 |  |
INTERNACIONAL
El
nuevo proyecto imperialista tras el 11/S
El
11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después no
sólo para Estados Unidos, sino para el mundo entero. A dos años
de los atentados terroristas contra Nueva York y Washington, la guerra
sigue.
 |
|
La
emblemática "zona cero" lucha entre ser un camposanto
o el sitio de un nuevo proyecto arquitectónico neoyorquino
|
Casi nadie duda de que esa fecha
marcó el inicio de una nueva era, caracterizada por la pretensión
de Estados Unidos de actuar a escala global, preventiva, ofensiva y,
por supuesto, militarmente.
Para los sectores neoconservadores agrupados en torno al presidente
George W. Bush, las dos guerras que su país ha librado desde
el 11 de septiembre de 2001 -en Afganistán y en Iraq- no son
el fin, sino sólo los primeros ensayos para medir la capacidad
de Estados Unidos de desempeñar con éxito su nuevo papel
imperialista.
Para la élite conservadora estadounidense, el primer ataque devastador
lanzado contra el continente americano en la historia moderna, que dejó
unos 3.000 muertos, fue la señal para romper definitivamente
con cualquier idea de aislacionismo y concebir el mundo entero como
escenario legítimo de la política estadounidense.
Vamos a perseguir y derrotar a los terroristas en cualquier parte
del mundo. Esa es la protección para nuestra patria... ¡Este
país conducirá al mundo hacia la paz!. Con estas
palabras, Bush reivindicó una vez más, el pasado 1 de
septiembre, el derecho de Estados Unidos de actuar como líder
en cualquier parte del mundo.
Los republicanos no son los únicos que, después del colapso
del imperio soviético, hacen hincapié en el papel hegemónico
especial que Estados Unidos debe asumir en el mundo. A mediados de la
década de los noventa, el entonces presidente Bill Clinton ya
había catalogado a Iraq, Irán y Corea del Norte como Estados
villanos, advirtiendo que Estados Unidos actuaría contra
ellos multilateralmente, de ser posible, pero unilateralmente,
de ser necesario.
Bush endureció esta posición a raíz del 11 de septiembre
de 2001 con su afirmación amenazante de que, en adelante, cada
país sólo tenía dos opciones: o bien estar del
lado de Estados Unidos, o bien convertirse en enemigo.
El nuevo enemigo
Precursores neoconservadores como el ex asesor del Pentágono
Richard Perle o el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz ya venían
reclamando desde hacía tiempo una política estadounidense
más ofensiva.
Los atentados perpetrados por la organización terrorista Al Qaida
confirmaron su tesis de que, tras la desaparición de la amenaza
soviética, Estados Unidos tendría que enfrentarse con
un nuevo enemigo, no menos peligroso: el terrorismo internacional. Bush
rebautizó a los Estados villanos de Clinton como
el eje del mal. Sus tres integrantes, aseguró el
presidente, no sólo comparten el odio hacia Estados Unidos, sino
también la hostilidad hacia Israel y hacia el orden económico
occidental.
La inmensa mayoría de los estadounidenses siguió, tras
aquel día horroroso de septiembre de 2001, la lógica de
la Casa Blanca de que Estados Unidos tenía que comenzar la lucha
en todo el mundo. Vamos a llevar la guerra al enemigo, recalcó
Bush. Los estadounidenses aceptaron un aumento explosivo de los gastos
militares, enormes déficit en el presupuesto del Estado y el
creciente distanciamiento respecto a antiguos aliados como Francia y
Alemania.
Con un ímpetu misionero avasallador, Washington intenta ordenar
al mundo. Nosotros podemos llevar los valores
humanos de la democracia, de las libertades de opinión y religión,
y el respeto a la dignidad humana a aquellas partes del mundo donde
éstos aún no existen, afirma la consejera nacional
de seguridad del presidente, Condoleezza Rice.
Como prueba del éxito de esta estrategia, Rice evoca la exitosa
pacificación de Alemania y Japón después de la
Segunda Guerra Mundial. En principio, lo mismo es posible, sostiene
la consejera de Bush, en el mundo islámico, en Afganistán,
Iraq o Cercano Oriente. Sin embargo, ya en estos momentos la realidad
en Afganistán o en Iraq hace tambalearse la convicción
básica de los conservadores estadounidenses de que todo el mundo
aceptaría agradecido y felíz el regalo occidental de valores
como la libertad y la democracia.
Y, por otro lado, la confianza de Washington en la Organización
de las Naciones Unidas, en cuyas decisiones participan dictaduras, regimenes
que desprecian los derechos humanos y sátrapas despóticos,
no es muy grande.
Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular. | |