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REPORTEJE
Conózcala
y prevenga a los suyos
Heroína, la dama blanca cabalga por C.A.
Its
my wife and its my life. Es mi esposa y es mi vida.
Este verso, la definición perfecta de la relación entre
un heroinómano y la sustancia que alternativamente ilumina y
ensombrece sus ojos, sus venas y sus días, la formuló
la estrella del rock, Lou Reed, en su etapa más oscura, cuando
él mismo era un cautivo de la esta cortesana de hielo y le compuso
el himno Heroin en 1967. Pero, ¿quién es esta amante letal?
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Cuando
introduzco una aguja en mi vena domino a la muerte (Lou Reed)
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Para hacernos una idea completa de quién es ella,
tal vez debamos remontarnos en primer lugar a su genealogía.
El origen de esta droga está en una planta, la variante de la
común amapola llamada papaver somniferus, de la que se extrae,
mediante cortes en el bulbo, un líquido blanco y viscoso, la
base de una poderosa sustancia estupefaciente llamada opio, la droga
más antigua del mundo. Sus semillas se han encontrado en yacimientos
del Neolítico. La abuela de la heroína fue amante del
emperador romano Marco Aurelio y concubina de André Malraux,
ministro de Charles de Gaulle. Su posesión produjo, y produce,
grandes guerras coloniales y regionales en Asia. Y fue cantada por poetas
de la talla de John Keats o Elizabeth Barrett Browning. La droga de
los sueños fue consumida en cantidades asombrosas y consumió
las vidas de gigantes de la literatura como Édgar Allan Poe o
Charles Baudelaire. Pero fue Thomas de Quincey (1785-1859), el inefable
escritor de obras como El asesinato considerado como una de las bellas
artes, quien pergeñó el tratado definitivo sobre ella:
Confesiones de un opiómano inglés, donde llega a afirmar
Tú tienes las llaves del paraíso, oh, justo, sutil
y poderoso opio. La rapidez con que se destruyeron estos tres
genios, sin embargo, fue porque conocieron a la vieja señora
con sus ropajes más sucios: el laúdano. Un brebaje en
el que el opio se reducía con alcohol y que fue terriblemente
popular, y terrible por sus efectos, entre la clase obrera británica
de los siglos XVIII y XIX, lo que posiblemente ayuda a explicar como
podían sobrevivir, escapar mentalmente, a las dickensianas condiciones
de vida y trabajo que reinaron en aquella época.
Con el espectacular avance de la medicina en el siglo XIX, la dama se
reencarnó en su relativamente benefactora hija química:
la morfina. Fue el primer intento de quitarle al opio sus características
adictivas dejando únicamente las terapéuticas, auténtica
obsesión de los investigadores médicos de la época.
Los resultados son de todos conocidos así que no ahondaremos
en los mismos. Sólo decir que el fármaco que resulta el
remedio último para los dolores insufribles y las enfermedades
terminales, se extendió como un veneno entre la clase alta creando
la figura y el término de morfinómano. En
una vuelta de tuerca más en la búsqueda de una panacea
al dolor que no se convirtiera en una ponzoña social, en 1874
nació la diacetilmorfina, la auténtica heroína
de nuestra historia, nunca mejor dicho, sintetizada por Heinrich Dresser,
jefe del departamento de desarrollo de Bayer. Un polvo de color blanco
cuando es pura y con la textura del azucar cuando es morena (de ahí
el famoso Brown sugar de los Rolling Stones). Tres veces
más potente que su antecesora e indicada para el tratamiento
de enfermedades respiratorias, fue comercializada por la empresa alemana
en 1889. El éxito inicial del remedio químico hizo que
se extendiera por medio mundo, jaleado por la clase médica, hasta
que, para 1913, se advirtió su potente influencia adictiva y
la firma detuvo su producción. Una década después,
en 1924, la heroína fue prohibida en EE.UU., dando comienzo a
uno de los negocios más lucrativos del mundo. Sólo un
gramo de azafrán es más caro, pero hay que entender que
su proceso de producción y recolección también
es mucho más oneroso.
