13 de febrero 2003

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VIAJANDO CON LA MUERTE
Dueños de la calle

Nadie los toca. Como si vivieran durante los días de gloria de la mafia italo-americana, los buseros y microbuseros se desplazan a sus anchas por las calles de San Salvador, a la velocidad que ellos quieran, con la música que prefieran y el apoyo político que jamás un ciudadano común tendrá. Una investigación a fondo de Vértice analiza las causas, los efectos y el legado de dolor, luto e impunidad que deja el transporte público.

Equipo Vertice
vertice@elsalvador.com

Los empresarios de buses y microbuses han sido multados por muchas razones: hacer trabajar sus unidades con tarjetas vencidas, explotar rutas no autorizadas, en fin...
Es una lista muy significativa, pues describe el perfil de unos de los dolores de cabeza cotidianos de San Salvador. Las unidades del transporte público se caracterizan por llevar los vidrios rotos, falta de asientos y luces, y un escandaloso sistema de sonido.
Los transportistas son los principales enemigos de los peatones. Caminar sobre la Alameda Juan Pablo II, Troncal del Norte, Bulevar Constitución, las autopistas a Comalapa, y el tramo de la carretera entre San Martín y Cojutepeque es un peligro.
Cruz Roja atiende unos 90 casos por mes, mientras Comandos de Salvamento, un promedio de 50. Saber cuántos de estos accidentes son provocados por unidades del transporte colectivo es casi imposible porque ambas instituciones no llevan un control tan específico, y es que en la mayoría de casos el responsable huye y pocos anotan las placas del vehículo.
Eduardo Rivera, vocero de Comandos, afirma que las personas que ellos atienden han sido atropelladas especialmente por buses, microbuses y vehículos de carga. Al margen de que sean unidades del transporte colectivo o no, tanto Rivera como Carlos López Mendoza, de Cruz Roja, coinciden en que la imprudencia de muchos conductores y el irrespeto a las señales y normas de tránsito terminan con la vida o lesionan, sobre todo, a niños y niñas y ancianos.

No solo en la capital
Soyapango, según las autoridades policiales del área, es el segundo municipio después de San Salvador, con mayor cantidad de accidentes e infracciones.


Estos son cometidos por conductores de buses y microbuses, quienes han dejado más de 50 muertos, centenares de heridos y miles de dólares en pérdidas.
La División de Tránsito de la PNC y la Dirección de Transporte del MOP también dan cuenta de los altos índices de accidentes e infracciones en las zonas urbanas.
No se puede afirmar que todos los transportistas están locos y que por eso conducen irresponsablemente, sostiene la siquiatra del Seguro Social Claudina Campos. No obstante sí sería útil un estudio caso por caso.
La irresponsabilidad del peatón al cruzar las calles sin precauciones o en lugares indebidos, abona al problema del transporte público.
En esta edición, Vértice presenta la gama de aspectos que confluyen en torno al problema vial: los microbuseros despuntando como los principales responsables del caos, y los buseros, siguiéndolos de cerca.
Las secuelas humanas (traumas, daños físicos y, en el peor de los casos, la muerte) son resumidas en testimonios y estadísticas oficiales.



VIAJANDO CON LA MUERTE
La impunidad viaja con el microbús

Trasgredir el Reglamento General de Tránsito es norma diaria para los conductores de microbuses. Cada viaje, de los siete que realizan, es una camándula de infracciones a lo largo del recorrido.

El Reglamento General de Tránsito es letra muerta en las manos de los conductores de microbuses del transporte colectivo.
Vértice lo pudo comprobar in situ durante una inspección realizada con la ayuda de un representante de una institución encargada de regular el tránsito vehicular.
La pesquisa, que incluyó cuatro rutas de microbuses (44, 30 A, 42 y 101), confirmó que cada conductor comete no menos de 14 infracciones en cada viaje, de los siete que realiza al día, lo que significa que, de ser sancionadas, el estado percibiría 3,115 dólares (27,256 colones) diarios por cada microbús que circula por San Salvador, pero la realidad es otra. (ver recuadro)
Subir pasajeros en lugares no autorizados, disputarse la vía, circular con la puerta abierta, desviarse de la ruta y disputarse pasajeros son sólo algunas de las muchas infracciones que cometen con asombrosa frecuencia los microbuseros.
El problema se incrementa, según el Viceministerio de Transporte (VMT), cuando en una misma ruta hay diferentes propietarios, lo que provoca una lucha constante por conseguir pasajeros. Eso es precisamente lo que sucede con la Ruta 44, donde ASEMACU y ACOSETMI mantienen una competencia que en más de alguna ocasión ha ocasionado víctimas entre los usuarios.
Pero el problema no sólo se da en el Área Metropolitana de San Salvador, sino que se extiende a todo el país. La Policía Nacional Civil (PNC) reporta que, el año pasado, impuso 25 mil 447 esquelas a microbuses, 5,692 más que las aplicadas el año 2001 a nivel nacional.

