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ESPECIAL
Caídos
de la España moderna
Los
enormes avances de España en los últimos 30 años
deben de entenderse en un contexto más completo donde aún
quedan grandes retos que superar. España va bien
es el grito de campaña del Presidente Aznar. ¿Seguro?
Entonces, ¿por qué la octava potencia económica
mundial tiene el segundo índice de natalidad más bajo
del planeta?
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Mis
manos, mi capital, un concepto y una imagen cada vez menos
comunes en la España del boom económico y la precariedad.
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No discutiré las grandes cosas positivas (duramente
batalladas para ser obtenidas y mantenidas, por cierto) que el doctorando
de la Universidad de Navarra, Raúl M. Alas, afirma en su artículo
La España actual en EDH del 13 de agosto, pero me gustaría
complementarlas con una visión menos triunfalista. Octava potencia
económica mundial, inflación controlada, superávit
fiscal... asistencia sanitaria universal y pensiones no contributivas,
añadiría yo ante el olvido social de Alas. Parecería
que, como dice nuestro Presidente, José María Aznar, España
va bien. ¿Seguro? Se preguntaba el místico escritor
de ciencia ficción y padre del guión de Blade Runner,
Phillip K. Dick, si ¿sueñan los androides con ovejas
eléctricas?. Mi cuestión es más prosaica:
¿come la gente índices macroeconómicos?
De entrada, partiré dando la razón a Alas en el sentido
de que se ha pagado un alto precio por nuestra supuesta bonanza económica,
pero no sólo en términos morales como plantea. No voy
a entrar en detalle sobre el precio pagado en el pasado, pero sí
en las consecuencias estructurales que los peajes para integrarnos en
Europa suponen aún hoy para grandes capas de la población.
| Mar
blanco |
| Los
invernaderos de Almería son, junto a la Gran Muralla china,
de las pocas construcciones humanas que se ven desde el espacio.
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| Agroalimentación
de primor |
| Así
se llama a la agricultura especializada en la cosecha de productos
de alto valor añadido como las fresas, los espárragos
o los pimientos. |
En primer lugar, el saneamiento del aparato
productivo español en los 80 ha tenido efectos duraderos en tres
de los grandes apartados de la economía. La adaptación
al papel que Europa nos otorgó dentro de la división del
trabajo en el mercado común supuso una brutal reestructuración
(reconversión fue el eufemismo que buscaron en una
era donde la transformación del lenguaje en etiquetas alcanzó
cotas insospechadas) del arcaico sector industrial y la
modernización del sector primario, especialmente
en dos viejos sectores de gran importancia histórica: la minería
y la agricultura.
La desaparición de la gran industria tradicional y extractiva
(minas, siderurgia, metalurgia, astilleros, textil clásico) ha
supuesto la proliferación de masas de prejubilados
(véase la excelente película de Fernando León,
Los lunes al sol, candidata al Óscar, para entender lo que supone
psicológicamente el tener toda una vida no laboral por delante),
pensiones que se otorgaron para minimizar el impacto social y especialmente
las violentas protestas que supuso la eliminación sistemática
de decenas de miles de empleos, en regiones tradicionalmente ricas de
España (especialmente la cornisa cantábrica desde Galicia
al País Vasco), hoy semilleros de abulia donde la generación
de los hijos de tales pensionistas adelantados son alimentados por subsidios,
pero no tienen ningún tejido productivo donde descansar sus esperanzas
de obtener un futuro empleo. Esto se vio acompañado por la desmembración
de la producción agrícola y pesquera en que España
era una potencia. La ganadería era el complemento rural en las
citadas regiones del Norte, pero competían, o mejor dicho no
podían competir, con las montañas de mantequilla holandesa
y belga, ya monstruosamente excedentes a la hora de nuestro ingreso
en el mercado común.
