14 de diciembre de 2003


ESPECIAL

Café con sabor a desnutrición

Los niveles de desnutrición en las zonas cafetaleras del occidente del país
alcanzan niveles de emergencia y sigue cobrando víctimas entre aquellos
menores de cinco años.

Erick Lombardo Lemus
Fotos: Álvaro López

vertice@elsalvador.com

Luz María observa el decorado infantil que la rodea. Desde la cuna, a través de esos enormes ojitos sorprendidos, mira unos juguetes coloridos que compiten por llamar su atención. Luz está internada desde el pasado 24 de octubre con un peso de 12 libras y no aparenta el año cinco meses de edad que tiene en realidad. Su talla es como la de una recién nacida y no emite palabra, ni sonríe, ni se queja. Solo mira. Está internada en el Centro de Recuperación Nutricional de Tacuba.

Luz es sobreviviente de la desnutrición y la crisis del café.
Pedro Avilés la toma en brazos y prácticamente envuelve su vientre abultado con sus enormes manos alargadas, con esas mismas manos que toma notas y ausculta a sus pequeños pacientes.

Avilés estudió medicina hace más de una década y juró por Hipócrates que defendería la vida a toda costa. Pero “el doctor”, como le llaman en el pueblo, está perdiendo una batalla contra el hambre que asola entre los menores de cinco años.

Este es un poblado enclavado en medio de una zona montañosa en el oeste de El Salvador con poco más de 23 mil habitantes y casi 150 kms cuadrados. Allí trabaja este médico, que ya no es el mismo sujeto que alertó al sistema nacional de salud el año pasado, cuando la crisis del café originada por la caída de los precios empezó a cobrar su víctimas.

Pedro juguetea con la beba un rato y la coloca dentro de la cuna. Alrededor, hay 16 niños más que han sido internados porque presentan cuadros severos y moderados de desnutrición. La mayoría proviene de los lugares que fueron identificados por el Ministerio de Salud (MISAL) el año pasado.

- Es la segunda vez que Luz María ingresa al hospitalito- confiesa el médico y frunce el cejo- es probable que regrese después que la entreguemos a los padres.

El doctor obsequia otra caricia a un interno que llora sofocado por el bochorno de la tarde. La desnutrición ha tocado su puerta y el calor durante las tardes es insoportable.

- Hay mucho que hacer en Tacuba- insiste.

Juego de índices

Avilés perdió una batalla cuando denunció la muerte por desnutrición y el Ministerio de Salud expresó su malestar por las cifras.

Héctor Elías, de 10 años, es el mayor de una familia de cinco hermanos. Sus padres, Cornelia Angélica y Miguel Ángel, son colonos.

El indicador muerte por hambre no es un buen juego de palabras cuando se trata de elaborar el Índice de Desarrollo Humano, que una vez al año reporta el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). El índice de mortalidad infantil es 31 por cada mil nacidos vivos menores de cinco años, según la última Encuesta Nacional de Salud Familiar (FESAL).

El pueblo está en medio de fincas ricas en cafetos y que hoy pasan desapercibidas porque nadie corta el grano maduro. La mayoría ha cerrado a raíz de la crisis. Los propietarios solo piensan en vender, lotificar o buscar una alternativa ecoturística para sus tierras. Nadie reflexiona qué pasará con sus colonos, esos hombres y mujeres de complexión menuda que acuden cada temporada (entre septiembre y febrero) en busca de su único trabajo.

De un modo u otro el caso de este poblado es uno entre -al menos- cinco más identificados en el segundo Censo Nacional de Talla en Escolares de Primer Grado como la “zona roja”.

Esos hombres y mujeres sin un título de propiedad del lugar que habitan son de la montaña, pertenecen a ella, pero viven de prestado. No son dueños de sus tierras.

Ahora, quienes pueden, cultivan frijol y maíz en unas parcelas minúsculas para dejar algo que comer a los suyos. Luego, migran a la ciudad capital, San Salvador, o van mucho más lejos, al este de este minúsculo país, que tiene no más de 20,040 kilómetros cuadrados.