Difícil solución

Sería irresponsable afirmar que la problemática no tiene solución. Hay varias formas de contener el fenómeno que van desde figuras legales hasta tratamientos sicológicos.
Fuentes del VMT, que prefirieron el anonimato, adujeron que la forma y el horario de trabajo podría ser un condicionante del comportamiento de los conductores, quienes, muchas veces, tienen que trabajar más de quince horas ininterrumpidas. Por ello, dijeron, es necesario que el Ministerio de Trabajo o el mismo VMT regule la jornada laboral de los conductores.
Otra opción que plantea esa cartera de Estado es la agilización del proyecto de carnetización de los conductores, establecido en el Nuevo Sistema de Transporte, pero éstos alegan que el alto costo de los cursos (¢3,000) y del carné (¢200) no son compatibles con los sueldos que devengan.
Para la siquiatra Claudia Campos, “la conducta de los choferes no se puede generalizar con casos patológicos”.
La médica no descarta la posibilidad de que existan choferes con daños orgánicos en el sistema nacional de transporte; por eso, Campos, recomienda al VMT realizar pruebas sicológicas a los que trabajan en el transporte público para determinar el perfil de cada conductor.

Faltas comunes
El Artículo 81 del Reglamento de Tránsito es de los más irrespetados, según comprobó el equipo Vértice.

- No llevar puesto el cinturón de seguridad
Multa: 300 colones.
- Estacionarse más tiempo del necesario para subir o bajar pasajeros: El vehículo no debe permanecer más de un minuto cuando no haya pasajeros a subir o bajar.
Multa: 100 colones.
- Aumentar o disminuir la velocidad con el objeto de disputarse pasajeros Multa: 300 colones.
- Circular a excesiva velocidad: La velocidad permitida en la ciudad o zonas pobladas es de 40 kilómetros por hora
Multa: 500 colones.
- Interceptar la vía: No deberá conducirse describiendo curvas o atravesar el vehículo.
Multa: 100 y 300 colones.
- Bajar o subir pasajeros en lugares no establecidos
Multa: 400 colones y remisión del vehículo.
- Circular con la puerta abierta
Multa: 300 colones.
- Desviarse de la ruta: No debe alterar la ruta asignada sin causa debidamente justificada.
Multa: 300 colones y remisión del vehículo

Vértice, en compañía de una autoridad competente, realizó viajes de verificación en varias rutas de microbuses y comprobó que las anteriores son algunas de las infracciones más frecuentes que cometen los conductores. Lo interesante del caso es que, en cada viaje, de siete diarios que realizan, las infracciones suman poco más de $445.



VIAJANDO CON LA MUERTE
Un rezo de 30 minutos

Vértice quiso vivir lo que a diario sienten los usuarios de la Ruta 44. El viaje duró 30 minutos, suficientes para comprobar que las denuncias no son antojadizas y que es necesario ponerles atención cuanto antes.

