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ESPECIAL
EL
CUENTO DESPUÉS DE LA GUERRA
LOS
KURDOS
El
dramaturgo, periodista, militar, artillero, bon vivant y optimista a
machamartillo Ahmad Hadi, es alto, fuerte, simpático y, con su
exuberante anatomía, parece enjaulado en los estrechos cuartos
de la casa donde ha instalado su redacción el periódico
Azzaman (El Tiempo).
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Viajar de Bagdad al norte, hacia el Kurdistán
iraquí, es cambiar de paisaje, de lengua, de cultura, y, en estos
días, además, de escenario urbano. Luego de unas cuatro
horas de viaje en coche, por un desierto plano y calcinado, con aldeas
de beduinos y esqueletos de tanquetas y camiones militares diseminados
aquí y allá, se divisan las montañas, que comenzamos
a trepar una hora después, ya en pleno territorio petrolero,
a la altura de la ciudad de Kirkuk. Cuando uno deja atrás esta
ciudad, rumbo a Suleymaniya, la ruta se empina y las laderas se cubren
de verde, de pinares y pequeñas quebradas con sembríos
en los que trabajan unos campesinos de rostro curtido y mirada intemporal.
Nadie diría que hubo una guerra por aquí.
Y todavía menos en Suleymaniya, simpática ciudad de calles
anchas, arboladas, limpias, con policías de tránsito en
las esquinas, muchachas vestidas a la occidental, cafés-Internet
por doquier, MacDonalds y un verdadero bosque de antenas parabólicas
sobre los techos de las casas. Sabía que aquí la guerra
apenas había llegado, pero no esperé jamás encontrarme
con un espectáculo de semejante normalidad.
Tampoco con carteles de agradecimiento al presidente Bush por la
liberación de Iraq y de bienvenida a Paul Bremer, el procónsul,
que acaba de estar de visita aquí para entrevistarse con los
miembros de uno de los dos gobiernos kurdos que se han dividido
el Kurdistán iraquí. El de Suleymaniya pertenece al Partido
Unión Patriótica del Kurdistán, de Jalal Talabani;
el otro, cuya capital es Irbil, más al norte, es dominio del
Partido Democrático del Kurdistán, de Masud Barzani.
La feroz rivalidad entre ambos partidos, con su violencia fratricida
en los combates de 1994 entre ambas comunidades hubo más
de tres mil víctimas- ha aumentado el infortunio de los kurdos,
el 20% de la población iraquí (algo menos de cuatro millones).
Fueron víctimas sistemáticas de la dictadura de Sadam
Husein, que se encarnizó contra ellos, sobre todo durante las
rebeliones que intentaron en 1975, 1988 y 1991, pidiendo mayor autonomía
o resistiendo la arabización forzosa de aldeas kurdas que llevó
a cabo el régimen, desalojando o masacrando a los nativos y reemplazándolos
con árabes suníes. Millares de kurdos fueron gaseados
con sustancias tóxicas en 1988, en operaciones de exterminio
que desaparecían poblaciones enteras niños, mujeres
y ancianos incluidos-, hasta la matanza de Halabja, en marzo de ese
año, en que más de 4000 kurdos fueron liquidados con armas
químicas.
Kurdistán iraquí
Pero, caminando por las calles de Suleymaniya se diría que todo
aquello pertenece, a un pasado remotísimo. No se ven soldados
norteamericanos por ninguna parte (Están vestidos de paisano,
en los cafés y restaurantes, confraternizando con los vecinos,
me dirá Shalaw Askari, el Ministro de Relaciones y Cooperación
de Jalal Talabani ) y los únicos soldados visibles son los peshmergas
(combatientes) locales, uniformados con los pantalones bombachos, los
barrocos turbantes que parecen inspirados en los autorretratos de Rembrandt
y los largos tejidos estampados que llevan enrollados en el cuerpo a
modo de cinturones.
