17 de agosto de 2003


ESPECIAL

Caídos de la España moderna

Los enormes avances de España en los últimos 30 años deben de entenderse en un contexto más completo donde aún quedan grandes retos que superar. “España va bien” es el grito de campaña del Presidente Aznar. ¿Seguro? Entonces, ¿por qué la octava potencia económica mundial tiene el segundo índice de natalidad más bajo del planeta?

José Iglesias Etxezarreta
vertice@elsalvador.com

“Mis manos, mi capital”, un concepto y una imagen cada vez menos comunes en la España del boom económico y la precariedad.

No discutiré las grandes cosas positivas (duramente batalladas para ser obtenidas y mantenidas, por cierto) que el doctorando de la Universidad de Navarra, Raúl M. Alas, afirma en su artículo La España actual en EDH del 13 de agosto, pero me gustaría complementarlas con una visión menos triunfalista. Octava potencia económica mundial, inflación controlada, superávit fiscal... asistencia sanitaria universal y pensiones no contributivas, añadiría yo ante el olvido social de Alas. Parecería que, como dice nuestro Presidente, José María Aznar, “España va bien”. ¿Seguro? Se preguntaba el místico escritor de ciencia ficción y padre del guión de Blade Runner, Phillip K. Dick, si “¿sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. Mi cuestión es más prosaica: ¿come la gente índices macroeconómicos?

De entrada, partiré dando la razón a Alas en el sentido de que se ha pagado un alto precio por nuestra supuesta bonanza económica, pero no sólo en términos morales como plantea. No voy a entrar en detalle sobre el precio pagado en el pasado, pero sí en las consecuencias estructurales que los peajes para integrarnos en Europa suponen aún hoy para grandes capas de la población.

Mar blanco
Los invernaderos de Almería son, junto a la Gran Muralla china, de las pocas construcciones humanas que se ven desde el espacio.
Agroalimentación de primor
Así se llama a la agricultura especializada en la cosecha de productos de alto valor añadido como las fresas, los espárragos o los pimientos.

En primer lugar, el “saneamiento” del aparato productivo español en los 80 ha tenido efectos duraderos en tres de los grandes apartados de la economía. La adaptación al papel que Europa nos otorgó dentro de la división del trabajo en el mercado común supuso una brutal reestructuración (“reconversión” fue el eufemismo que buscaron en una era donde la transformación del lenguaje en etiquetas alcanzó cotas insospechadas) del “arcaico” sector industrial y la “modernización” del sector primario, especialmente en dos viejos sectores de gran importancia histórica: la minería y la agricultura.

La desaparición de la gran industria tradicional y extractiva (minas, siderurgia, metalurgia, astilleros, textil clásico) ha supuesto la proliferación de masas de “prejubilados” (véase la excelente película de Fernando León, Los lunes al sol, candidata al Óscar, para entender lo que supone psicológicamente el tener toda una vida no laboral por delante), pensiones que se otorgaron para minimizar el impacto social y especialmente las violentas protestas que supuso la eliminación sistemática de decenas de miles de empleos, en regiones tradicionalmente ricas de España (especialmente la cornisa cantábrica desde Galicia al País Vasco), hoy semilleros de abulia donde la generación de los hijos de tales pensionistas adelantados son alimentados por subsidios, pero no tienen ningún tejido productivo donde descansar sus esperanzas de obtener un futuro empleo. Esto se vio acompañado por la desmembración de la producción agrícola y pesquera en que España era una potencia. La ganadería era el complemento rural en las citadas regiones del Norte, pero competían, o mejor dicho no podían competir, con las montañas de mantequilla holandesa y belga, ya monstruosamente excedentes a la hora de nuestro ingreso en el mercado común.

