14 de septiembre de 2003


INTERNACIONAL

El nuevo proyecto imperialista tras el 11/S

El 11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después no sólo para Estados Unidos, sino para el mundo entero. A dos años de los atentados terroristas contra Nueva York y Washington, la guerra sigue.

Lazlo Trankovits (dpa)
vertice@elsalvador.com
La emblemática "zona cero" lucha entre ser un camposanto o el sitio de un nuevo proyecto arquitectónico neoyorquino

Casi nadie duda de que esa fecha marcó el inicio de una nueva era, caracterizada por la pretensión de Estados Unidos de actuar a escala global, preventiva, ofensiva y, por supuesto, militarmente.
Para los sectores neoconservadores agrupados en torno al presidente George W. Bush, las dos guerras que su país ha librado desde el 11 de septiembre de 2001 -en Afganistán y en Iraq- no son el fin, sino sólo los primeros ensayos para medir la capacidad de Estados Unidos de desempeñar con éxito su nuevo papel imperialista.

Para la élite conservadora estadounidense, el primer ataque devastador lanzado contra el continente americano en la historia moderna, que dejó unos 3.000 muertos, fue la señal para romper definitivamente con cualquier idea de aislacionismo y concebir el mundo entero como escenario legítimo de la política estadounidense.

“Vamos a perseguir y derrotar a los terroristas en cualquier parte del mundo. Esa es la protección para nuestra patria... ¡Este país conducirá al mundo hacia la paz!”. Con estas palabras, Bush reivindicó una vez más, el pasado 1 de septiembre, el derecho de Estados Unidos de actuar como líder en cualquier parte del mundo.

Los republicanos no son los únicos que, después del colapso del imperio soviético, hacen hincapié en el papel hegemónico especial que Estados Unidos debe asumir en el mundo. A mediados de la década de los noventa, el entonces presidente Bill Clinton ya había catalogado a Iraq, Irán y Corea del Norte como “Estados villanos”, advirtiendo que Estados Unidos actuaría contra ellos “multilateralmente, de ser posible, pero unilateralmente, de ser necesario”.
Bush endureció esta posición a raíz del 11 de septiembre de 2001 con su afirmación amenazante de que, en adelante, cada país sólo tenía dos opciones: o bien estar del lado de Estados Unidos, o bien convertirse en enemigo.

El nuevo enemigo

Precursores neoconservadores como el ex asesor del Pentágono Richard Perle o el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz ya venían reclamando desde hacía tiempo una política estadounidense más ofensiva.

Los atentados perpetrados por la organización terrorista Al Qaida confirmaron su tesis de que, tras la desaparición de la amenaza soviética, Estados Unidos tendría que enfrentarse con un nuevo enemigo, no menos peligroso: el terrorismo internacional. Bush rebautizó a los “Estados villanos” de Clinton como el “eje del mal”. Sus tres integrantes, aseguró el presidente, no sólo comparten el odio hacia Estados Unidos, sino también la hostilidad hacia Israel y hacia el orden económico occidental.

La inmensa mayoría de los estadounidenses siguió, tras aquel día horroroso de septiembre de 2001, la lógica de la Casa Blanca de que Estados Unidos tenía que comenzar la lucha en todo el mundo. “Vamos a llevar la guerra al enemigo”, recalcó Bush. Los estadounidenses aceptaron un aumento explosivo de los gastos militares, enormes déficit en el presupuesto del Estado y el creciente distanciamiento respecto a antiguos aliados como Francia y Alemania.

Con un ímpetu misionero avasallador, Washington intenta ordenar al mundo. “Nosotros podemos llevar los valores
humanos de la democracia, de las libertades de opinión y religión, y el respeto a la dignidad humana a aquellas partes del mundo donde éstos aún no existen”, afirma la consejera nacional de seguridad del presidente, Condoleezza Rice.

Como prueba del éxito de esta estrategia, Rice evoca la exitosa pacificación de Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial. En principio, lo mismo es posible, sostiene la consejera de Bush, en el mundo islámico, en Afganistán, Iraq o Cercano Oriente. Sin embargo, ya en estos momentos la realidad en Afganistán o en Iraq hace tambalearse la convicción básica de los conservadores estadounidenses de que todo el mundo aceptaría agradecido y felíz el regalo occidental de valores como la libertad y la democracia.

Y, por otro lado, la confianza de Washington en la Organización de las Naciones Unidas, en cuyas decisiones participan dictaduras, regimenes que desprecian los derechos humanos y sátrapas despóticos, no es muy grande.


Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.