Viajar de la Santísima Trinidad, en Ayutuxtepeque, a Santa Elena, en Antiguo Cuscatlán, en un microbús de la Ruta 44 es una paradoja en toda la extensión de la palabra. Es como un viaje del paraíso al infierno. “Un auténtico examen del corazón y una verdadera prueba de entereza”, nos habían dicho con anterioridad.
Por eso, junto con mi compañero, decidimos comprobar ese secreto a voces. La misión asignada era viajar en esa ruta para conocer de primera mano el motivo de tantas quejas.
Ya conocíamos la ruta de antemano; pero esta vez haríamos el viaje como dos minuciosos inspectores.
“En Metrocentro tomamos una 44 a Santa Elena. Allí podemos encontrar despachadores”, dijo Javier.
Subimos al vehículo esperanzados en confirmar lo denunciado, 35 minutos después bajamos sin haber descubierto nada. Increíble, el motorista hizo cada alto, cada parada y respetó todos los semáforos.
En Santa Elena no encontramos a ningún despachador. Descendimos del microbús un tanto decepcionados y optamos por regresar al punto de partida; aunque, no sabíamos lo que nos esperaba.
“Mirá, viejo, esta va para Metro”, preguntamos. “Sí, súbanse”, fue la respuesta. Uno de nosotros caminó hacia la parte trasera del microbús y otro se sentó en el asiento junto al motorista. “Bueno - me dije- hoy sí voy a ver qué me dice este tipo”.
Sin embargo, no contaba con que “Carlos”, el motorista, tenía pensado otra cosa.

El inicio de la odisea

“¡Puta, fíjate que ayer me hice mierda! Por andar de bolo me estalló una llanta. Venía bien arriado”, le comentó Carlos a un colega que viajaba en el vehículo.
En ese momento, comenzó el “dèjá vu” que tanto atormenta a los pasajeros de la ruta 44 y también mis desesperados intentos por sobrevivir a aquel viaje. Eran las 11:30 de la mañana y el Bulevar Santa Elena estaba despejado.
Los “norteadas” (competencias entre microbuses para ganar pasajeros) no tenían razón de ser, pensé. Pero Carlos tenía otros planes. Aceleró y en un momento, de la nada, pareció otro auto y se le atravesó, el frenazo nos cortó la respiración. Carlos apenas sonrió y volvió a acelerar como si nada.
El viaje se convirtió en un auténtico recital de infracciones al reglamento de tránsito, desde subir y bajar pasajeros en lugares no establecidos hasta pelear la vía con otros conductores de microbuses.
En tiempo récord habíamos llegado a Metrocentro. En cada parada me volvía el alma al cuerpo y volvía a ver a mi compañero, quien, quizás como un mecanismo de protección había preferido dormir.
Llegar con vida a nuestro destino nos devolvió la sonrisa. Pero pronto desapareció al comprobar que mis antiguos compañeros de infortunio tendrían que soportar unos minutos más.
Días después supimos que esa demencial competencia se debe a que la ruta es administrada por dos asociaciones, quienes se disputan pasajeros palmo a palmo, lo que hace parecer a los calles por donde circulan verdaderas pistas de competencias.
La solución al problema se ve lejana; mientras tanto, a los pasajeros les queda rezar por que cada día lleguen a su destino sanos y salvos y no ser víctimas de una inexplicable rivalidad.

EN NÚMEROS $445
Cada viaje, un conductor de microbuses comete no menos de 14 infracciones entre leves, graves y muy graves. el monto que esto significa ronda los 445 dólares por viaje. si se toma en cuenta que cada unidad realiza no menos de seis viajes al día, el estado deja de percibir no menos de $3,115 diarios. las rutas más problemáticas, según el VMT, son la 44, 30 a, 42 y 38, entre otras.



VIAJANDO CON LA MUERTE
Buseros no se quedan atrás

Los microbuseros son acusados de “más problemáticos”, aunque los buseros también hacen de las suyas. En tres años, la policía ha extendido unas 70 mil esquelas a los conductores de buses por diversas faltas cometidas.

Soyapango encabeza la lista de municipios con más accidentes de tránsito durante el 2002: 1,912 superados solamente por los del Gran Salvador.
El Departamento de Seguridad Pública de la PNC en el populoso sector, al oriente de la capital, detalla que como resultado de los accidentes hubo 58 muertos y 465 lesionados.
Además de los accidentes, Soyapango también ocupa el primer lugar en infracciones: 9,798.
Las estadísticas policiales de los últimos siete meses apuntan a que son los buseros los causantes de la mayor cantidad de problemas.
De junio a diciembre de 2002, un total de 287 autobuses “se involucraron en accidentes viales”, y los microbuseros en 104.
Las cifras del mes pasado, también acusan los conductores de buses: 62, ya que los microbuseros solo cuentan 32.
El sargento Moscú, responsable de la División de Seguridad Pública en Soyapango, reconoce la gravedad del tráfico en ese lugar.
Y es que por Soyapango ingresan sinnúmero de unidades desde el oriente del país, además del vasto número de unidades que operan regularmente en el sector.
Los accidentes, dijo, se registran sobre todo en el tramo comprendido entre Plaza Soyapango y el antiguo Hospital Lamatepec, sobre el Bulevar del Ejército.