La agricultura sufrió con la Política Agrícola Común y de hecho alguna de las regiones más extensas como las dos Castillas y Aragón son hoy eriales despoblados. Y se llegó a la aberración de arrancar vides y olivos, masas de jornaleros de Andalucía y Extremadura sobreviven con un subsidio social generalizado, y mucho del campesinado familiar vive más de lo que le paga Bruselas por lo que no produce en vez de lo que obtiene del mercado por lo que cosecha. El envejecimiento y la despoblación de la mayor parte del territorio rural sólo se han compensado con la aparición de unos pocos, aunque dinámicos, focos de agricultura de alto valor añadido, pero de nula generación de empleos estables en el campo, en La Rioja, la Baja Navarra, Levante, Murcia, Almería y Huelva.

La otrora desértica provincia de almería representa una de las transformaciones más exitosas y sorprendentes de la agricultura.

Europa tiene un precio

Porque, ahora que Hungría, Polonia o Rumanía anhelan entrar en la Unión (y es innegable que hace mucho frío fuera del abrazo europeo, pero también que éste puede ser mortífero), debe saberse que la integración es muy dura (incluso con los fondos de cohesión, que pagan los países ricos para que los pobres se vayan poniendo a su altura y que, aviso para navegantes centroamericanos, no existen en otros procesos de integración que se quieren homólogos, pero que parten de premisas mucho más “liberales” en el sentido estricto del término) . Como podría pasar en el Istmo, donde Guatemala y Costa Rica podrían ser las futuras regiones turísticas, Honduras y Nicaragua las proveedoras de productos agrícolas y ganaderos respectivamente, El Salvador pondría la mano de obra y Panamá -si alcanza a limpiarse- los servicios, a España le tocó un papel en la integración europea: descollamos -sobre todo para la exportación al Segundo y Tercer mundos, no al Primero, cuidado con el matiz- en el sector servicios (financieros, telecomunicaciones) y en él, especialmente, fuimos destinados al turismo. Sol, Sexo, Stabilidad y Serveza son nuestros poderes, pero, como siempre en los servicios, poderes dependientes de un suspiro. 40 millones nos visitan al año duplicando la población (y de paso destrozándonos urbanísticamente, exceptuando los pequeños Parques Nacionales hemos construido un muro de cemento y ladrillos desde la frontera francesa hasta la marroquí).

De entrada, la reconversión y la estacionalidad nos han llevado, todo lo contrario a lo que pregona Alas, a tener un índice de desempleo -estructural además- que dobla sobradamente la media europea. Además, durante 14 años nos gobernó el paladín neoliberal Felipe González, que, al frente de las engañosas siglas del Partido Socialista Obrero Español, introdujo un elemento nuevo que ni siquiera los sensatos ciudadanos franceses habían aceptado (en defensa de sus jóvenes, los descendientes de los fundadores de la democracia occidental llegaron a ocupar las pistas del Aeropuerto de Orly para evitarlo): la precariedad.

Menos niños que en Japón

Este fantasma era desconocido incluso en los encapotados y represivos tiempos del dictador en los que todo el mundo tenía un empleo garantizado si callaba la boca con respecto de los restantes desmanes del régimen. Para “flexibilizar” el mercado de trabajo, los “socialistas” de Felipe introdujeron una reforma que, básicamente, consistía en suprimir todos los derechos laborales de los jóvenes de 18 a 26 años.

A excepción del vino y el aceite, la pujante industria agroalimentaria hispana se haya hoy en manos del capital extranjero(Suizo y Francés)

Casi una década después podemos ver sus efectos en dos generaciones apáticas, que viven en casa de sus padres hasta que se casan (más allá de los 30 en muchos casos, con lo que eso supone en su aprendizaje de la asunción de responsabilidades adultas), y que jamás han conocido un trabajo y un ingreso estables en su vida. Existen casos notorios de personas que son contratadas recurrentemente 48 semanas por año. ¿Por qué 48? Muy fácil: ¿cuántas semanas hay en el año? 52. Se contrata al trabajador de lunes a viernes (no cobra el fin de semana) durante 48 y se le concede un mes de vacaciones (que sufraga de su bolsillo). Además este joven esclavo no tiene casi prestaciones sociales (como el paro o las cotizaciones para la jubilación) y aún tiene suerte si el período de contratación alcanza los cinco días completos. Muchos son por días e incluso por horas. ¿Pero esto es sólo para los pobres, no? Que va. La precariedad alcanza cada vez más a los ejércitos de profesionales recién egresados. A alguno de mis alumnos con suerte le ofrecían pagarle por sus servicios (es decir, no ser un “becario” sin beca o un estudiante “en prácticas” sin sueldo y con los peores turnos).

