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REPORTAJE
La
manía de ser...
100% salvadoreño
Cada
cultura tiene su sello de identidad, su propia manera de ser, de comportarse,
de relacionarse, de hablar, etc. La esencia salvadoreña no es
la excepción. Hoy que se celebra el día de la raza es
oportuno hacer un esbozo sobre cuál es nuestra identidad y qué
nos hace tan diferentes en proporción a otras culturas. ¿Será?
Jmmm...
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| El
carácter imitador del salvadoreño, según Lara.
se manifiesta más en la moda |
Solidario, discriminativo, imitador, consumista,
violento, machista, con complejo de inferioridad, pícaro, achicopalado,
fijado en la niñez, bayunco, inculto, le vale todo, ocurrente,
mitómano, apantallador, amable, de corta memoria histórica,
y eso no es todo.
Dado a establecer comunidad, cachero, conformista,
improvisador, atenido, deja todo a última hora, tremendamente
religioso, aunque poco practicante, es muy difícil que olvide
a sus padres y profundamente arraigado a su tierra, ¿ya
se identificó? Si lo hizo, usted probablemente es salvadoreño,
o, mejor dicho, un jalvadoreño. Así somos,
o al menos, los profesionales consultados creen que esas son algunas
características que nos distinguen.
Pero también somos los que nunca sabe nadie de dónde
son, los eternos indocumentados, los hácelo todo, los véndelo
todo, los primeros en sacar el cuchillo, los tristes más tristes
del mundo, como nos califica Roque Dalton en su Poema de Amor.
Los bien y los mal hablados, dice el locutor Leonardo Heredia
en su libro Charadas.
Los artesanos de la palabra, nos argumentó el escritor
Rafael Rodríguez Díaz.
Yo siempre he dicho que el salvadoreño no es un artesano
muy creativo, muy avesado, basta con ver las artesanías de los
salvadoreños; algunas cosas son chapuceras. En cambio es un artesano
de la palabra, tiene una picardía, una creatividad en el
uso de la palabra impresionante. Los nombres, los apodos, los chistes,
etcétera. Juega con la expresión, señala
Lito Rodríguez.
Pero para algunos salvadoreños, eso de mal o bien hablados no
es para tanto. Todo depende de la óptica con que se mire, total,
le vale.
No existen malas palabras -cita Heredia a Pedro Geofroy Rivas,
autor de La Lengua Salvadoreña- toda palabra es buena,
milagrosa, plena de esplendor y esencia. Desde la palabra clara, fina,
elegante, transparente e imaginosa, hasta la que reúne la hermosa
sustancialidad del insulto callejero, pues ambas transmiten las mismas
emociones. Y no vamos a negar que el salvadoreño es artista
en eso. ¿Quién no ha sufrido o gozado de las pintorescas
expresiones callejeras? ¿Y los piropos? ¿Y los dichos?
Ahora, si nos queremos describir físicamente, tendríamos
que decir que somos un pueblo fundamentalmente mestizo,
como dice Rodríguez Díaz, que aún mantenemos algunos
rasgos indígenas. Después vienen los café
con leche, toda esa mezcla con mayor o menor porcentaje de componentes
indígenas y europeos-españoles que son fundamentalmente
las culturas y las razas que se han mezclado entre nosotros.
Identidad salvadoreña
Detengámonos un momento y veamos si ¿Realmente existe
la salvadoreñidad? ¿Hay una manera de ser que es exclusiva
de nosotros los salvadoreños? ¿O es un mito? o ¿son
Diferencias artificiales, marcadas y ahondadas por los intereses localistas
de ciertos sectores?, como se cuestiona Lito Rodríguez.
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| El
salvadoreño es tremendamente religioso; "no se olvida
de sus raíces religiosas", sostiene varios consultados |
Por ejemplo, ¿qué nos hace vernos cachimbones?,
aunque nunca clasifiquemos para los mundiales, aunque Guatemala siempre
esté encima en los medalleros en juegos regionales y ¿cómo
es eso que tenemos el tercer himno nacional más bonito en tooodo
el mundo?, aunque, disculpen, ¿alguien sabe quién estableció
el ranking mundial de himnos?
