12 de octubre de 2003


JODIDOS... PERO CONTENTOS

Peor es nada

Científicos ingleses descubrieron hace dos semanas que para ser felices ya no hay que emigrar a Estados Unidos u otros países ricos. Entre esas opciones figura El Salvador, considerado el cuarto país más feliz del mundo.

Camilo Zamora (en Londres)
vertice@elsalvador.com

Si el estudio tiene razón, los salvadoreños ya no tendrán que emigrar a Estados Unidos, Canadá u otros destinos de prosperidad.

La investigación realizada por el Sondeo Mundial de Valores (World Values Survey) y publicada recientemente en la prestigiosa revista New Scientist pone al descubierto la ruta de la felicidad que comienza en Nigeria, y recorre luego México, Venezuela,
El Salvador y Puerto Rico.

¡Aunque usted no lo crea! Así es.

Y lo más sorprendente es que El Salvador, donde un 55% de sus habitantes dijeron sentirse felices, se ubica en el cuarto lugar entre 80 naciones con la población más contenta sobre la faz de la tierra.

Lo curioso de los resultados es que contrastan con la realidad de estos países. Para el caso, Nigeria es uno de los lugares más pobres del África; México tiene altos niveles de desempleo y delincuenciales no vistos en años anteriores; Venezuela atraviesa su peor crisis política y económica de su historia, y El Salvador está hundido en la violencia, la inseguridad ciudadana y la dependencia de las remesas familiares provenientes del exterior.

Sin embargo, el estudio descubrió que la situación económica y política del país poco afecta la felicidad interna de los habitantes. De hecho países ricos como Nueva Zelanda, Estados Unidos y Australia obtuvieron los lugares 15, 16 y 17 respectivamente. ¿Descabellado? Pues el dinero no lo es todo, según parece.

La investigación descubrió además que los motivos para ser felices varían en cada nación analizada; por ejemplo, en Estados Unidos es importante para la persona tener el derecho a expresarse, el éxito personal, el orgullo y un alto sentido de amor propio. Contrario a Japón, donde lo principal es llenar las expectativas familiares, cumplir con las responsabilidades sociales, la autodisciplina, la cooperación y la amistad.

Por otro lado, científicos de la Universidad de Minessota han descubierto que la influencia de nuestros abuelos también es importante para determinar nuestra felicidad. Mientras unos hemos nacido para ser melancólicos, otros ha sido para irradiar alegría. Casi la mitad de nuestra felicidad está determinada por los genes.

Esta teoría la confirma un estudio realizado en 3 mil gemelos idénticos que fueron criados en distintas condiciones. El resultado fue interesante: todas las parejas de gemelos tenían similares niveles de felicidad.

El caso salvadoreño

Pero calma, no todo está perdido para los infelices. Las relaciones humanas determinan nuestro humor de gran manera.

Preocuparse por la familia, tener amigos y valorarlos, hacer el bien a los demás, tener fe en algo o alguien que represente un apoyo y una seguridad futura son factores que la investigación ha revelado como muy importantes para la felicidad humana. En cambio, el dinero, la moda e -incluso- la inteligencia no necesariamente van de la mano.

Muchos de estos factores explicarían porqué los rusos, ucranianos, argentinos y rumanos son los más infelices del planeta y porqué el nivel de felicidad encontrado en los salvadoreños ocupa el cuarto lugar entre los ciudadanos más felices del mundo. Vértice hizo su propio sondeo entre varios capitalinos que recorren el bullicioso centro de la ciudad para saber cuán felices se consienten. Y esto fue lo que encontramos...




JODIDOS... PERO CONTENTOS

Salvadoreños felices: ¿utopía o realidad?

Mirella Cáceres, Wilfredo Hernández,
Alicia Miranda y Erick L. Lemus
vertice@elsalvador.com

Una enfermera, una vendedora del mercado, un albañil, un maestro, una estudian- te, un sorbetero, una cosmetóloga... ¿Qué piensan estos salvadoreños sobre la felicidad? ¿La conocen? ¿La sienten? ¿Están satisfechos con su vida?

Durante el día y parte de la noche permanece en cualquier calle del centro capitalino. Eso sí, cuida de situarse en las más concurridas, esas donde la empleada retoman su papel de ama de casa y le compra al paso los tomates, las naranjas o frutos de temporada.

