12 de octubre de 2003


REPORTAJE

La manía de ser...
100% salvadoreño

Cada cultura tiene su sello de identidad, su propia manera de ser, de comportarse, de relacionarse, de hablar, etc. La esencia salvadoreña no es la excepción. Hoy que se celebra el día de la raza es oportuno hacer un esbozo sobre cuál es nuestra identidad y qué nos hace tan diferentes en proporción a otras culturas. ¿Será? Jmmm...

Wilfredo Hernández, Mirella Cáceres
y Erick L. Lemus

vertice@elsalvador.com
El carácter imitador del salvadoreño, según Lara. se manifiesta más en la moda

“Solidario, discriminativo, imitador, consumista, violento, machista, con complejo de inferioridad, pícaro, ‘achicopalado’, fijado en la niñez, bayunco, inculto, le vale todo, ocurrente, mitómano, apantallador, amable, de corta memoria histórica”, y eso no es todo.

“Dado a establecer comunidad, ‘cachero’, conformista, improvisador, atenido, deja todo a última hora, tremendamente religioso, aunque poco practicante, es muy difícil que olvide a sus padres y profundamente arraigado a su tierra”, ¿ya se identificó? Si lo hizo, usted probablemente es salvadoreño, o, mejor dicho, un “jalvadoreño”. Así somos, o al menos, los profesionales consultados creen que esas son algunas características que nos distinguen.

Pero también somos “los que nunca sabe nadie de dónde son, los eternos indocumentados, los hácelo todo, los véndelo todo, los primeros en sacar el cuchillo, los tristes más tristes del mundo”, como nos califica Roque Dalton en su Poema de Amor.

“Los bien y los mal hablados”, dice el locutor Leonardo Heredia en su libro “Charadas”.

“Los artesanos de la palabra”, nos argumentó el escritor Rafael Rodríguez Díaz.
“Yo siempre he dicho que el salvadoreño no es un artesano muy creativo, muy avesado, basta con ver las artesanías de los salvadoreños; algunas cosas son chapuceras. En cambio es un ‘artesano de la palabra’, tiene una picardía, una creatividad en el uso de la palabra impresionante. Los nombres, los apodos, los chistes, etcétera. Juega con la expresión”, señala “Lito” Rodríguez.

Pero para algunos salvadoreños, eso de mal o bien hablados no es para tanto. Todo depende de la óptica con que se mire, total, “le vale”.

“No existen malas palabras -cita Heredia a Pedro Geofroy Rivas, autor de ‘La Lengua Salvadoreña’- toda palabra es buena, milagrosa, plena de esplendor y esencia. Desde la palabra clara, fina, elegante, transparente e imaginosa, hasta la que reúne la hermosa sustancialidad del insulto callejero, pues ambas transmiten las mismas emociones”. Y no vamos a negar que el salvadoreño es artista en eso. ¿Quién no ha sufrido o gozado de las pintorescas expresiones callejeras? ¿Y los piropos? ¿Y los dichos?

Ahora, si nos queremos describir físicamente, tendríamos que decir que somos un pueblo “fundamentalmente mestizo”, como dice Rodríguez Díaz, que aún mantenemos algunos rasgos indígenas. “Después vienen los ‘café con leche’, toda esa mezcla con mayor o menor porcentaje de componentes indígenas y europeos-españoles que son fundamentalmente las culturas y las razas que se han mezclado entre nosotros”.

Identidad salvadoreña

Detengámonos un momento y veamos si ¿Realmente existe la salvadoreñidad? ¿Hay una manera de ser que es exclusiva de nosotros los salvadoreños? ¿O es un mito? o “¿son Diferencias artificiales, marcadas y ahondadas por los intereses localistas de ciertos sectores?”, como se cuestiona “Lito” Rodríguez.

El salvadoreño es tremendamente religioso; "no se olvida de sus raíces religiosas", sostiene varios consultados

Por ejemplo, ¿qué nos hace vernos “cachimbones”?, aunque nunca clasifiquemos para los mundiales, aunque Guatemala siempre esté encima en los medalleros en juegos regionales y ¿cómo es eso que tenemos el tercer himno nacional más bonito en tooodo el mundo?, aunque, disculpen, ¿alguien sabe quién estableció el ranking mundial de himnos?