Tremendo desgaste
White light, white heat. Luz blanca,
calor blanco, era el título de otra de las canciones del
mítico disco que Lou Reed compuso en 1967, con el grupo The Velvet
Underground y apadrinado por el gurú artístico Andy Warhol.
Describía de manera asombrosamente acertada y sintética
lo que se siente al inyectarse, inhalar o fumar heroína. La enciclopedia
del opio reza lo siguiente: La heroína es el opiáceo
que más rápido actúa. Si se inyecta, llega al cerebro
en menos de medio minuto; si se fuma, en unos siete segundos. Una marea
de placer intenso se origina en el abdomen y una calidez deliciosa se
extiende como un torrente a todo el cuerpo. Después de la euforia
intensa, se entra en un período de calma profunda.
Algunas personas se sienten emocionalmente serenas y en paz con el mundo.
Otras, sienten la necesidad de escribir, componer música o pintar
(debe de ser el motivo por el que tantas figuras del arte y la cultura
han coqueteado con ella) o de ordenar la biblioteca o el vestidor por
criterios geométricos o estéticos. Estos estados
alterados pueden alternarse en el mismo usuario.
Síntomas claros de su absorción suelen ser el cambio violento
de diámetro y, aparentemente, de la irisación de las pupilas,
un estado de duermevela activo (como si se hablara en sueños
con los ojos semi cerrados) y de laxitud muscular, la fluidez ralentizada
de los movimientos (porque, subjetivamente, el tiempo se detiene)...
Con la administración de dosis grandes, el heroinómano
parece moverse en un líquido denso, aceitoso, mientras conserva
una extraña lucidez mental, una racionalidad exaltada. Todo lo
que toca, ve, siente y piensa le da la sensación de que lo tiene
bajo control, le produce placer y tiene sentido. Intensa euforia seguida
por un estado de ensoñación, relajado y aparentemente
creativo, todo ello acompañado de un festín sensual y
de una cierta sensación de distancia y comprensión intelectual
absoluta (veremos más adelante cómo este factor es la
primera nube agridulce en un cielo que, en ese momento se cree despejado).
Todos los que la han probado coinciden: es mejor que el sexo
(en referencia al orgasmo). ¿Se puede pedir más
de la vida?, pensarán los hedonistas. Pero, alto. Hemos
llegado al punto clave: lo que no dice la enciclopedia es que todo lo
descrito, el paraíso químico, es lo que siente el heroinómano
las PRIMERAS veces. A continuación veremos qué oculta
el resto del proceso de adicción, el infierno de la tolerancia,
la abstinencia, la nostalgia profunda y dolorosa, la tortura brutal
y, en ocasiones, la muerte. Como también es lugar común
entre todos esos heroinómanos que hemos citado: Es tan
buena que ni se te ocurra probarla una sola vez.
Antes de concluir este apartado, se ha de admitir que además,
paradójicamente y como buena medicina, la heroína en sí
(otra canción es la de las sustancias que se usan para cortarla,
que es el acto por el que el pequeño traficante aumenta su cantidad
añadiendo otros polvos infinitamente más baratos -que
pueden ir del yeso al ladrillo pasando por la mortal estricnina o el
irritante laxante- de cara a aumentar su margen de beneficio), a diferencia
de otras drogas que atacan y degradan órganos vitales de modo
agresivo, como el cigarrillo, el alcohol o la cocaína, no es
tóxica. Su uso sí. Y, sobre todo, su carencia también.
Por ejemplo, un heroinómano ilustre, el escritor William S. Burroughs,
autor del reputado libro Junkee (yonki, heroinómano
extremadamente dependiente, terminal), murió nonagenario ya que
pasó relativamente pocas etapas de estados carenciales durante
su larguísima vida de adicto.