¿Qué le doy? pregunta Feliciana -a secas- a todo el que se aproxima a sus canastos. Son las seis de la tarde y la venta del día no sido tan buena. “La gente quiere todo barato... no saben lo que le cuesta a uno toda esta venta y lo que le cobran los buseros sangrones”, rezonga. Esta mujer, originaria de Sonsonate, dice que la vida ha sido dura con ella y aún no le ve del todo el lado bueno.

¿Que si soy feliz? pregunta extrañada. Una mueca de indiferencia. Vuelve el rostro y después de varios segundos, simplemente contesta: con lo duro que tengo que trabajar, eso no es felicidad. Calla. Si fuera feliz no estuviera aquí, los que tienen buen pisto sí pueden hablar de eso, dice. Vuelve a callar, se sienta en su banquito de madera junto a sus canastos.

Da por terminada la charla.

No muy lejos de ella hay una anciana. También descansa junto a su canasto lleno de dulces tradicionales. “Yo creo que mientras nuestro Señor nos dé vida y salud podemos trabajar y ganarnos la comidita”, comenta. ¿Se considera una persona feliz? se le preguntó. “Mire, yo mientras me sienta alentada aquí me tiene... yo creo que hay que pedirle a nuestro Señor que nos dé salud a todos para poder trabajar”, contesta.

En otro escenario, diferente al de la calle, un maestro, una estudiante, y una enfermera también tienen su propia percepción de la felicidad.

Mejorar condiciones

Para José Antonio Ábrego, director del centro escolar España, no se puede hablar de felicidad si no se reúnen ciertas condiciones. “Depende de si tenemos recursos y de una escala de valores morales y religiosos, pero la realidad del salvadoreño es otra. Es mentira que tengamos ese equilibrio”, opina.

Ana Iris Solís, estudiante de administración de empresas de la Universidad de El Salvador, cree que el salvadoreño será feliz solamente cuando las condiciones culturales, religiosas, económicas y socioculturales se lo permitan. “Creo que el salvadoreño es conformista; no es feliz plenamente”, dice.

Para el profesor Ábrego, el sistema económico y social que actualmente rige la vida de los salvadoreños no ofrece esas condiciones idóneas, específicamente las de tipo laboral y de seguridad pública, para que se sienta realizado. “¿Cómo se va a sentir feliz uno en este país si sabe que en cualquier momento le roban en el bus o en la calle? Contrario sería si tuviéramos la calidad de vida que tienen los países europeos; al menos mi percepción es que (los ciudadanos de) esos países deben ser felices”, refiere.

Concepción de Polío, enfermera del ISSS, está consciente que definir al salvadoreño como una persona feliz no es lo justo; tampoco es fácil. “Los que se centran en el dinero y lo tienen sí lo son, pero a los que les falta no creo”, dice. A pesar de haber trabajado duro desde los 17 años dentro de los hospitales, esta mujer de 44 años no se siente del todo pesimista ante la vida y sugiere que lo que el salvadoreño necesita es pensar en Dios en primer lugar y no ser materialistas. “Tampoco ser conformistas, hay que superarse académicamente en la vida”, añade.

El profesor Ábrego es, pese a sus críticas al sistema de vida que tenemos, un admirador de las cualidades del salvadoreño.

“A pesar de todo es alegre, emprendedor, no se da por vencido. Tras los terremotos no se quedó allí sin hacer nada, sabe salir adelante en medio de la adversidad”, dice.
Mientras tanto, la vida sigue.

El vendedor de utopías

“La felicidad es utópica. Hoy la tenemos, después ya no. Depende de qué felicidad hablemos. Hay económica, física, mental, depende de cómo estemos”, me dijo Julio Gómez en su puesto de ventas de afiches en el centro de San Salvador.
La plática, de apenas cinco minutos, se desarrolló en un marco de lo más propicio para la conclusión de este guatemalteco que decidió un día venir a probar suerte a El Salvador.
Rodeado de bellas mujeres y otras imágenes que adorna la pared de una vieja casa de esquina, Gómez acepta que a sus 37 años él es feliz porque tiene salud, una de las condiciones que, según él, se necesitan para lograr felicidad, además de una mente sana. A pesar de vender sueños con sus afiches.
Canto a la felicidad