De acuerdo con el antropólogo Carlos Lara Martínez, de la Universidad de El Salvador, “la identidad se construye a partir de la oposición con el otro, el nosotros lo construimos por la oposición y el conflicto con los otros”. Es decir, atribuirse el apelativo del ‘nosotros’ para diferenciarse del ‘otros’, los extranjeros.

Para el sociólogo Joaquín Aguilar, de la Universidad Centroamericana (UCA), la salvadoreñidad, culturalmente hablando, es “el conjunto de pautas de comportamiento social que caracterizan y asemejan a las distintas personas que vivimos o que hemos vivido en este territorio llamado El Salvador”.

Y no vamos a negar que “nosotros”, los salvadoreños, donde sea que estemos o vivamos llevamos muy impregnado nuestro peculiar modo de ser, de comportarnos, de hablar.

“Dicen que el salvadoreño se conoce porque es bien dado a orinar en la calle, en cualquier parte”, sostienen muchos. “Pero, nohooombre, también es reconocida su capacidad de trabajo”, salen en defensa otros.

“Es muy genital, tanto hombres como mujeres. El hombre constantemente se toca el ‘miembro’ y a la mujer le gusta alardear de sus dotes”, manifiesta Aguilar.

El salvadoreño jamás deja escapar la oportunidad para echar una buena ‘puteada’, mentar la madre, silbar la vieja, sacar el dedo, poner apodos etc. “siempre jugando con el doble sentido”, dice. Pero tampoco son todos.

Porque aquí no vamos a negar, además sería injusto, que hay salvadoreños con otras características, como dice Lara Martínez. “Es importante decir que la sociedad salvadoreña no es una sociedad homogénea, sino heterogénea, diversa, que tiene que ver con divisiones de carácter socioeconómico, étnico, religioso, etc. y cada grupo va creando una forma de hablar, comportarse, etc.”.

“Guanaquiando”

Acá hablamos de los “jalvadoreños” de la calle, el que emigra sin importarle desiertos, ríos, etc., el “que llora con el Himno Nacional”, “La Chancleteada”, como decimos casi todos.

Ese que confunde el sonido fonético de la “s” con el de la “j”, o sea, el “jalvadoreño”, el del “puesisque”.
Volvamos al principio, y para convencernos parafrasemos a algunos autores.

“La filosofía del salvadoreño es no dejarse joder”, sostiene Ricardo Ribera, historiador y filósofo español. “Es pícaro”, dice Rodríguez Díaz.

La tesis de Ribera tiene una serie de implicaciones existenciales.

“La primera es que siempre hay alguno que te quiere joder. La segunda es casi obvia: para no dejarse joder, lo mejor es joderlo vos primero. Es así como, en esta sabia cosmovisión, el salvadoreño vive en una especie de guerra civil. Lo peor que puede acontecerle es dejarse joder. En tal caso, la propia dignidad y autoestima del salvadoreño quedarán seriamente dañadas. Camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Y no hay nada más vergonzoso que tener que reconocer que a uno se lo han dormido o se lo han bajado”, escribió Ribera en el periódico virtual “El Faro”.

Esa situación de joderse unos a otros hacen que el salvadoreño “busque quien se las pague, y no quien se las deba”.

Linderos confusos

“Si yo puedo, me desquito con el otro. Si el jefe molesta al empleado, éste se desquita con la mujer, ésta con el hijo y el cipote se desquita con el chucho”, dice Rodríguez. Total, al final, todos felices.

Para Rafael Rodríguez, las decoraciones de muchos buses y microbuses demuestran la bayuncada del salvadoreño.

“En consecuencia, la majada prefiere el riesgo de pasarse de vivo, que pasar por tonto”, sostiene Ribera.
Lo que sí es cierto es que el salvadoreño vive en una permanente dicotomía con respecto a su ser.

Por un lado se lamenta de que es pobre, que no tiene dinero. Vive en el permanente “pobrecito yo”. Pero por el otro es un “exagerado consumista”, como advierte Rodríguez.