“Como colonos no tienen donde producir y por lo tanto, tras la crisis del café, no tienen disponibilidad de alimento”, explica Richard Jones, director de Catholic Relief Services (CRS).

“Hay indicadores en zona rurales que están muy por encima del registro nacional. ¿Cómo se explica? Lo que pasa es que -a nivel general- no encontramos una situación de emergencia, pero eso no significa que sí hay situaciones agudas en casos específicos”, explica.

“Esta gente no solo debe someterse a un proceso de seis meses (el tiempo que cubre el Programa Mundial de Alimentos -PMA- por emergencia) sino que necesita una política nacional que aglutine a todos los organismos que trabajan ahora, pero en esfuerzos dispersos”, argumenta Francisco Román, director de Fundación Maquilishuat.
Oficialmente solo se habla de pobreza crónica, lo cual, en cierta medida es cierto. Los niños mueren víctimas de la diarrea e infecciones respiratorias (donde la calidad de la alimentación es un factor clave) pero no por hambre. Eso sucede en África y no en El Salvador.

“Por eso le llamamos el desastre silencioso”, dice Román, “en lugar de superarse, la desnutrición crónica se sigue agudizando y -a ese ritmo- sí va a ser una crisis” en el futuro.

La Secretaría Nacional de la Familia (SNF) ha sido el instrumento del PMA que entrega raciones de comida a la población afectada. La ración incluye maíz, frijol, aceite y harina de soya para los pequeños, pero muchas familias viven su propia crisis.

Casas con hambre

Rosa del Carmen Escobar tiene 45 años y es madre de 14 niños. Wilmer, el menor de dos años y medio, tuvo desnutrición severa.

“El problema es que nosotros hacemos hincapié en que las raciones son para los niños, pero, claro, si toda la familia no tiene que comer, es obvio que las raciones no duran porque se las reparten entre todas esas bocas”, explica Avilés.

Juan Espínola, representante del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) en el país insiste que el problema es la pobreza.

“El hambre es un fenómeno grave, una falta completa de acceso a la alimentación y a medios de sobrevivencia que trae como consecuencia la muerte”, dice.

Pero el director de la Unidad de Salud también luce satisfecho un miércoles a la tarde, luego de atender a no menos de diez niños, porque cuenta con el Centro de Recuperación Nutricional para menores desnutridos, donde está internada Luz María.

La casa tiene dos salas donde ubican a los menores en recuperación y fue edificado y equipado con fondos españoles.

- Esto ya es una conquista- celebra.

El trayecto a la ciudad de Ahuachapán a bordo del transporte público es curioso. Si se aborda una unidad destartalada del servicio interdepartamental, es mejor llevar una gorra con un distintivo que vaya a tono con el resto de los pasajeros. Si no, el visitante es el lunar de la camioneta y es mejor que se siente atrás y observe aquel mar de cabezas silenciosas. Las gorras lucen marcas reconocidas como Nike, Red Sox, Visa, y, de repente, en medio de todo aquello, un profundo olor a mierda se cuela por la ventana.

El bus ha hecho una breve estación contiguo a la entrada de un centro turístico y el olor es una advertencia de que las aguas están contaminadas. Es la señal perfecta para saber que abandona la ciudad capital. Hay cien kilómetros de separación entre Ahuachapán y San Salvador.

Desde Ahuachapán, resta un tramo de 17 kilómetros para llegar a Tacuba y ese es otro universo cultural.
Hay 117 kilómetros entre el desarrollo y la pobreza.

En San Salvador, florece la industria de servicios y la oferta de consumo. No hay espacio verde que caiga rendido a un megacentro comercial. Un mall, como le llaman después que un tercio de la población salvadoreña migró a los Estados Unidos. En el interior del país, en aquellos lugares identificados como cinturones de la pobreza, el paisaje es radicalmente opuesto. Hay mucho verde y cipotes descalzos.

