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ESPECIAL
Café con sabor a desnutrición
Los
niveles de desnutrición en las zonas cafetaleras del occidente
del país
alcanzan niveles de emergencia y sigue cobrando víctimas entre
aquellos
menores de cinco años.
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Luz María observa el decorado infantil que la
rodea. Desde la cuna, a través de esos enormes ojitos sorprendidos,
mira unos juguetes coloridos que compiten por llamar su atención.
Luz está internada desde el pasado 24 de octubre con un peso
de 12 libras y no aparenta el año cinco meses de edad que tiene
en realidad. Su talla es como la de una recién nacida y no emite
palabra, ni sonríe, ni se queja. Solo mira. Está internada
en el Centro de Recuperación Nutricional de Tacuba.
Luz es sobreviviente de la desnutrición y la crisis del café.
Pedro Avilés la toma en brazos y prácticamente envuelve
su vientre abultado con sus enormes manos alargadas, con esas mismas
manos que toma notas y ausculta a sus pequeños pacientes.
Avilés estudió medicina hace más de una década
y juró por Hipócrates que defendería la vida a
toda costa. Pero el doctor, como le llaman en el pueblo,
está perdiendo una batalla contra el hambre que asola entre los
menores de cinco años.
Este es un poblado enclavado en medio de una zona montañosa en
el oeste de El Salvador con poco más de 23 mil habitantes y casi
150 kms cuadrados. Allí trabaja este médico, que ya no
es el mismo sujeto que alertó al sistema nacional de salud el
año pasado, cuando la crisis del café originada por la
caída de los precios empezó a cobrar su víctimas.
Pedro juguetea con la beba un rato y la coloca dentro de la cuna. Alrededor,
hay 16 niños más que han sido internados porque presentan
cuadros severos y moderados de desnutrición. La mayoría
proviene de los lugares que fueron identificados por el Ministerio de
Salud (MISAL) el año pasado.
- Es la segunda vez que Luz María ingresa al hospitalito- confiesa
el médico y frunce el cejo- es probable que regrese después
que la entreguemos a los padres.
El doctor obsequia otra caricia a un interno que llora sofocado por
el bochorno de la tarde. La desnutrición ha tocado su puerta
y el calor durante las tardes es insoportable.
- Hay mucho que hacer en Tacuba- insiste.
Juego de índices
Avilés perdió una batalla cuando denunció
la muerte por desnutrición y el Ministerio de Salud expresó
su malestar por las cifras.
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| Héctor
Elías, de 10 años, es el mayor de una familia de cinco
hermanos. Sus padres, Cornelia Angélica y Miguel Ángel,
son colonos. |
El indicador muerte por hambre no es un buen juego de
palabras cuando se trata de elaborar el Índice de Desarrollo
Humano, que una vez al año reporta el Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD). El índice de mortalidad infantil
es 31 por cada mil nacidos vivos menores de cinco años, según
la última Encuesta Nacional de Salud Familiar (FESAL).
El pueblo está en medio de fincas ricas en cafetos y que hoy
pasan desapercibidas porque nadie corta el grano maduro. La mayoría
ha cerrado a raíz de la crisis. Los propietarios solo piensan
en vender, lotificar o buscar una alternativa ecoturística para
sus tierras. Nadie reflexiona qué pasará con sus colonos,
esos hombres y mujeres de complexión menuda que acuden cada temporada
(entre septiembre y febrero) en busca de su único trabajo.
De un modo u otro el caso de este poblado es uno entre -al menos- cinco
más identificados en el segundo Censo Nacional de Talla en Escolares
de Primer Grado como la zona roja.
Esos hombres y mujeres sin un título de propiedad del lugar que
habitan son de la montaña, pertenecen a ella, pero viven de prestado.
No son dueños de sus tierras.
Ahora, quienes pueden, cultivan frijol y maíz en unas parcelas
minúsculas para dejar algo que comer a los suyos. Luego, migran
a la ciudad capital, San Salvador, o van mucho más lejos, al
este de este minúsculo país, que tiene no más de
20,040 kilómetros cuadrados.
Como colonos no tienen donde producir y por lo tanto, tras la
crisis del café, no tienen disponibilidad de alimento,
explica Richard Jones, director de Catholic Relief Services (CRS).
