14 de septiembre de 2003


ESPECIAL

Periodistas hispanos “incrustados” en guerras

El periodismo es un oficio de riesgo y quienes lo ejercen están dispuestos a asumir el costo. Las guerras, en Iraq, Israel, Sri Lanka, El Salvador y en otras partes del mundo han sido fotografiadas y reporteadas por un buen número de latinos. Los periodistas compartieron a Vértice fragmentos de las historias vividas.

Francisco Ayala Silva, en Washington
vertice@elsalvador.com

Moisés Samán ha tomado fotos en Afganistán, Kosovo e Israel. Él sobrevivió una prisión iraquí. Fue uno de los afortunados. Uno de cada cuatro periodistas muertos en la guerra de Iraq llegó de un país de habla hispana.

Moisés Samán es fotógrafo joven del periódico neoyorkino Newsday. Nació en Perú en una familia palestina, y sus padres emigraron a Barcelona cuando él tenía 7 años. La policía iraquí lo arrestó el 25 de marzo en su hotel, el Palestina, que 20 días después tendría una historia de sangre.

Moisés había llegado a cubrir la guerra. Él se oponía a la guerra
y sabía que España era miembro de la Coalición.

Los policías que lo arrestaron a las 2:30 de la madrugada decían que lo expulsaban a Siria por irregularidades en sus visas. Pero Moisés y su colega Mattew McAllester, reportero de Newsday, terminaron en la prisión de Abu Grahib,
“(Allí) pasamos nueve miserables días en celdas individuales, imposibilitados a hablar o tener contacto externo. Yo fui interrogado tres veces y vi el linchamiento de dos prisioneros iraquíes que estaban en celdas frente a la mía”, dice.
Ambos periodistas fueron liberados el jueves 1 de abril. Moisés regresó a Bagdad luego de la liberación, a tomar fotos.

Una guerra nueva

Jorge ramos: “La realidad de la guerra no fue mostrada en televisión (rara vez se mostraban cadáveres). Ser un mexicano en Estados Unidos me permite ver desde otro lado”.
Roberto Montoya: “Los testimonios son importantes en un mundo donde el asesinato de civiles se llama daño colateral; es nuestro servicio, poner nombre a esos cadáveres”

Durante la guerra con Iraq, 600 periodistas se mantuvieron incrustados en el ejército de Estados Unidos. Ellos vivían con los soldados, comían sus raciones, viajaban en sus tanques y transportes. Fue un experimento sin precedentes en la historia militar de Norteamérica.

Hubo críticas. Se decía que los periodistas perdían independencia al depender de la milicia para comer y transportarse. Se dudaba que un periodista pudiera criticar a quienes le alimentaban y protegían.
Pero Juan Tamayo, reportero de The Miami Herald, cree que “estar incrustado hizo mi cobertura más fácil. Tú tienes una movilidad que otros periodistas no tienen”.

Con respecto a los escrúpulos para criticar a sus protectores y alimentadores, Tamayo dice que “nos familiarizamos con los soldados como si fuera otra fuente, y la gente confía en nuestro profesionalismo (de que diremos la verdad)”.
Tamayo vivió en un regimiento al sur de Nasiriyah y luego a 70 kilómetros al sur de Bagdad.
Acepta que el sistema ha creado un nuevo riesgo: “Los periodistas no incrustados van a estar ahora más presionados para hacer lo que los periodistas incrustados hacen, pero sin la misma protección”.

El caso UNIVISION: los cadáveres

El fotoperiodista salvadoreño captó, con su lente, los destrozos causados en la zona de Jenin

El titán de la televisión hispana envió a su presentador estrella Jorge Ramos, una de las personas más poderosas de América Latina según Poder Magazine.
Ramos dice que UNIVISION tenía tres corresponsales en Bagdad “cuando la mayoría de las cadenas tenía solo uno o ninguno”.

Ramos señala otra diferencia: los noticieros en inglés rara vez mostraron cadáveres.
“La realidad de la guerra no fue mostrada en televisión”, dice.

Ramos sostiene que UNIVISION tenía una mente más abierta a otras visiones. “Ser un mexicano que vive en Estados Unidos y vive dos culturas me permite ver desde otra cultura”, añade.

Ramos sabía que su cobertura era diferente a la de sus colegas anglos. “Tengo muchísima influencia de América Latina, donde la población de cada país, sin excepción, se oponía a la guerra”, dice.

En Estados Unidos el porcentaje de latinos opuestos a la guerra era del 27 por ciento, de acuerdo a una encuesta realizada en abril del 2003 por el Pew Hispanic Center.

La visión del vencido

Santiago Pavlovic, enviado a Iraq por la Televisión Nacional de Chile, dice que los corresponsales llegados de las naciones hispanas “teníamos una visión más crítica de la intervención militar norteamericana y ofrecíamos la visión de la víctima, porque lo que llaman ‘daño colateral’ se traduce como muertos, heridos, y dolor”.