El camino hacia Tacuba desde Ahuachapán cobra no más de 45 minutos. Pero la espera en el punto de partida, en la terminal de buses, es insufrible. El termómetro marca poco más de 30 grados centígrados y dos hermanitos entierran sus manitas mugrientas en la boca del otro como juego. El mayor chupa la semilla de una fruta y se la mete en la boca al chiquillo. El único detalle es que la semilla ya rodó un par de veces dentro del autobús, pero él igual la recoge y la vuelve a mordisquear.

En el asiento contiguo, su madre observa hacia el vacío. No encontró trabajo y regresa a la comunidad que la vio salir esa mañana.


Busca de opciones

Cuando el mayor se percata de una mirada curiosa le regala una inmensa sonrisa cómplice y relame la semilla por enésima vez.

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En un hotel de Ahuachapán, el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) convocó a todos los líderes de las comunidades perjudicadas por la crisis del café. La delegación del gobierno quiere que las directivas comunales sepan cómo canalizar sus proyectos de desarrollo o -de lo contrario- la gente seguirá padeciendo hambre. ¿Alguien dijo hambre?

El MAG lanza el Programa de Reconstrucción y Modernización Rural (PREMODER) en la zona occidental y noroccidental (La Libertad, Chalatenango, Santa Ana, Sonsonate y Ahuachapán). El PREMODER ha identificado los dos últimos departamentos como críticos. Esa zona es atravesada por la Cordillera de Apaneca, una cadena montañosa de 12 elevaciones y harto cafetal.

“El fin principal del programa es mejorar en forma sostenible las condiciones sociales y económicas del grupo objetivo, aumentando su acceso a oportunidades de negocios y mercados”, reza el titular del proyecto frente a más de cien delegados que han acudido a la reunión.

Este ministerio estima que en toda la zona identificada hay un promedio de más de 210,000 -entre jóvenes y adultos- que viven en condiciones de extrema pobreza en el sector rural.

Eddy Alberto Chacón está en el encuentro informativo y es un médico que preside la Asociación Nacional de Promotores de Salud Integral (ANPSI) en el departamento y tampoco se atreve a mencionar el hambre como un indicador disuasor de la estabilidad de El Salvador en el exterior, que sobrevive con éxito a 11 años de posguerra.

El 16 de enero de 1992, el gobierno conservador de Alfredo Cristiani firmó los acuerdos de paz con la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que ahora es la oposición política.


Causas de muerte

Desde aquella fecha, Naciones Unidas está satisfecha por la estabilidad política que reina en todo el territorio nacional; aunque, reconoce la factura pendiente en el combate a la pobreza.

Fidel Antonio García tiene un año 11 meses y -hace un mes- sufría neumonía luego de ser atendido por desnutrición.

El pasado y presente político es vital para entender por qué la sociedad salvadoreña sigue enfrentada y no hay nada que sea visto al margen del blanco y negro ideológico.

Por ejemplo, después de las diferencias entre la Unidad de Salud de Tacuba y el gobierno central, solo es posible reconocer que los niños de la zona -si mueren- será por otras causas como enfermedades infecciosas.

Ahuachapán, con una población de 318,843 habitantes, es estimado como el segundo departamento más pobre del país, de acuerdo al Informe de Desarrollo Humano 2003, que presentó el PNUD.

La Encuesta FESAL correspondiente al período 2002-2003 reveló
que una de cada diez mujeres del área rural padece anemia. Conclusión, los chiquillos nacen desnutridos.

La FESAL entrevistó en todo el país a 10,689 mujeres cuya edad era entre los 15 y 49 años de edad. La investigación fue realizada del 4 de noviembre de 2002 al 15 de abril del año en curso.

Lisset de Hernández es nutrióloga pediatra y es la jefa del equipo de soporte nutricional del Hospital Nacional Benjamín Bloom, en San Salvador. Ella confirma que el 70% de los infantes que ingresan al centro asistencial padecen desnutrición. Pero no todos logran llegar hasta la capital. No todos.

Llegar al seno de estas comunidades no es fácil y salir tampoco.

Al adentrarse en los caseríos todavía es visible la huella del terremoto del 13 de enero de 2001. No hubo víctimas mortales, pero esa fecha marcó el inicio de la crisis.