De acuerdo con el antropólogo Carlos Lara Martínez, de
la Universidad de El Salvador, la identidad se construye a partir
de la oposición con el otro, el nosotros lo construimos por la
oposición y el conflicto con los otros. Es decir, atribuirse
el apelativo del nosotros para diferenciarse del otros,
los extranjeros.
Para el sociólogo Joaquín Aguilar, de la Universidad Centroamericana
(UCA), la salvadoreñidad, culturalmente hablando, es el
conjunto de pautas de comportamiento social que caracterizan y asemejan
a las distintas personas que vivimos o que hemos vivido en este territorio
llamado El Salvador.
Y no vamos a negar que nosotros, los salvadoreños,
donde sea que estemos o vivamos llevamos muy impregnado nuestro peculiar
modo de ser, de comportarnos, de hablar.
Dicen que el salvadoreño se conoce porque es bien dado
a orinar en la calle, en cualquier parte, sostienen muchos. Pero,
nohooombre, también es reconocida su capacidad de trabajo,
salen en defensa otros.
Es muy genital, tanto hombres como mujeres. El hombre constantemente
se toca el miembro y a la mujer le gusta alardear de sus
dotes, manifiesta Aguilar.
El salvadoreño jamás deja escapar la oportunidad para
echar una buena puteada, mentar la madre, silbar la vieja,
sacar el dedo, poner apodos etc. siempre jugando con el doble
sentido, dice. Pero tampoco son todos.
Porque aquí no vamos a negar, además sería injusto,
que hay salvadoreños con otras características, como dice
Lara Martínez. Es importante decir que la sociedad salvadoreña
no es una sociedad homogénea, sino heterogénea, diversa,
que tiene que ver con divisiones de carácter socioeconómico,
étnico, religioso, etc. y cada grupo va creando una forma de
hablar, comportarse, etc..
Guanaquiando
Acá hablamos de los jalvadoreños de la calle,
el que emigra sin importarle desiertos, ríos, etc., el que
llora con el Himno Nacional, La Chancleteada, como
decimos casi todos.
Ese que confunde el sonido fonético de la s con el
de la j, o sea, el jalvadoreño, el del
puesisque.
Volvamos al principio, y para convencernos parafrasemos a algunos autores.
La filosofía del salvadoreño es no dejarse joder,
sostiene Ricardo Ribera, historiador y filósofo español.
Es pícaro, dice Rodríguez Díaz.
La tesis de Ribera tiene una serie de implicaciones existenciales.
La primera es que siempre hay alguno que te quiere joder. La segunda
es casi obvia: para no dejarse joder, lo mejor es joderlo vos primero.
Es así como, en esta sabia cosmovisión, el salvadoreño
vive en una especie de guerra civil. Lo peor que puede acontecerle es
dejarse joder. En tal caso, la propia dignidad y autoestima del salvadoreño
quedarán seriamente dañadas. Camarón que se duerme
se lo lleva la corriente. Y no hay nada más vergonzoso que tener
que reconocer que a uno se lo han dormido o se lo han bajado,
escribió Ribera en el periódico virtual El Faro.
Esa situación de joderse unos a otros hacen que el salvadoreño
busque quien se las pague, y no quien se las deba.
Linderos confusos
Si yo puedo, me desquito con el otro. Si el jefe molesta al empleado,
éste se desquita con la mujer, ésta con el hijo y el cipote
se desquita con el chucho, dice Rodríguez. Total, al final,
todos felices.
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| Para
Rafael Rodríguez, las decoraciones de muchos buses y microbuses
demuestran la bayuncada del salvadoreño. |
En consecuencia, la majada prefiere el riesgo
de pasarse de vivo, que pasar por tonto, sostiene Ribera.
Lo que sí es cierto es que el salvadoreño vive en una
permanente dicotomía con respecto a su ser.
Por un lado se lamenta de que es pobre, que no tiene dinero. Vive en
el permanente pobrecito yo. Pero por el otro es un exagerado
consumista, como advierte Rodríguez.