El Kurdistán iraquí ha aprovechado muy bien los doce años
de autonomía total que impusieron los aliados luego de la primera
guerra del Golfo a esta región, permitiendo el funcionamiento
de gobiernos regionales y estableciendo una zona de exclusión
adonde no llegaba la autoridad de Sadam Husein. Además de tener,
gracias a ello, por primera vez en su historia, un gobierno propio,
los kurdos han disfrutado de una prosperidad económica notable,
que se advierte en las construcciones, los bien provistos almacenes
y tiendas donde se exhiben artículos procedentes de medio mundo
y muchedumbre de parroquianos en los cafés, puestos de refrescos
y restaurantes esparcidos por toda la ciudad.
Sin embargo, no hay un solo kurdo que le diga al forastero de paso por
Suleymaniya que la aspiración de la comunidad es la independencia.
Todos han aprendido la lección y repiten, como una consigna,
que desean seguir siendo parte de un Iraq democrático y federal
que les garantice esta autonomía que les ha venido tan bien.
Son muy conscientes de los temores que despierta la sola idea de un
Kurdistán independiente en la vecina Turquía, cuyos doce
millones de kurdos viven en perpetua tensión con el poder central.
Días de cambio
Todo esto me lo explica, en perfecto inglés ha estudiado
en Estados Unidos e Inglaterra-, el joven y dinámico Shalaw Askari,
Ministro de Relaciones y Cooperación, que me ha recibido en vez
de Jalal Talabani, con quien tenía la cita, pero que ha debido
partir de improviso a Moscú. En el pasado la Unión Patriótica
del Kurdistán fue marxista y recibió ayuda de la URSS,
pero ahora es pro capitalista y aliada militante de la coalición,
con cuyas fuerzas colaboraron estrechamente los peshmergas, gracias
a lo cual esta región salió prácticamente indemne
de la invasión.
Para nosotros, los norteamericanos son nuestros amigos, los libertadores
de Iraq, y les estamos agradecidos por haber derrocado al tirano Sadam
Husein, me dice Askari. Ahora conversamos con naturalidad, pero,
hace unos momentos, cuando yo ingresé a esta sala y me encontré
al Ministro de Relaciones y Cooperación esperándome rodeado
de asesores y de empresarios privados que colaboran con él, me
quedé desconcertado. ¿Por qué tanta gente? Por
un monumental malentendido. Shalaw Askari y su entorno esperaban a alguien
que podía invertir, de inmediato, sumas considerables en la reconstrucción
y desarrollo del Kurdistán de Jalal Talabani. Con lujo de detalles
y de manera persuasiva me explicaron que las urgencias mayores eran
un hospital de 400 camas, para el que el gobierno ya tenía el
terreno y los planos de construcción (estaban a mi disposición)
cuyo costo no superaría los 40 millones de dólares y un
camal para Suleymaniya, calculado en apenas 14 millones. Con verdadero
dolor de corazón tuve que aclararles que no estaba en mis manos
asumir semejantes inversiones, porque yo, que no representaba a nadie,
era apenas un escribidor sudamericano averiguando qué pasaba
en Iraq. El joven ministro palideció, tragó saliva y -¡qué
le quedaba!- sonrió.
Autoridad en forma
Los kurdos hemos aprendido la lección, me dice, y
por eso, ahora, en vez de recordar el martirio de nuestro pueblo bajo
la dictadura, o las desgraciadas querellas intestinas que tanto daño
han hecho a nuestra causa en el mundo, queremos trabajar, colaborar,
y contribuir al establecimiento de un Iraq democrático y libre
donde podamos coexistir en paz con todas las otras comunidades. Esa
convivencia es ya un hecho, desde hace doce años, en el Kurdistán.
Los turcomanos, por ejemplo, ¿no son acaso respetados? ¿No
funcionan aquí sus publicaciones, sus organizaciones políticas,
con la más absoluta libertad? Ocurre exactamente lo mismo con
los chiís, los suníes, los cristianos y demás religiones.
Hay sitio y trabajo para todos. Somos una prefiguración de lo
que deberá ser Iraq en el futuro.
Cuando le pregunto si la Unión Patriótica del Kurdistán
integrará el Consejo de Gobierno que está formando Paul
Bremer, me asegura que sí: es un tema que ha quedado claro durante
la reciente visita del jefe de la CPA (Coalition Provisional Authority).