Pedro Avilés reúne -una vez a la semana- a los promotores de salud de las comunidades rurales para monitorear un proyecto de potabilización del agua y mantenimiento del sistema de letrinas aboneras.

José Benito Ramos es uno de ellos y es el guía por esos senderos. Tiene 31 años de edad y los últimos once los ha utilizado para servir en medio de estos bosques.

Junto a su paso describe su trabajo y sus limitaciones. No hay carro para evacuar a alguien en una emergencia y un dispensario de salud en el cantón El Níspero, por ejemplo, aliviaría el panorama.

El Níspero está lejos. A no menos de una hora de camino desde Tacuba para un lugareño. Quienes no lo son, probablemente caminarán dos horas y todavía les faltará trecho para salir de las serranías

Por eso, a menos que algún funcionario del gobierno central quiera ejercitar las piernas, nadie conocerá en primer plano los nombres y los rostros de la miseria que pululan -en silencio- las montañas que cobijan el grano de oro.

Los padres agobiados por sus hijos enfermos -en situación de desnutrición leve, moderada o grave- deben caminar por unas veredas sinuosas no menos de treinta minutos a paso de trote. Si el infante está muy enfermo, no hay otra salida que sacarlo de la comunidad.

Y el tiempo es el peor enemigo.

Benito Ramos trabaja como promotor de salud y es quien conoce -de primera mano- casos como el de doña Julia, que sufre otitis, en el caserío El Carrizal.

“No es sólo con vacunación que se arreglan las cosas, sino con una política nacional que abarque todos los sectores (...) Los promotores no somos ángel de Dios para hacer milagros”, dice Benito mientras escala un peñasco para llegar a la choza de una familia protagonista silenciosa de la tragedia.

Creced y multiplicaos
En Ahuachapán, como en casi todo el interior del país, la vida sexual activa empieza a los 14 años de edad. El hecho de encontrar embarazos entre adolescentes es común.
Las iglesias católica y evangélica -con una fuerte presencia en esta zona- coinciden en que la pareja debe tener “los hijos que vengan”.
“El hombre jamás va a planificar y tendrán los niños que dé el Señor. Aquí la gente es bien machista. Lo normal es encontrar familias con siete o catorce miembros. Imagínese”, insiste un cooperante con experiencia en la zona.
El doctor Pedro Avilés, ante el problema de la desnutrición crónica, señala la necesidad de encontrar un programa de desarrollo que se ejecute a largo plazo para salir adelante en función de la población que lo necesita.
- “Por eso nosotros acá consideramos en riesgo a todas las mujeres embarazadas y no embarazadas. Es que hay mucho por hacer en Tacuba”, dice en alusión a la mujeres con desnutrición.

¿Y el almuerzo?

- Ajá, niña Cornelia, aquí vengo a verla si ya cosió los ayotes.

- Ah, pues, ahí están- responden desde el fondo de un jacal paupérrimo con un área que no sobrepasa los cuatro metros cuadrados. Adentro, hay un señor diminuto y cinco niños. De repente, Tania, una chiquilla mugrienta que juguetea con tierra, ve a Benito y corre a esconderse debajo de un remedo de cama. Llora y grita cuando escucha la palabra “vacuna”. Huye despavorida.

Los otros niños con quienes juega se parten de la risa.
- No le digo, pues, si solo me miran y creen que los voy a vacunar- bromea Benito.
El Salvador probablemente tiene la mejor cobertura por vacunación en la región centroamericana, pero es muy difícil que la prevención de la rubeola, la polio, la tuberculosis, el sarampión funcione si la gente no tiene nada en la barriga.

Es mediodía y nadie piensa en almorzar. La sola mención es un insulto. No hay nada que comer, salvo tierra, como lo hace Tania que sigue escondida y no baja la guardia ante la presencia de Benito. Cuando este asoma, vuelva con los gritos y nadie la convence que aquella no es una visita con jeringas en mano.

Doña Rosa vive unas pendientes más arriba, luego de surcar unos sembradíos modestos donde hay unas mazorcas tímidas y unos árboles frondosos, pero sin fruto.
- ¿Haciendo almuerzo?- interrumpe Benito con ese estilo resuelto que le ha ganado el respeto de los aldeanos.