Cifras nacionales

La División de Tránsito Terrestre de la PNC, en una estadística nacional del año pasado, también comprueba los “dolores de cabeza” que provocan los buseros.
Un total de 23,083 esquelas fueron impuestas por maltratos ciudadanos, alteración de tarifas, paradas no autorizadas, música estridente, retención de vueltos, entre otras faltas.
Los microbuses, como ya se ha dicho, son los más problemáticos y merecieron 25,447 esquelas.
La policía cuenta además con cifras de los últimos tres años sobre los mismos problemas.
La sumatoria global (de 2000 a la fecha) evidencian que los conductores de buses cometieron 71,531 infracciones por lo que merecieron igual número de esquelas.
Los conductores de microbuses, por su parte, cometieron 74,370 infracciones.
La Dirección General de Tránsito, dependencia del Viceministerio de Transporte, dice tener identificadas a numerosas rutas de buses problema.
Fernando Rodríguez, director de Tránsito, no obstante, declina revelarlas sin que “estudie” las estadísticas de la institución.
“Tengo varias en la cabeza (rutas problemas) pero debo consultar las estadísticas del Viceministerio”, dijo.
Rodríguez fue consultado por Vértice debido al grave problema que aún representa el sector transporte (buseros, microbuseros y empresarios de transporte) en el país.
El funcionario apostó al proceso reeducativo de los actuales motoristas, impulsado desde las llamadas escuelas de conductores, como la solución más viable al problema que se vive al transporte público.
Junto al proceso de educación, se llevan registros sobre la conducta pública de los motoristas, que en algunos casos han merecido sanciones.

“No hay fórmula mágica”
El Director General de Tránsito, Fernando Rodríguez, reconoce avances en la reeducación de los conductores, impulsada desde hace dos años.

“No existe una fórmula mágica... Es un proceso de esfuerzo continuo”, resume el director de Tránsito sobre los avances y puntos pendientes del actual sistema de transporte público.
El funcionario destaca que en las escuelas de capacitación para motoristas han participado 3,000 conductores y “se mantienen a la espera de ser atendidos muchos más”.
No obstante, a dos años de impulsarse el proceso reeducativo, las cifras por accidentes y esquelas siguen casi imparables. Sólo en 2002, los buses y microbuses cometieron más de 48 mil infracciones, por lo que recibieron sus sanciones respectivas.
“La educación vial inicia el 2001 con el nuevo sistema de transporte... Ahora tenemos rutas ejemplo, como la Acopat (ruta 29) y otra ruta del occidente del país... El fin es lograr mejores conductores”.
Paralelo a la reeducación, Tránsito elabora un registro o padrón de conductores autorizados para seguir de cerca el desempeño de estos.
De comprobarse que un motorista reincide en faltas, la Dirección de Tránsito procede a revisar “el caso” y puede ordenar sanciones al responsable, como la suspensión de licencias.
Rodríguez confía en el proceso de reeducación; pero también está seguro que otras dependencias deben hacer lo suyo. Para el caso, el funcionario señala el problema de los vendedores callejeros en algunos municipios, quienes, a su juicio, terminan por dificultar el libre tránsito de los conductores de buses y microbuses, y empeoran la situación del sistema público de transporte.



MUERTOS 58
Los accidentes en Soyapango dejaron 58 muertos, 465 lesionados y miles de dólares en pérdidas materiales


VIAJANDO CON LA MUERTE
“¡Si no llevan animales!”

Lo de todos los días. Los pasajeros de buses exponen sus vidas. Una de las principales causas de las competencias entre los buseros es tratar de ganar más pasajeros. Pero lo único que uno se gana es un buen susto.