(Y, en efecto, días después de esta entrevista, cuando
en Bagdad se presente el flamante organismo encargado de conducir el
país hacia un sistema democrático y federal, figurarán
en él, de manera prominente, tanto Jalal Talabani como su adversario
Massud Barzani.)
La palabra clave para la pacificación de Iraq es trabajo,
afirma el ministro Askari. Es delgado, fogoso, optimista, muy delgado,
y habla también con las manos, como un italiano. El fanatismo
islamista, por ejemplo, se reduciría drásticamente si
tantos desempleados empezaran de una vez a trabajar y a ganar un salario.
Cuando se está ocioso es posible ir cinco veces al día
a la mezquita y vivir mentalmente prisionero de lo que allí se
predica. Si uno trabaja ocho horas, más las idas y venidas y
el tiempo dedicado a la familia, la religión ya no puede seguir
siendo la única ocupación de la vida. Aparecen otras cosas
igualmente importantes. Y ciertas telarañas de la cabeza se deshacen
y se adoptan entonces ideas más modernas.
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Según él, la violencia que se ha desatado
contra las fuerzas de la coalición los atentados y emboscadas
dejan a diario uno o dos soldados norteamericanos muertos- no son sólo
obra de los rezagos de las fuerzas represivas y la Guardia Republicana
de Sadam Husein; también de comandos extranjeros enviados por
Al Qaeda, la organización terrorista de Osama Ben Laden e, incluso,
de terroristas venidos de Irán, que obedecen a los sectores clericales
más conservadores del país vecino.
Estos temen más que nadie en el mundo el establecimiento
de un Iraq democrático. Por otra parte, creen que tarde o temprano,
Estados Unidos irá por ellos. Y han decidido que la guerra comience
de un vez, en territorio iraquí. Pero, está convencido,
una vez que se institucionalice el país, la coalición
y las autoridades iraquíes aniquilarán rápidamente
la resistencia terrorista.
Su ideal es transparente: un Iraq de profesionales y de técnicos,
integrado al mundo, emancipado de los dogmas políticos o religiosos,
que atraiga capitales de todas partes para desarrollar los gigantescos
recursos del territorio, en el que la libertad y la legalidad asegurarán
la convivencia, y en el que la empresa privada será el motor
del desarrollo. Me señala a los empresarios que lo acompañan.
Ya se han puesto a trabajar, pese a la precariedad del momento, y a
las dificultades que entraña para cualquier operación
financiera la incertidumbre, el vacío legal y el hecho de que
no haya bancos todavía, ni siquiera una moneda común para
todo Iraq, pues aquí, en el Kurdistán, no circulan los
dinares con la cara de Sadam Husein del resto del país, sino
otros, de una emisión anterior. (Pero la verdad es que la dolarización
de la economía es veloz).
¿Se puede hacer negocios e inversiones en un desorden semejante?
Uno de los empresarios, el exuberante y cordialísimo Nagi Al
Jaf sonríe, triunfante: Para mañana esperamos a
una delegación de banqueros suizos a los que hemos casi convencido
de que abran un banco en Suleymaniya. El ministro me recuerda
que el capital acude siempre donde puede efectuar inversiones rentables
y condiciones estables y atractivas. Aquí tendrán
ambas cosas.
La locuacidad del ministro Askari se atenúa cuando le pregunto
si es verdad que tanto Jalal Talabani como Massud Barzani han prometido
a Paul Bremer, quien habría venido a entrevistarse con los dos
hermanos enemigos con este objetivo principal, integrar sus dos gobiernos,
el de Erbil y el de Suleymaniya, en uno solo, de modo que los kurdos
tengan una sola voz representativa en el futuro gobierno iraquí.
Estamos colaborando entre nosotros y las asperezas y las viejas
rencillas se van limando poco a poco. La voluntad de unión existe.
Sólo es cuestión de tiempo.
Es el único momento de la larga entrevista en la que tengo la
impresión de que el amable ministro me cuenta un cuento oficial.
