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OPINIÓN
Bolivia
en llamas
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Cuando escribía estos papeles el presidente boliviano
Gonzalo Sánchez de Lozada pendía de un hilo. Ni un milagro
consiguió mantenerlo en el poder. Intentó, con gran sentido
común, explotar y exportar los yacimientos de gas rumbo a México
y a Estados Unidos, y lo pusieron en crisis los desórdenes populares
convocados por Evo Morales, un indígena antisistema, de origen
aymará e ideología comunista-indigenista, cruce entre
Fidel Castro y Tupac Amaru. Cuando Víctor Orduña de la
Revista Pulso, hace apenas un año le preguntó si de verdad
creía que Bolivia podía convertirse en una nueva Cuba,
la respuesta de Morales fue rápida como un reflejo: sí,
soy de ese pensamiento.
Evo Morales, en efecto, es de ese pensamiento. Sueña con convertir
a Bolivia en una nueva Cuba. Hombre más dotado para la acción
que para la reflexión, no se enteró del descrédito
de las ideas marxistas, pulverizadas tras el monumental fracaso y hundimiento
de los Estados comunistas en Occidente. Morales cree en las virtudes
de la economía estatal centralizada, odia el capitalismo y a
las naciones desarrolladas del Primer Mundo, encabezadas por los malvados
Estados Unidos.
Vive persuadido de que la pobreza extrema que afecta a más de
la mitad de sus compatriotas sólo puede aliviarse cuando los
indígenas asuman la dirección política y económica
del país y desde la cúspide del poder despojen a los
ricos de sus bienes y aumenten sustancialmente el gasto social
en salud y educación. Supone, además, que la vara mágica
para financiar todos esos planes está en el cultivo, comercialización
y exportación de la hoja de coca.
No hay duda de que estamos ante un líder que pone la carne de
gallina. No existe sobre el planeta una criatura más peligrosa
que un ignorante con convicciones, diagnósticos, recetarios y
una visión holística de la humanidad. Esa
es la historia de Hitler, de Chávez, de Castro o ahora de Evo
Morales. No obstante, el gran peligro que se cierne sobre Bolivia no
es Evo Morales, sino el que proviene del resto de los factores políticos
que gobiernan el país. Las simpatías que Morales despierta
alcanzan un techo máximo del veinticinco por ciento del apoyo
popular.
El setenta y cinco restante sabe que la aventura de Morales llevaría
a Bolivia al abismo. Pero una buena parte de esa gran mayoría
se encuentra fragmentado en diversas tendencias que creen poder nadar
en el río revuelto que terminó con la administración
de Sánchez Lozada. Son varios los líderes que se frotan
las manos y piensan que la renuncia de Goni, como le llaman
popularmente al presidente, los catapultará a ellos a la casa
de gobierno.
En un país crónicamente inestable, como es Bolivia, con
casi doscientos golpes de Estado a sus espaldas, eso es abrir la caja
de Pandora. Y sería muy útil que los políticos
bolivianos estudiasen con cierto cuidado la historia reciente de Venezuela.
En diciembre de 1993 la clase política venezolana, oportunistamente
alentada por un clima de motines callejeros y dos populares intentos
de derrocar al gobierno por la fuerza, consiguió separar de su
cargo al presidente Carlos Andrés Pérez, recurriendo para
ello a unas poco fundadas acusaciones de corrupción usadas como
coartada para desalojarlo del poder y someterlo a arresto domiciliario.
¿Resultado de esa traviesa jugada política? Se debilitó
toda la estructura institucional del país. El sistema democrático
comenzó a hundirse precipitadamente. Poco después el presidente
Rafael Caldera, una vez reelegido, terminó de rematar la faena
destruyendo su propio partido y rehabilitando al teniente coronel Hugo
Chávez, un golpista con casi 400 muertos en su conciencia.
La situación social de Bolivia es mucho más peligrosa
que la venezolana. El país padece una gravísima fractura
racial que puede derivar en un conflicto étnico semejante al
de los Balcanes. El obrerismo organizado suscribe y practica violentamente
la lucha de clases. Abundan los trotskistas, supervivientes de una delirante
mutación marxista casi extinguida en el resto del planeta. Incluso,
en el sector democrático, es frecuente escuchar el viejo discurso
revolucionario de los años cincuenta del siglo XX, cuando el
MNR predicaba el estatismo, la reforma agraria, el antiimperialismo
y el nacionalismo económico para lograr la modernización
de Bolivia, olvidando la lección del segundo Víctor Paz
Estenssoro, quien regresó al poder a mediados de los ochenta,
cargado de años y de experiencia, dispuesto a deshacer brillantemente
muchos de los problemas que él mismo contribuyera a crear en
las tres décadas anteriores.
Pero todavía hay algo aún más espeluznante en el
panorama: el mal boliviano es contagioso. Si ese polvorín estallaba,
Ecuador y Perú también sufrirán las consecuencias.
Esta crónica comenzó por advertir que Sánchez de
Lozada colgaba de un hilo. El asunto es más grave: en toda esa
región del mundo la democracia se balancea suspendida por una
hebra muy fina. Casi imperceptible.
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