Siempre pensé que felicidad y pobreza no iban de la mano. El pragmatismo y el materialismo me asaltaban cada vez que me ponía analítico. Hasta que conocí a Larín Roy, ese músico, aunque él prefiere llamarse solista, de 50 años, que todas las tardes recorre con su guitarra el Parque Libertad en busca de algún que otro despechado o enamorado a quien cantarle sus sones.
Él es compañero de destino de un ejército de desempleados que convive en ese sub mundo de apenas cien metros cuadrados en pleno centro de San Salvador. Pero hay algo que lo hace distinto.
“Yo sí soy feliz, hombre”, me dijo en medio de una estruendosa carcajada, acompañada de los acordes de su guitarra.
¿Por qué?, inquirí medio incrédulo. “Porque tengo trabajo y se gana en dólares”, me respondió, y volvió a reir.
“Imagínese que antes, para ganarme tres coloncitos, pasaba todo el día trabajando. Ahora me gano 12 dólares, son casi cien colones diarios los que me gano y a veces más en un día”, siguió con su lección de conformismo.
La lección no terminó ahí. Larín Roy me dijo que para ser felices necesitamos tener paz, comprensión. Comprendernos para vivir en armonía.
Lo dejé con su guitarra y su felicidad y me marché convencido de que, aunque sea para Larín, el Tío Sam tiene razón.


Enfundado en su uniforme de agente metropolitano, Roberto Hernández Mejía, de 34 años, recorre los contornos del Parque Libertad cada día. Ese abanico de múltiples escenarios con el que le toca lidiar a cada minuto.

Él está convencido de que la situación que actualmente vive el país no deja que el salvadoreño sea feliz. “No creo que seamos felices con la realidad del país. Mucha violencia, delincuencia, falta de fuentes de trabajo, etcétera”, me dijo convencido para acompañar su respuesta.

Medio cohibido y con la mirada clavada en los centenares de personas que se agolpan en espera del bus que los lleve a sus casas, quizá tratando de ver sus más interiores intenciones, me recomendó que si aumentaran los salarios, si abrieran más fuentes de trabajo, sin delincuencia, asesinatos, El Salvador fuera un país con felicidad.

Quizá tenga razón. Total, él sabe lo que es jugarse la vida en uno de los lugares más problemático de la capital. Él y sus compañeros. Esos mismos que lo acompañan para que los usuarios del centro de recreación tengan un poco, sólo un poco, de tranquilidad.
Viudo y feliz

A sus 61 años, don José Armando Monterrosa se siente feliz. “Aunque la voy pasando a puros vergazos”, me lanzó la sentencia a boca de jarro.

Pero la razón principal de la felicidad de don José Armando asombraría a cualquiera. “Yo sí soy feliz porque soy libre. Soy viudo y no tengo a nadie que me esté jodiendo, fiscalizando lo que hago”, me dijo con su mejor cara de picardía.

Perdido entre la maraña de transeúntes que circulan en el centro de San Salvador, don José Armando arrastra su carretón de sorbetes para tratar de ganarse los diez dólares diarios que se pone de meta.

“La vida está yuca. Se tiene que trabajar todo el día para medio pasarla. Pero no hay que hacerlo notar, Hay que hacerse el ‘mareado’ (desentendido)”, dijo acompañado de una sonrisa.

Acepta que su felicidad no es compartida por sus compatriotas. “Quizá nadie es feliz”, dice.
“Unos son infelices porque tienen mucho y pasan preocupados por a quién le va a quedar lo que tienen. Otros son infelices porque no tienen ni donde caer muertos”, razonó.

Con amor

Para María del Carmen Sánchez, la felicidad del salvadoreño la garantizaría el amor, el apoyo, la comprensión y el cariño.

Esa menuda muchachita de 16 años que todas las tardes ayuda a su madre a vender tamales y café a un costado del Palacio Nacional, a los pies de la estatua de la Reina Isabel no cree que los salvadoreños sean felices. “Por como vivimos, no hay empleos; en los trabajos explotan al empleado y no le pagan bien”, dijo.

Aunque aceptó que ella sí es feliz porque “gracias a Dios estudio y tengo a mi familia”.
Dejé a María del Carmen mientras atendía a un cliente que demandaba otro tamal ‘pisque”, mientras, ya superada la pena, me preguntaba, con malicia, que si la iba a sacar en el Diario. Le cumplí.

