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VIAJANDO
CON LA MUERTE
Dueños de la calle
Nadie
los toca. Como si vivieran durante los días de gloria de la mafia
italo-americana, los buseros y microbuseros se desplazan a sus anchas
por las calles de San Salvador, a la velocidad que ellos quieran, con
la música que prefieran y el apoyo político que jamás
un ciudadano común tendrá. Una investigación a
fondo de Vértice analiza las causas, los efectos y el legado
de dolor, luto e impunidad que deja el transporte público.
Equipo Vertice
vertice@elsalvador.com
Los
empresarios de buses y microbuses han sido multados por muchas razones:
hacer trabajar sus unidades con tarjetas vencidas, explotar rutas no
autorizadas, en fin...
Es una lista muy significativa, pues describe el perfil de unos de los
dolores de cabeza cotidianos de San Salvador. Las unidades del transporte
público se caracterizan por llevar los vidrios rotos, falta de
asientos y luces, y un escandaloso sistema de sonido.
Los transportistas son los principales enemigos de los peatones. Caminar
sobre la Alameda Juan Pablo II, Troncal del Norte, Bulevar Constitución,
las autopistas a Comalapa, y el tramo de la carretera entre San Martín
y Cojutepeque es un peligro.
Cruz Roja atiende unos 90 casos por mes, mientras Comandos de Salvamento,
un promedio de 50. Saber cuántos de estos accidentes son provocados
por unidades del transporte colectivo es casi imposible porque ambas
instituciones no llevan un control tan específico, y es que en
la mayoría de casos el responsable huye y pocos anotan las placas
del vehículo.
Eduardo Rivera, vocero de Comandos, afirma que las personas que ellos
atienden han sido atropelladas especialmente por buses, microbuses y
vehículos de carga. Al margen de que sean unidades del transporte
colectivo o no, tanto Rivera como Carlos López Mendoza, de Cruz
Roja, coinciden en que la imprudencia de muchos conductores y el irrespeto
a las señales y normas de tránsito terminan con la vida
o lesionan, sobre todo, a niños y niñas y ancianos.
No
solo en la capital
Soyapango, según las autoridades policiales del área,
es el segundo municipio después de San Salvador, con mayor cantidad
de accidentes e infracciones.
Estos son cometidos por conductores de buses y microbuses, quienes han
dejado más de 50 muertos, centenares de heridos y miles de dólares
en pérdidas.
La División de Tránsito de la PNC y la Dirección
de Transporte del MOP también dan cuenta de los altos índices
de accidentes e infracciones en las zonas urbanas.
No se puede afirmar que todos los transportistas están locos
y que por eso conducen irresponsablemente, sostiene la siquiatra del
Seguro Social Claudina Campos. No obstante sí sería útil
un estudio caso por caso.
La irresponsabilidad del peatón al cruzar las calles sin precauciones
o en lugares indebidos, abona al problema del transporte público.
En esta edición, Vértice presenta la gama de aspectos
que confluyen en torno al problema vial: los microbuseros despuntando
como los principales responsables del caos, y los buseros, siguiéndolos
de cerca.
Las secuelas humanas (traumas, daños físicos y, en el
peor de los casos, la muerte) son resumidas en testimonios y estadísticas
oficiales.
VIAJANDO
CON LA MUERTE
La impunidad viaja con el microbús
Trasgredir
el Reglamento General de Tránsito es norma diaria para los conductores
de microbuses. Cada viaje, de los siete que realizan, es una camándula
de infracciones a lo largo del recorrido.
El
Reglamento General de Tránsito es letra muerta en las manos de
los conductores de microbuses del transporte colectivo.
Vértice lo pudo comprobar in situ durante una inspección
realizada con la ayuda de un representante de una institución
encargada de regular el tránsito vehicular.
La pesquisa, que incluyó cuatro rutas de microbuses (44, 30 A,
42 y 101), confirmó que cada conductor comete no menos de 14
infracciones en cada viaje, de los siete que realiza al día,
lo que significa que, de ser sancionadas, el estado percibiría
3,115 dólares (27,256 colones) diarios por cada microbús
que circula por San Salvador, pero la realidad es otra. (ver recuadro)
Subir pasajeros en lugares no autorizados, disputarse la vía,
circular con la puerta abierta, desviarse de la ruta y disputarse pasajeros
son sólo algunas de las muchas infracciones que cometen con asombrosa
frecuencia los microbuseros.