Hay indicadores en zona rurales que están muy por encima
del registro nacional. ¿Cómo se explica? Lo que pasa es
que -a nivel general- no encontramos una situación de emergencia,
pero eso no significa que sí hay situaciones agudas en casos
específicos, explica.
Esta gente no solo debe someterse a un proceso de seis meses (el
tiempo que cubre el Programa Mundial de Alimentos -PMA- por emergencia)
sino que necesita una política nacional que aglutine a todos
los organismos que trabajan ahora, pero en esfuerzos dispersos,
argumenta Francisco Román, director de Fundación Maquilishuat.
Oficialmente solo se habla de pobreza crónica, lo cual, en cierta
medida es cierto. Los niños mueren víctimas de la diarrea
e infecciones respiratorias (donde la calidad de la alimentación
es un factor clave) pero no por hambre. Eso sucede en África
y no en El Salvador.
Por eso le llamamos el desastre silencioso, dice Román,
en lugar de superarse, la desnutrición crónica se
sigue agudizando y -a ese ritmo- sí va a ser una crisis
en el futuro.
La Secretaría Nacional de la Familia (SNF) ha sido el instrumento
del PMA que entrega raciones de comida a la población afectada.
La ración incluye maíz, frijol, aceite y harina de soya
para los pequeños, pero muchas familias viven su propia crisis.
Casas con hambre
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Rosa
del Carmen Escobar tiene 45 años y es madre de 14 niños.
Wilmer, el menor de dos años y medio, tuvo desnutrición
severa.
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El problema es que nosotros hacemos hincapié
en que las raciones son para los niños, pero, claro, si toda
la familia no tiene que comer, es obvio que las raciones no duran porque
se las reparten entre todas esas bocas, explica Avilés.
Juan Espínola, representante del Fondo de las Naciones Unidas
para la Infancia (UNICEF) en el país insiste que el problema
es la pobreza.
El hambre es un fenómeno grave, una falta completa de acceso
a la alimentación y a medios de sobrevivencia que trae como consecuencia
la muerte, dice.
Pero el director de la Unidad de Salud también luce satisfecho
un miércoles a la tarde, luego de atender a no menos de diez
niños, porque cuenta con el Centro de Recuperación Nutricional
para menores desnutridos, donde está internada Luz María.
La casa tiene dos salas donde ubican a los menores en recuperación
y fue edificado y equipado con fondos españoles.
- Esto ya es una conquista- celebra.
El trayecto a la ciudad de Ahuachapán a bordo del transporte
público es curioso. Si se aborda una unidad destartalada del
servicio interdepartamental, es mejor llevar una gorra con un distintivo
que vaya a tono con el resto de los pasajeros. Si no, el visitante es
el lunar de la camioneta y es mejor que se siente atrás y observe
aquel mar de cabezas silenciosas. Las gorras lucen marcas reconocidas
como Nike, Red Sox, Visa, y, de repente, en medio de todo aquello, un
profundo olor a mierda se cuela por la ventana.
El bus ha hecho una breve estación contiguo a la entrada de un
centro turístico y el olor es una advertencia de que las aguas
están contaminadas. Es la señal perfecta para saber que
abandona la ciudad capital. Hay cien kilómetros de separación
entre Ahuachapán y San Salvador.
Desde Ahuachapán, resta un tramo de 17 kilómetros para
llegar a Tacuba y ese es otro universo cultural.
Hay 117 kilómetros entre el desarrollo y la pobreza.
En San Salvador, florece la industria de servicios y la oferta de consumo.
No hay espacio verde que caiga rendido a un megacentro comercial. Un
mall, como le llaman después que un tercio de la población
salvadoreña migró a los Estados Unidos. En el interior
del país, en aquellos lugares identificados como cinturones de
la pobreza, el paisaje es radicalmente opuesto. Hay mucho verde y cipotes
descalzos.
El camino hacia Tacuba desde Ahuachapán cobra no más de
45 minutos. Pero la espera en el punto de partida, en la terminal de
buses, es insufrible. El termómetro marca poco más de
30 grados centígrados y dos hermanitos entierran sus manitas
mugrientas en la boca del otro como juego. El mayor chupa la semilla
de una fruta y se la mete en la boca al chiquillo. El único detalle
es que la semilla ya rodó un par de veces dentro del autobús,
pero él igual la recoge y la vuelve a mordisquear.
