13 de abril de 2003

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REPORTAJE

Flores para Katy

El 3 de abril se cumplió el cuarto aniversario del asesinato de Katia Natalia sin que las autoridades planteen la necesidad de esclarecer el caso que estremeció a los salvadoreños. Su familia materna no piensa quedarse de brazos cruzados y busca revelar la identidad de quien ahogó los gritos de la niña en una playa de la Costa del Sol e intentó deshacerse de ella lanzando su cuerpecito al mar; pero, las aguas, no aceptaron ser su cómplice.

Eugenia Aponte
vertice@elsalvador.com

El día despuntaba soleado y ventoso al noroeste de Los Ángeles. Un día típico en esta zona desértica, pero, al mismo tiempo, uno muy singular y anticipado entre la comunidad salvadoreña en el exilio que conmemoró desde la distancia un año más de la muerte de la pequeña Katia Miranda, quien dejó de existir al amanecer de un domingo de resurrección en circunstancias inciertas hace ya cuatro años.

La niña mancillada y -en particular, su madre exigiendo justicia- en cuestión de meses se volvieron un emblema para cientos de personas que como ella aseguran que dejaron El Salvador y otros países de Latinoamérica debido a la lentitud de los procesos judiciales y al clima de impunidad y corrupción que prevalece en ellos.

El crimen de Katia sacudió los cimientos de la sociedad salvadoreña. Entre los implicados se mencionaban nada menos que al propio abuelo y al padre de la menor. Durante meses el tema acaparó la atención de los medios de comunicación locales y de la prensa internacional; pero, a pesar de la creciente presión de organismos de derechos humanos, los sospechosos fueron puestos en libertad y absueltos de toda culpa; meses más tarde, algunos de los involucrados incluso fueron ascendidos en sus cargos pese al escándalo.

A solo horas de la absolución, la señora Jiménez abandonó el país solo con la ropa puesta, según relata, obligada por las amenazas de muerte y promesas de venganza que recibió de personas que nunca se identificaron.
Hoy el panorama pinta diferente. A las diez de la mañana las hermanas Jiménez -aún en pijamas- llevaban ya varias horas atendiendo el teléfono y a las visitas que llegaban movidas por los fuertes y misteriosos lazos que unen a quienes comparten las delicadas fibras de una tragedia todavía sin haberse conocido nunca.

A la puerta del apartamento nos recibía solícita la señora Marty Jiménez, tía de Katy; su hermana Hilda María estaba al teléfono visiblemente emocionada con las muestras de cariño y solidaridad que, desde tempranas horas, empezó a recibir de personas que la apoyan en el estado de California, como en el resto del mundo.

Con voz entrecortada nos dice: “Me ha conmovido mucho saber que en España hay un mural donde aparece pintado el rostro de mi hija. Que triste que se haya dado a conocer así. El nombre de ella y el de El Salvador; que la gente de tan lejos se haya enterado de que nunca se aclararon las cosas...que nunca se le hizo justicia a mi angelito”.

Hermanas en el dolor

La noticia del mural la dio a la señora Jiménez la madre de otro joven cuyo crimen, aseguran también, permanece
impune. Así como la llamada de esta mujer, pudimos comprobar los cientos de correos electrónicos y cartas que al menos hoy día recibe esta madre marcada por siempre por la irreparable pérdida de su primogénita.
Según su hermana, las vidas de Hilda María y la de su otra hija Gina Marcela han cambiado mucho desde que llegaron a California en lo que ella califica como “un intento desesperado por salvar la vida”.

Las cosas que en un principio pintaban negras para ambas, cuando se vieron obligadas a abandonar su patria intempestivamente rumbo al norte sin documentos, sin trabajo, y prácticamente sin porvenir hoy por hoy han mejorado mucho gracias al afecto de la comunidad y el amparo legal que Hilda Jiménez ha recibido de parte del gobierno de los Estados Unidos, a través de la figura del asilo político.

“Lo triste de este asilo es que este día a la tumba de mi Katy le ponen flores muchas personas extrañas que ni la conocieron, cosa que agradezco, pero yo -que soy su madre- no puedo ni estar allí presente, es muy duro”, recalca Hilda.
“En días como hoy duele más que nunca estar forzosamente separadas de la patria. Si aun en los mejores días es pesado vivir sin los parientes, las compañeras de colegio, los vecinos y la gente con quien uno se crió, es difícil para los que sabemos que podemos regresar, pero es insoportable para mi hermanita que se tuvo que venir dejando a su niña y a su madre enterradas allá, sabiendo que no podrá volver ni siquiera a enflorarlas”, señala Marty Jiménez.

En la habitación contigua, Hilda Jiménez se había quedado por un momento muy callada y quieta mientras se llevaba a cabo una entrevista telefónica para un canal de televisión salvadoreño. Estaban en vivo presentando un reportaje sobre Katy. Al observarla con detenimiento, notamos como un río de lágrimas le rodaba por las mejillas, silenciosamente escuchaba las voces de las amiguitas de su hija muerta, una petición de justicia por parte de su hermana Emma dirigida al fiscal Belisario Artiga, quien, en su momento, se comprometió a dar con los culpables, condenas al sistema judicial, palabras de apoyo. Cada declaración parecía caer en ella con el mismo ardor que cae un puñado de sal en una herida aún abierta.