El problema se incrementa, según el Viceministerio de Transporte
(VMT), cuando en una misma ruta hay diferentes propietarios, lo que
provoca una lucha constante por conseguir pasajeros. Eso es precisamente
lo que sucede con la Ruta 44, donde ASEMACU y ACOSETMI mantienen una
competencia que en más de alguna ocasión ha ocasionado
víctimas entre los usuarios.
Pero el problema no sólo se da en el Área Metropolitana
de San Salvador, sino que se extiende a todo el país. La Policía
Nacional Civil (PNC) reporta que, el año pasado, impuso 25 mil
447 esquelas a microbuses, 5,692 más que las aplicadas el año
2001 a nivel nacional.
Difícil solución
Sería irresponsable afirmar que la problemática no tiene
solución. Hay varias formas de contener el fenómeno que
van desde figuras legales hasta tratamientos sicológicos.
Fuentes del VMT, que prefirieron el anonimato, adujeron que la forma
y el horario de trabajo podría ser un condicionante del comportamiento
de los conductores, quienes, muchas veces, tienen que trabajar más
de quince horas ininterrumpidas. Por ello, dijeron, es necesario que
el Ministerio de Trabajo o el mismo VMT regule la jornada laboral de
los conductores.
Otra opción que plantea esa cartera de Estado es la agilización
del proyecto de carnetización de los conductores, establecido
en el Nuevo Sistema de Transporte, pero éstos alegan que el alto
costo de los cursos (¢3,000) y del carné (¢200) no
son compatibles con los sueldos que devengan.
Para la siquiatra Claudia Campos, la conducta de los choferes
no se puede generalizar con casos patológicos.
La médica no descarta la posibilidad de que existan choferes
con daños orgánicos en el sistema nacional de transporte;
por eso, Campos, recomienda al VMT realizar pruebas sicológicas
a los que trabajan en el transporte público para determinar el
perfil de cada conductor.
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Faltas comunes
El Artículo 81 del Reglamento de Tránsito es
de los más irrespetados, según comprobó el
equipo Vértice.
- No llevar puesto el cinturón de seguridad
Multa: 300 colones.
- Estacionarse más tiempo del necesario para subir o bajar
pasajeros: El vehículo no debe permanecer más de
un minuto cuando no haya pasajeros a subir o bajar.
Multa: 100 colones.
- Aumentar o disminuir la velocidad con el objeto de disputarse
pasajeros Multa: 300 colones.
- Circular a excesiva velocidad: La velocidad permitida en la
ciudad o zonas pobladas es de 40 kilómetros por hora
Multa: 500 colones.
- Interceptar la vía: No deberá conducirse describiendo
curvas o atravesar el vehículo.
Multa: 100 y 300 colones.
- Bajar o subir pasajeros en lugares no establecidos
Multa: 400 colones y remisión del vehículo.
- Circular con la puerta abierta
Multa: 300 colones.
- Desviarse de la ruta: No debe alterar la ruta asignada sin causa
debidamente justificada.
Multa: 300 colones y remisión del vehículo
Vértice, en compañía de una autoridad competente,
realizó viajes de verificación en varias rutas de
microbuses y comprobó que las anteriores son algunas de
las infracciones más frecuentes que cometen los conductores.
Lo interesante del caso es que, en cada viaje, de siete diarios
que realizan, las infracciones suman poco más de $445.
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VIAJANDO
CON LA MUERTE
Un rezo de 30 minutos
Vértice
quiso vivir lo que a diario sienten los usuarios de la Ruta 44. El viaje
duró 30 minutos, suficientes para comprobar que las denuncias
no son antojadizas y que es necesario ponerles atención cuanto
antes.
Viajar
de la Santísima Trinidad, en Ayutuxtepeque, a Santa Elena, en
Antiguo Cuscatlán, en un microbús de la Ruta 44 es una
paradoja en toda la extensión de la palabra. Es como un viaje
del paraíso al infierno. Un auténtico examen del
corazón y una verdadera prueba de entereza, nos habían
dicho con anterioridad.
Por eso, junto con mi compañero, decidimos comprobar ese secreto
a voces. La misión asignada era viajar en esa ruta para conocer
de primera mano el motivo de tantas quejas.
Ya conocíamos la ruta de antemano; pero esta vez haríamos
el viaje como dos minuciosos inspectores.
En Metrocentro tomamos una 44 a Santa Elena. Allí podemos
encontrar despachadores, dijo Javier.