La agricultura sufrió con la Política Agrícola
Común y de hecho alguna de las regiones más extensas como
las dos Castillas y Aragón son hoy eriales despoblados. Y se
llegó a la aberración de arrancar vides y olivos, masas
de jornaleros de Andalucía y Extremadura sobreviven con un subsidio
social generalizado, y mucho del campesinado familiar vive más
de lo que le paga Bruselas por lo que no produce en vez de lo que obtiene
del mercado por lo que cosecha. El envejecimiento y la despoblación
de la mayor parte del territorio rural sólo se han compensado
con la aparición de unos pocos, aunque dinámicos, focos
de agricultura de alto valor añadido, pero de nula generación
de empleos estables en el campo, en La Rioja, la Baja Navarra, Levante,
Murcia, Almería y Huelva.
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La
otrora desértica provincia de almería representa
una de las transformaciones más exitosas y sorprendentes
de la agricultura.
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Europa tiene un precio
Porque, ahora que Hungría, Polonia o Rumanía anhelan entrar
en la Unión (y es innegable que hace mucho frío fuera
del abrazo europeo, pero también que éste puede ser mortífero),
debe saberse que la integración es muy dura (incluso con los
fondos de cohesión, que pagan los países ricos para que
los pobres se vayan poniendo a su altura y que, aviso para navegantes
centroamericanos, no existen en otros procesos de integración
que se quieren homólogos, pero que parten de premisas mucho más
liberales en el sentido estricto del término) . Como
podría pasar en el Istmo, donde Guatemala y Costa Rica podrían
ser las futuras regiones turísticas, Honduras y Nicaragua las
proveedoras de productos agrícolas y ganaderos respectivamente,
El Salvador pondría la mano de obra y Panamá -si alcanza
a limpiarse- los servicios, a España le tocó un papel
en la integración europea: descollamos -sobre todo para la exportación
al Segundo y Tercer mundos, no al Primero, cuidado con el matiz- en
el sector servicios (financieros, telecomunicaciones) y en él,
especialmente, fuimos destinados al turismo. Sol, Sexo, Stabilidad y
Serveza son nuestros poderes, pero, como siempre en los servicios, poderes
dependientes de un suspiro. 40 millones nos visitan al año duplicando
la población (y de paso destrozándonos urbanísticamente,
exceptuando los pequeños Parques Nacionales hemos construido
un muro de cemento y ladrillos desde la frontera francesa hasta la marroquí).
De entrada, la reconversión y la estacionalidad nos han llevado,
todo lo contrario a lo que pregona Alas, a tener un índice de
desempleo -estructural además- que dobla sobradamente la media
europea. Además, durante 14 años nos gobernó el
paladín neoliberal Felipe González, que, al frente de
las engañosas siglas del Partido Socialista Obrero Español,
introdujo un elemento nuevo que ni siquiera los sensatos ciudadanos
franceses habían aceptado (en defensa de sus jóvenes,
los descendientes de los fundadores de la democracia occidental llegaron
a ocupar las pistas del Aeropuerto de Orly para evitarlo): la precariedad.
Menos niños que en Japón
Este fantasma era desconocido incluso en los encapotados y represivos
tiempos del dictador en los que todo el mundo tenía un empleo
garantizado si callaba la boca con respecto de los restantes desmanes
del régimen. Para flexibilizar el mercado de trabajo,
los socialistas de Felipe introdujeron una reforma que,
básicamente, consistía en suprimir todos los derechos
laborales de los jóvenes de 18 a 26 años.
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A
excepción del vino y el aceite, la pujante industria agroalimentaria
hispana se haya hoy en manos del capital extranjero(Suizo y Francés)
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Casi una década después podemos ver sus
efectos en dos generaciones apáticas, que viven en casa de sus
padres hasta que se casan (más allá de los 30 en muchos
casos, con lo que eso supone en su aprendizaje de la asunción
de responsabilidades adultas), y que jamás han conocido un trabajo
y un ingreso estables en su vida. Existen casos notorios de personas
que son contratadas recurrentemente 48 semanas por año. ¿Por
qué 48? Muy fácil: ¿cuántas semanas hay
en el año? 52. Se contrata al trabajador de lunes a viernes (no
cobra el fin de semana) durante 48 y se le concede un mes de vacaciones
(que sufraga de su bolsillo). Además este joven esclavo no tiene
casi prestaciones sociales (como el paro o las cotizaciones para la
jubilación) y aún tiene suerte si el período de
contratación alcanza los cinco días completos. Muchos
son por días e incluso por horas. ¿Pero esto es sólo
para los pobres, no? Que va. La precariedad alcanza cada vez más
a los ejércitos de profesionales recién egresados. A alguno
de mis alumnos con suerte le ofrecían pagarle por sus servicios
(es decir, no ser un becario sin beca o un estudiante en
prácticas sin sueldo y con los peores turnos).