Bienvenido al infierno
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Se
puede recorrer la ruta de la tragedia siguiendo la geografía
de los pinzazos
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Porque, si tener una sustancia corriendo por las venas
produce, según la enciclopedia, que tras la ráfaga
de euforia, llega un sentimiento de absoluta seguridad y protección.
El dolor, el miedo, el hambre, la tensión y la ansiedad desaparecen.
Cualquier sensación de ira, frustración o agresividad
desaparecen (por eso el heroinómano saciado es inofensivo
a diferencia de otro tipo de drogadictos), imagínese el estado
en que queda el cuerpo cuando ese soporte químico le es retirado.
Cada célula gime y se retuerce como un vampiro sediento. El dolor
viene de dentro del cuerpo. Comenzando por los riñones, cada
órgano y cada tejido aúllan como si se estuvieran desgarrando.
Ver a un ser amado pasar por la etapa de carencia es una de las experiencias
más demoledoras que existen. Hasta tal punto, que se han dado,
tanto en Europa como en EE.UU., casos extremos de madres que han matado
a sus hijos para aliviarles el insoportable ciclo de sufrimiento que
supone alternar los estados paroxísticos de búsqueda,
aturdimiento, carencia (momento en que el adicto terminal hará
cualquier cosa, literalmente cualquier cosa, para conseguir la dosis
y evitar sus efectos) y búsqueda de nuevo.
El proceso de destrucción comienza, como en el caso de todas
las demás drogas legales e ilegales, exceptuando tal vez la marihuana
y sus derivados, con la tolerancia. El cuerpo necesita y tolera una
dosis cada vez mayor para obtener los mismos efectos hasta que llega
el punto más alto de la elíptica en que se necesita cada
vez más sólo para evitar los síntomas que provoca
su ausencia. Por ejemplo, hacia el final de su vida, el mencionado De
Quincey llegó a ingerir dosis de láudano que podían
matar a un caballo. Debido a que la heroína es ilegal, su costo
es exorbitante (el de producción es mínimo) y acceder
a los puntos de venta clandestinos se vuelve extremadamente difícil.
Por ello, la vida del adicto gira en torno a encontrar suficiente dinero
para no sufrir y luego emprender la ardua búsqueda del proveedor.
El mono de muchas manos
Because a mainer to my vein, leads to a center in my head, and
then Im better off than dead (Reed, Heroin). Traducido libremente
diría porque hay un punto en mi vena, que lleva a un centro
en mi cabeza, y entonces estoy mejor que muerto. Hemos citado
anteriormente que en la etapa álgida se produce la sensación
de que se tiene una comprensión racional absoluta de todo, acompañada
de una cierta distancia. A medida que se avanza en el laberinto, lo
que era una gran capacidad creativa, da paso a una indiferencia total
por todo lo que no sea al propio efecto sanador de las heridas
autoinflingidas por la carencia y un frío desprecio cartesiano
por el resto del mundo. El solipsismo de lo entiendo todo, los
demás no existen. La impotencia química que sufre
el adicto se convierte también en impotencia mental y sexual.
Nada duele, estoy mejor que muerto, pero nada impresiona,
nada importa, nada tiene, realmente, ningún sentido.
El horror de este ciclo trófico (búsqueda, aturdimiento
y anulación, carencia, búsqueda y sus peligros) o el riesgo
de la muerte por sobredosis -por ejemplo, por la llegada de un nuevo
proveedor con partidas menos cortadas para copar un sector
floreciente del mercado) puede llevar al yonki a buscar con determinación
una salida. Pero cuando crea ver la luz al final del túnel, se
encontrará con el más riguroso de los guardianes, el monstruo
que le hará pagar un terrible peaje por todo lo gozado y por
todo lo sufrido. La cultura callejera lo ha disfrazado de animal. El
mono, en español, o el pavo frío
(cold turkey por la flaccidez de la piel y los intensos
escalofríos que produce), en inglés, son los términos
más comúnmente utilizados para describir el estado en
que se sume el adicto al sufrir el síndrome de abstinencia agudo
que debe pasar cuando quiere bajarse del caballo (heroína,
también en argot callejero). Su fase más dura puede durar
de uno a cinco o seis días y muchos afectados dejan casi de ser
personas en control de sus actos ya que todos los síntomas de
carencia físicos y psicológicos que hemos citado se acumulan
en una devastadora explosión.
