16 de noviembre de 2003


ESPECIAL

El “Moulin Rouge”:
Plumas y desnudos

Desde que abrió sus puertas en 1889, el “Moulin Rouge” viene ofreciendo un
programa combinado de baile, magia y canto, en el que intervienen acróbatas y
contorsionistas, pero, sin lugar a dudas, las bailarinas son la atracción principal.

Kisten Schack
PARÍS (dpa) -

vertice@elsalvador.com
El emblemático cabaret francés abrió sus puertas en 1889, en el año de la Exposición Mundial de París.

Gafas de sol de Chanel, carteras, teléfonos móviles, chicles, polvos, lapiz labial, crema para ocho horas de Estée Lauder, un diccionario y un plano callejero de París. “Esto es lo que me llevo todas las mañanas; procuro no olvidar nada, para que no tenga que volver a casa antes de comenzar el show, porque generalmente no me alcanza el tiempo para ello”, dice Nora Mogalle, mientras se traga el último sorbo de café con crema.

La mujer, de 21 años, tiene prisa. Su agencia de modelos la está esperando. Tiene que recoger la lista de los próximos castings y después todavía tiene que acudir a tres sesiones de fotos. Y por la noche al “Moulin Rouge”, a bailar.

Nora es la única alemana en el famoso templo de baile parisino, situado sobre la Place Blanche, en el corazón de Pigalle, el barrio de diversión de la capital francesa. Aquí, a más tardar cuando se pone el sol, se encienden por todas partes luces multicolores.

Las vitrinas de las tiendas exhíben ropa interior, vídeos pornográficos y juguetes sexuales, para estimular el apetito erótico de los paseantes. Un portero intenta meter en su “peepshow” a unos turistas japoneses, mientras que dos vagabundos devoran hamburguesas con papas fritas frente a un restaurante de comida rápida.

Todo el tiempo hay tipos que abordan a las mujeres, que muchas veces se sienten acosadas. “Yo jamás viviría aquí, y por la noche, después del show, siempre regreso a casa en taxi. Es demasiado peligroso”, dice Nora, mientras se sacude su larga melena rubia.

“Afortunadamente, no hay clientes que después del espectáculo me esperen para hacerme propuestas lúbricas, porque ellos ni siquiera me reconocen”, dice la alemana, que sobre el escenario, con su ajustado traje brillante, ojos fosforescentes y labios carmesíes no se parece en nada a la muchacha que después del show sale a la calle por una puerta lateral con sus tejanos y zapatillas, sin maquillaje.

Empieza la jornada

A las nueve de la noche, cuando empieza la revista “Féerie” (Mundo de ensueño), Nora y sus colegas de Australia, Rusia, Polonia, Escandinavia, Inglaterra y Francia salen al escenario enseñando a los 850 visitantes del “Moulin Rouge” amplias partes de sus cuerpos.

Doris Hauge es una alemana que trabaja en el Moulin Rouge desde 1957.

Sin embargo, antes de comenzar el banquete visual, se ofrece a los clientes una cena. Pueden elegir entre tres menús, que incluyen paté de hígado de ganso y salmón, y que tienen nombres bonitos como “French Cancan”, “Toulouse-Lautrec” y “Belle Epoque”.

El precio de cada menú oscila entre 125 y 155 euros (entre 145 y 180 dólares). Con sus lámparas adornadas con arabescos y reproducciones de cuadros de Toulouse-Lautrec pegadas en columnas anunciadoras, la sala refleja el ambiente de la Bella Epoca.

Aunque no hay reglas de etiqueta, muchos señores se visten elegantemente con traje y corbata. Las señoras acuden con la clásica faldita negra o con vestidos rojos brillantes, adecuados al ambiente del “Moulin Rouge”. En el foyer, de color púrpura, se ofrece champán. Detrás del grueso telón, los trabajadores colocan en su posición los 17 cuadros de la decoración escénica, fabricados especialmente en Italia por dos millones de euros.

Para poder bailar en el “Moulin Rouge”, las chicas tienen que tener una estatura de al menos 1,75 metros, los chicos diez centímetros más. No hace falta que canten, ya que la música está grabada en cintas. “Es fácil encontrar a chicas altas, delgadas y bonitas, pero la mayoría no sabe bailar”, dice Doris Haug, una alemana de 76 años que trabaja en el “Moulin Rouge” desde 1957.

Su joven compatriota Nora ha bailado en el “Moulin Rouge” ya más de 300 veces, como gata salvaje, domadora, payasa, pirata o diva oriental, siempre radiante y sexy. Por cada revista le pagan 100 euros.

Y, por supuesto, no puede faltar el ‘French Can-Can’: durante diez minutos, las chicas tienen que esforzarse hasta el límite de su capacidad, bailando a un ritmo vertiginoso, elevando sus largas piernas hasta la punta de sus narices, gritando en voz alta y agitando sus falditas plisadas con los colores azul, blanco y rojo de la bandera de Francia, hasta que terminan el legendario baile con un “spagat” (elongación lateral de las piernas).

Los hombres sentados en primera fila, a quienes las chicas guiñan el ojo audazmente durante el baile, son los que
aplauden con mayor frenesí. Pueden mirar, pero jamás se les permite tocar a las chicas. Para eso están los clubes nocturnos.
Hacia la una de la madrugada termina el espectáculo. Baja el telón y las chicas se pueden ir a descansar. Muchas veces, antes de ir a casa, se van a tomar una copa al bar australiano de enfrente, para desconectar. Hasta la noche siguiente, porque el espectáculo de variedades en el “Moulin Rouge” no termina nunca.


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