Al afortunado se le daba una tercera parte de lo que cobraría un trabajador eventual en un restaurante de comida rápida, pero ¿cuántos fast food hay en España para emplear aunque sea una mínima parte del ejército de parados? ¿Anécdota? Tal vez... si no fuera porque incluso el Colegio de Periodistas cifra en 35% el desempleo en la profesión más un 40 de precariedad. No están mejor los médicos o los abogados, no digamos ya los filólogos, maestros o científicos. Todo esto, junto con el enorme problema de la especulación en el mercado del suelo y la vivienda (tema en el que tampoco ha metido mano ninguna de las administraciones que se han sucedido desde el advenimiento de la democracia, al contrario, los “socialistas” también “flexibilizaron” en este aspecto matando el mercado del alquiler), que ha llevado a que en menos de una década se haya doblado el precio de los pisos (antes costaban entre media y una vida laboral, ahora pocos bajan de dos vidas enteras de salario), supone que en España se ha llegado al extremo que las generaciones más jóvenes viven por primera vez peor que sus progenitores. Muchos, la extensa clase media de la que habla Alas, pueden comprar productos cuya adquisición conlleva un bajo nivel de compromiso temporal y poca estabilidad de ingresos. Coches, celulares, viajes...

Consumo sin esperanza

Pero, como solía decirle a los alumnos, “vosotros tenéis objetos, nosotros teníamos expectativas”. Se tiende progresivamente al modelo de consumo americano donde los productos son baratos y los servicios exorbitantes (pero atentos a cómo afecta a la calidad de vida, ya que servicios también son la vivienda, la salud y la educación). Añádase la reciente unificación monetaria (el euro) con los países ricos, pero no salarial (que un amigo resumía genialmente como “seguimos cobrando en pesetas, pero pagamos en marcos”), y la falta de ayudas dignas a la maternidad, y se puede entender por qué tenemos el índice de natalidad más bajo del mundo después de Japón, 1.07 niños por mujer en edad fértil, muy lejos del 2.1 necesario para asegurar la reproducción poblacional. Otro día hablaremos de lo que supone a la hora de atraer una masiva inmigración desde el mal llamado Tercer Mundo (más que nada porque abarca más de la mitad de la población planetaria), que Alas, en mi opinión erróneamente ya que sigue la versión oficial, llama “problema” cuando en muchos casos es solución, no sólo humana,

sino también económica. Sólo recoger sus palabras finales: “Ojalá que esta España (...) siga adelante con sus proyectos de progreso y estabilidad”. Ojalá, pero si como añade, “Sin lugar a dudas, la España actual vale la pena conocerla”, hay que salir a la calle, despojarse de anteojos oficiales y darse cuenta que más que seguir con sus proyectos debe empezar a cambiarlos, extenderlos al conjunto de la población. Si no, como dicen que en los países totalitarios se vota con los pies (optando por el exilio), en España, pese a la intoxicación de nuevos ricos que nubla nuestras cabezas en las contiendas electorales gracias a la labor aleccionadora constante de los medios, nuestro dictamen acerca del estado real de las cosas lo vamos a seguir haciendo con el aparato reproductor. Que no se me entienda mal o de modo grosero. Lo que quiero decir de forma expresiva es que, mientras sigamos sin tener hijos, lo que estamos pensando y transmitiendo, digamos lo que digamos, es que no confiamos en sus posibilidades de salir adelante en la sociedad actual.

 


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