(El salvadoreño) sólo piensa en el centro comercial,
en qué es lo que se va a vestir, qué es lo que se va a
comprar, en qué es lo que va a consumir para que los vecinos
vean por lo menos que no está tirado a la orilla, dice
Rodríguez.
Esto es producto, más que todo, por el complejo de inferioridad
que tiene, dicen los entrevistados.
Muchos comportamientos, muchas expresiones, lo que están
demostrando es que está queriendo encubrir una pequeñez,
una no realidad que tiene, o que anda entre las nubes, cuando en realidad
eso no corresponde a su forma de vida real, acota Rodríguez.
Ahí podría encontrar usted la explicación de porqué
al salvadoreño le gusta apantallar. Esa casi obsesión
de aparentar lo que no tiene, lo que no es. Ser un mitómano.
Y es que el salvadoreño tiene una cultura de carácter
jerárquico, acepta Lara Martínez.
Una cultura donde los símbolos de superioridad e inferioridad
en la escala social son importantes, donde la vestimenta, la manera
de hablar, de comportarse, el tipo de carro que llevamos, el celular
marcan jerarquía, resume el antropólogo.
El salvadoreño se siente superior a su compatriota cuando tiene
mayores recursos económicos, la superación de la
persona se ve en términos de la capacidad de hacer dinero,
dice Lara.
Eso lo hace discriminativo.
A pesar de todo
Pero no todo es malo. El salvadoreño también tiene características
que hablan bien de él.
Para los consultados, somos solidarios. Los mejores ejemplos son cuando
nos afectan catástrofes, advierte Aguilar.
Otro lo dan las redes de migración, sobre todo a nivel familiar,
sostiene Lara Martínez.
¿Cómo sobrevive el salvadoreño? - se pregunta
el antropólogo- Con el apoyo de la familia; de otra manera no
lo lograría, cuando trabaja dos o tres meses -se responde-.
Otro valor importante es que es un pueblo religioso. Eso se manifiesta
en sus expresiones cotidianas. Cuando sale de su casa, cuando
pasa frente a un templo religioso, nos persignamos. Siempre nos encomendamos
a Dios, dicen algunos consultados.
El propio arraigo a sus raíces familiares hace que el salvadoreño
no desampare a sus padres, sea muy apegado a su terruño, le genera
nostalgia estar lejos de su país.
Las remesas salvaron de una debacle a El Salvador, acepta
Aguilar.
La mayoría de inmigrantes mantiene el deseo de jubilarse
en el extranjero, pero no morir allá. Quiere venirse para acá,
comprar su casa y pasar su vejez aquí, remite el sociólogo.
Válido es aceptar que la anterior caracterización de lo
que somos da para que surja el optimismo más entusiasta o el
pesimismo más depresivo.
Porque -a fuerza de ser optimistas- tendremos que aceptar que eso nos
da una identidad sobre otras culturas, nos hace ser nosotros mismos
con respeto a los otros.
Sin embargo, tenemos que reconocer que tenemos retos para mejorar lo
malo y potenciar lo bueno.
Ya en 2001 una encuesta preparada por el Instituto de Opinión
Pública de la UCA, la Fundación para el Desarrollo Educativo
(FEPADE) y la Universidad de Harvard sobre la situación de valores
en El Salvador reveló que un 59 por ciento de los encuestados
advirtió que era importante incentivar en los niños los
valores del respeto y la tolerancia hacia los demás.
Otro 62% abogó por fomentar la obediencia, un 67% se refirió
a las creencias religiosas y la fe y un 82% se adhirió por los
buenos modelos.
Para mientras, nuestros compatriotas y nuestros vecinos nos ven como
se relata al principio: Solidario, discriminativo, consumista,
violento, machista, pícaro, achicopalado, bayunco.
Total, nadie es perfecto.
La necesidad de sentirnos nosotros
La nacionalidad no sólo es la pertenencia a una nación,
en lo que esto supone de delimitaciones espacio-temporales. La definimos
como una manera históricamente determinada de ser y de estar
en el mundo; como forma propia y peculiar de vivir y resolver la problemática
en la cual una colectividad se haya inmersa, cita Rafael Rodríguez
Díaz en su libro Temas Salvadoreños.