Subimos al vehículo esperanzados en confirmar lo denunciado,
35 minutos después bajamos sin haber descubierto nada. Increíble,
el motorista hizo cada alto, cada parada y respetó todos los
semáforos.
En Santa Elena no encontramos a ningún despachador. Descendimos
del microbús un tanto decepcionados y optamos por regresar al
punto de partida; aunque, no sabíamos lo que nos esperaba.
Mirá, viejo, esta va para Metro, preguntamos. Sí,
súbanse, fue la respuesta. Uno de nosotros caminó
hacia la parte trasera del microbús y otro se sentó en
el asiento junto al motorista. Bueno - me dije- hoy sí
voy a ver qué me dice este tipo.
Sin embargo, no contaba con que Carlos, el motorista, tenía
pensado otra cosa.
El inicio de la odisea
¡Puta,
fíjate que ayer me hice mierda! Por andar de bolo me estalló
una llanta. Venía bien arriado, le comentó Carlos
a un colega que viajaba en el vehículo.
En ese momento, comenzó el dèjá vu
que tanto atormenta a los pasajeros de la ruta 44 y también mis
desesperados intentos por sobrevivir a aquel viaje. Eran las 11:30 de
la mañana y el Bulevar Santa Elena estaba despejado.
Los norteadas (competencias entre microbuses para ganar
pasajeros) no tenían razón de ser, pensé. Pero
Carlos tenía otros planes. Aceleró y en un momento, de
la nada, pareció otro auto y se le atravesó, el frenazo
nos cortó la respiración. Carlos apenas sonrió
y volvió a acelerar como si nada.
El viaje se convirtió en un auténtico recital de infracciones
al reglamento de tránsito, desde subir y bajar pasajeros en lugares
no establecidos hasta pelear la vía con otros conductores de
microbuses.
En tiempo récord habíamos llegado a Metrocentro. En cada
parada me volvía el alma al cuerpo y volvía a ver a mi
compañero, quien, quizás como un mecanismo de protección
había preferido dormir.
Llegar con vida a nuestro destino nos devolvió la sonrisa. Pero
pronto desapareció al comprobar que mis antiguos compañeros
de infortunio tendrían que soportar unos minutos más.
Días después supimos que esa demencial competencia se
debe a que la ruta es administrada por dos asociaciones, quienes se
disputan pasajeros palmo a palmo, lo que hace parecer a los calles por
donde circulan verdaderas pistas de competencias.
La solución al problema se ve lejana; mientras tanto, a los pasajeros
les queda rezar por que cada día lleguen a su destino sanos y
salvos y no ser víctimas de una inexplicable rivalidad.
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EN NÚMEROS
$445
Cada viaje, un conductor de microbuses comete no menos de 14 infracciones
entre leves, graves y muy graves. el monto que esto significa
ronda los 445 dólares por viaje. si se toma en cuenta que
cada unidad realiza no menos de seis viajes al día, el
estado deja de percibir no menos de $3,115 diarios. las rutas
más problemáticas, según el VMT, son la 44,
30 a, 42 y 38, entre otras.
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VIAJANDO
CON LA MUERTE
Buseros no se quedan atrás
Los
microbuseros son acusados de más problemáticos,
aunque los buseros también hacen de las suyas. En tres años,
la policía ha extendido unas 70 mil esquelas a los conductores
de buses por diversas faltas cometidas.
Soyapango
encabeza la lista de municipios con más accidentes de tránsito
durante el 2002: 1,912 superados solamente por los del Gran Salvador.
El Departamento de Seguridad Pública de la PNC en el populoso
sector, al oriente de la capital, detalla que como resultado de los
accidentes hubo 58 muertos y 465 lesionados.
Además de los accidentes, Soyapango también ocupa el primer
lugar en infracciones: 9,798.
Las estadísticas policiales de los últimos siete meses
apuntan a que son los buseros los causantes de la mayor cantidad de
problemas.
De junio a diciembre de 2002, un total de 287 autobuses se involucraron
en accidentes viales, y los microbuseros en 104.
Las cifras del mes pasado, también acusan los conductores de
buses: 62, ya que los microbuseros solo cuentan 32.
El sargento Moscú, responsable de la División de Seguridad
Pública en Soyapango, reconoce la gravedad del tráfico
en ese lugar.
Y es que por Soyapango ingresan sinnúmero de unidades desde el
oriente del país, además del vasto número de unidades
que operan regularmente en el sector.
