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REPORTAJE
Flores
para Katy
El
3 de abril se cumplió el cuarto aniversario del asesinato de
Katia Natalia sin que las autoridades planteen la necesidad de esclarecer
el caso que estremeció a los salvadoreños. Su familia
materna no piensa quedarse de brazos cruzados y busca revelar la identidad
de quien ahogó los gritos de la niña en una playa de la
Costa del Sol e intentó deshacerse de ella lanzando su cuerpecito
al mar; pero, las aguas, no aceptaron ser su cómplice.
Eugenia Aponte
vertice@elsalvador.com
El día despuntaba
soleado y ventoso al noroeste de Los Ángeles. Un día típico
en esta zona desértica, pero, al mismo tiempo, uno muy singular
y anticipado entre la comunidad salvadoreña en el exilio que
conmemoró desde la distancia un año más de la muerte
de la pequeña Katia Miranda, quien dejó de existir al
amanecer de un domingo de resurrección en circunstancias inciertas
hace ya cuatro años.
La niña mancillada y -en particular, su madre exigiendo justicia-
en cuestión de meses se volvieron un emblema para cientos de
personas que como ella aseguran que dejaron El Salvador y otros países
de Latinoamérica debido a la lentitud de los procesos judiciales
y al clima de impunidad y corrupción que prevalece en ellos.
El crimen de Katia sacudió los cimientos de la sociedad salvadoreña.
Entre los implicados se mencionaban nada menos que al propio abuelo
y al padre de la menor. Durante meses el tema acaparó la atención
de los medios de comunicación locales y de la prensa internacional;
pero, a pesar de la creciente presión de organismos de derechos
humanos, los sospechosos fueron puestos en libertad y absueltos de toda
culpa; meses más tarde, algunos de los involucrados incluso fueron
ascendidos en sus cargos pese al escándalo.
A solo horas de la absolución, la señora Jiménez
abandonó el país solo con la ropa puesta, según
relata, obligada por las amenazas de muerte y promesas de venganza que
recibió de personas que nunca se identificaron.
Hoy el panorama pinta diferente. A las diez de la mañana las
hermanas Jiménez -aún en pijamas- llevaban ya varias horas
atendiendo el teléfono y a las visitas que llegaban movidas por
los fuertes y misteriosos lazos que unen a quienes comparten las delicadas
fibras de una tragedia todavía sin haberse conocido nunca.
A la puerta del apartamento nos recibía solícita la señora
Marty Jiménez, tía de Katy; su hermana Hilda María
estaba al teléfono visiblemente emocionada con las muestras de
cariño y solidaridad que, desde tempranas horas, empezó
a recibir de personas que la apoyan en el estado de California, como
en el resto del mundo.
Con voz entrecortada nos dice: Me ha conmovido mucho saber que
en España hay un mural donde aparece pintado el rostro de mi
hija. Que triste que se haya dado a conocer así. El nombre de
ella y el de El Salvador; que la gente de tan lejos se haya enterado
de que nunca se aclararon las cosas...que nunca se le hizo justicia
a mi angelito.
Hermanas
en el dolor
La noticia del mural la dio a la señora Jiménez la madre
de otro joven cuyo crimen, aseguran también, permanece
impune. Así como la llamada de esta mujer, pudimos comprobar
los cientos de correos electrónicos y cartas que al menos hoy
día recibe esta madre marcada por siempre por la irreparable
pérdida de su primogénita.
Según su hermana, las vidas de Hilda María y la de su
otra hija Gina Marcela han cambiado mucho desde que llegaron a California
en lo que ella califica como un intento desesperado por salvar
la vida.
Las cosas que en un principio pintaban negras para ambas, cuando se
vieron obligadas a abandonar su patria intempestivamente rumbo al norte
sin documentos, sin trabajo, y prácticamente sin porvenir hoy
por hoy han mejorado mucho gracias al afecto de la comunidad y el amparo
legal que Hilda Jiménez ha recibido de parte del gobierno de
los Estados Unidos, a través de la figura del asilo político.
Lo triste de este asilo es que este día a la tumba de mi
Katy le ponen flores muchas personas extrañas que ni la conocieron,
cosa que agradezco, pero yo -que soy su madre- no puedo ni estar allí
presente, es muy duro, recalca Hilda.
En días como hoy duele más que nunca estar forzosamente
separadas de la patria. Si aun en los mejores días es pesado
vivir sin los parientes, las compañeras de colegio, los vecinos
y la gente con quien uno se crió, es difícil para los
que sabemos que podemos regresar, pero es insoportable para mi hermanita
que se tuvo que venir dejando a su niña y a su madre enterradas
allá, sabiendo que no podrá volver ni siquiera a enflorarlas,
señala Marty Jiménez.
En la habitación contigua, Hilda Jiménez se había
quedado por un momento muy callada y quieta mientras se llevaba a cabo
una entrevista telefónica para un canal de televisión
salvadoreño. Estaban en vivo presentando un reportaje sobre Katy.
