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ESPECIAL
Periodistas
hispanos incrustados en guerras
El
periodismo es un oficio de riesgo y quienes lo ejercen están
dispuestos a asumir el costo. Las guerras, en Iraq, Israel, Sri Lanka,
El Salvador y en otras partes del mundo han sido fotografiadas y reporteadas
por un buen número de latinos. Los periodistas compartieron a
Vértice fragmentos de las historias vividas.
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Moisés Samán ha
tomado fotos en Afganistán, Kosovo e Israel. Él sobrevivió
una prisión iraquí. Fue uno de los afortunados. Uno de
cada cuatro periodistas muertos en la guerra de Iraq llegó de
un país de habla hispana.
Moisés Samán es fotógrafo joven del periódico
neoyorkino Newsday. Nació en Perú en una familia palestina,
y sus padres emigraron a Barcelona cuando él tenía 7 años.
La policía iraquí lo arrestó el 25 de marzo en
su hotel, el Palestina, que 20 días después tendría
una historia de sangre.
Moisés había llegado a cubrir la guerra. Él se
oponía a la guerra
y sabía que España era miembro de la Coalición.
Los policías que lo arrestaron a las 2:30 de la madrugada decían
que lo expulsaban a Siria por irregularidades en sus visas. Pero Moisés
y su colega Mattew McAllester, reportero de Newsday, terminaron en la
prisión de Abu Grahib,
(Allí) pasamos nueve miserables días en celdas individuales,
imposibilitados a hablar o tener contacto externo. Yo fui interrogado
tres veces y vi el linchamiento de dos prisioneros iraquíes que
estaban en celdas frente a la mía, dice.
Ambos periodistas fueron liberados el jueves 1 de abril. Moisés
regresó a Bagdad luego de la liberación, a tomar fotos.
Una guerra nueva
| Jorge
ramos:
La realidad de la guerra no fue mostrada en televisión
(rara vez se mostraban cadáveres). Ser un mexicano en Estados
Unidos me permite ver desde otro lado. |
| Roberto
Montoya:
Los testimonios son importantes en un mundo donde el asesinato
de civiles se llama daño colateral; es nuestro servicio,
poner nombre a esos cadáveres |
Durante la guerra con Iraq, 600 periodistas se mantuvieron
incrustados en el ejército de Estados Unidos. Ellos vivían
con los soldados, comían sus raciones, viajaban en sus tanques
y transportes. Fue un experimento sin precedentes en la historia militar
de Norteamérica.
Hubo críticas. Se decía que los periodistas perdían
independencia al depender de la milicia para comer y transportarse.
Se dudaba que un periodista pudiera criticar a quienes le alimentaban
y protegían.
Pero Juan Tamayo, reportero de The Miami Herald, cree que estar
incrustado hizo mi cobertura más fácil. Tú tienes
una movilidad que otros periodistas no tienen.
Con respecto a los escrúpulos para criticar a sus protectores
y alimentadores, Tamayo dice que nos familiarizamos con los soldados
como si fuera otra fuente, y la gente confía en nuestro profesionalismo
(de que diremos la verdad).
Tamayo vivió en un regimiento al sur de Nasiriyah y luego a 70
kilómetros al sur de Bagdad.
Acepta que el sistema ha creado un nuevo riesgo: Los periodistas
no incrustados van a estar ahora más presionados para hacer lo
que los periodistas incrustados hacen, pero sin la misma protección.
El caso UNIVISION: los cadáveres
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El
fotoperiodista salvadoreño captó, con su lente,
los destrozos causados en la zona de Jenin
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El titán de la televisión hispana envió
a su presentador estrella Jorge Ramos, una de las personas más
poderosas de América Latina según Poder Magazine.
Ramos dice que UNIVISION tenía tres corresponsales en Bagdad
cuando la mayoría de las cadenas tenía solo uno
o ninguno.
Ramos señala otra diferencia: los noticieros en inglés
rara vez mostraron cadáveres.
La realidad de la guerra no fue mostrada en televisión,
dice.
Ramos sostiene que UNIVISION tenía una mente más abierta
a otras visiones. Ser un mexicano que vive en Estados Unidos y
vive dos culturas me permite ver desde otra cultura, añade.
Ramos sabía que su cobertura era diferente a la de sus colegas
anglos. Tengo muchísima influencia de América Latina,
donde la población de cada país, sin excepción,
se oponía a la guerra, dice.
En Estados Unidos el porcentaje de latinos opuestos a la guerra era
del 27 por ciento, de acuerdo a una encuesta realizada en abril del
2003 por el Pew Hispanic Center.
La visión del vencido
Santiago Pavlovic, enviado a Iraq por la Televisión Nacional
de Chile, dice que los corresponsales llegados de las naciones hispanas
teníamos una visión más crítica de
la intervención militar norteamericana y ofrecíamos la
visión de la víctima, porque lo que llaman daño
colateral se traduce como muertos, heridos, y dolor.