Por el cambio

Ala par de María del Carmen estaba Jorge Mendoza, un motorista de 63 años, que todas las tardes llega hasta el Palacio Nacional a “evocar recuerdos de tiempos mejores”.

Mendoza está convencido de que el país ha caminado para atrás.

“Todo tiene que dar vuelta. Los salarios no alcanzan, no hay producción en el campo, no hay empleos, no hay nada”, se lamentó después de que le interrumpí todo un tratado socio-político que le daba a otro hombre de su misma edad al lado derecho de la Reina Isabel.

Su mirada se clava en la estatua de Gerardo Barrios que tiene frente a él, al nomás cruzarse la calle, y lo asaltan los recuerdos y la melancolía.

Para él, no hay felicidad sin seguridad social. “Los gobiernos no piensan en el desempleado, en el jubilado. Sólo son para adentro”, dice.

Para terminar la conversación me lanzó su solución sin más preámbulos. “Es necesario un cambio de gobierno”, me dijo a secas y con seguridad. Me levanté pensando que, al menos, Schafik Handal (por quien él votaría) ya puede contar el primer voto, el de la papeleta de don Jorge Mendoza.
Hogar dulce hogar

Tener un hogar, aunque sea sencillo, pero integrado. Tener trabajo y amar y sentirse amado harían al salvadoreño alcanzar la felicidad, me dijo Wendy Escobar, estudiante de 20 años.

Comenzó un tanto tímida. Quizá porque enfrente tenía al novio que desde el espejo la observaba mientras una cosmetóloga le cortaba el cabello en una de las tantas salas de belleza que hay en la Plaza 14 de Julio. Ese estrecho pasaje que más se asemeja a un centro comercial que a una plaza.

Wendy, una guapa morena de ojos oscuros y un cuerpo muy bien dotado, venció la timidez de a poco y aceptó que es feliz porque tiene la oportunidad de estudiar y de tener un hogar. Al mismo tiempo que culpaba a la delincuencia y la falta de fuentes de trabajo y oportunidades de estudios por la infelicidad de sus compatriotas.

A pesar de…

El salón Clarita es un pequeño espacio de no más que diez metros cuadrado enclavado en la Plaza 14 de Julio. Ahí pasa todo el día Yanira Guadalupe Vásquez, una guapa quinceañera vivaracha.

Yani, como le dicen sus otras dos compañeras, cree que el salvadoreño no es feliz por la delincuencia y por el desempleo. Mas ella acepta que sí es feliz porque tiene trabajo y salud. Con la natural coquetería adolescente pide más comprensión y más amor para que lo demás sean felices.



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En busca de ciudadanos felices

Otra forma de aproximarnos a la felicidad o infelicidad de otros salvadoreños, fue a través de la vía telefónica. Se escogieron al azar a 67 personas de distintos lugares del país. La mayoría no cree que los salvadoreños seamos plenamente felices; aunque, en lo personal, sí dijeron serlo. ¿Será verdad?

Amas de casa, agricultores, maestros, jubilados, estudiantes, profesionales, fueron algunos ciudadanos entrevistados vía telefónica acerca de la felicidad, un tema que les fue difícil de definir. Unos creen que es un ideal, una utopía. Para otros, es una realidad, algo innato en los salvadoreños e independiente de los sinsabores que le toque vivir.

¿Considera que el salvadoreño es feliz? se les preguntó en primer lugar. Una carcajada antecedió a la respuesta de gran parte de los entrevistados. Lo que siguió fue un escueto “no”, un “somos medio felices”, “nadie puede ser completamente feliz”, o un crítico “no, porque para ser feliz hay que tener mejores condiciones de vida y en El Salvador no las tenemos”.

Algo revelador fue que los ciudadanos entrevistados y residentes en sitios tan distantes los unos de los otros, convergen en una misma preocupación y es la violencia. De Yucuaiquín (La Unión) o Uluazapa (San Miguel) en el extremo oriente del país hasta Santa Ana, Sonsonate, Santiago Nonualco (La Paz) o Sensuntepeque (Cabañas) creen que el clima de inseguridad que, en general, asocian con las pandillas estaría limitando a muchos salvadoreños a ser felices.

