16 de noviembre de 2003


CRÓNICA

Los “vendelotodo” sobre ruedas

Un enjambre de vendedores “ataca” a diario las unidades del transporte público
en busca del sustento diario. Las opciones de compras son muchas y variadas.
Los “centros comerciales” rodantes ofrecen, incluso, un rato de sano esparcimiento.

Wilfredo Hernández/Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com
Hay que tener agilidad para subir y bajar de los autobuses en plena marcha. El esfuerzo a veces vale la pena. Algunos dicen que llegan a ganar hasta $40 diarios.

“Amables personas que se conducen en esta unidad de transporte. Perdonen la bulla que les vengo a ocasionar. Perdonen también mi mala educación al interrumpir sus conversaciones y su tranquilidad, pero déjeme robarle un minuto de su valioso tiempo. Mi intención es llevar hasta sus manos esta agenda portadocumentos.

En algunas librerías le cuesta $1, pero en esta ocasión no me pague uno ni dos, deme únicamente dos ‘coras’ y, además, se lleva un lapicero ‘pontier’ punto fino, un lápiz y dos plumas”.

El discurso continúa, mientras el mercader camina, al vaivén del bus, por el pasillo de apenas un metro de ancho repartiendo su producto.
Y es que en esta historia no importan los nombres porque es el diario vivir de muchos vendedores en los autobuses de la capital y el país.

Esos que han convertido las unidades del transporte público en un “centro comercial” rodante, los que le llevan “lo necesario” hasta la palma de sus manos.

¿Cuántos son? “Imposible de cuantificar”, dicen en la oficina de comunicaciones de la Alcaldía capitalina. La comuna sólo tiene registrados a los que todos los días inundan las calles del Centro Histórico de San Salvador desde las cinco de la mañana hasta el último sol del día. Casi los diez mil, manifiesta.

“Dulces, mentas, bombones…” Y el desfile se prolonga.

Son gimnastas, equilibristas, oradores; pero, sobre todo, buenos comerciantes.

La tarea no es fácil. Llevar la rodilla hasta el pecho para sortear la máquina numeradora del autobús es el primer obstáculo. Luego viene el obligado discurso persuasivo o el necesario pregón mientras se desplazan rozando sus productos en el hombro de cualquier pasajero distraído.

En la mano izquierda, cuatro bolsas repletas de dulces de todo sabor. Desde los de coco hasta las ya familiares pastillas de “Clorets”. La derecha asida al tubo que está prendido en la parte superior del vehículo hasta que llega el momento de cobrar o dar cambio.

Toda una vida

Luis Mejía, “El Gordo”, lleva cuatro años en estos menesteres, apenas aparenta una veintena. Su vida ha sido vender. Ahora lo hace con dulces.

“El Gordo” comienza su jornada a las seis de la mañana y finaliza a las 6 de la tarde. Tiene cuatro años de recorrer la 4a. Calle Poniente del centro de San Salvador.

“De esto he hecho mi terreno allá por Apopa y llevo comida a la casa”, dice convencido y emprende una carrera desenfrenada para afianzarse de los estribos de un bus todavía en marcha. Las cuatro bolsas de dulces se bambolean, de izquierda a derecha y viceversa, en la puerta del vehículo y luego se pierden entre el mar de piernas adentro del autobús.

“El Gordo” tiene esposa y el otro año será padre. A su lado está “La Seca”, quien asegura lleva ya 30 años en el negocio, mientras espera la confirmación de su compañero.

Ella vende portadocumentos a cincuenta centavos de dólar.

La suerte es compartida. En días buenos, dice “El Gordo”, llegan a vender hasta $40 dólares, a pesar de la
competencia.

Vendedores, artistas, voluntarios de algunos organismos de socorro, payasos, recuperados de centros de rehabilitación de drogadictos, falsos enfermos, personas que dicen haber perdido un familiar y no tiene para el ataúd, todo un ejército que se disputa el poco espacio de un bus para conseguir unas monedas para sobrevivir. La competencia es fuerte. Por eso hay que tener reglas de convivencia.

Cada quien defiende su “puesto”. “Cada vendedor tiene su sector, si viene otro de otro lado se le dice que busque su sector. Si no lo hace, entonces hay que proceder”, dice desafiante “El Gordo”.

Prácticamente nadie puede escapar de ellos. Están en todas las unidades del transporte público. De sol a sol. La variedad es vasta y para todos los gustos y necesidades. Desde golosinas, artículos de primera necesidad hasta momentos de esparcimiento. La consigna es “conseguir” el sustento familiar.

