14 de septiembrede 2003


ENTREVISTA

“La mencionan pero no hablan de ella”

La guerra es ese fantasma que los salvadoreños apenas esbozan en unas palabras, pero no quiere ahondar de ella, como si fuese la novia que te causó una herida, como la mujer que te dejó por otro, como el hijo que nunca volvió a casa, pero, Roberto Salomón, en cambio, es capaz de observar lo que al resto nos parece irrelevante o intentamos olvidar por la fuerza de la costumbre. Este dramaturgo, radicado en Suiza, tiene una explicación. “Se trata de la soledad del individuo en una sociedad que lo agrede”, sentencia sin el menor titubeo.

Erick Lombardo Lemus/Víctor Hugo Dueñas
vertice@elsalvador.com


“No me pida que invente porque lo hago”, advirtió el teatrero, y lo hizo: la emblemática silla de director que usaba —de madera y lona— fue plegada, vuelta a abrir, elevada al cielo, la giró a la izquierda, a la derecha; se sentó en uno de los ‘brazos’, la subió de rodillas y para cerrar con broche de oro, se paró de manos sobre ella para elevar los pies al aire y dar un sonoro chasquido con los tacones de los zapatos…

Ese es Roberto Salomón, el mismo que sufrió censura a una de sus obras durante la guerra, el mismo afamado director teatral de Ginebra, Suiza, la cabeza principal del nuevo Teatro “Luis Poma”. El hombre de 58 años de edad, cuya experiencia en la vida y en el arte escénico le permiten resumir que los salvadoreños vivimos en “soledad”. Una soledad obligada e injusta que hereda la violencia cotidiana.

Vértice: ¿Por qué la cultura es menos importante que un aeropuerto?
Roberto Salomón: Dígamelo usted…
No, dígalo usted, según su experiencia…
Yo creo que es importante cuáles son las prioridades. Siempre hay prioridades. A mí me parece que la Educación tiene que ser la primera prioridad después de la Salud. Ese es mi opinión. Educación no es solo aprender a leer y a escribir sino es cómo percibimos el mundo.

¿Cómo cree que percibe el mundo el salvadoreño promedio de hoy, al que dejó en los 80?
Yo creo que han cambiado mucho las cosas. Siento que con la guerra la gente se volvió menos egoísta, quizá.
Tengo una sensación pero talvez es mi optimismo, el que me hace sentir esto. Una guerra civil es la peor de todas las guerras. Es Eurípides que dice “la peor cosa que puede existir en el mundo es que el hermano luche contra el hermano”…
Tengo la sensación de que la gente está más humanizada y como que el otro es un ser que existe.
Antes como que el otro era un ser que había que sacar del camino. El otro, ahora, es un ser que existe que hay que tomarlo en cuenta.
Hay gente que piensa lo contrario, que el salvadoreño ya no es confianzudo ni despreocupado…
Yo no creo que se pueda ver como una generalización total de todo lo que es un pueblo. Creo que hay otro tipo de personas en la sociedad. Yo siento que hubo un momento en los años noventa, después de la guerra, en que yo sentía en que se tomaba en consideración al otro; un poquito más de lo que se había tomado en años anteriores.
Lo que me preocupa a mí, sobre manera, es la polarización de las personas, de las posiciones, de las instituciones. Cuando se polariza es el primer paso a las rupturas.
Yo siento que hay un lenguaje en el que empiezan a introducirse aspectos de odio y de falta de respeto. Tengo la impresión que ahora con las elecciones esto se va a poner peor.