“No le podría decir que estoy feliz cuando estoy viendo a un hermano o a un amigo sufrir por la situación que vive el país”, dijo María Eva Barrera, una maestra jubilada de 76 años residente en Uluazapa.

Las otras preguntas que se les hicieron son: ¿Es usted feliz? y ¿qué se necesita para ser feliz en la vida? Los que dijeron sentirse felices -en su mayoría- argumentaron entre algunas razones contar con una familia y una fe en Dios, mismos aspectos que predominaron cuando opinaron sobre qué influye para que las personas se den por satisfechas en la vida.

la pobreza, inquieta

Sin embargo, contar con un empleo que “dé estabilidad” a la persona y a su hogar, es un factor importante que -según los encuestados- se relaciona con el bienestar del ser humano. Algunos definieron a la persona como aquella que logra un equilibrio entre lo espiritual y lo material. De allí que si bien se devela una religiosidad en el salvadoreño,
también hace de lo material un horizonte de vida; sobre todo, cuando habla de cuan importante es que se resuelvan problemas de alcance nacional como el desempleo, se reduzcan los niveles de pobreza o prepararse académicamente para forjarse un mejor futuro.

Por eso es lógico escuchar frases como “la felicidad es relativa, depende de la situación en la que estemos” o “el salvadoreño es feliz siempre y cuando tenga los tres tiempos (de comida)” para entender el significado de la felicidad para el salvadoreño.

Pese a los lamentos sobre la difícil situación económica que ven a su alrededor, también se percibe el ánimo con el que nos vemos a si mismos.

Roberto Jiménez, un bombero usuluteco, dice que los salvadoreños “tratamos de ser felices...”. Cristina de Chévez, ama de casa de 47 años, de Chinameca, parece tener una idea más clara de lo que nos lleva hacia la felicidad cuando dice: “El salvadoreño es dinámico a pesar de los problemas que tenga”.

La llave del gozo

¿Está satisfecho con su vida? Si su respuesta es “no”, quizá debiera mudarse a África y específicamente a Nigeria.

Pese a ser vivir en un país empobrecido y con grandes conflictos sociales como la violencia polarizada por las diferencias religiosas y haber tenido, tras dos décadas de conflicto, las primeras elecciones democráticas, los nigerianos son los más felices del mundo, según el World Values Survey (Sondeo Mundial de Valores). Con realidades similares en cuanto a pobreza están México, Venezuela, El Salvador y Puerto Rico, que acompañan al país africano en los primeros lugares del listado de naciones con gente más feliz que en otros países.

¿Entonces qué explica la felicidad de nigerianos y latinoamericanos? Ronald Inglehart, el presidente del World Values Survey (WVS), parece tener la respuesta: “La gente de Nigeria tiende a ser desinhibida. No tienen problemas en decir que son felices. No son como los japoneses, por ejemplo, que tienden a tirarse abajo. Además, la transición hacia la democracia y el fervor religioso tienden a hacer a la gente más feliz”.

Según Inglehart, dos preguntas son las que permitieron a los investigadores determinar cuáles son las poblaciones más felices: “¿Diría usted que es muy feliz, bastante feliz, no muy feliz o para nada feliz? y ¿Qué tan satisfecho está usted con su vida?”. La WVS realiza estos estudios en 80 naciones de los cinco continentes desde 1981 para descubrir cambios en las conductas socioculturales, los valores y las creencias de la población mundial. El cuestionario estándar se distribuye en todos estos países pero se adapta al contexto y lenguaje locales. El estudio confirma que el dinero no hace la felicidad. Países ricos y desarrollados, en los que el nivel de vida y el ingreso per cápita ha aumentado en los últimos años, se ubicaron en puestos intermedios del ranking de satisfacción. Nueva Zelanda, Estados Unidos,

Australia y Gran Bretaña, ocuparon respectivamente los lugares 15, 16, 20 y 24. Uno de los motivos que limita la felicidad de estas poblaciones desarrolladas sería, según los investigadores, la creciente tendencia al consumo.

Porcentajes de
población
mundial feliz.