Los accidentes, dijo, se registran sobre todo en el tramo comprendido
entre Plaza Soyapango y el antiguo Hospital Lamatepec, sobre el Bulevar
del Ejército.
Cifras nacionales
La División de Tránsito Terrestre de la PNC, en una estadística
nacional del año pasado, también comprueba los dolores
de cabeza que provocan los buseros.
Un total de 23,083 esquelas fueron impuestas por maltratos ciudadanos,
alteración de tarifas, paradas no autorizadas, música
estridente, retención de vueltos, entre otras faltas.
Los microbuses, como ya se ha dicho, son los más problemáticos
y merecieron 25,447 esquelas.
La policía cuenta además con cifras de los últimos
tres años sobre los mismos problemas.
La sumatoria global (de 2000 a la fecha) evidencian que los conductores
de buses cometieron 71,531 infracciones por lo que merecieron igual
número de esquelas.
Los conductores de microbuses, por su parte, cometieron 74,370 infracciones.
La Dirección General de Tránsito, dependencia del Viceministerio
de Transporte, dice tener identificadas a numerosas rutas de buses problema.
Fernando Rodríguez, director de Tránsito, no obstante,
declina revelarlas sin que estudie las estadísticas
de la institución.
Tengo varias en la cabeza (rutas problemas) pero debo consultar
las estadísticas del Viceministerio, dijo.
Rodríguez fue consultado por Vértice debido al grave problema
que aún representa el sector transporte (buseros, microbuseros
y empresarios de transporte) en el país.
El funcionario apostó al proceso reeducativo de los actuales
motoristas, impulsado desde las llamadas escuelas de conductores, como
la solución más viable al problema que se vive al transporte
público.
Junto al proceso de educación, se llevan registros sobre la conducta
pública de los motoristas, que en algunos casos han merecido
sanciones.
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No hay fórmula
mágica
El Director General de Tránsito, Fernando Rodríguez,
reconoce avances en la reeducación de los conductores,
impulsada desde hace dos años.
No existe una fórmula mágica... Es un proceso
de esfuerzo continuo, resume el director de Tránsito
sobre los avances y puntos pendientes del actual sistema de transporte
público.
El funcionario destaca que en las escuelas de capacitación
para motoristas han participado 3,000 conductores y se mantienen
a la espera de ser atendidos muchos más.
No obstante, a dos años de impulsarse el proceso reeducativo,
las cifras por accidentes y esquelas siguen casi imparables. Sólo
en 2002, los buses y microbuses cometieron más de 48 mil
infracciones, por lo que recibieron sus sanciones respectivas.
La educación vial inicia el 2001 con el nuevo sistema
de transporte... Ahora tenemos rutas ejemplo, como la Acopat (ruta
29) y otra ruta del occidente del país... El fin es lograr
mejores conductores.
Paralelo a la reeducación, Tránsito elabora un registro
o padrón de conductores autorizados para seguir de cerca
el desempeño de estos.
De comprobarse que un motorista reincide en faltas, la Dirección
de Tránsito procede a revisar el caso y puede
ordenar sanciones al responsable, como la suspensión de
licencias.
Rodríguez confía en el proceso de reeducación;
pero también está seguro que otras dependencias
deben hacer lo suyo. Para el caso, el funcionario señala
el problema de los vendedores callejeros en algunos municipios,
quienes, a su juicio, terminan por dificultar el libre tránsito
de los conductores de buses y microbuses, y empeoran la situación
del sistema público de transporte.
MUERTOS 58
Los accidentes en Soyapango dejaron 58 muertos, 465 lesionados y
miles de dólares en pérdidas materiales |
VIAJANDO
CON LA MUERTE
¡Si no llevan animales!
Lo
de todos los días. Los pasajeros de buses exponen sus vidas.
Una de las principales causas de las competencias entre los buseros
es tratar de ganar más pasajeros. Pero lo único que uno
se gana es un buen susto.
Por
fin alguien se atrevió a decirle algo al busero. Es la hora del
tráfico pesado de la mañana y vamos en una 101-D. Desde
hace 5 minutos dos unidades de la misma ruta van echándola
para ver quién llega primero a la parada de buses y se queda
con los pasajeros.
El bus va llenísimo. En los asientos sólo caben dos personas
y en los pasillos hay que ver hacia el cielo para poder conseguir un
poco de aire.