Por fin alguien se atrevió a decirle algo al busero. Es la hora del tráfico pesado de la mañana y vamos en una 101-D. Desde hace 5 minutos dos unidades de la misma ruta “van echándola” para ver quién llega primero a la parada de buses y se queda con los pasajeros.
El bus va llenísimo. En los asientos sólo caben dos personas y en los pasillos hay que ver hacia el cielo para poder conseguir un poco de aire.
“Suba que atrás va vacío”. La gente no tiene el tiempo de pagar el pasaje y tiene que esperar que llegue el cobrador. “Pasaje, Pasaje”, grita. Tengo que pelear con el codo de un hombre que está detrás mía y el trasero voluptuoso de una señora que está adelante mía, más el cobrador que quiere pasar entre toda la multitud.
Entre parada y parada, hay personas que hacen señal al bus para que pare. Paramos por unos 5 segundos, tiempo suficiente para que la gente salte dentro. Las estaciones de bus más parecen adornos de la ciudad. El motorista para hasta unos 100 metros antes o después de la parada.
Aceleramos como si el FBI nos persiguiera. Es necesario llegar al semáforo de la Constitución antes que se ponga en rojo. Está en amarillo. Rojo. Rum. Lo pasamos. Los carros que tienen su derecho tienen que esperar que los dos buses pasen. De nada sirven los pitos, gritos, insultos o ademanes hechos por los conductores.

Antes que el otro

La meta es llegar antes que el otro. El peso excesivo del bus hace que se incline más de lo normal en una curva. Ahora hay que correr antes que el otro gane los pasajeros de la parada de la 75 Av. Norte. La gente se amontona para tratar de subir. El bus arranca y frena de repente. Se detiene a pocos centímetros de un carro que espera el verde para avanzar.
Un niño sube. “Buenos días señores que abordan esta unidad”. Casi nadie le da. La gente va más preocupada por llegar a sus trabajos.
El bus que venía atrás ha logrado pasarnos. Esto enoja de sobremanera al conductor y cobrador. “¡Dale. Dale!”. El cobrador asoma casi todo su cuerpo por la puerta, para forzar al carro que viene atrás a que pare y poder alcanzar al otro compañero.
Hay gritos en la parte de atrás de gente que quiere salir. “¡Puerta!”, gritan desesperados los pasajeros que no quieren llegar tarde a sus trabajos. Imposible parar aquí. Esos pocos segundos pueden significar perder la lucha contra el enemigo. Menos dinero a la bolsa.
Un par de policías están en la esquina. El exceso de velocidad evidente del conductor no fue suficiente para detenerlo. Un estimulante más para el señor conductor de acelerar más.
Se acerca una jugosa presa. Una docena de pasajeros con sus manos hacen la señal al bus que pare. Este se apodera de un carril y medio para evitar que los otros carros pasen y que el bus que lo sigue lo alcance.
Al conductor no le importa detener el tráfico a la hora en que todo el mundo quiere llegar a sus trabajos. Con la tranquilidad más angelical y entre risas con el cobrador, que tiene un tatuaje en su brazo izquierdo, dejan salir a los pasajeros alterados de atrás y hacen espacio a los nuevos. “Vaya circulen que atrás hay espacio”.
Por fin me toca bajarme. Qué alivio pensar que el baño sauna matutino ha terminado.



VIAJANDO CON LA MUERTE
Camino a la rehabilitación

¿Y después del accidente qué? Mientras unos son enterrados, otros deben recorrer un largo camino para rehabilitarse, una faena que implica tiempo, dinero y esperanzas de volver a ser el mismo.

A José Ángel López Franco no le alcanzó la vida. Murió a los 43 años a causa de la imprudencia del conductor de un microbús de la ruta 1A que aceleró sin esperar a que él terminara de bajar. Así lo dijeron testigos. Los graves golpes en la cabeza y el rostro cegaron la vida de este hombre de oficio carpintero.
La imagen de José Ángel tendido en la orilla de la calle principal del barrio Las Mercedes de Santo Tomás, quedó en el recuerdo de quienes atestiguaron su muerte.
Cinco días más tarde, otra persona moría en la intersección del Bulevar de Los Héroes y Avenida Sisimiles. Según testigos, el microbús con placa 75-738 de la ruta 11 perdió el control y embistió el vehículo que conducía María Segundo de Ascencio.
Estos dos fallecidos, en los últimos días de enero de 2002, son apenas un punto en las estadísticas de accidentes de tránsito.
Pero, ¿cuántos sobrevivieron y están aún en los hospitales? ¿cuántos asisten a sesiones de terapia para alcanzar la deseada rehabilitación?
En hospitales como el Rosales no saben identificar cuántos están rehabilitándose después de algún accidente de tránsito, y menos si fue a causa de la imprudencia de un microbusero o de un busero. Igual sucede en las hospitales del ISSS.