Parafraseando a Américo Castro, Rodríguez escribe que
la nacionalidad aparece cuando un grupo humano, una colectividad,
empieza a atribuirse el apelativo de nosotros para diferenciarse de
los otros. Un nosotros que supone una conciencia de ser diferentes a
otros, de vivir en un espacio geográfico y conservando una memoria
de hechos que han marcado un derrotero en el pasado y que pueden estar
marcando un proyecto utópico en el futuro
Por su parte, para el antropólogo Carlos Lara Martínez
la identidad se construye a partir de la oposición también
con el otro. El nosotros, dice, lo construimos por la oposición
y el conflicto con los otros.
De acuerdo con el antropólogo, en el caso salvadoreño,
hay tres grandes relaciones de oposición que son de primer orden.
La primera es una oposición con el angloamericano. Tenemos
una relación cotidiana con el angloamericano porque nuestro país
tiene relaciones con los Estados Unidos y también por el fenómeno
de las migraciones. Yo diría que esa relación es de dominio
asumido. Se asume como inferior prácticamente en todas las áreas
de la vida social -empresa económica, actividad cultural, política,
etc.), dice.
Lara Martínez califica la identidad del salvadoreño como
desvalorada frente al angloamericano, lo que genera que fácilmente
aceptemos la transmisión cultural que viene de ese país.
La segunda es con lo mexicano. Esta es una posición de
dominación no asumida, dice el profesional.
Esto tal vez de deba a la cercanía social y cultural o a la misma
tradición de rivalidad que ha caracterizado a ambas naciones.
La última relación es con los demás países
del istmo. Esta es más horizontal, entre iguales, pero
básicamente de competencia por ver quién sobresale. Se
está compitiendo por ser líder en la región,
dice.
Lara estima que a partir de estas relaciones se crea una serie de concepciones
compartidas por todos los salvadoreños, y que lo definen.
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Glosario Salvadoreñismos
Una pequeña muestra del acervo
lingüístico de los salvadoreños, tomada de
varios libros autores.
Bicho
Generalmente cuando se refiere a un niño o a un adolescente.
Ej. Es bicho es bien listo.
bolado
Palabra comodín de múltiple connotación.
Como puede referirse a un negocio, un objeto, también puede
indicar una aventura amorosa. Ej. Voy a hacer un bolado, acercame
el bolado ese, iba con un bolado. Se puede sustituir por chunche,
cosa, etc.
cachimbear
Por golpear a alguna persona, trabajar arduamente, fatigarse.
Ej. Voy a cachimbear a fulano, en este trabajo hay que cachimbiarse.
Chaneque
Palabra con la que se le designa a cualquier miembro de la milicia
o cuerpo policial.
chele
Se dice de una persona de piel blanca. También cuando se
refiera a los ciudadanos extranjeros, de preferencia estadounidenses,
alemanes, etc.
choco
Cambio semántico para referirse a una persona que no ve
o que tiene dificultades con la vista.
chucho
Por perro. También se utiliza para referirse a una persona
tacaña. Ej. Ese no regala nada, es un gran chucho.
chuña
Por descalzo. Persona que, por necesidad o conscientemente, no
calza zapatos. A chuña, cuando una persona se desplaza
caminando.
púchica
Exclamación que denota sorpresa, admiración o desaprobación.
ponerse a riata
Por emborracharse. Ingerir licor en grandes cantidades hasta embriagarse.
Ej. Este ya se puso a riata.
pijón
Por valiente, bueno, bonito. Ej. Ese mueble es bien pijón.
Sos un gran pijón.
molote
Alborote, tumulto. Ej. Se armó un gran molote.
| Historia |
Población |
Hermanos
lejanos |
1525
El año en que Pedro de Alvarado fundó la ciudad
de El Salvador de Cuscatlán. En un principio fue parte
de la Capitanía Gral. de Guatemala. |
6
mill.
La población que, según estimaciones oficiales,
tiene hasta 2003 El Salvador. El mayor porcentaje (53%) corresponde
al sexo femenino. |
2.5
mill.
Los salvadoreños que residen en otros países
del mundo. La mayor población (2.3 millones)vive en
los Estados Unidos. |
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