Suba que atrás va vacío. La gente no tiene
el tiempo de pagar el pasaje y tiene que esperar que llegue el cobrador.
Pasaje, Pasaje, grita. Tengo que pelear con el codo de un
hombre que está detrás mía y el trasero voluptuoso
de una señora que está adelante mía, más
el cobrador que quiere pasar entre toda la multitud.
Entre parada y parada, hay personas que hacen señal al bus para
que pare. Paramos por unos 5 segundos, tiempo suficiente para que la
gente salte dentro. Las estaciones de bus más parecen adornos
de la ciudad. El motorista para hasta unos 100 metros antes o después
de la parada.
Aceleramos como si el FBI nos persiguiera. Es necesario llegar al semáforo
de la Constitución antes que se ponga en rojo. Está en
amarillo. Rojo. Rum. Lo pasamos. Los carros que tienen su derecho tienen
que esperar que los dos buses pasen. De nada sirven los pitos, gritos,
insultos o ademanes hechos por los conductores.
Antes que el otro
La meta es llegar antes que el otro. El peso excesivo del bus hace que
se incline más de lo normal en una curva. Ahora hay que correr
antes que el otro gane los pasajeros de la parada de la 75 Av. Norte.
La gente se amontona para tratar de subir. El bus arranca y frena de
repente. Se detiene a pocos centímetros de un carro que espera
el verde para avanzar.
Un niño sube. Buenos días señores que abordan
esta unidad. Casi nadie le da. La gente va más preocupada
por llegar a sus trabajos.
El bus que venía atrás ha logrado pasarnos. Esto enoja
de sobremanera al conductor y cobrador. ¡Dale. Dale!.
El cobrador asoma casi todo su cuerpo por la puerta, para forzar al
carro que viene atrás a que pare y poder alcanzar al otro compañero.
Hay
gritos en la parte de atrás de gente que quiere salir. ¡Puerta!,
gritan desesperados los pasajeros que no quieren llegar tarde a sus
trabajos. Imposible parar aquí. Esos pocos segundos pueden significar
perder la lucha contra el enemigo. Menos dinero a la bolsa.
Un par de policías están en la esquina. El exceso de velocidad
evidente del conductor no fue suficiente para detenerlo. Un estimulante
más para el señor conductor de acelerar más.
Se acerca una jugosa presa. Una docena de pasajeros con sus manos hacen
la señal al bus que pare. Este se apodera de un carril y medio
para evitar que los otros carros pasen y que el bus que lo sigue lo
alcance.
Al conductor no le importa detener el tráfico a la hora en que
todo el mundo quiere llegar a sus trabajos. Con la tranquilidad más
angelical y entre risas con el cobrador, que tiene un tatuaje en su
brazo izquierdo, dejan salir a los pasajeros alterados de atrás
y hacen espacio a los nuevos. Vaya circulen que atrás hay
espacio.
Por fin me toca bajarme. Qué alivio pensar que el baño
sauna matutino ha terminado.
VIAJANDO
CON LA MUERTE
Camino a la rehabilitación
¿Y
después del accidente qué? Mientras unos son enterrados,
otros deben recorrer un largo camino para rehabilitarse, una faena que
implica tiempo, dinero y esperanzas de volver a ser el mismo.
A
José Ángel López Franco no le alcanzó la
vida. Murió a los 43 años a causa de la imprudencia del
conductor de un microbús de la ruta 1A que aceleró sin
esperar a que él terminara de bajar. Así lo dijeron testigos.
Los graves golpes en la cabeza y el rostro cegaron la vida de este hombre
de oficio carpintero.
La imagen de José Ángel tendido en la orilla de la calle
principal del barrio Las Mercedes de Santo Tomás, quedó
en el recuerdo de quienes atestiguaron su muerte.
Cinco días más tarde, otra persona moría en la
intersección del Bulevar de Los Héroes y Avenida Sisimiles.
Según testigos, el microbús con placa 75-738 de la ruta
11 perdió el control y embistió el vehículo que
conducía María Segundo de Ascencio.
Estos dos fallecidos, en los últimos días de enero de
2002, son apenas un punto en las estadísticas de accidentes de
tránsito.
Pero, ¿cuántos sobrevivieron y están aún
en los hospitales? ¿cuántos asisten a sesiones de terapia
para alcanzar la deseada rehabilitación?
En hospitales como el Rosales no saben identificar cuántos están
rehabilitándose después de algún accidente de tránsito,
y menos si fue a causa de la imprudencia de un microbusero o de un busero.