Sin embargo, Pavlovic encontró dificultades en el otro bando. “Las autoridades iraquíes querían mostrar a sus víctimas pero no querían mostrar como sus militares colocaban su artillería”.

Pavlovic es figura en Chile y en las guerras. Es hombre alto y barbado. Un parche de pirata le cubre el ojo izquierdo, que perdió durante su infancia jugando vaqueros e indios en un pueblo minero al sur de Chile.
En 33 años en la Televisión Nacional de Chile, él ha cubierto guerras en los Balcanes, Levante, el Cuerno de África, el Golfo Pérsico, Afganistán y Sri Lanka.

Durante la dictadura de Pinochet poca cobertura local era permitida. Entonces, la Televisión Nacional comenzó a enviar equipos al exterior “con muchas restricciones y pocos recursos”, dice.
“Ahora conozco Europa, África y Asia mejor que América Latina”, comenta.

Su primera asignación fue la crisis de los rehenes norteamericanos en Irán. Años después entró disfrazado de nativo en el Afganistán ocupado por los soviéticos. Allí fue testigo de combates entre mujahaidines y helicópteros y escapó de la muerte cuando los guerrilleros le impideron filmar la desactivación de una bomba. La bomba explotó matando a ocho.

El salvadoreño Yury Cortéz junto a otros colegas en Israel.

En Iraq “nos dieron un censor que, se suponía, hablaba español, pero no podía; él estuvo con nosotros por dos días y entonces los iraquíes ya no tuvieron recursos humanos para vigilarnos. Él se fue y nosotros nos quedamos con los guías, pero con frecuencia los guías eran también censores que nos decían que no tomáramos imágenes gritando y hasta lanzándose enfrente de la cámara”.

La televisión chilena también tenía el problema de ser pobre en un juego de ricos.
“Teníamos que transmitir utilizando equipo prestado a los turcos, franceses, y de CNN”, dice.

Entonces Santiago fue capturado. Ocurrió en las orillas del Tigris donde había un incendio.
“Fui a ver y caminaba hablando por un teléfono satelital cuando un policía llegó y me llevó. Le dije adiós a mi chofer”, dice Santiago Pavlovic.

Lo arrestaba la Mukhabarat, la sanguinaria policía política de Saddam.
Lo llevaron a una pequeña delegación donde “cuatro o cinco gorilas me ataron las manos y me pusieron una caperuza en la cabeza”.

Lo interrogaron en un inglés elemental. Pavlovic dice haber mantenido la cabeza baja para evitar ser golpeado en su ojo derecho, el ojo bueno.

En marzo, el hotel donde se alojaban periodistas, fue accidentalmente atacado por fuerzas aliadas.

Los muertos

Lo llevaron a otra estación donde los policías le vendaron con fuerza. Irónicamente “un oficial me habló de forma amable en inglés y dijo: ‘lo siento, bienvenido a nuestro país’. Me dio té y me prometió un taxi para llevame al hotel; él cumplió su promesa”.

Cuando le quitaron la venda, Pavlovic resentía el maltrato en su único ojo, con el cual miraba borroso.
Días después, el 8 de abril, Pavlovic vio cuando el tanque Abrams disparaba al hotel Palestina, donde se quedaban él
y muchos corresponsales, como Moisés Samán.

“Vi la torreta del tanque dar una vuelta y vi el relámpago… y todo se convirtió en un pandemonio”.

Pavlovic y sus colegas bajaron a tiempo para ver el cuerpo del camarógrafo español José Couso cargado en un colchón mientras un periodista mexicano gritaba “¡quítense, quítense!”.

“Yo estaba con José Couso la noche anterior y ahora él venía con el fémur expuesto, sin quijada, y los ojos abiertos”, recuerda.

José Couso murió. Multitudes protestaron en España y los hermanos de Couso publicaron un manifiesto culpando a Estados Unidos de esa muerte “para evitar testigos”. Sin embargo, Pavlovic no cree que el ataque fue deliberado.
“Era la adrenalina y el hecho que el capitán del tanque pensó que estaban bajo fuego desde el hotel, sería demasiado ingenuo creer que Estados Unidos mataría periodistas para callar periodistas”.

En el ataque también murió Taras Protsyuk, de 35 años, camarógrafo ucraniano de Reuters. Ambos hombres estaban casados. Protsyuk tenía un hijo y Couso tenía dos.
Otro periodista español había muerto el día anterior: Julio Anguita Parrado, de 33 años, hijo de uno de los líderes de la izquierda española.

Anguita Parrado era un periodista incrustado; él murió junto a dos soldados norteamericanos al sur de Bagdad, víctimas de un misil iraquí.

En el ataque también murió Christian Liebig, periodista alemán de 35 años y resultó herido el soldado norteamericano de origen salvadoreño, José Mauricio Nerio. Para variar, un salvadoreño.
Anguita Parrado trabajaba para el periódico madrileño El Mundo. Su editor de noticias internacionales, Roberto Montoya, lo describe como “brillante”.