El final no es el fin
No es nuestra misión dar consejos, pero sí informar de
que existen vías de salida. Hay quien lo intentará con
ayuda de
su familia o amigos. Hay que ser muy valiente, repito muy muy valiente,
y disponer de grandes reservas de paciencia y amor para afrontarlo,
tanto el interesado como sus allegados. En algún momento las
fuerzas, comprensiblemente, pueden flaquear. Va a haber gritos, exigencias,
conatos de huida, chantajes emocionales, insultos y ruegos desesperados,
lloros, aullidos, vómitos, orines y dolor, mucho dolor... todo
el dolor del mundo. Cuando esta fase pase se creerá que se ha
salido de la tormenta perfecta, pero quedan meses de calma asfixiante.
El heroinómano no sólo ha perdido su motor químico
sino que en muchas ocasiones puede haber desaparecido su interés
por la vida. El desprecio por uno mismo, la falta de otras metas que
no sea no volver a la droga, y la intensa dependencia psicológica
provocan esa nostalgia y depresión de la que hablamos. Paradójicamente,
es en este momento en que hay otro gran momento de peligro por la posibilidad
de suicidio o, más a menudo, por la recaída ocasional.
Hay que tratar de evitarla por todos los medios, pero tampoco dejarle
solo ante esa vicisitud porque en muchas ocasiones el adicto cree que
puede meterse una dosis parecida a la que solía tomar. Este factor
produce las innumerables muertes que se registran por lo estaba
dejando y quiso darse una última fiesta.
Por último, está el nuevo amor. Como nuestra misión
no es pontificar no calificaremos entre sustitutos benéficos
y dañinos. Sólo enumeraremos que deben ser poderosos y
personales. Por ello, muchos ex drogadictos o en proceso de curación
se convierten o entran en sectas religiosas, se obsesionan con el dinero
o se hacen exitosos hombres de negocios, les apasionan las profundidades
de la informática o son genios matemáticos... El carácter
obsesivo no se curará con ese subproducto (al menos no les quedará
de herencia una paranoia como en el caso del cocainómano o el
fantasma de la esquizofrenia para el colgado de ácido). La forma
de dulcificarlo será el entorno. Porque el heroinómano
nace, sobrevive o no, y se cura o no, por los efectos de su medio. Y
por eso, sólo el amor y la comprensión pueden y deben
acompañarle a través de su dantesco descenso. No busque
pinchazos (no los encontrará si se inyecta bajo el paladar o
en el tobillo), ni indicios como el llevar siempre camisa de manga larga.
No trate de aprisionarlo, ni viole su vida y su capacidad de decisión.
Si él no la toma y uno no lo respeta, aunque diciéndole
las verdades durante el proceso, ambos están condenados. Es él
que tiene que venir a uno. Para creyentes y no creyentes, la parábola
del hijo pródigo está para algo.
Las venas de América
¿Y en calidad de qué, dirán Uds., puedo manifestar
todo lo anterior? No soy ni médico, ni químico, ni policía,
ni político... Sólo soy un periodista que, en Europa,
vio miles de hogares destruídos por la guadaña blanca,
los cuerpos arrasados y vendidos por la sed insaciable que provoca,
algunas de las mejores mentes de mi generación aniquiladas...
Como he dicho antes, sin alarmismos (hay males mucho más peligrosos
y letales), sin dramatismos innecesarios, conozcamos y prevengamos lo
que puede ser una hecatombe en el seno de la familia que se vea afectada.
Dicen que las venas de América Latina están abiertas...
sólo falta que corra por ellas la heroína para acabar
de pudrirlas.
