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OPINIÓN
Palos
dolorosos y zanahorias suculentas
Todavía no ha terminado
la guerra de Irak. Washington está ahora en la fase de los ajustes
de cuenta. Quien respaldó a Estados Unidos recibe los beneficios
de su postura. Quien le negó su apoyo resulta castigado. Francia
y Alemania -especialmente Francia- son las bestias negras de la administración
de Bush, pero México y Chile también han visto enfriarse
las relaciones con el vecino americano. Fox dejó de ser el primer
amigo político del presidente tejano y pasó a convertirse
en un gobernante que no debe esperar ningún trato preferente.
Chile verá cómo se retarda y obstaculiza su alianza comercial
con la economía más fuerte del planeta.
Por la punta de las gratitudes hay también grandes beneficiados.
España ha visto recompensada su solidaridad política con
un fortísimo apoyo en el terreno de la lucha contra el terrorismo.
Estados Unidos, lógicamente, no tiene recursos humanos para infiltrar
a los grupos separatistas vascos, pero es probable que la inmensa capacidad
tecnológica de su sistema de espionaje se coloque ahora al servicio
de Madrid, mientras la diplomacia del Departamento de Estado vuelca
todo su peso contra los grupos violentos que intentan destruir por la
fuerza la integridad del estado español.
Para ciertos países de América Latina ha sido una bendición
el fortalecimiento de los vínculos con Estados Unidos como consecuencia
de la solidaridad política mostrada durante el conflicto de Irak.
Este es el caso de El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Honduras y República
Dominicana, naciones que necesitan de Washington la concesión
de créditos blandos, acceso al mercado agrícola norteamericano,
y, sobre todo, cierto trato favorable a los inmigrantes ilegales avecindados
en Estados Unidos, cuyas remesas de dinero constituyen una de las mayores
fuentes de ingreso de estas débiles economías.
Pero quizás era Colombia el país al que resultaba más
perentoria la asociación con la Casa Blanca. El gobierno de Uribe
está empeñado en una lucha a muerte contra las narcoguerrillas
comunistas y anticomunistas, y Estados Unidos es el único aliado
fiable capaz de suministrar créditos, armas, adiestramiento e
información militar, elementos sin los cuales Bogotá no
tiene posibilidades de ganar la batalla planteada.
De un escenario a otro
De ahí la inmensa injusticia que cometían los colombianos
que censuraron al presidente Uribe cuando decidió formar parte
de la gran coalición internacional que respaldó a Estados
Unidos. En Irak no sólo se reñía la guerra contra
Sadam Hussein. En cierta medida, también estaba en juego la batalla
contra Tiro Fijo. Uribe entendió con gran realismo las reglas
del conflicto.
Al presidente Bush se le acusa de simplificar excesivamente los temas
internacionales. Seguramente eso es cierto, pero más grave aún
es que los cancilleres y los políticos de medio planeta, supuestamente
más refinados y complejos, no entendieran en toda su extensión
la declaración norteamericana, tras el 11 de septiembre, de a
partir de ahora se está a favor o en contra de Estados Unidos.
Eso no sólo quería decir que el mundo quedaba dividido
y clasificado en aliados y adversarios, sino que Estados Unidos utilizaría
su enorme poder financiero, comercial y militar para recompensar a quienes
lo asistían o para penalizar a los que se negaban a acompañarlo
en las campañas desatadas contra sus enemigos.
En realidad, si hay algo profundamente arraigado en la conciencia de
la sociedad norteamericana es la idea de los premios y los castigos.
Probablemente tiene que ver con el intenso sentido de la responsabilidad
individual inscrito en los orígenes puritanos de la nación:
uno es responsable de sus actos. Y uno es premiado o castigado por el
resultado de sus acciones. Por eso nadie se escandaliza de que haya
más de dos millones de estadounidenses en las cárceles
o de que la mayoría de los ciudadanos respalde la aplicación
de la pena de muerte ante crímenes monstruosos. El que la hace,
la paga.
Desde la cuna, los norteamericanos aprenden a admirar a los ganadores
y a desdeñar a los perdedores. Sus padres, casi siempre
sin saberlo, y sin haber leído una palabra de la obra de Skinner,
suelen ser conductistas que guían a los niños
hacia la madurez mediante un sistema de refuerzos positivos
o negativos. ¿Cómo extrañarse, pues,
de que el presidente Bush, ante un episodio crucial que afecta la seguridad
norteamericana, interprete la conducta de José María Aznar
o de Jacques Chirac dentro de las mismas claves con que aprendió
a juzgar el comportamiento ajeno y el propio? Es verdad que sus razonamientos
son muy simples. Pero también son totalmente coherentes. Al amigo,
zanahorias. Al que no lo es, palos.
Frente a esta diplomacia skinneriana puesta en práctica por la
administración de Bush, la comunidad internacional, naturalmente,
puede quejarse amargamente, pero no parece sensato ignorar sus consecuencias.
Estados Unidos, con menos del cuatro por ciento de la población
mundial, produce el veinte por ciento de los bienes y servicios generados
por el planeta, y más del cincuenta por ciento del desarrollo
científico y tecnológico. Es el cerebro y el músculo
que mueve a la humanidad en una dirección que se define dentro
de su territorio. Es también el gran estómago que consume
una buena parte de la producción ajena. En consecuencia, los
palos que puede propinar duelen muchísimo. Las zanahorias, en
cambio, son suculentas. Es cuestión de elegir. Aunque sea incómodo.
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