El periodista Jorge Ramos en una fotografía durante su viaje a Iraq.

“Habíamos hablado por teléfono 2 ó 3 horas antes de su muerte”, dice.
Anguita Parrado había nacido en la ciudad andaluza de Córdova y era periodista desde los 22 años, cuando entró a El Mundo como pasante.

Durante cinco años fue corresponsal en Nueva York donde cubrió casi todo y se hizo adicto a esa ciudad. Vivir cerca de las torres gemelas le permitió ser testigo y cronista de los ataques del 11 de Septiembre.
Ellos murieron pocos días antes del colapso de Saddam.

Después de la caída del régimen iraquí murieron otros dos reporteros hispanos: Mario Podestá y Verónica Cabrera, ambos argentinos.

Mario tenía 51 años cuando murió el 14 de abril, en un accidente de carrera cuando entraba a Iraq. Verónica Cabrera tenía 28 y fue herida en el mismo accidente; murió al siguiente día. Ambos trabajaban para el canal argentino América TV. Podestá había cubierto 35 guerras y era padre divorciado de tres niños. Cabrera era casada y tenía una niña de 3 años. Era una camarógrafa que iba a su primera guerra.

Enseñanzas de la guerra

•“Estados Unidos justificó esta guerra invocando la posesión de armas de destrucción masiva, ¿dónde están?”, dice Jorge Ramos. Para él era una mejor excusa invocar el hecho probado de que Hussein era un dictador genocida.

• Santiago Pavlovic dice “yo no estuve de acuerdo con la invasión, pero la dictadura de Saddam era demencial y, cuando su régimen colapsó, dije: ¡qué bueno que esto se acabó!”

•¿Es bueno enviar a un periodista a un destino incierto? “Tenemos que hacerlo”, dice Roberto Montoya de El Mundo, “para comparar lo que nuestros corresponsales ven con lo que dicen los cables y descubrir manipulaciones”.



Viven con la mente llena de horrores

Los corresponsales de guerra sufren, en carne propia, el dolor, la muerte y la desesperanza que provocan los enfrentamientos bélicos o las acciones violentas.

Mauricio Vásquez Acosta
vertice@elsalvador.com
El salvadoreño Omar Vigil junto a su esposa Miriam. Todos los muebles que se aprecian en la foto son fruto de su creatividad.

Yuri Cortéz, fotógrafo salvadoreño de la agencia France Press, ha reportado guerras en Centroamérica, Perú, y los levantamientos en Israel. “Cuando estás cerca a esas guerras sentís el dolor, ves los muertos, y ves la tristeza de los cadáveres. Son imposibles de olvidar. Pasan los años y son imposibles de olvidar”.

Cerros de muertos vio Yuri Cortéz en El Salvador. “Ocurrió en el cerro El Tigre, en Usulután, después de una batalla entre guerrilleros y soldados, y el ejército al parecer llevó la peor parte. Yo pude ver un camión lleno de soldados muertos y descomponiéndose. Nunca he visto tantos muertos juntos”.

En el campo de refugiados palestinos de Jenin “yo vi gente llorando después de un ataque israelí”.

“No puedo olvidar esas imágenes. Ellas vienen a mi mente cada vez que trato de descansar. A veces despierto con pesadillas y la tensión puede ser abrumadora”, dice.

Algunos corresponsales de guerra desarrollan Tensión post traumática (PSTD por sus siglas en inglés). La página web del Centro Nacional de PSTD de Estados Unidos define al mal como “un desorden siquiátrico que puede ocurrir luego de la experiencia de ver eventos que ponen en peligro la vida, como combate, desastres naturales, incidentes terroristas, accidentes serios, y ataques personales violentos, como la violación”.

La gente con PSTD revive las experiencias en pesadillas y recuerdos súbitos. El insomnio y el aislamiento son comunes. La gente con PSTD con frecuencia padece de inestabilidad ocupacional, problemas maritales y divorcios, peleas familiares y dificultades para ser buenos padres.

El tratamiento para periodistas con PSTD puede ser complicado porque “no todos (los sicólogos y siquiatras) saben lo que es el periodismo”, dice Roger Simpson, director ejecutivo del Centro DART para Periodismo y Trauma, y profesor en la escuela de comunicaciones en la Universidad de Washington.
No hay cura para el PSTD, pero algunas drogas como Prozac y Zoloft ofrecen esperanza y los síntomas disminuyen con el paso del tiempo.

Simpson recomienda a los pacientes prepararse para el regreso de los síntomas. Además sugiere hablar directamente de la enfermedad y sentarse a escribir de ella.
Yuri Cortéz enfrenta sus memorias con un pasatiempo que aprendió de su padre: criar gallos de pelea.
“Es mi manera de ponerme una armadura para poder seguir tomando fotos”.



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