Hay quienes les critican. Otros, más por compromiso o por un arrebato de bondad, se llevan las manos hasta los bolsillos y sacan una moneda ya sea para comprar o para regalar. Casi siempre el vendedor o el “artista” logra su acometido.

Sean las razones que sean, los vendedores ruteros han convertido el transporte público en su modo de ganarse la vida.

“Estamos aquí por pura necesidad. Antes me ‘ahuevaba’, pensaba en que me iba a ver alguien de mi colonia. Pero no conseguí trabajo y tuve que venir a vender a los buses. Ahora tengo mi mujer y un hijo y saco lo suficiente para comer”, dice Sidney Damián Reyes Blanco, un robusto joven de unos veinte años que fue deportado de Estados Unidos hace seis años. La mayoría de ellos ha vendido en el transporte público.

Para todo gusto

“Buenos tardes damas y caballeros, mi compañero y yo le vamos a cantar una canción… ¡Dicen que venían del sur, en un carro colorado, traían tres quilos de coca, iban con rumbo a Chicago…!”, sus voces chillonas rasgan los aproximadamente siete metros del vehículo.

Los pequeños, de 10 y 11 años de edad, pero con el cuerpo de un niño dos años menos, delgados, a medio peinar y con sus ropas raídas lograron, al final de la canción, arrancar un par de monedas de su auditorio.

“Gelatinas para refrescarse la garganta”, “treinta colas de macho por dos ‘coras’, “agua, agua”, “Galletas de maní con coco”, “Deje de sufrir de esos dolores de cabeza. Para la vista turbia. Aquí le traigo el remedio. Treinta pastillas para su salud”, la algarabía es general y simultánea. El mercado rodante está en su mayor apogeo. Y más si hay congestionamiento.

De repente, se antoja un rato de esparcimiento. Ese necesario rato de distensión después de la agobiante jornada laboral. No vaya lejos, ni siquiera se baje del bus. Al rato menos pensado soltará una estruendosa carcajada con las ocurrencias del payaso “Golosito” y su “cholero, perdón, compañero Risitas” que tienen a su cargo el número artístico en la carpa de latas retorcidas y asientos a medio tapizar.

“Bueno familia es así como les he querido llevar un poco de alegría. Ahora voy a pasar por cada uno de sus asientos para que me regalen para una tortilla, porque no he comido todo el día y me duele la barriga. Si no tiene una moneda, no se preocupe, puede ‘bolsiar’ al que lleva a la par… pasaje… pasaje”.

Y la función debe continuar.

UN CENTRO COMERCIAL RODANTE

La venta se adapta a la temporada. unos días son dulces, otros frutas de temporada. “ahora se va a poner bonito. con la navidad se vende mucho las uvas y las manzanas”, confiesa un vendedor. Las bolsas con dulces reposaran en algún rincón de la casa.

VENDEDORES 8 MIL

El número de vendedores estacionarios que, según la Alcaldía, existen en el Centro Histórico capitalino.

VENTA $40

Cantidad diaria que venden los comerciantes en los buses. La mitad se destina a la mercancía.

NIÑOS 225

Los niños, según la OIT, que trabajan en el país. Una gran cantidad de ellos lo hace en autobuses.

Seis tips para obtener buenas ganancias
La búsqueda de potenciales clientes demanda estrategias mercadológicas que permitan sacar el máximo provecho a la hora de vender los productos.

Los vendedores en los autobuses tienen su propio método y, dicen, les rinde buenos frutos. Incluso se atreven a compartir su “manifiesto del éxito”.

- Espere a que el bus vaya con suficientes pasajeros, de preferencia con todos los asientos ocupados, para subirse y ofrecer su mercadería.

- Ya en el interior del vehículo, utilice técnicas de persuasión y atención hacia el cliente. Esto depende del producto. Hay quien hace una introducción en inglés.

- “Ataque” al posible cliente. Trate de convencerlo de la necesidad de comprarle el producto.

- Aproveche las “trabazones”. Son una “mina de oro” para el vendedor rutero.

- Cuide su sector, de eso depende el obtener buenas ganancias y evitar la competencia desleal.

- La buena convivencia con los conductores es esencial. Algunos vendedores hacen regalos a los motoristas en época navideña o cuando se suben al vehículo.

 

 


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