Sin embargo, Pavlovic encontró dificultades en el otro bando.
Las autoridades iraquíes querían mostrar a sus víctimas
pero no querían mostrar como sus militares colocaban su artillería.
Pavlovic es figura en Chile y en las guerras. Es hombre alto y barbado.
Un parche de pirata le cubre el ojo izquierdo, que perdió durante
su infancia jugando vaqueros e indios en un pueblo minero al sur de
Chile.
En 33 años en la Televisión Nacional de Chile, él
ha cubierto guerras en los Balcanes, Levante, el Cuerno de África,
el Golfo Pérsico, Afganistán y Sri Lanka.
Durante la dictadura de Pinochet poca cobertura local era permitida.
Entonces, la Televisión Nacional comenzó a enviar equipos
al exterior con muchas restricciones y pocos recursos, dice.
Ahora conozco Europa, África y Asia mejor que América
Latina, comenta.
Su primera asignación fue la crisis de los rehenes norteamericanos
en Irán. Años después entró disfrazado de
nativo en el Afganistán ocupado por los soviéticos. Allí
fue testigo de combates entre mujahaidines y helicópteros y escapó
de la muerte cuando los guerrilleros le impideron filmar la desactivación
de una bomba. La bomba explotó matando a ocho.
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El
salvadoreño Yury Cortéz junto a otros colegas en
Israel.
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En Iraq nos dieron un censor que, se suponía,
hablaba español, pero no podía; él estuvo con nosotros
por dos días y entonces los iraquíes ya no tuvieron recursos
humanos para vigilarnos. Él se fue y nosotros nos quedamos con
los guías, pero con frecuencia los guías eran también
censores que nos decían que no tomáramos imágenes
gritando y hasta lanzándose enfrente de la cámara.
La televisión chilena también tenía el problema
de ser pobre en un juego de ricos.
Teníamos que transmitir utilizando equipo prestado a los
turcos, franceses, y de CNN, dice.
Entonces Santiago fue capturado. Ocurrió en las orillas del Tigris
donde había un incendio.
Fui a ver y caminaba hablando por un teléfono satelital
cuando un policía llegó y me llevó. Le dije adiós
a mi chofer, dice Santiago Pavlovic.
Lo arrestaba la Mukhabarat, la sanguinaria policía política
de Saddam.
Lo llevaron a una pequeña delegación donde cuatro
o cinco gorilas me ataron las manos y me pusieron una caperuza en la
cabeza.
Lo interrogaron en un inglés elemental. Pavlovic dice haber mantenido
la cabeza baja para evitar ser golpeado en su ojo derecho, el ojo bueno.
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En
marzo, el hotel donde se alojaban periodistas, fue accidentalmente
atacado por fuerzas aliadas.
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Los muertos
Lo llevaron a otra estación donde los policías le vendaron
con fuerza. Irónicamente un oficial me habló de
forma amable en inglés y dijo: lo siento, bienvenido a
nuestro país. Me dio té y me prometió un
taxi para llevame al hotel; él cumplió su promesa.
Cuando le quitaron la venda, Pavlovic resentía el maltrato en
su único ojo, con el cual miraba borroso.
Días después, el 8 de abril, Pavlovic vio cuando el tanque
Abrams disparaba al hotel Palestina, donde se quedaban él
y muchos corresponsales, como Moisés Samán.
Vi la torreta del tanque dar una vuelta y vi el relámpago
y todo se convirtió en un pandemonio.
Pavlovic y sus colegas bajaron a tiempo para ver el cuerpo del camarógrafo
español José Couso cargado en un colchón mientras
un periodista mexicano gritaba ¡quítense, quítense!.
Yo estaba con José Couso la noche anterior y ahora él
venía con el fémur expuesto, sin quijada, y los ojos abiertos,
recuerda.
José Couso murió. Multitudes protestaron en España
y los hermanos de Couso publicaron un manifiesto culpando a Estados
Unidos de esa muerte para evitar testigos. Sin embargo,
Pavlovic no cree que el ataque fue deliberado.
Era la adrenalina y el hecho que el capitán del tanque
pensó que estaban bajo fuego desde el hotel, sería demasiado
ingenuo creer que Estados Unidos mataría periodistas para callar
periodistas.
En el ataque también murió Taras Protsyuk, de 35 años,
camarógrafo ucraniano de Reuters. Ambos hombres estaban casados.
Protsyuk tenía un hijo y Couso tenía dos.
Otro periodista español había muerto el día anterior:
Julio Anguita Parrado, de 33 años, hijo de uno de los líderes
de la izquierda española.
Anguita Parrado era un periodista incrustado; él murió
junto a dos soldados norteamericanos al sur de Bagdad, víctimas
de un misil iraquí.
En el ataque también murió Christian Liebig, periodista
alemán de 35 años y resultó herido el soldado norteamericano
de origen salvadoreño, José Mauricio Nerio. Para variar,
un salvadoreño.