“(El salvadoreño) sólo piensa en el centro comercial, en qué es lo que se va a vestir, qué es lo que se va a comprar, en qué es lo que va a consumir para que los vecinos vean por lo menos que no está tirado a la orilla”, dice Rodríguez.

Esto es producto, más que todo, por el complejo de inferioridad que tiene, dicen los entrevistados.

“Muchos comportamientos, muchas expresiones, lo que están demostrando es que está queriendo encubrir una pequeñez, una no realidad que tiene, o que anda entre las nubes, cuando en realidad eso no corresponde a su forma de vida real”, acota Rodríguez.

Ahí podría encontrar usted la explicación de porqué al salvadoreño le gusta apantallar. Esa casi obsesión de aparentar lo que no tiene, lo que no es. Ser un mitómano.

Y es que el salvadoreño tiene una cultura de carácter jerárquico, acepta Lara Martínez.

“Una cultura donde los símbolos de superioridad e inferioridad en la escala social son importantes, donde la vestimenta, la manera de hablar, de comportarse, el tipo de carro que llevamos, el celular marcan jerarquía”, resume el antropólogo.

El salvadoreño se siente superior a su compatriota cuando tiene mayores recursos económicos, “la superación de la persona se ve en términos de la capacidad de hacer dinero”, dice Lara.
Eso lo hace discriminativo.

A pesar de todo…
Pero no todo es malo. El salvadoreño también tiene características que hablan bien de él.

Para los consultados, somos solidarios. Los mejores ejemplos son cuando nos afectan catástrofes, advierte Aguilar.
Otro lo dan las redes de migración, sobre todo a nivel familiar, sostiene Lara Martínez.

“¿Cómo sobrevive el salvadoreño? - se pregunta el antropólogo- Con el apoyo de la familia; de otra manera no lo lograría, cuando trabaja dos o tres meses -se responde-”.

Otro valor importante es que es un pueblo religioso. Eso se manifiesta en sus expresiones cotidianas. “Cuando sale de su casa, cuando pasa frente a un templo religioso, nos persignamos. Siempre nos encomendamos a Dios”, dicen algunos consultados.

El propio arraigo a sus raíces familiares hace que el salvadoreño no desampare a sus padres, sea muy apegado a su terruño, le genera nostalgia estar lejos de su país.

“Las remesas salvaron de una debacle a El Salvador”, acepta Aguilar.

“La mayoría de inmigrantes mantiene el deseo de jubilarse en el extranjero, pero no morir allá. Quiere venirse para acá, comprar su casa y pasar su vejez aquí”, remite el sociólogo.

Válido es aceptar que la anterior caracterización de lo que somos da para que surja el optimismo más entusiasta o el pesimismo más depresivo.

Porque -a fuerza de ser optimistas- tendremos que aceptar que eso nos da una identidad sobre otras culturas, nos hace ser nosotros mismos con respeto a los otros.

Sin embargo, tenemos que reconocer que tenemos retos para mejorar lo malo y potenciar lo bueno.
Ya en 2001 una encuesta preparada por el Instituto de Opinión Pública de la UCA, la Fundación para el Desarrollo Educativo (FEPADE) y la Universidad de Harvard sobre la situación de valores en El Salvador reveló que un 59 por ciento de los encuestados advirtió que era importante incentivar en los niños los valores del respeto y la tolerancia hacia los demás.

Otro 62% abogó por fomentar la obediencia, un 67% se refirió a las creencias religiosas y la fe y un 82% se adhirió por los buenos modelos.

Para mientras, nuestros compatriotas y nuestros vecinos nos ven como se relata al principio: “Solidario, discriminativo, consumista, violento, machista, pícaro, ‘achicopalado’, bayunco. Total, nadie es perfecto.


La necesidad de sentirnos nosotros

“La nacionalidad no sólo es la pertenencia a una nación, en lo que esto supone de delimitaciones espacio-temporales. La definimos como una manera históricamente determinada de ser y de estar en el mundo; como forma propia y peculiar de vivir y resolver la problemática en la cual una colectividad se haya inmersa”, cita Rafael Rodríguez Díaz en su libro “Temas Salvadoreños”.