¿Esa polarización puede llegar al arte?
Yo he visto fotos, haciendo historia del teatro, unas fotos que hicimos del teatro del absurdo que trajimos en el ochenta; una obra que no tiene ningún fondo político que no es combativa, no es de tesis, sino es una obra sobre el lenguaje y me impactó la violencia que había entre los actores de ese momento; o sea que el actor siempre está reflejando el medio en el que vive.
Yo creo que a principios de los noventa las obras de teatro reflejaban la luna de miel en la que estábamos después de los Acuerdos de Paz. Las obras que se ven ahora, ésta temporada, si una cosa me ha asombrado es que todas tratan de la soledad. Es decir, que la gente se siente muy sola.
Yo no creo que sea una cosa subconsciente; pero todas tratan de la soledad del ser humano en una sociedad que le es agresiva al individuo. Lo cual es bien interesante...
Ese sentimiento uno se lo imagina como en terreno de una sociedad más neoyorquina…
Claro, claro. Todas las obras que se han producido en El Salvador este año tienen ese puente en común que se trata de la soledad del individuo en una sociedad que lo agrede. Ahora, el escape está claramente visto en el éxito que han tenido las comedias.
Yo creo que el público salvadoreño es un público que está más deseoso de tener comedias que de ver dramas. Eso para mí está claro. Eso no quiere decir que solo debe hacer comedias, pero creo que la gana de reir es fuerte en el público salvadoreño.
Pero es un reir extraño porque la gente en El Salvador no tiene sentido del humor…
¡¿Cómo que no tiene sentido de humor el salvadoreño?! Fíjese adonde estaríamos si no tuvieramos sentido del humor. Después de todo lo que nos ha pasado en los últimos años.

¿Cree que tenemos una capacidad mayor para reirnos?

¿Usted nunca se ha fijado en una persona en El Salvador? Cuando casi lo atropella un bus o un carro, la gente se ríe… Hay otros países donde la gente se pone enojada porque casi lo atropelló con el vehículo. Aquí nos reímos.

¿Qué nos ha permitido a los salvadoreños tener buen humor?

No sé.

Volviendo al tema de la guerra ¿qué pasará con la nuestra?
Lo que en cualquier país que la ha vivido. Pasarán como diez años antes de que la gente pueda hablar de las cosas. Las heridas tardan mucho tiempo en sanar… Una cosa sí me ha llamado la atención y es que la gente que tiene 30 años sabe muy poco de la guerra. La gente que tiene 40 sabe bastante de la guerra.
Y la que tiene 20 está más perdida, piensa que todo es una película gringa…
Eso es peligroso. Eso da lugar a los populismos de la peor índole.Una juventud ignorante y polarizada es terrible. Los jóvenes de ahora creo que son un poco conservadores.
Eso es la contradicción: tienen una vida privada inmoral, pero son mucho más conservadores que sus padres en otras cosas. Pero bien, ¿cómo se ve Roberto Salomón en comparación a los 80, cuando se fue…?
Una de las cosas más importantes en estos 20 años es el hecho de haber trabajado en una cultura francesa donde se desarrolla la capacidad de análisis… Cuando he trabajado en una cultura de habla hispana o una cultura de habla inglesa siento que se guía más por el sentimiento.

¿Había menos análisis en el Salomón del 80?
Sí, definitivamente, pero hay otros factores como, por ejemplo, el hecho de ser simplemente más viejo. Y más sabe el diablo por viejo que por malo…

Sabemos que regresa a Ginebra, pero aquí ¿cómo se siente?
Para mí es mucho más importante hacer teatro para un público salvadoreño que para uno europeo. En Europa hay tanta gente haciendo teatro que si no estoy hay otros. Aquí uno siente que hay una necesidad, eso me da mucha energía, me halaga mi ego.

¿Se siente famoso?

No, no. Hay una cosa que me revienta aquí cuando la gente dice “Gracias a Dios que estás tú porque si no no hay nada”, Eso no es cierto…

Dentro de su historia teatral, ¿cuál ha sido su experiencia más feliz y cuál la más amarga?

La más amarga es cuando me censuraron la obra “Los tres centavos”, en el ensayo general, que estaba programada en el 77 para inagurar el Teatro Nacional, y me lo prohibieron.

¿Quién la censuró?

El Ministerio de Educación.

¿Contenía algún mensaje político ideológico?

Quizás… (Ríe)

El ideario
Salomón es un dramaturgo rico en espíritu e ideas. Tiene una visión crítica y muy realista de la vida.

Después de la guerra
“Tengo la sensación de que la gente está más humanizada y como que el otro es un ser que en verdad existe”.
El mejor ‘condimento’
“¡¿Cómo que no tiene sentido de humor el salvadoreño?! (Después) de todo lo que nos ha pasado en los últimos años”.
Para que no se repita
“Lo que me preocupa a mí, sobre manera… es la polarización de las personas, de las posiciones, de las instituciones”.

 


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