En el asiento contiguo, su madre observa hacia el vacío. No encontró
trabajo y regresa a la comunidad que la vio salir esa mañana.
Busca de opciones
Cuando el mayor se percata de una mirada curiosa le
regala una inmensa sonrisa cómplice y relame la semilla por enésima
vez.
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En un hotel de Ahuachapán, el Ministerio de Agricultura
y Ganadería (MAG) convocó a todos los líderes de
las comunidades perjudicadas por la crisis del café. La delegación
del gobierno quiere que las directivas comunales sepan cómo canalizar
sus proyectos de desarrollo o -de lo contrario- la gente seguirá
padeciendo hambre. ¿Alguien dijo hambre?
El MAG lanza el Programa de Reconstrucción y Modernización
Rural (PREMODER) en la zona occidental y noroccidental (La Libertad,
Chalatenango, Santa Ana, Sonsonate y Ahuachapán). El PREMODER
ha identificado los dos últimos departamentos como críticos.
Esa zona es atravesada por la Cordillera de Apaneca, una cadena montañosa
de 12 elevaciones y harto cafetal.
El fin principal del programa es mejorar en forma sostenible las
condiciones sociales y económicas del grupo objetivo, aumentando
su acceso a oportunidades de negocios y mercados, reza el titular
del proyecto frente a más de cien delegados que han acudido a
la reunión.
Este ministerio estima que en toda la zona identificada hay un promedio
de más de 210,000 -entre jóvenes y adultos- que viven
en condiciones de extrema pobreza en el sector rural.
Eddy Alberto Chacón está en el encuentro informativo y
es un médico que preside la Asociación Nacional de Promotores
de Salud Integral (ANPSI) en el departamento y tampoco se atreve a mencionar
el hambre como un indicador disuasor de la estabilidad de El Salvador
en el exterior, que sobrevive con éxito a 11 años de posguerra.
El 16 de enero de 1992, el gobierno conservador de Alfredo Cristiani
firmó los acuerdos de paz con la guerrilla del Frente Farabundo
Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que ahora es
la oposición política.
Causas de muerte
Desde aquella fecha, Naciones Unidas está satisfecha
por la estabilidad política que reina en todo el territorio nacional;
aunque, reconoce la factura pendiente en el combate a la pobreza.
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| Fidel
Antonio García tiene un año 11 meses y -hace un mes-
sufría neumonía luego de ser atendido por desnutrición. |
El pasado y presente político es vital para entender
por qué la sociedad salvadoreña sigue enfrentada y no
hay nada que sea visto al margen del blanco y negro ideológico.
Por ejemplo, después de las diferencias entre la Unidad de Salud
de Tacuba y el gobierno central, solo es posible reconocer que los niños
de la zona -si mueren- será por otras causas como enfermedades
infecciosas.
Ahuachapán, con una población de 318,843 habitantes, es
estimado como el segundo departamento más pobre del país,
de acuerdo al Informe de Desarrollo Humano 2003, que presentó
el PNUD.
La Encuesta FESAL correspondiente al período 2002-2003 reveló
que una de cada diez mujeres del área rural padece anemia. Conclusión,
los chiquillos nacen desnutridos.
La FESAL entrevistó en todo el país a 10,689 mujeres cuya
edad era entre los 15 y 49 años de edad. La investigación
fue realizada del 4 de noviembre de 2002 al 15 de abril del año
en curso.
Lisset de Hernández es nutrióloga pediatra
y es la jefa del equipo de soporte nutricional del Hospital Nacional
Benjamín Bloom, en San Salvador. Ella confirma que el 70% de
los infantes que ingresan al centro asistencial padecen desnutrición.
Pero no todos logran llegar hasta la capital. No todos.
Llegar al seno de estas comunidades no es fácil y salir tampoco.
Al adentrarse en los caseríos todavía es visible la huella
del terremoto del 13 de enero de 2001. No hubo víctimas mortales,
pero esa fecha marcó el inicio de la crisis.