La mueca de dolor duró en su rostro varios minutos más que la entrevista en si. Creo que aún seguía en su faz -por la tarde- al despedirnos.

Ni su padre ni ninguno de los presentes fuimos capaces de sentir -en carne propia- lo que ella sufría; pero todos de un modo u otro entendimos la magnitud de su dolor, el peso de su pena, el aroma de su impotencia.
Así transcurrió el día, con lentitud y con lágrimas. Pese al dolor, algo ha cambiado desde que esta madre salvadoreña hiciera sus últimas declaraciones a El Diario de Hoy el 15 de octubre del año pasado cuando les fue otorgado a madre e hija el asilo político.

Una lucha de familia

Con el apoyo y el reconocimiento de organismos de derechos humanos internacionales las cosas han empezado a dar un giro positivo a favor de su causa. Recién el 28 de enero de este año una delegación encabezada por Benjamín Cuéllar y el abogado Roberto Burgos, ambos del Instituto de Derechos Humanos de la UCA (IDHUCA), apoyados por la prestigiosa abogada estadounidense Meredith Brown y otros asesores legales que viajaron desde Estados Unidos con el fin de interponer una petición para que formalmente se reabra el caso de homicidio y se lleve ante la justicia a los culpables. Desde entonces a la fecha, se han recolectado más de 20,000 firmas a favor de dicha solicitud.

La familia ahora está compuesta por el abuelo materno de Katia, el señor Héctor Jiménez, las hermanas Hilda y Marty, y las niñas Gina Marcela y Katerine, hijas de ambas, respectivamente. Juntos residen en un barrio de clase media rodeadas de áreas verdes, piscinas y parques, con una vista a las montañas capaz de dejar sin aliento al mas frío de los mortales. Entre ese esplendor natural poco a poco han ido encontrando la paz rodeadas del constante afecto de su gente. “Nos sostiene mucho la fe, la misma fe católica que teníamos allá la mantenemos aquí, así como mi Katita
que era tan religiosa, nos hemos mantenido nosotras yendo a misa y orando mucho”, asegura la madre.

En efecto, por todos los rincones en la vivienda es palpable la fe en la forma de veladoras, imágenes y pequeñas
oraciones laminadas o enmarcadas que han ido llegando a la casa por diferentes caminos. Se aprecia que en este hogar hoy es un día de luto, pero, a pesar de eso, también se observa vida y orden. Aunque sin lujos, aquí hay abundancia de flores y plantas en general. En las paredes y las mesas, fotografías de la pequeña Katy, que, a años de su muerte, sigue acaparando las portadas de revistas y periódicos de diversos géneros que narran los horrendos detalles de su historia.

Una que la justicia salvadoreña tristemente escuchó con oídos cerrados y dejó morir en la más completa indiferencia; pero, que una vez más amenaza con despertar, arrastrando con ella a los responsables de este asesinato que sigue en total impunidad.

Diversas religiones se unen en una oración

Los cristianos en los Estados Unidos tienen claro su compromiso con la verdad y la búsqueda de justicia en un caso horrendo y tristemente emblemático del sufrimiento infantil.

A millas de distancia de Los Ángeles, pero cerca del corazón, más de cincuenta personas de diferentes credos y orígenes también se unían a los rezos por el descanso eterno de Katia.

Según relata Isabel Cárdenas, directiva de la Organización Comunitaria SANA (Organización Nacional de Salvadoreño-Americanos, por sus siglas en inglés), desde las 7 de la mañana un grupo compuesto por representantes de diversas iglesias, entre ellas la musulmana, presbiteriana y católica se unían en una oración ecuménica elevada en recuerdo a Katy.

“Oramos mucho porque se haga justicia en este caso, porque la madre, Hilda María, tenga fortaleza y paz este día especialmente. Nuestra organización está apoyando mucho a esta mujer, estamos luchando por recibir el apoyo de las iglesias, de todas las iglesias que se agrupan en ICUJP (Comunidades Unidas en la Fe por la Justicia y la Paz, según sus siglas en inglés), queremos que se reabra el caso en El Salvador y que por fin se haga justicia”.

Según Hilda María, SANA ha sido una de las entidades que más apoyo ha brindado a su causa. Y, en este aniversario, como en los anteriores, la entidad fue una de los primeras en acompañarla.
Con ese propósito los más altos directivos de SANA y sus familiares se reunieron el pasado sábado en el hogar de la familia Jiménez, varios días antes del aniversario.

“Reconocemos que la fecha es terrible para ella, por eso quisimos llegar antes a apoyarla porque sabemos lo emotivo que es el aniversario con toda la atención que recibe de la prensa, debe ser muy duro para ella enfrentar todos esos recuerdos como mujer y como madre. Nuestras oraciones están con ella” apuntó la señora Cárdenas.


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