Al afortunado se le daba una tercera parte de lo que cobraría
un trabajador eventual en un restaurante de comida rápida, pero
¿cuántos fast food hay en España para emplear aunque
sea una mínima parte del ejército de parados? ¿Anécdota?
Tal vez... si no fuera porque incluso el Colegio de Periodistas cifra
en 35% el desempleo en la profesión más un 40 de precariedad.
No están mejor los médicos o los abogados, no digamos
ya los filólogos, maestros o científicos. Todo esto, junto
con el enorme problema de la especulación en el mercado del suelo
y la vivienda (tema en el que tampoco ha metido mano ninguna de las
administraciones que se han sucedido desde el advenimiento de la democracia,
al contrario, los socialistas también flexibilizaron
en este aspecto matando el mercado del alquiler), que ha llevado a que
en menos de una década se haya doblado el precio de los pisos
(antes costaban entre media y una vida laboral, ahora pocos bajan de
dos vidas enteras de salario), supone que en España se ha llegado
al extremo que las generaciones más jóvenes viven por
primera vez peor que sus progenitores. Muchos, la extensa clase media
de la que habla Alas, pueden comprar productos cuya adquisición
conlleva un bajo nivel de compromiso temporal y poca estabilidad de
ingresos. Coches, celulares, viajes...
Consumo sin esperanza
Pero, como solía decirle a los alumnos, vosotros tenéis
objetos, nosotros teníamos expectativas. Se tiende progresivamente
al modelo de consumo americano donde los productos son baratos y los
servicios exorbitantes (pero atentos a cómo afecta a la calidad
de vida, ya que servicios también son la vivienda, la salud y
la educación). Añádase la reciente unificación
monetaria (el euro) con los países ricos, pero no salarial (que
un amigo resumía genialmente como seguimos cobrando en
pesetas, pero pagamos en marcos), y la falta de ayudas dignas
a la maternidad, y se puede entender por qué tenemos el índice
de natalidad más bajo del mundo después de Japón,
1.07 niños por mujer en edad fértil, muy lejos del 2.1
necesario para asegurar la reproducción poblacional. Otro día
hablaremos de lo que supone a la hora de atraer una masiva inmigración
desde el mal llamado Tercer Mundo (más que nada porque abarca
más de la mitad de la población planetaria), que Alas,
en mi opinión erróneamente ya que sigue la versión
oficial, llama problema cuando en muchos casos es solución,
no sólo humana,
sino también económica. Sólo recoger sus palabras
finales: Ojalá que esta España (...) siga adelante
con sus proyectos de progreso y estabilidad. Ojalá, pero
si como añade, Sin lugar a dudas, la España actual
vale la pena conocerla, hay que salir a la calle, despojarse de
anteojos oficiales y darse cuenta que más que seguir con sus
proyectos debe empezar a cambiarlos, extenderlos al conjunto de la población.
Si no, como dicen que en los países totalitarios se vota con
los pies (optando por el exilio), en España, pese a la intoxicación
de nuevos ricos que nubla nuestras cabezas en las contiendas electorales
gracias a la labor aleccionadora constante de los medios, nuestro dictamen
acerca del estado real de las cosas lo vamos a seguir haciendo con el
aparato reproductor. Que no se me entienda mal o de modo grosero. Lo
que quiero decir de forma expresiva es que, mientras sigamos sin tener
hijos, lo que estamos pensando y transmitiendo, digamos lo que digamos,
es que no confiamos en sus posibilidades de salir adelante en la sociedad
actual.
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