- Pues, por ahí, queriendo moler un poquito de café, estaba- responde esta mujer de 45 años de edad. Ella ha parido nueve varones y cinco hembras. Un par de ellas ya la hicieron abuela.

Cuatro de los hijos ya “son hombres”, tienen más de 16 años.
- ¿Y Wilmer, cómo siguió?- cuestiona Benito a la vez que observa a un niño tímido, cansino, meciéndose -desnudo- dentro de una hamaca.
Entre risas otros cipotes descalzos y semi desnudos observan que Wilmer no se mueve.

Rosa desconfía de la visita y medita la respuesta...
- Sí, estuvo con una tosedera- explica.

Wilmer alcanzó un nivel de desnutrición grave y fue trasladado a tiempo a la Unidad de Salud, pero las enfermedades siguen rondando esta casa hecha con 14 pliegos de lámina y trozos de toldo que donó la cooperación internacional hace dos años tras los terremotos.

El fantasma del hambre aquí se hizo realidad cuando la muerte visitó el exiguo cuerpo de Jubita del Carmen.
Costo silencioso

Rosa evade el tema. Una mueca y esa mirada esquiva la delata. Le duele.
- O sea que mi hijo mayor se consiguió una muchacha embarazada. Aquí vino a tener a la hija. ‘Jubita del Carmen Mendoza’ se llamó...

- ¿Qué le pasó?, preguntan.
- O sea que bien de repente le cayó esa enfermedad. No dilató... así rapidito- dice y chasquea los dedos.
- Vivió dos meses- agrega.

El caso de Jubita fue dramático. Nació desnutrida; solo alcanzó cuatro libras de peso. Sus restos fueron sepultados en el cementerio de Tacuba, pero hoy no queda rastro del montículo que la distingue entre el resto.
- Le pusimos una cruz, pero de madera, hecha así con dos ramas...

El 2 de noviembre, el día de los difuntos, nadie fue a enflorarla. En realidad, para ellos no existió.

Algunos números de la crisis
La crisis del café golpeó a los habitantes de los pueblos Ataco, Apaneca, San Pedro Puxtla, Tacuba y otros.
El Consejo Salvadoreño del Café (CSC) dice que la producción cafetalera nacional experimentó, en este año, su nivel más bajo en cuatro décadas, y esto debido a la poca atención que se le dio a las fincas en todo el territorio.
En los últimos cuatro años, la producción descendió de los 3.5 millones de quintales de café oro, a poco más de 1.7 millones. Y de esto, los más perjudicados son los trabajadores sin tierra.
A la par de la crisis, el empleo en las zonas cafetaleras también ha caído. Para el pasado período cafetalero (2002-2003) se emplearon poco más de 48 mil trabajadores, cuando en la década de los 90, el rubro demandaba aproximadamente 150 mil empleos anuales.

La olla común
La gerencia del Programa de Desarrollo de Área (PDA-Tacuba) quiere atender más población afectada. Por ahora, con financiamiento de World Vision, cubre 450 niños en las comunidades El Jícaro, El Carrizal, El Palmo, Cincuyo y Santa Teresa.
El PDA trabaja con un proyecto denominado “Olla común”, que consiste en organizar un promedio de siete madres de familia para que compartan lo poco que tienen. Pero, no sólo eso; se le capacita para cultivar y desarrollar granjas y huertos.
El modelo se ejecuta a lo largo de doce días durante los cuales -de forma rotativa- las madres preparan un menú para todas. Después de la experiencia, quedan permeadas para que sepan las ventajas de la organización.
“A las mujeres se les capacita en autoestima, preparación de los alimentos e importancia de las microempresas, cómo salir adelante con una panadería, una granja, por ejemplo”, explica una oficial de la ONG.
“Aquí no hay trabajo porque todos dependían del café y la gente no es dueña de la tierra donde vive... son colonos. Las mujeres migran a la capital a trabajar en servicios y los hombres se hacen albañiles o vigilantes privados. ¡¿Qué esperanza van a tener los niños?”, dice.


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