Parafraseando a Américo Castro, Rodríguez escribe que “la nacionalidad aparece cuando un grupo humano, una colectividad, empieza a atribuirse el apelativo de nosotros para diferenciarse de los otros. Un nosotros que supone una conciencia de ser diferentes a otros, de vivir en un espacio geográfico y conservando una memoria de hechos que han marcado un derrotero en el pasado y que pueden estar marcando un proyecto utópico en el futuro”

Por su parte, para el antropólogo Carlos Lara Martínez la identidad se construye a partir de la oposición también con el otro. El nosotros, dice, lo construimos por la oposición y el conflicto con los otros.

De acuerdo con el antropólogo, en el caso salvadoreño, hay tres grandes relaciones de oposición que son de primer orden.

La primera es una oposición con el angloamericano. “Tenemos una relación cotidiana con el angloamericano porque nuestro país tiene relaciones con los Estados Unidos y también por el fenómeno de las migraciones. Yo diría que esa relación es de dominio asumido. Se asume como inferior prácticamente en todas las áreas de la vida social -empresa económica, actividad cultural, política, etc.)”, dice.

Lara Martínez califica la identidad del salvadoreño como desvalorada frente al angloamericano, lo que genera que fácilmente aceptemos la transmisión cultural que viene de ese país.

La segunda es con lo mexicano. “Esta es una posición de dominación no asumida”, dice el profesional.
Esto tal vez de deba a la cercanía social y cultural o a la misma tradición de rivalidad que ha caracterizado a ambas naciones.

La última relación es con los demás países del istmo. “Esta es más horizontal, entre iguales, pero básicamente de competencia por ver quién sobresale. Se está compitiendo por ser líder en la región”, dice.

Lara estima que a partir de estas relaciones se crea una serie de concepciones compartidas por todos los salvadoreños, y que lo definen.

Glosario Salvadoreñismos
Una pequeña muestra del acervo lingüístico de los salvadoreños, tomada de varios libros autores.

Bicho
Generalmente cuando se refiere a un niño o a un adolescente. Ej. Es bicho es bien listo.

bolado

Palabra comodín de múltiple connotación. Como puede referirse a un negocio, un objeto, también puede indicar una aventura amorosa. Ej. Voy a hacer un bolado, acercame el bolado ese, iba con un bolado. Se puede sustituir por chunche, cosa, etc.

cachimbear

Por golpear a alguna persona, trabajar arduamente, fatigarse. Ej. Voy a cachimbear a fulano, en este trabajo hay que cachimbiarse.

Chaneque
Palabra con la que se le designa a cualquier miembro de la milicia o cuerpo policial.

chele
Se dice de una persona de piel blanca. También cuando se refiera a los ciudadanos extranjeros, de preferencia estadounidenses, alemanes, etc.

choco
Cambio semántico para referirse a una persona que no ve o que tiene dificultades con la vista.

chucho
Por perro. También se utiliza para referirse a una persona tacaña. Ej. Ese no regala nada, es un gran chucho.

chuña
Por descalzo. Persona que, por necesidad o conscientemente, no calza zapatos. A chuña, cuando una persona se desplaza caminando.

púchica
Exclamación que denota sorpresa, admiración o desaprobación.
ponerse a riata
Por emborracharse. Ingerir licor en grandes cantidades hasta embriagarse. Ej. Este ya se puso a riata.

pijón
Por valiente, bueno, bonito. Ej. Ese mueble es bien pijón. Sos un gran pijón.

molote
Alborote, tumulto. Ej. Se armó un gran molote.

Historia Población Hermanos lejanos
1525
El año en que Pedro de Alvarado fundó la ciudad de El Salvador de Cuscatlán. En un principio fue parte de la Capitanía Gral. de Guatemala.
6 mill.
La población que, según estimaciones oficiales, tiene hasta 2003 El Salvador. El mayor porcentaje (53%) corresponde al sexo femenino.
2.5 mill.
Los salvadoreños que residen en otros países del mundo. La mayor población (2.3 millones)vive en los Estados Unidos.


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