Costos y efectos

La jefa de Fisioterapia de la Unidad de Medicina Física y Rehabilitación, Cristina Sol de Martínez, dice que de los 400 pacientes diarios que atienden, un centenar ha tenido accidentes de tránsito, y presentan todo tipo de lesiones, las que sólo el tiempo y las terapias pueden borrar; aunque no siempre.
En 2002 el Hospital de Niños “Benjamín Bloom”, atendió a 168 menores atropellados, algunos de ellos tuvieron que pasar hasta cien días ingresados, lejos de su hogar, del calor familiar e incluso de la escuela. En el caso de los asegurados accidentados, la licenciada de Martínez dice que en su mayoría son motociclistas, hombres jóvenes y activos laboralmente que pierden parte de la memoria o simplemente la movilidad. Esto les repercute en todas las áreas de su vida.
“Las secuelas pueden ser parálisis, amputaciones en alguno de sus miembros, problemas del habla o en la escritura, lo cual le imposibilita reincorporarse pronto a su trabajo. Pierden mucho y el impacto sicológico es grande”, afirma de Martínez.
Por eso, iniciar el camino de la rehabilitación es necesario, un proceso que puede durar desde un mes hasta un año. Ella explica que, por ejemplo, un paciente que ha resultado con múltiples traumatismos (desde la cabeza hasta los miembros inferiores) tarda como mínimo un año para rehabilitarse después de la hospitalización. Esto implica someterlo a terapias físicas como entrenamiento de marcha para fortalecer los miembros superiores o inferiores o terapias ocupacionales para que recupere habilidades como manipular objetos pequeños.
Brindar esta atención integral a estos pacientes también tiene su coste económico. Josefina Caballero, del departamento de contabilidad y costos del ISSS, dijo no estar autorizada para informar sobre lo que gasta la institución en la atención total de estas víctimas; pero que sólo en su rehabilitación invierten (por cada sesión de terapia diaria y por paciente) entre $5.71 y $11.43, y que sólo un politraumatizado puede necesitar más de una al día y hasta por un año, según lo que indique el médico fisiatra.

A largo plazo

Cada sesión implica no solo ejercicios físicos sino también otras modalidades de tratamiento como ultrasonidos y apoyo sicológico.
Esta atención en el plano privado es mucho más cara. Cada sesión de tratamiento puede alcanzar los $14.28, según de Martínez. Esto sin contar los gastos de hospitalización y procedimientos quirúrgicos después del accidente.
Un ortopeda traumatólogo, que pidió reserva de su nombre, dice que es difícil cuantificar costos globales porque todo depende del tipo y cantidad de traumas, ya que no todos los pacientes tardan el mismo tiempo en recuperarse. Por ejemplo, en un adulto joven, el tratamiento puede durar hasta seis meses, mientras en un adolescente o niño bastan unos tres meses.
Sin embargo, el médico consultado calcula que los gastos que debe desembolsar un paciente que opta por la atención privada oscila entre los $3,428 y los $28,57, sin tomar en cuenta otros adicionales como exámenes, rayos X, medicamentos y las terapias de rehabilitación, entre otros.
Cuando las consecuencias de un accidente de tránsito son fatales, los gastos son otros. Así como en el plano privado los costos dependen del tipo de fracturas; en el plano funerario, el tipo de ataúd determina el monto. Entre más fino, más caro.

Gastos imprevistos

Dentro de la variedad de ofertas que ofrece el mercado de las funerarias, se consideraron las opciones de lujo y otra más económica. En una el costo de un servicio funerario oscila entre los $425 y los $6,857; el paquete incluye servicio a domicilio (si se quiere) o velación en el local de la funeraria, traslado al cementerio, capilla y atención para los acompañantes.
En la opción económica, la familia doliente paga alrededor de $240 por un ataúd sencillo, sala de velación, traslado de hospital al lugar del velorio y al cementerio, café, sillas y ornamentos. Si opta por uno más caro, los costos suben a casi $700. Eso lo determina el lujo del féretro y del carro en que trasladarán al difunto.
Muerto o sobreviviente, los costos son siempre altos. Por uno de esos casos raros de la vida, hubo una familia que tuvo que pagar dos veces las consecuencias de un par de conductores.
En las cercanías del desvío al turicentro de Apulo, en Ilopango, aún recuerdan a una señora -aunque no su nombre- que hace tres años fue atropellada por un microbús de la ruta 140 y le dejó el cráneo abierto.
Un años después, cuando apenas se recuperaba, mientras caminaba sobre la carretera, un microbús de la misma ruta la golpeó y la envió al hospital.
Allí encontró la muerte.

