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OPINIÓN
El
paradójico crimen de Lula
Poco
antes de las últimas elecciones brasileras escribí un
artículo totalmente errado. Predije que Lula sería una
catástrofe para su país y para América Latina.
Me basaba en los documentos del Partido de los Trabajadores, y, muy
especialmente, en los acuerdos y proclamas firmados en el seno del Foro
de Sao Paulo, donde Lula se codeaba con Fidel Castro, Hugo Chávez,
Daniel Ortega y toda esa izquierda rencorosa y totalitaria, intelectualmente
deficiente, representada en Uruguay por los tupamaros, y en Colombia
por los narcoguerrilleros comunistas Tiro Fijo o Mono Jojoy, gente de
rompe y rasga que persiste en el sanguinario disparate de intentar construir
una sociedad de acuerdo con el recetario estalinista.
Afortunadamente, me equivoqué. Hasta ahora casi todas las medidas
tomadas por Lula han sido acertadas. ¿Qué otra cosa se
puede decir de un gobernante comprometido con la responsabilidad fiscal,
el control de la inflación, la reducción del gasto público,
la protección de la propiedad privada, la atracción de
inversiones extranjeras y la compasiva asignación de fondos especiales
a esas decenas de millones de brasileros que sufren el síntoma
más tremendo y urgente de la pobreza extrema: el hambre.
Pero es ahora, tras el viaje de Lula a Europa, cuando mi error se ha
hecho aún más evidente. El mensaje de Lula en Europa fue
totalmente liberal en el sentido exacto de la palabra: lo que se necesita
es más comercio internacional, menos tarifas proteccionistas,
más inversiones. Lo que se necesita, se deduce de lo que ha dicho
Lula, es más globalización, no menos, pero globalización
real y profunda. Y tiene razón: es un escándalo que los
30 países más desarrollados del planeta subsidien con
nada menos que 360 000 millones de dólares anuales a sus ineficientes
agricultores, o que la Casa Blanca encarezca artificialmente el consumo
de acero con impuestos a la importación encaminados a proteger
la carísima siderurgia nacional norteamericana.
LA SOCIEDAD PAGA
La Unión Europea impone a las carnes importadas tarifas que sobrepasan
el 800 por ciento, mientras los cereales, azúcar y productos
lácteos se gravan en torno al 60 por ciento. ¿Quiénes
pagan las consecuencias de esta política? En primer lugar, el
94 por ciento de la sociedad, esos consumidores de estos productos,
que se ven obligados a abonarles un escandaloso sobreprecio al restante
6 por ciento de sus conciudadanos, astutos agricultores que han tenido
la capacidad de intriga (o de soborno) necesaria para que los parlamentos
los protejan de la competencia externa con tarifas abusivas. En segundo
lugar, los millones de campesinos del Tercer Mundo, exportadores de
productos primarios, que no pueden acceder a los mercados más
ricos, mientras escuchan constantemente el cínico discurso de
las virtudes del comercio libre.
Naturalmente, los argumentos de Lula, aunque incluyan una protesta contra
la conducta del Primer Mundo con relación al proteccionismo,
no lo acercan sino lo alejan a una velocidad sideral de la visión
política y económica de sus hasta ahora compañeros
de ruta. Ni Castro, ni Chávez, ni Daniel Ortega, ni el uruguayo
Tabaré Vásquez o Tiro Fijo creen que la humanidad necesita
más globalización. Ellos son y se sienten antiglobalizadores,
y cada vez que una multitud de descerebrados en cualquier lugar del
mundo se manifiesta violentamente contra el comercio y los organismos
internacionales, o cuando un energúmeno le pega fuego a un restaurante
de fast-food, lo celebran como si acabaran de tomar La Bastilla. Lo
que piensa esta secta herrumbrosa es que lo conveniente es no participar
en acuerdos globales con las naciones desarrolladas, y mucho menos en
transacciones realizadas con empresas privadas. Esa izquierda es antimercado,
antioccidental, dirigista, inflacionaria, y el Estado en el que cree,
precisamente, es el de la protección, los controles y el abultado
gasto público. O sea, exactamente lo contrario de lo que Lula
está haciendo en Brasil.
¿Cómo va a manejar Lula ese sordo enfrentamiento doctrinario
con la familia ideológica de la que supuestamente proviene? Probablemente
relegue su izquierdismo al ámbito de la política exterior
como una forma de compensación, maniobra en la que fueron maestros
los políticos mexicanos del PRI durante sus siete décadas
de gobierno. Lula seguirá abrazando a Chávez, pese a estar
convencido de que el coronel venezolano es un loco escapado del museo
de cera de la Guerra Fría. Continuará apoyando a Fidel
Castro con el débil argumento de que se necesitan relaciones
cordiales con La Habana para mitigar los rigores de la dictadura. Persistirá
en una suerte de antiamericanismo light de baja intensidad concebido
para calmar los ardores revolucionarios de sus frustrados partidarios,
siempre tan sensibles a cualquier ataque a los odiados yanquis. Pero
esa diplomacia de izquierda es sólo una cortina de humo para
ocultar la esencia de su gobierno: estamos ante un político moderado
que quiere mejorar el sistema, no destruirlo ni sustituirlo. Y en el
raro mundo ideológico del que proviene la sensatez hay que ocultarla
como si fuera un crimen terrible.
©FIRMAS PRESS
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