terminan vendiéndolos a bajo precio en el mercado local. “Nos pagan a dos dólares el grande, apenas les sacamos lo que gastamos”, se lamenta Josefa Galicia.

Manuel Bonilla, de Concultura, dice que se ejecutan algunas acciones de desarrollo de las artesanías, las cuales consisten en lograr desde el perfeccionamiento de los diseños sin alterar su autenticidad, hasta el mejoramiento de su calidad. También dice estar gestionando ante organismos internacionales para que financien proyectos de desarrollo en las comunidades nativas a fin de satisfacer algunas necesidades básicas. La exigua ganancia que les deja su tradicional oficio y las escasas oportunidades de empleo para sus maridos, los ha puesto en aprietos.

Un estudio que hiciera en 1999 la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el Consejo Coordinador Nacional Indígena Salvadoreño (CCNIS) y Concultura, sobre las condiciones de vida de los pueblos indígenas salvadoreños, estima la situación que viven los 500 mil descendientes, es crítica porque apenas un 1% satisface sus necesidades básicas.

A pesar que en el estudio se exalta a la mujer porque desempeña su papel de maestra, consejera, transmisora de su propia cultura, también revela cuan tempranamente asume su rol reproductivo y como en en el 24%de los casos sostenía el hogar .“Vive muy alejada del desarrollo social, económico y especialmente político del país”, concluye en parte.

En el caso específico de Nahuizalco, ellas residen en zonas desprovistas de condiciones básicas para vivir. Por ejemplo, existía una necesidad habitacional del 32%, mientras casi un 20% de la población habitaba en mesones, ranchos u otra vivienda improvisada que no eran propias. En Guatajiagua, un 22.25 por ciento vivía en similares condiciones. A casi cinco años de ese estudio, casi 650 familias lencas no han mejorado su forma de vida. “Vivimos apretados. En una parcela estamos hasta tres familias”, señala Gloria Gómez.

Situación mala

En Nahuizalco no hay un censo específico, pero sólo en Pushtan habitan unos 3 mil 889 descendientes, los que según el promotor de salud para esa zona, Benito Marcelino Alpe, la situación tampoco es muy bonancible, especialmente para la mujer. “Su situación es fregada, trabajan duro no sólo en la elaboración de la artesanía que ocupa al 90 por ciento de ellas y se la pagan barata, sino que también tiene la mayor carga del hogar”, dice.

Pero esto no es todo, Marcelino, un 40 por ciento de las mujeres de Pushtan padecen desnutrición leve. “Hay embarazadas que están pesando entre 90 y 125 libras lo cual no es normal”, dice.

Las mujeres lencas tampoco gozan de buena salud. La dieta poco nutritiva e incompleta las vuelve vulnerables. Además el contacto con la humedad del barro las hace propensas a las enfermedades respiratorias, dolores de cabeza y artritis reumatoidea, según la directora interina de la unidad de salud, Rosibel de Zuleta.

Esperanza Cruz, una de las parteras que ha asistido por más de 30 años a las mujeres de su comunidad, afirma que estas mujeres han perdido la fortaleza física. “Son más débiles para parir a sus hijos”, afirma.

Pero la doctora Zuleta cree que la mujer lenca siguen resistiéndose a buscar el hospital ya sea para curarse o prevenir
enfermedades graves. “Es cuestión cultural. Les da pena que las vea un médico. Se resisten a los cambios”, apunta.

Resistencia, temor, marginación, cualquiera que sea la razón, hay algo cierto, y es que estas mujeres no gozan de buena salud, tampoco de educación. El estudio realizado por OPS/CCNIS/Concultura, reveló que un 40.5 por ciento de la población indígenas es analfabeta. Aunque no se calculó cuantas mujeres carecen de educación formal. Antonia Alvarez, de la orden religiosa Hermanas de Cristo Crucificado, de Nahuizalco, trabaja con algunas comunidades indígenas, y dice que de 200 que reunieron en cierta ocasión, apenas diez sabían leer.