Igual sucede en las hospitales del ISSS.
Costos y efectos
La jefa de Fisioterapia de la Unidad de Medicina Física y Rehabilitación,
Cristina Sol de Martínez, dice que de los 400 pacientes diarios
que atienden, un centenar ha tenido accidentes de tránsito, y
presentan todo tipo de lesiones, las que sólo el tiempo y las
terapias pueden borrar; aunque no siempre.
En 2002 el Hospital de Niños Benjamín Bloom,
atendió a 168 menores atropellados, algunos de ellos tuvieron
que pasar hasta cien días ingresados, lejos de su hogar, del
calor familiar e incluso de la escuela. En el caso de los asegurados
accidentados, la licenciada de Martínez dice que en su mayoría
son motociclistas, hombres jóvenes y activos laboralmente que
pierden parte de la memoria o simplemente la movilidad. Esto les repercute
en todas las áreas de su vida.
Las secuelas pueden ser parálisis, amputaciones en alguno
de sus miembros, problemas del habla o en la escritura, lo cual le imposibilita
reincorporarse pronto a su trabajo. Pierden mucho y el impacto sicológico
es grande, afirma de Martínez.
Por
eso, iniciar el camino de la rehabilitación es necesario, un
proceso que puede durar desde un mes hasta un año. Ella explica
que, por ejemplo, un paciente que ha resultado con múltiples
traumatismos (desde la cabeza hasta los miembros inferiores) tarda como
mínimo un año para rehabilitarse después de la
hospitalización. Esto implica someterlo a terapias físicas
como entrenamiento de marcha para fortalecer los miembros superiores
o inferiores o terapias ocupacionales para que recupere habilidades
como manipular objetos pequeños.
Brindar esta atención integral a estos pacientes también
tiene su coste económico. Josefina Caballero, del departamento
de contabilidad y costos del ISSS, dijo no estar autorizada para informar
sobre lo que gasta la institución en la atención total
de estas víctimas; pero que sólo en su rehabilitación
invierten (por cada sesión de terapia diaria y por paciente)
entre $5.71 y $11.43, y que sólo un politraumatizado puede necesitar
más de una al día y hasta por un año, según
lo que indique el médico fisiatra.
A largo plazo
Cada sesión implica no solo ejercicios físicos sino también
otras modalidades de tratamiento como ultrasonidos y apoyo sicológico.
Esta atención en el plano privado es mucho más cara. Cada
sesión de tratamiento puede alcanzar los $14.28, según
de Martínez. Esto sin contar los gastos de hospitalización
y procedimientos quirúrgicos después del accidente.
Un ortopeda traumatólogo, que pidió reserva de su nombre,
dice que es difícil cuantificar costos globales porque todo depende
del tipo y cantidad de traumas, ya que no todos los pacientes tardan
el mismo tiempo en recuperarse. Por ejemplo, en un adulto joven, el
tratamiento puede durar hasta seis meses, mientras en un adolescente
o niño bastan unos tres meses.
Sin embargo, el médico consultado calcula que los gastos que
debe desembolsar un paciente que opta por la atención privada
oscila entre los $3,428 y los $28,57, sin tomar en cuenta otros adicionales
como exámenes, rayos X, medicamentos y las terapias de rehabilitación,
entre otros.
Cuando las consecuencias de un accidente de tránsito son fatales,
los gastos son otros. Así como en el plano privado los costos
dependen del tipo de fracturas; en el plano funerario, el tipo de ataúd
determina el monto. Entre más fino, más caro.
Gastos imprevistos
Dentro
de la variedad de ofertas que ofrece el mercado de las funerarias, se
consideraron las opciones de lujo y otra más económica.
En una el costo de un servicio funerario oscila entre los $425 y los
$6,857; el paquete incluye servicio a domicilio (si se quiere) o velación
en el local de la funeraria, traslado al cementerio, capilla y atención
para los acompañantes.
En la opción económica, la familia doliente paga alrededor
de $240 por un ataúd sencillo, sala de velación, traslado
de hospital al lugar del velorio y al cementerio, café, sillas
y ornamentos. Si opta por uno más caro, los costos suben a casi
$700. Eso lo determina el lujo del féretro y del carro en que
trasladarán al difunto.
Muerto o sobreviviente, los costos son siempre altos. Por uno de esos
casos raros de la vida, hubo una familia que tuvo que pagar dos veces
las consecuencias de un par de conductores.