Relato de una imprudencia
Vértice aguardó en la sala de emergencias del Hospital Rosales la llegada de algún atropellado y esto fue lo que encontramos.

Aunque en hospitales los casos de atropellados son los más comunes, casi al filo del mediodía del jueves no había llegado ninguno al Rosales.
De repente, la sirena de la ambulancia anunció la llegada del primero. Se trataba de Mario Antonio Vásquez, de 31 años de edad.
“Fue un bus de la 38-C el que atropelló a mi hijo”, repetía muy angustiado Santiago Vásquez Campos, el padre de Mario.
Las laceraciones en el brazo izquierdo indicaban el paso de la llanta trasera del autobús, el que según Santiago, siempre corre a excesiva velocidad en su trayectoria diaria entre San Salvador y las colonias Popotlán y Valle Verde de Apopa.
“Deberían ponerles reglamento; todos corren como caballos, como que el diablo los va siguiendo”, decía entre lágrimas Santiago.
Todo ocurrió en las cercanías del Reloj de Flores, cuando padre e hijo intentaban subirse al bus y éste aceleró bruscamente.
Mario cayó y afortunadamente sólo su brazo fue lesionado.
Luego de las revisiónes médicas, se determinó que no había fracturas y que su caso no era tan grave. Mientras tanto, Mario Vásquez tendrá que esperar para reincorporarse a su trabajo en un taller de enderezado y pintura.

OPERACIÓN $28 mil

Puede llegar a costar sólo la hospitalización y operación a nivel privado, de un politraumatizado.
fallecido, uno más sencillo cuesta unos $200.

 

TERAPIA $3 mil

Es lo mínimo que invertiría un politraumatizado en sesiones de rehabilitación si se prolongara por un año.
OTROS GASTOS
$6,857
Es el costo de un funeral de lujo para cualquier

 

OTROS GASTOS $6,857

Es el costo de un funeral de lujo para cualquier




Infracciones y daños

$6 millones de “impunidad”
Los propietarios y conductores de buses y microbuses han sido multados miles de veces. Los infractores se niegan a pagar.

Los seis millones de dólares que el sector del transporte colectivo adeuda al fisco es un reflejo de la impunidad que caracteriza a propietarios de buses y microbuses y a sus respectivos conductores.
Desde que entró en vigencia la nueva Ley de Tránsito (1996) y se tipificaron más faltas con su correspondiente multa en dinero, los transportistas han acumulado miles de esquelas.
Hacienda da cuenta de $6 millones en deuda por las infracciones cometidas.
La mayor cuantía corresponde a los conductores de buses y microbuses: $4 millones.
Los motoconductores, como son conocidos, fueron -y son multados- por manejar en sentido contrario, estacionarse en zona prohibida, hacer paradas en lugares no autorizados, irrespeto a la luz roja del semáforo, desatención a las señales de alto, maltrato verbal a los usuarios, entre otras faltas cometidas.
De propietarios
Los empresarios de buses y microbuses han sido multados por hacer trabajar sus unidades con tarjetas vencidas, por explotar rutas no autorizadas; en especial por las pésimas condiciones de los vehículos: vidrios rotos, sin asientos ni luces, con aparatos de sonido, sin cintas adhesivas roji-blancas (para la noche).
También porque las unidades poseen ‘mataburros’ o exceso de luces (halógenas).
Por todas las faltas, los empresarios de buses y microbuses adeudan ¡$2 millones!
El caso de las esquelas sin pagar ha llegado hasta la Asamblea Legislativa, donde es estudiado por diputados como el pecenista Elizardo Lovo.
Para el parlamentario todas las esquelas y multas son justificadas, es decir, se han comprobado las infracciones de propietarios y conductores.
Aún así, se espera favorecerlos eliminando el interés del 120% anual para que cancelen solo los montos.
“Con los intereses la deuda es de $100 millones”, dijo.



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