Anguita Parrado trabajaba para el periódico madrileño
El Mundo. Su editor de noticias internacionales, Roberto Montoya, lo
describe como brillante.
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El
periodista Jorge Ramos en una fotografía durante su viaje
a Iraq.
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Habíamos hablado por teléfono 2
ó 3 horas antes de su muerte, dice.
Anguita Parrado había nacido en la ciudad andaluza de Córdova
y era periodista desde los 22 años, cuando entró a El
Mundo como pasante.
Durante cinco años fue corresponsal en Nueva York donde cubrió
casi todo y se hizo adicto a esa ciudad. Vivir cerca de las torres gemelas
le permitió ser testigo y cronista de los ataques del 11 de Septiembre.
Ellos murieron pocos días antes del colapso de Saddam.
Después de la caída del régimen iraquí murieron
otros dos reporteros hispanos: Mario Podestá y Verónica
Cabrera, ambos argentinos.
Mario tenía 51 años cuando murió el 14 de abril,
en un accidente de carrera cuando entraba a Iraq. Verónica Cabrera
tenía 28 y fue herida en el mismo accidente; murió al
siguiente día. Ambos trabajaban para el canal argentino América
TV. Podestá había cubierto 35 guerras y era padre divorciado
de tres niños. Cabrera era casada y tenía una niña
de 3 años. Era una camarógrafa que iba a su primera guerra.
Enseñanzas
de la guerra
Estados Unidos justificó esta guerra invocando
la posesión de armas de destrucción masiva, ¿dónde
están?, dice Jorge Ramos. Para él era una mejor
excusa invocar el hecho probado de que Hussein era un dictador genocida.
Santiago Pavlovic dice yo no estuve de acuerdo con
la invasión, pero la dictadura de Saddam era demencial y,
cuando su régimen colapsó, dije: ¡qué
bueno que esto se acabó!
¿Es bueno enviar a un periodista a un destino incierto?
Tenemos que hacerlo, dice Roberto Montoya de El Mundo,
para comparar lo que nuestros corresponsales ven con lo que
dicen los cables y descubrir manipulaciones. |
Viven
con la mente llena de horrores
Los
corresponsales de guerra sufren, en carne propia, el dolor, la muerte
y la desesperanza que provocan los enfrentamientos bélicos o
las acciones violentas.
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El
salvadoreño Omar Vigil junto a su esposa Miriam. Todos
los muebles que se aprecian en la foto son fruto de su creatividad.
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Yuri Cortéz, fotógrafo
salvadoreño de la agencia France Press, ha reportado guerras
en Centroamérica, Perú, y los levantamientos en Israel.
Cuando estás cerca a esas guerras sentís el dolor,
ves los muertos, y ves la tristeza de los cadáveres. Son imposibles
de olvidar. Pasan los años y son imposibles de olvidar.
Cerros de muertos vio Yuri Cortéz en El Salvador. Ocurrió
en el cerro El Tigre, en Usulután, después de una batalla
entre guerrilleros y soldados, y el ejército al parecer llevó
la peor parte. Yo pude ver un camión lleno de soldados muertos
y descomponiéndose. Nunca he visto tantos muertos juntos.
En el campo de refugiados palestinos de Jenin yo vi gente llorando
después de un ataque israelí.
No puedo olvidar esas imágenes. Ellas vienen a mi mente
cada vez que trato de descansar. A veces despierto con pesadillas y
la tensión puede ser abrumadora, dice.
Algunos corresponsales de guerra desarrollan Tensión post traumática
(PSTD por sus siglas en inglés). La página web del Centro
Nacional de PSTD de Estados Unidos define al mal como un desorden
siquiátrico que puede ocurrir luego de la experiencia de ver
eventos que ponen en peligro la vida, como combate, desastres naturales,
incidentes terroristas, accidentes serios, y ataques personales violentos,
como la violación.
La gente con PSTD revive las experiencias en pesadillas y recuerdos
súbitos. El insomnio y el aislamiento son comunes. La gente con
PSTD con frecuencia padece de inestabilidad ocupacional, problemas maritales
y divorcios, peleas familiares y dificultades para ser buenos padres.
El tratamiento para periodistas con PSTD puede ser complicado porque
no todos (los sicólogos y siquiatras) saben lo que es el
periodismo, dice Roger Simpson, director ejecutivo del Centro
DART para Periodismo y Trauma, y profesor en la escuela de comunicaciones
en la Universidad de Washington.
No hay cura para el PSTD, pero algunas drogas como Prozac y Zoloft ofrecen
esperanza y los síntomas disminuyen con el paso del tiempo.
Simpson recomienda a los pacientes prepararse para el regreso de los
síntomas. Además sugiere hablar directamente de la enfermedad
y sentarse a escribir de ella.
Yuri Cortéz enfrenta sus memorias con un pasatiempo que aprendió
de su padre: criar gallos de pelea.
Es mi manera de ponerme una armadura para poder seguir tomando
fotos.
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