Nigeria 68%
México 58%
Venezuela 57%
el Salvador 55%
Puerto Rico 52%
vietnam 50%
Colombia 48%
Holanda 47%
Dinamarca 46%
En el sitio web de la cadena te CNN se abrió el 3 de octubre pasado un espacio llamado “QuickVote” para recoger las opiniones de los cibernautas acerca de qué es lo que les hace más feliz. Hasta el viernes, los usuarios habían votado por la salud y el amor como los aspectos que más les satisfacían, muy por encima del dinero. Otras investigaciones con similares objetivos a los emprendidos por World Values Survey, han reportado distintos resultados. Por ejemplo, la fundación McSweeney’s midió la felicidad de los ciudadanos de 22 países respecto a su nivel de vida, en los que El Salvador no está incluido. El resultado colocó a Dinamarca como el país más feliz del mundo, seguido por Australia y Estados Unidos.

Además colocó en la lista de los diez países más felices a Venezuela, Kuwait, India, Gran Bretaña, Malasia, México y Argentina. De igual manera, ambas investigaciones reflejan una relativa y poca importancia de los bienes materiales en la felicidad humana. Para muchos de los países analizados, basta tener comida, casa y ropa para un buen nivel de felicidad.



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Salvadoreños opinan sobre la felicidad

Sesenta y siete personas de las zonas occidental, oriental y paracentral de El Salvador fueron las entrevistadas vía telefónica por el Equipo Vértice sobre el tema de la felicidad. Estas son sólo algunas de las opiniones vertidas y las más representativas.

Nombre: Marlene Cabezas
edad: 25 años
Ocupación: Empleada (Zacatecoluca)
Los salvadoreños no son felices por la delincuencia, los problemas económicos y sociales... La felicidad es pasajera, depende de como nos encontremos. Hay que estar en paz con los demás.

Nombre:
David Alfaro
edad: 21
Ocupación: Estudiante (Zacatecoluca)
El salvadoreño es feliz siempre que tenga lo necesario para sobrevivir. Yo soy feliz porque otros están peor que yo. Creo que necesitamos tener a Dios, salud y una economía estable.

Nombre:
René González
edad: 60
Ocupación: Bienes raíces (Santo Tomás)
Desde el punto de vista espiritual sí somos felices, pero por otro lado, creo que la delincuencia no deja que seamos felices. Yo soy feliz porque Dios me da la vida, la salud y trabajo.

Nombre:
Roxana Ábrego
edad: 26
Ocupación: Mercadóloga (Ilobasco)
El que está cerca de Dios es feliz, de lo contrario es desdichado. Yo me siento feliz porque siento la presencia de Dios. Necesitamos estar bien con la familia, apoyar a quien lo necesite.

Nombre:
Ronald Escobar
edad: 33
Ocupación: Agente de seguridad (Ilobasco)
No somos felices con tanto problema de delincuencia, pero sobre todo por la pobreza. Yo soy feliz porque tengo trabajo y salud. Creo que debemos estar en paz con Dios y tener un trabajo.

Nombre:
Julio Rivera
edad: 65
Ocupación: Pensionado en Estados Unidos (San Salvador)
Dudo que el salvadoreño sea feliz por la falta de trabajo y la situación económica del país. Creo que el país necesita salud y trabajo. No soy completamente feliz pero estoy estable.



Nombre:
Francisco Hernández
edad: 24
Ocupación:
Estudiante (Apastepeque)
No es feliz por el desempleo y la pobreza que se agudizan cada día y le dificultan el desarrollo. Me siento relativamente feliz. Creo que la gente es feliz dependiendo de los logros que alcance.

Nombre:
Salvador Aguilar
edad: 59
Ocupación: Profesor (San Juan Nonualco)
El salvadoreño es feliz porque es libre y siempre realiza sus sueños. Yo soy feliz, tengo trabajo, familia y me siento realizado. Creo que para ser feliz hay que tener paz interior y con los demás.

Nombre:
Lucía Rivera
edad: 58
Ocupación: Comerciante (Suchitoto)
No somos felices, muy caras están las cosas. Yo no me siento feliz porque no tengo dinero para trabajar. Creo que todos necesitamos recursos para trabajar, las deudas no dejan ser feliz a nadie.

Nombre:
Celia Henríquez
edad: 32
Ocupación: Ama de casa (Sonsonate)
No podemos ser felices. El pisto no abunda apenas saca uno el nombre de Dios del día. A pesar de todo soy feliz... Yo creo que aquí se necesita sacar la lotería para ser feliz.



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