El
caso de Rachel Whitear es el epítome de la muerte del que
lo está dejando
desde que sus padres autorizaron que estas imágenes se
divulgaran.
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Ella
sabe hablar español
América, el hemisferio de la cocaína, puede comenzar
a sufrir los efectos devastadores de la droga más poderosa
de todas
Por cuestiones logísticas, de seguridad y rentabilidad, del
mercado de EEUU, la heroína está cobrando un protagonismo
cada vez mayor en América Latina y, especialmente, en Centroamérica,
utilizada como puente por los traficantes. México, Colombia
y, en menor grado, Perú, Bolivia y Ecuador se están
convirtiendo a velocidades alarmantes en grandes productores. Proliferan
las capturas de alijos cada vez mayores ya que el flujo del sur
al norte del hemisferio se está intensificando geométricamente
y es imparable .
Pero aún lo consideramos como un asunto de los gringos. Sin
embargo, el enorme crecimiento de la oferta por la sustitución
de cultivos que se está realizando en dichos países
(en síntesis, es mucho más fácil, rentable
y seguro cosechar y vender amapola que coca) está provocando
una fuerte caída de los precios, llevando el coste de una
dosis al mínimo histórico de 15 dólares en
destino. ¿Cuánto menos podrá, por tanto, llegar
a costar si se popularizara en nuestros países? Es por eso,
y sin alarmismos innecesarios, que debemos empezar a tener en cuenta
la posibilidad, y prepararnos para ella, de encontrarnos con el
fantasma pálido en nuestras calles. Ha llegado el momento
de dejar de mirar de lado y empezar a prevenir. En este sentido,
la creciente demanda de heroína latinoamericana se debe,
además de los motivos citados, a un cambio de tipo de consumidor
en EE.UU. Tanto en Europa como en América del Norte, la oleada
de heroinómanos de los 70, excluyendo los círculos
artísticos y culturales (en especial en el ámbito
de la música), provenían mayoritariamente de las capas
jóvenes de la clase obrera, desempleada por la crisis de
principios de la década.
Pero esta oleada se devoró a sí misma por la gran
mortandad que supone este hábito en sociedades prohibicionistas
y cuando la capacidad adquisitiva es escasa. Enfrentamientos con
la policía en atracos para obtener dinero, luchas entre pandillas
para controlar el territorio de venta, malas costumbres sanitarias
debido al entorno degradado en que se producen la compra y la inyección
clandestina, y la brutal irrupción del SIDA, que accede al
heroinómano por tres vías (intercambio de jeringas
difíciles de comprar legalmente, prostitución y cárcel),
diezmó el ejército de muertos vivientes hasta reducirlo
a unos pocos supervivientes pintorescos y asociales.
Su propia desaparición, aunque impresionante al principio,
supuso, en una sociedad que engulle noticias a un ritmo trepidante,
que se perdiera la memoria de aquel holocausto juvenil. Cuando se
extinguieron los ecos del último moribundo, el mundo siempre
caprichoso de la moda dio un paso más allá y, con
ánimo de escandalizar, presentó a sus ya habitualmente
anoréxicas modelos con un look cadavérico.
Heroin chic
Sucedió en 1997, en las pasarelas de Nueva York, en un desfile
de Calvin Klein, y lo bautizaron el heroin chic. Para
1998, la tendencia se volvió tan alarmante entre los hijos
de la clase alta que el propio Presidente, Bill Clinton, la condenó
en un discurso. Lo grave es que las modas de los ricos y famosos
(a los que no tiene por qué afectar exteriormente su hábito
ya que es la carencia la que mata, la tenencia sólo puede
embrutecer internamente como en el caso del Dorian Gray de Óscar
Wilde) es que permean hacia abajo y que se ha detectado que consumir
heroína ocasionalmente en fiestas juveniles se está
convirtiendo en algo cool en cada vez más distritos de clase
media. Sólo que heroína y ocasional
son términos que casan muy mal. |
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