Pedro Avilés reúne -una vez a la semana- a los promotores
de salud de las comunidades rurales para monitorear un proyecto de potabilización
del agua y mantenimiento del sistema de letrinas aboneras.
José Benito Ramos es uno de ellos y es el guía por esos
senderos. Tiene 31 años de edad y los últimos once los
ha utilizado para servir en medio de estos bosques.
Junto a su paso describe su trabajo y sus limitaciones. No hay carro
para evacuar a alguien en una emergencia y un dispensario de salud en
el cantón El Níspero, por ejemplo, aliviaría el
panorama.
El Níspero está lejos. A no menos de una hora de camino
desde Tacuba para un lugareño. Quienes no lo son, probablemente
caminarán dos horas y todavía les faltará trecho
para salir de las serranías
Por eso, a menos que algún funcionario del gobierno central quiera
ejercitar las piernas, nadie conocerá en primer plano los nombres
y los rostros de la miseria que pululan -en silencio- las montañas
que cobijan el grano de oro.
Los padres agobiados por sus hijos enfermos -en situación de
desnutrición leve, moderada o grave- deben caminar por unas veredas
sinuosas no menos de treinta minutos a paso de trote. Si el infante
está muy enfermo, no hay otra salida que sacarlo de la comunidad.
Y el tiempo es el peor enemigo.
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Benito
Ramos trabaja como promotor de salud y es quien conoce -de primera
mano- casos como el de doña Julia, que sufre otitis, en
el caserío El Carrizal.
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No es sólo con vacunación que se
arreglan las cosas, sino con una política nacional que abarque
todos los sectores (...) Los promotores no somos ángel de Dios
para hacer milagros, dice Benito mientras escala un peñasco
para llegar a la choza de una familia protagonista silenciosa de la
tragedia.
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Creced
y multiplicaos
En Ahuachapán,
como en casi todo el interior del país, la vida sexual
activa empieza a los 14 años de edad. El hecho de encontrar
embarazos entre adolescentes es común.
Las iglesias católica y evangélica -con una fuerte
presencia en esta zona- coinciden en que la pareja debe tener
los hijos que vengan.
El hombre jamás va a planificar y tendrán
los niños que dé el Señor. Aquí la
gente es bien machista. Lo normal es encontrar familias con siete
o catorce miembros. Imagínese, insiste un cooperante
con experiencia en la zona.
El doctor Pedro Avilés, ante el problema de la desnutrición
crónica, señala la necesidad de encontrar un programa
de desarrollo que se ejecute a largo plazo para salir adelante
en función de la población que lo necesita.
- Por eso nosotros acá consideramos en riesgo a todas
las mujeres embarazadas y no embarazadas. Es que hay mucho por
hacer en Tacuba, dice en alusión a la mujeres con
desnutrición.
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¿Y el almuerzo?
- Ajá, niña Cornelia, aquí vengo a verla si ya
cosió los ayotes.
- Ah, pues, ahí están- responden desde el fondo de un
jacal paupérrimo con un área que no sobrepasa los cuatro
metros cuadrados. Adentro, hay un señor diminuto y cinco niños.
De repente, Tania, una chiquilla mugrienta que juguetea con tierra,
ve a Benito y corre a esconderse debajo de un remedo de cama. Llora
y grita cuando escucha la palabra vacuna. Huye despavorida.
Los otros niños con quienes juega se parten de la risa.
- No le digo, pues, si solo me miran y creen que los voy a vacunar-
bromea Benito.
El Salvador probablemente tiene la mejor cobertura por vacunación
en la región centroamericana, pero es muy difícil que
la prevención de la rubeola, la polio, la tuberculosis, el sarampión
funcione si la gente no tiene nada en la barriga.
Es mediodía y nadie piensa en almorzar. La sola mención
es un insulto. No hay nada que comer, salvo tierra, como lo hace Tania
que sigue escondida y no baja la guardia ante la presencia de Benito.
Cuando este asoma, vuelva con los gritos y nadie la convence que aquella
no es una visita con jeringas en mano.
Doña Rosa vive unas pendientes más arriba, luego de surcar
unos sembradíos modestos donde hay unas mazorcas tímidas
y unos árboles frondosos, pero sin fruto.
