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ESPECIAL
El Moulin Rouge:
Plumas y desnudos
Desde
que abrió sus puertas en 1889, el Moulin Rouge viene
ofreciendo un
programa combinado de baile, magia y canto, en el que intervienen acróbatas
y
contorsionistas, pero, sin lugar a dudas, las bailarinas son la atracción
principal.
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| El
emblemático cabaret francés abrió sus puertas
en 1889, en el año de la Exposición Mundial de París.
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Gafas de sol de Chanel, carteras, teléfonos móviles,
chicles, polvos, lapiz labial, crema para ocho horas de Estée
Lauder, un diccionario y un plano callejero de París. Esto
es lo que me llevo todas las mañanas; procuro no olvidar nada,
para que no tenga que volver a casa antes de comenzar el show, porque
generalmente no me alcanza el tiempo para ello, dice Nora Mogalle,
mientras se traga el último sorbo de café con crema.
La mujer, de 21 años, tiene prisa. Su agencia de modelos la está
esperando. Tiene que recoger la lista de los próximos castings
y después todavía tiene que acudir a tres sesiones de
fotos. Y por la noche al Moulin Rouge, a bailar.
Nora es la única alemana en el famoso templo de baile parisino,
situado sobre la Place Blanche, en el corazón de Pigalle, el
barrio de diversión de la capital francesa. Aquí, a más
tardar cuando se pone el sol, se encienden por todas partes luces multicolores.
Las vitrinas de las tiendas exhíben ropa interior, vídeos
pornográficos y juguetes sexuales, para estimular el apetito
erótico de los paseantes. Un portero intenta meter en su peepshow
a unos turistas japoneses, mientras que dos vagabundos devoran hamburguesas
con papas fritas frente a un restaurante de comida rápida.
Todo el tiempo hay tipos que abordan a las mujeres, que muchas veces
se sienten acosadas. Yo jamás viviría aquí,
y por la noche, después del show, siempre regreso a casa en taxi.
Es demasiado peligroso, dice Nora, mientras se sacude su larga
melena rubia.
Afortunadamente, no hay clientes que después del espectáculo
me esperen para hacerme propuestas lúbricas, porque ellos ni
siquiera me reconocen, dice la alemana, que sobre el escenario,
con su ajustado traje brillante, ojos fosforescentes y labios carmesíes
no se parece en nada a la muchacha que después del show sale
a la calle por una puerta lateral con sus tejanos y zapatillas, sin
maquillaje.
Empieza la jornada
A las nueve de la noche, cuando empieza la revista Féerie
(Mundo de ensueño), Nora y sus colegas de Australia, Rusia, Polonia,
Escandinavia, Inglaterra y Francia salen al escenario enseñando
a los 850 visitantes del Moulin Rouge amplias partes de
sus cuerpos.
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| Doris
Hauge es una alemana que trabaja en el Moulin Rouge desde 1957.
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Sin embargo, antes de comenzar el banquete visual, se
ofrece a los clientes una cena. Pueden elegir entre tres menús,
que incluyen paté de hígado de ganso y salmón,
y que tienen nombres bonitos como French Cancan, Toulouse-Lautrec
y Belle Epoque.
El precio de cada menú oscila entre 125 y 155 euros (entre 145
y 180 dólares). Con sus lámparas adornadas con arabescos
y reproducciones de cuadros de Toulouse-Lautrec pegadas en columnas
anunciadoras, la sala refleja el ambiente de la Bella Epoca.
Aunque no hay reglas de etiqueta, muchos señores se visten elegantemente
con traje y corbata. Las señoras acuden con la clásica
faldita negra o con vestidos rojos brillantes, adecuados al ambiente
del Moulin Rouge. En el foyer, de color púrpura,
se ofrece champán. Detrás del grueso telón, los
trabajadores colocan en su posición los 17 cuadros de la decoración
escénica, fabricados especialmente en Italia por dos millones
de euros.
Para poder bailar en el Moulin Rouge, las chicas tienen
que tener una estatura de al menos 1,75 metros, los chicos diez centímetros
más. No hace falta que canten, ya que la música está
grabada en cintas. Es fácil encontrar a chicas altas, delgadas
y bonitas, pero la mayoría no sabe bailar, dice Doris Haug,
una alemana de 76 años que trabaja en el Moulin Rouge
desde 1957.
Su joven compatriota Nora ha bailado en el Moulin Rouge
ya más de 300 veces, como gata salvaje, domadora, payasa, pirata
o diva oriental, siempre radiante y sexy. Por cada revista le pagan
100 euros.
Y, por supuesto, no puede faltar el French Can-Can: durante
diez minutos, las chicas tienen que esforzarse hasta el límite
de su capacidad, bailando a un ritmo vertiginoso, elevando sus largas
piernas hasta la punta de sus narices, gritando en voz alta y agitando
sus falditas plisadas con los colores azul, blanco y rojo de la bandera
de Francia, hasta que terminan el legendario baile con un spagat
(elongación lateral de las piernas).
Los hombres sentados en primera fila, a quienes las chicas guiñan
el ojo audazmente durante el baile, son los que
aplauden con mayor frenesí. Pueden mirar, pero jamás se
les permite tocar a las chicas. Para eso están los clubes nocturnos.
Hacia la una de la madrugada termina el espectáculo. Baja el
telón y las chicas se pueden ir a descansar. Muchas veces, antes
de ir a casa, se van a tomar una copa al bar australiano de enfrente,
para desconectar. Hasta la noche siguiente, porque el espectáculo
de variedades en el Moulin Rouge no termina nunca.
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