Un nuevo Iraq
En cambio, estoy convencido que cree a pie juntillas
lo que me dice sobre el deseo de los kurdos de tranquilizar a Turquía,
quitándole de la cabeza el temor de que la meta de Talabani y
Barzani sea un Kurdistán independiente, algo que el gobierno
turco ha dicho de manera categórica que no tolerará. En
eso, todos estamos de acuerdo: no luchamos por la secesión, queremos
formar parte de un Iraq que respete nuestros derechos. Y, como
quien no quiere la cosa, hace un comentario sibilino: Qué
manera de meter la pata la de Turquía ¿no le parece? Teniendo
la oportunidad de recibir 40 billones de dólares de Estados Unidos
por permitir el paso de las fuerzas de la coalición que venían
a liberar a Iraq, la rechazaron. ¿Bastante estúpido, verdad?
Y, además del dinero, perder de paso a un amigo tan poderoso.
Allá ellos.
Al salir de la reunión el empresario Nagi Al Jaf me lleva a un
lugar que, me asegura, es paradisíaco. No exagera
en absoluto. Suleymaniya está rodeada de montañas y una
de ellas, de suaves lomas cargadas de vegetación, que una carretera
muy moderna va escalando entre pinares, conduce a una cumbre de ancha
base desde la cual la visión de toda la comarca es espléndida.
Allá abajo se dispersan, blancas y salpicadas de jardines, parques
y árboles, las viviendas de la ciudad, donde empiezan ya a encenderse
las primeras luces. Es muy extendida y entre sus extremos hay roquedales
color ocre y bosquecillos.
En estas alturas, el agobiante calor desaparece, atenuado por una brisa
fresca con aroma a resina. Toda la ladera de esta montaña está
llena de familias o grupos de amigos, muchos jóvenes, que se
han instalado bajo los árboles, con pequeños braseros
donde están preparando la cena, mientras conversan, beben y algunos
cantan.
A lo largo del camino hay puestos de refrescos, casitas aisladas, un
casino. Y por donde uno vuelva la vista todo es limpio, bello y pacífico.
Tengo que sacudirme la cabeza y decirme que todo esto es superficial
y mentiroso, que, en verdad, estoy en un país que sólo
ayer padecía las más atroces iniquidades y que buen número
de estos benignos excursionistas que se disponen, divirtiéndose,
a gozar de las miríadas de estrellas que ya comienzan a despuntar
las más fúlgidas y numerosas que he visto nunca-
tienen muchos muertos, torturados y mutilados que lamentar, por obra
del salvajismo de la dictadura o de la ceguera fratricida de los propios
kurdos.
Fin al pasado
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Todo lo que visito a la mañana siguiente, el
mercado y las calles adyacentes, y todas las personas con las que hablo
me dan la misma sensación: que, pese a todas las tragedias del
pasado y las dificultades presentes, aquí las cosas marchan en
la buena dirección, y que reina entre la gente un espíritu
constructivo, una esperanza y una voluntad resuelta de poner fin al
ignominioso pasado.
Pero cuando estoy ya a punto de partir, una conversación casual,
en el hotel, alrededor de un café cargado y humeante, con un
joven constructor que viene de Erbil y cuyo nombre no diré, me
echa el alma a los pies.
No se lleve una idea tan positiva de lo que ocurre aquí,
me dice, en voz baja, después de escucharme lo bien impresionado
que estoy de mi breve visita a Suleymaniya. No sea ingenuo.
Es verdad que se ha progresado mucho, en relación con el pasado
sangriento, pero hay otros problemas sin resolverse. El Kurdistán
iraquí está ahora dividido entre dos partidos que se odian
pero que han establecido dos gobiernos que son dos monopolios.
¿Puede haber democracia con partidos únicos? Le
aseguro que una democracia muy relativa y muy corrupta. Hacer cualquier
tipo de negocio, aquí o en Erbil, es tener que pagar elevadas
comisiones al Partido Democrático del Kurdistán o a la
Unión Patriótica del Kurdistán, y a los propios
dirigentes, muchos de los cuales en estos años se han hecho ricos
gracias al flamante ejercicio del poder. Porque ni aquí ni allá
hay ningún tipo de fiscalización real de los gobiernos.
¿Dice la verdad o exagera? ¿Es su crítica objetiva
o la expresión de un resentimiento o fracaso personal?
No tengo manera de saberlo, por supuesto. Pero subo a la camioneta que
me llevará de regreso a Bagdad apenado y con un saborcillo amargo
en la boca.
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