- ¿Haciendo almuerzo?- interrumpe Benito con ese estilo resuelto
que le ha ganado el respeto de los aldeanos.
- Pues, por ahí, queriendo moler un poquito de café, estaba-
responde esta mujer de 45 años de edad. Ella ha parido nueve
varones y cinco hembras. Un par de ellas ya la hicieron abuela.
Cuatro de los hijos ya son hombres, tienen más de
16 años.
- ¿Y Wilmer, cómo siguió?- cuestiona Benito a la
vez que observa a un niño tímido, cansino, meciéndose
-desnudo- dentro de una hamaca.
Entre risas otros cipotes descalzos y semi desnudos observan que Wilmer
no se mueve.
Rosa desconfía de la visita y medita la respuesta...
- Sí, estuvo con una tosedera- explica.
Wilmer alcanzó un nivel de desnutrición grave y fue trasladado
a tiempo a la Unidad de Salud, pero las enfermedades siguen rondando
esta casa hecha con 14 pliegos de lámina y trozos de toldo que
donó la cooperación internacional hace dos años
tras los terremotos.
El fantasma del hambre aquí se hizo realidad cuando la muerte
visitó el exiguo cuerpo de Jubita del Carmen.
Costo silencioso
Rosa evade el tema. Una mueca y esa mirada esquiva la delata. Le duele.
- O sea que mi hijo mayor se consiguió una muchacha embarazada.
Aquí vino a tener a la hija. Jubita del Carmen Mendoza
se llamó...
- ¿Qué le pasó?, preguntan.
- O sea que bien de repente le cayó esa enfermedad. No dilató...
así rapidito- dice y chasquea los dedos.
- Vivió dos meses- agrega.
El caso de Jubita fue dramático. Nació desnutrida; solo
alcanzó cuatro libras de peso. Sus restos fueron sepultados en
el cementerio de Tacuba, pero hoy no queda rastro del montículo
que la distingue entre el resto.
- Le pusimos una cruz, pero de madera, hecha así con dos ramas...
El 2 de noviembre, el día de los difuntos, nadie fue a enflorarla.
En realidad, para ellos no existió.
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Algunos
números de la crisis
La crisis del café golpeó a los habitantes de los
pueblos Ataco, Apaneca, San Pedro Puxtla, Tacuba y otros.
El Consejo Salvadoreño del Café (CSC) dice que la
producción cafetalera nacional experimentó, en este
año, su nivel más bajo en cuatro décadas,
y esto debido a la poca atención que se le dio a las fincas
en todo el territorio.
En los últimos cuatro años, la producción
descendió de los 3.5 millones de quintales de café
oro, a poco más de 1.7 millones. Y de esto, los más
perjudicados son los trabajadores sin tierra.
A la par de la crisis, el empleo en las zonas cafetaleras también
ha caído. Para el pasado período cafetalero (2002-2003)
se emplearon poco más de 48 mil trabajadores, cuando en
la década de los 90, el rubro demandaba aproximadamente
150 mil empleos anuales.
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La
olla común
La gerencia del Programa de Desarrollo de Área (PDA-Tacuba)
quiere atender más población afectada. Por ahora,
con financiamiento de World Vision, cubre 450 niños en
las comunidades El Jícaro, El Carrizal, El Palmo, Cincuyo
y Santa Teresa.
El PDA trabaja con un proyecto denominado Olla común,
que consiste en organizar un promedio de siete madres de familia
para que compartan lo poco que tienen. Pero, no sólo eso;
se le capacita para cultivar y desarrollar granjas y huertos.
El modelo se ejecuta a lo largo de doce días durante los
cuales -de forma rotativa- las madres preparan un menú
para todas. Después de la experiencia, quedan permeadas
para que sepan las ventajas de la organización.
A las mujeres se les capacita en autoestima, preparación
de los alimentos e importancia de las microempresas, cómo
salir adelante con una panadería, una granja, por ejemplo,
explica una oficial de la ONG.
Aquí no hay trabajo porque todos dependían
del café y la gente no es dueña de la tierra donde
vive... son colonos. Las mujeres migran a la capital a trabajar
en servicios y los hombres se hacen albañiles o vigilantes
privados. ¡¿Qué esperanza van a tener los
niños?, dice.
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