Al observarla con detenimiento, notamos como un río de lágrimas
le rodaba por las mejillas, silenciosamente escuchaba las voces de las
amiguitas de su hija muerta, una petición de justicia por parte
de su hermana Emma dirigida al fiscal Belisario Artiga, quien, en su
momento, se comprometió a dar con los culpables, condenas al
sistema judicial, palabras de apoyo. Cada declaración parecía
caer en ella con el mismo ardor que cae un puñado de sal en una
herida aún abierta.
La mueca de dolor duró en su rostro varios minutos más
que la entrevista en si. Creo que aún seguía en su faz
-por la tarde- al despedirnos.
Ni su padre ni ninguno de los presentes fuimos capaces de sentir -en
carne propia- lo que ella sufría; pero todos de un modo u otro
entendimos la magnitud de su dolor, el peso de su pena, el aroma de
su impotencia.
Así transcurrió el día, con lentitud y con lágrimas.
Pese al dolor, algo ha cambiado desde que esta madre salvadoreña
hiciera sus últimas declaraciones a El Diario de Hoy el 15 de
octubre del año pasado cuando les fue otorgado a madre e hija
el asilo político.
Una
lucha de familia
Con el apoyo y el reconocimiento de organismos de derechos humanos internacionales
las cosas han empezado a dar un giro positivo a favor de su causa. Recién
el 28 de enero de este año una delegación encabezada por
Benjamín Cuéllar y el abogado Roberto Burgos, ambos del
Instituto de Derechos Humanos de la UCA (IDHUCA), apoyados por la prestigiosa
abogada estadounidense Meredith Brown y otros asesores legales que viajaron
desde Estados Unidos con el fin de interponer una petición para
que formalmente se reabra el caso de homicidio y se lleve ante la justicia
a los culpables. Desde entonces a la fecha, se han recolectado más
de 20,000 firmas a favor de dicha solicitud.
La familia ahora está compuesta por el abuelo materno de Katia,
el señor Héctor Jiménez, las hermanas Hilda y Marty,
y las niñas Gina Marcela y Katerine, hijas de ambas, respectivamente.
Juntos residen en un barrio de clase media rodeadas de áreas
verdes, piscinas y parques, con una vista a las montañas capaz
de dejar sin aliento al mas frío de los mortales. Entre ese esplendor
natural poco a poco han ido encontrando la paz rodeadas del constante
afecto de su gente. Nos sostiene mucho la fe, la misma fe católica
que teníamos allá la mantenemos aquí, así
como mi Katita
que era tan religiosa, nos hemos mantenido nosotras yendo a misa y orando
mucho, asegura la madre.
En efecto, por todos los rincones en la vivienda es palpable la fe en
la forma de veladoras, imágenes y pequeñas
oraciones laminadas o enmarcadas que han ido llegando a la casa por
diferentes caminos. Se aprecia que en este hogar hoy es un día
de luto, pero, a pesar de eso, también se observa vida y orden.
Aunque sin lujos, aquí hay abundancia de flores y plantas en
general. En las paredes y las mesas, fotografías de la pequeña
Katy, que, a años de su muerte, sigue acaparando las portadas
de revistas y periódicos de diversos géneros que narran
los horrendos detalles de su historia.
Una que la justicia salvadoreña tristemente escuchó con
oídos cerrados y dejó morir en la más completa
indiferencia; pero, que una vez más amenaza con despertar, arrastrando
con ella a los responsables de este asesinato que sigue en total impunidad.
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Diversas
religiones se unen en una oración
Los cristianos en los Estados Unidos tienen
claro su compromiso con la verdad y la búsqueda de justicia
en un caso horrendo y tristemente emblemático del sufrimiento
infantil.
A millas de distancia de Los Ángeles, pero
cerca del corazón, más de cincuenta personas de
diferentes credos y orígenes también se unían
a los rezos por el descanso eterno de Katia.
Según relata Isabel Cárdenas, directiva de la Organización
Comunitaria SANA (Organización Nacional de Salvadoreño-Americanos,
por sus siglas en inglés), desde las 7 de la mañana
un grupo compuesto por representantes de diversas iglesias, entre
ellas la musulmana, presbiteriana y católica se unían
en una oración ecuménica elevada en recuerdo a Katy.
Oramos mucho porque se haga justicia en este caso, porque
la madre, Hilda María, tenga fortaleza y paz este día
especialmente. Nuestra organización está apoyando
mucho a esta mujer, estamos luchando por recibir el apoyo de las
iglesias, de todas las iglesias que se agrupan en ICUJP (Comunidades
Unidas en la Fe por la Justicia y la Paz, según sus siglas
en inglés), queremos que se reabra el caso en El Salvador
y que por fin se haga justicia.
Según Hilda María, SANA ha sido una de las entidades
que más apoyo ha brindado a su causa. Y, en este aniversario,
como en los anteriores, la entidad fue una de los primeras en
acompañarla.
Con ese propósito los más altos directivos de SANA
y sus familiares se reunieron el pasado sábado en el hogar
de la familia Jiménez, varios días antes del aniversario.
Reconocemos que la fecha es terrible para ella, por eso
quisimos llegar antes a apoyarla porque sabemos lo emotivo que
es el aniversario con toda la atención que recibe de la
prensa, debe ser muy duro para ella enfrentar todos esos recuerdos
como mujer y como madre. Nuestras oraciones están con ella
apuntó la señora Cárdenas.
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