15 de junio de 2003


OPINIÓN

Por Carlos Alberto Montaner*
vertice@elsalvador.com

Palos dolorosos y zanahorias suculentas

Todavía no ha terminado la guerra de Irak. Washington está ahora en la fase de los ajustes de cuenta. Quien respaldó a Estados Unidos recibe los beneficios de su postura. Quien le negó su apoyo resulta castigado. Francia y Alemania -especialmente Francia- son las bestias negras de la administración de Bush, pero México y Chile también han visto enfriarse las relaciones con el vecino americano. Fox dejó de ser el primer amigo político del presidente tejano y pasó a convertirse en un gobernante que no debe esperar ningún trato preferente. Chile verá cómo se retarda y obstaculiza su alianza comercial con la economía más fuerte del planeta.

Por la punta de las gratitudes hay también grandes beneficiados. España ha visto recompensada su solidaridad política con un fortísimo apoyo en el terreno de la lucha contra el terrorismo. Estados Unidos, lógicamente, no tiene recursos humanos para infiltrar a los grupos separatistas vascos, pero es probable que la inmensa capacidad tecnológica de su sistema de espionaje se coloque ahora al servicio de Madrid, mientras la diplomacia del Departamento de Estado vuelca todo su peso contra los grupos violentos que intentan destruir por la fuerza la integridad del estado español.

Para ciertos países de América Latina ha sido una bendición el fortalecimiento de los vínculos con Estados Unidos como consecuencia de la solidaridad política mostrada durante el conflicto de Irak. Este es el caso de El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Honduras y República Dominicana, naciones que necesitan de Washington la concesión de créditos blandos, acceso al mercado agrícola norteamericano, y, sobre todo, cierto trato favorable a los inmigrantes ilegales avecindados en Estados Unidos, cuyas remesas de dinero constituyen una de las mayores fuentes de ingreso de estas débiles economías.

Pero quizás era Colombia el país al que resultaba más perentoria la asociación con la Casa Blanca. El gobierno de Uribe está empeñado en una lucha a muerte contra las narcoguerrillas comunistas y anticomunistas, y Estados Unidos es el único aliado fiable capaz de suministrar créditos, armas, adiestramiento e información militar, elementos sin los cuales Bogotá no tiene posibilidades de ganar la batalla planteada.

De un escenario a otro

De ahí la inmensa injusticia que cometían los colombianos que censuraron al presidente Uribe cuando decidió formar parte de la gran coalición internacional que respaldó a Estados Unidos. En Irak no sólo se reñía la guerra contra Sadam Hussein. En cierta medida, también estaba en juego la batalla contra Tiro Fijo. Uribe entendió con gran realismo las reglas del conflicto.

Al presidente Bush se le acusa de simplificar excesivamente los temas internacionales. Seguramente eso es cierto, pero más grave aún es que los cancilleres y los políticos de medio planeta, supuestamente más refinados y complejos, no entendieran en toda su extensión la declaración norteamericana, tras el 11 de septiembre, de “a partir de ahora se está a favor o en contra de Estados Unidos”. Eso no sólo quería decir que el mundo quedaba dividido y clasificado en aliados y adversarios, sino que Estados Unidos utilizaría su enorme poder financiero, comercial y militar para recompensar a quienes lo asistían o para penalizar a los que se negaban a acompañarlo en las campañas desatadas contra sus enemigos.

En realidad, si hay algo profundamente arraigado en la conciencia de la sociedad norteamericana es la idea de los premios y los castigos. Probablemente tiene que ver con el intenso sentido de la responsabilidad individual inscrito en los orígenes puritanos de la nación: uno es responsable de sus actos. Y uno es premiado o castigado por el resultado de sus acciones. Por eso nadie se escandaliza de que haya más de dos millones de estadounidenses en las cárceles o de que la mayoría de los ciudadanos respalde la aplicación de la pena de muerte ante crímenes monstruosos. El que la hace, la paga.

Desde la cuna, los norteamericanos aprenden a admirar a los “ganadores” y a desdeñar a los “perdedores”. Sus padres, casi siempre sin saberlo, y sin haber leído una palabra de la obra de Skinner, suelen ser “conductistas” que guían a los niños hacia la madurez mediante un sistema de “refuerzos positivos” o “negativos”. ¿Cómo extrañarse, pues, de que el presidente Bush, ante un episodio crucial que afecta la seguridad norteamericana, interprete la conducta de José María Aznar o de Jacques Chirac dentro de las mismas claves con que aprendió a juzgar el comportamiento ajeno y el propio? Es verdad que sus razonamientos son muy simples. Pero también son totalmente coherentes. Al amigo, zanahorias. Al que no lo es, palos.

Frente a esta diplomacia skinneriana puesta en práctica por la administración de Bush, la comunidad internacional, naturalmente, puede quejarse amargamente, pero no parece sensato ignorar sus consecuencias. Estados Unidos, con menos del cuatro por ciento de la población mundial, produce el veinte por ciento de los bienes y servicios generados por el planeta, y más del cincuenta por ciento del desarrollo científico y tecnológico. Es el cerebro y el músculo que mueve a la humanidad en una dirección que se define dentro de su territorio. Es también el gran estómago que consume una buena parte de la producción ajena. En consecuencia, los palos que puede propinar duelen muchísimo. Las zanahorias, en cambio, son suculentas. Es cuestión de elegir. Aunque sea incómodo.

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