En las cercanías del desvío al turicentro de Apulo, en
Ilopango, aún recuerdan a una señora -aunque no su nombre-
que hace tres años fue atropellada por un microbús de
la ruta 140 y le dejó el cráneo abierto.
Un años después, cuando apenas se recuperaba, mientras
caminaba sobre la carretera, un microbús de la misma ruta la
golpeó y la envió al hospital.
Allí encontró la muerte.
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Relato de una
imprudencia
Vértice aguardó en la sala de emergencias del
Hospital Rosales la llegada de algún atropellado y esto
fue lo que encontramos.
Aunque en hospitales los casos de atropellados son los más
comunes, casi al filo del mediodía del jueves no había
llegado ninguno al Rosales.
De repente, la sirena de la ambulancia anunció la llegada
del primero. Se trataba de Mario Antonio Vásquez, de 31
años de edad.
Fue un bus de la 38-C el que atropelló a mi hijo,
repetía muy angustiado Santiago Vásquez Campos,
el padre de Mario.
Las laceraciones en el brazo izquierdo indicaban el paso de la
llanta trasera del autobús, el que según Santiago,
siempre corre a excesiva velocidad en su trayectoria diaria entre
San Salvador y las colonias Popotlán y Valle Verde de Apopa.
Deberían ponerles reglamento; todos corren como caballos,
como que el diablo los va siguiendo, decía entre
lágrimas Santiago.
Todo ocurrió en las cercanías del Reloj de Flores,
cuando padre e hijo intentaban subirse al bus y éste aceleró
bruscamente.
Mario cayó y afortunadamente sólo su brazo fue lesionado.
Luego de las revisiónes médicas, se determinó
que no había fracturas y que su caso no era tan grave.
Mientras tanto, Mario Vásquez tendrá que esperar
para reincorporarse a su trabajo en un taller de enderezado y
pintura.
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OPERACIÓN $28 mil
Puede
llegar a costar sólo la hospitalización y
operación a nivel privado, de un politraumatizado.
fallecido, uno más sencillo cuesta unos $200.
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TERAPIA $3 mil
Es lo mínimo que invertiría un politraumatizado
en sesiones de rehabilitación si se prolongara por
un año.
OTROS GASTOS
$6,857
Es el costo de un funeral de lujo para cualquier
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OTROS GASTOS $6,857
Es el
costo de un funeral de lujo para cualquier
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$6 millones de impunidad
Los propietarios y conductores de buses y microbuses han sido
multados miles de veces. Los infractores se niegan a pagar.
Los seis millones de dólares que el sector del transporte
colectivo adeuda al fisco es un reflejo de la impunidad que caracteriza
a propietarios de buses y microbuses y a sus respectivos conductores.
Desde que entró en vigencia la nueva Ley de Tránsito
(1996) y se tipificaron más faltas con su correspondiente
multa en dinero, los transportistas han acumulado miles de esquelas.
Hacienda da cuenta de $6 millones en deuda por las infracciones
cometidas.
La mayor cuantía corresponde a los conductores de buses
y microbuses: $4 millones.
Los motoconductores, como son conocidos, fueron -y son multados-
por manejar en sentido contrario, estacionarse en zona prohibida,
hacer paradas en lugares no autorizados, irrespeto a la luz roja
del semáforo, desatención a las señales de
alto, maltrato verbal a los usuarios, entre otras faltas cometidas.
De propietarios
Los empresarios de buses y microbuses han sido multados por hacer
trabajar sus unidades con tarjetas vencidas, por explotar rutas
no autorizadas; en especial por las pésimas condiciones
de los vehículos: vidrios rotos, sin asientos ni luces,
con aparatos de sonido, sin cintas adhesivas roji-blancas (para
la noche).
También porque las unidades poseen mataburros
o exceso de luces (halógenas).
Por todas las faltas, los empresarios de buses y microbuses adeudan
¡$2 millones!
El caso de las esquelas sin pagar ha llegado hasta la Asamblea
Legislativa, donde es estudiado por diputados como el pecenista
Elizardo Lovo.
Para el parlamentario todas las esquelas y multas son justificadas,
es decir, se han comprobado las infracciones de propietarios y
conductores.
Aún así, se espera favorecerlos eliminando el interés
del 120% anual para que cancelen solo los montos.
Con los intereses la deuda es de $100 millones, dijo.
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