La taza promedio de fecundidad en las mujeres indígenas es de cinco hijos

“Hay dos cosas que les preocupan: no saber leer y que la pobreza nos les permita alcanzar una verdadera salud”, relata.

Algunas mujeres resienten no haber ido a la escuela y resumen su vida como una larga dedicación al trabajo. También consideran que la escuela habría cambiado su vida. “A mi me hubiera gustado estudiar, gracias a Dios que me dio sabiduría para aprender a hacer comales”, dice.Otras madres como Gloria Gómez ven con optimismo el hecho que sus hijas se estén formando en la escuela pero reconoce que “talvez lo aprendan pero no creo que vivan de esto”.

La hermana Antonia dice que una particularidad de la mujer indígena es que “siempre han pensado primero en sus hijos, en complacer a sus maridos. Así fueron educadas, incluso algunas están casadas con el hombre que su familia le escogió. Creo que su desarrollo debe partir de su valoración de sí mismas”.

El doctor Bonilla en cambio, cree que en el interior de las comunidades, la mujer nunca ha perdido su valor y que así lo manifestaron algunas representantes en el Primer Encuentro Nacional de la Mujer Indígena el año pasado. “El hombre es hombre y la mujer es mujer, los dos son complemento, es algo que se ha mantenido por años”, afirma.

Sin embargo, el encuentro de mujeres, concluyó, entre otros aspectos, en la necesidad de fortalecer el papel de la mujer indígena en el interior de sus comunidades y como perpetuadora de su cultura para demostrar al resto de la sociedad salvadoreña, que no son invisibles y que no deben verlas a ellas y a sus comunidades, de forma aislada.


REPORTAJE

Guardianas de identidad

Artesanas, doctoras, madres, esposas y en algunos casos vigilantes del idioma y la indumentaria tradicional. Así es en cierta forma la mujer indígena.

Texto: Mirella Cáceres
Fotos: Lizette Moreno y Omar Carbonero

vertice@elsalvador.com

“Plegadas”. Así les llaman, especialmente en el occidente del país, a aquellas mujeres nativas que cambiaron el refajo y la blusa colorida y brillante por el sencillo vestido de falda plisada.

Pero aún cuando éstas han abandonado su tradicional vestimenta, otras aún lo portan con cierto orgullo y hasta con recelo. Sin embargo, lo usen o no, estas mujeres jamás pueden esconder su antecedente. Su forma de convivencia, su rol, es su sello más característico y el reflejo de que en el país su presencia no ha muerto.

Pero su identidad no se manifiesta solamente en el vestuario, sino en toda una forma de vida. En el interior de sus comunidades, cumplen un importante papel. Manuel Bonilla, director de Espacios de Desarrollo Cultural de Concultura, resume esa importancia en dos vías. “Son heredadoras y transmisor ade su propia cultura.

Es ella la que heredó de su familia tradiciones, costumbres, dieta, lengua,
creencias, religión, arte popular y tradicional, y es al mismo tiempo la transmisora de esa herencia de orden cultural. Ese es el máximo papel que ha desarrollado, aparte de su función reproductora de vida”, opina Bonilla.

En el seno de la comunidad lenca de Guatajiagua, algunos hombres reconocen ese aporte y han comenzado a formarse conciencia sobre su verdadero valor. “A las mujeres se les toma en cuenta sus ideas, tienen participación. Ahora ellas van despertando ”, señala Mario Salvador, Hernández, presidente de la comunidad lenca de Guatajiagua
Hernández coincide con el doctor Bonilla respecto al respeto que siempre se le ha debido por igual a hombres y a mujeres indígenas ancianos, porque son representantes de la sabiduría en todos los aspectos de la vida comunitaria, especialmente en el campo cultural.

Josefina Galicia se resisten al abandonar la tradición del tule en Pushtan.
A su avanzada edad, Carmen Campos Promueve la cultura Lenca



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