12 de enero 2003

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A DOS AÑOS DE LA TRAGEDIA
La tierra se abrió en la tragedia

La tierra crujió durante 45 segundos. Los expertos calcularon aquello: 7.6 en la escala de Richter, calificaron aquello. Las cifras finales resultaron aterradoras: 994 muertos, más un millón de damnificados y daños que resultaron devastadores. A pesar de todo eso, dos años después, El Salvador está de pie. El terremoto es historia.

El Diario de Hoy
vertice@elsalvador.com

Eso fue: una tragedia que devastó el país. Dos años después, el país todavía hace esfuerzos para recuperarse.

La furia de la tierra llegó de repente. Como si hubiesen estallado muchas bombas atómicas debajo de la epidermis de esta tierra, nada permaneció quieto.
Un incontrolable estremecimiento, que apenas demoró 45 segundos, fue suficiente para que las pupilas de los salvadoreños miraran, en el horizonte, un aterrador cuadro de muerte y destrucción.
Era una soleada mañana del sábado 13 de enero de hace dos años. Cuando las finas agujas de los sismógrafos se detuvieron, no quedó ninguna duda: se trataba de un terremoto de 7.6 grados Richter.
Ese simple dato reveló algo más a los expertos de todo el mundo, que, alertados por sus máquinas, concentraron sus ojos en El Salvador: la magnitud de la energía liberada era tal que en algún lugar habría quedado una herencia no deseada por nadie.
El epicentro del terremoto fue ubicado a 55 kilómetros al sur de la playa Los Blancos, en el departamento de La Paz, a una profundidad de 32.1 kilómetros.
Muchos creyeron que, cerca de ese lugar, encontrarían los rastros de una de las mayores brutalidades que puede provocar la tierra. Pero se equivocaron.
Fue a muchos kilómetros de ese lugar, en la urbanización Las Colinas, en Santa Tecla, donde se encontró la peor de todas las evidencias de un terremoto que desgarró a todos: 536 personas murieron después de caerles encima millones de metros cúbicos de tierra y piedras.
En medio de un país enloquecido, que apenas se sobreponía del susto sin electricidad y sin agua, los locutores de algunas radioemisoras comenzaron a dar las primeras alertas sobre la tragedia, que no sólo mantenía arrodillada a toda una nación: también se comenzaban a contar, con asombro y dolor, los muertos.
El primer inventario de las autoridades fue alarmante: los daños eran devastadores. En Las Colinas, una parte de la montaña de la Cordillera de El Bálsamo se precipitó sobre unas 200 casas.
En otros lugares como Comasagua, Jayaque, Nueva San Salvador, San Agustín, Berlín y muchas otras poblaciones, las casas y edificios estaban postrados.
Más de 16 mil derrumbes sepultaron varios tramos de la carretera Panamericana. En muchos de ellos también quedaron soterrados los cuerpos de muchísimas personas.
Era tanta la destrucción y la muerte que el gobierno de Francisco Flores decretó emergencia nacional poco después de ocurrido el terremoto. Millares habían perdido sus casas. La red vial, las escuelas, las iglesias y edificios públicos y privados y muchísimas otras construcciones del hombre estaban afectadas. Peor aún: la tierra no dejaba de temblar.
Cuando pasaron los días, las cifras oficiales dibujaron el balance final: 994 muertos regados en todo el territorio nacional, aunque el mayor número de víctimas se registró en la colonia Las Colinas, de Santa Tecla.
Casi un millón cuatrocientas mil personas resultaron damnificadas. La mayoría de ellas residía en el departamento de La Libertad. Además, casi 50 mil viviendas fueron arrasadas por la fuerza del sismo.
Sólo en Nueva San Salvador, murieron más de 600 personas. Unas 19 mil personas encararon daños y unas cinco mil viviendas resultaron parcial y totalmente destruidas.
Dos años después de aquella tragedia, el país muestra otra cara. Aunque todavía no logra recuperarse del todo, la construcción de miles de casas, la restitución de carreteras y una serie de obras públicas permiten decir que, aunque los muertos no pueden olvidarse, el país está de pie.
El Salvador permaneció postrado durante algún tiempo. Pero la fuerza con que la tierra embistió el país no detuvo, jamás, las posibilidades de recuperarse.
Aquello fue un duro golpe al progreso, que, además, acabó con casi mil vidas.
Muchos estiman que las obras de recuperación deben avanzar con mayor rapidez. Todavía existe gente que vive en champas. Sin embargo, hay que aceptar que el esfuerzo ha sido verdaderamente descomunal.


Los días de aprietos

Tras el terremoto, nada estaba igual. El país sufría. Sobrevino una sensación de derrota ante la naturaleza. Nada se podía hacer. Sólo contar los muertos y la destrucción que dejó la furia de la tierra sembrada en 45 segundos.

Destrucción a pesar de los daños, el país
ha logrado recuperarse de las ruinas

Tras el terremoto, ninguna cabeza de los salvadoreños estaba en su lugar.
Las cifras de los muertos sorprendían a todo. Lo que ocurrió en la colonia Las Colinas golpeó el alma de cada uno. Cada muerto que apareciera, en cualquier lugar del país, se agolpaba en las mentes de todos.
Aquellos fueron días de calamidad. Sin electricidad ni agua, las primeras horas se hicieron angustiantes.
Los periodistas recorrían todo el territorio nacional en busca de nuevos hallazgos. Nadie podía estar tranquilo ante semejante tragedia y frente a los nuevos y constantes anuncios que reflejaban un efecto devastador.
Los representantes del gobierno trataban, después de declarar la emergencia nacional, de socorrer a los desvalidos.
Muchos representantes de empresas locales e internacionales llegaron a la oficina del presidente Francisco Flores a ofrecer toda la contribución que fuera necesaria.
Muchos otros, o casi todos los salvadoreños, se apiadaron frente a quienes estaban en desgracia.
Muchísimos llevaban alimentos y agua a los campos como el mejor ejemplo de solidaridad.
Era lo menos que se podía hacer en ese momento. La tragedia obligaba, precisamente, a eso, a la solidaridad.
Ahora, esos son recuerdos en las mentes de muchos. Pero, con el tiempo, se convirtieron en pasajes que jamás se olvidarán. Los muertos dolieron. Los daños también.

Ayuda de los amigos

Los países amigos no renunciaron a ayudar a El Salvador. La tragedia los conmovió.

Primeras horas
Pocas horas después de ocurrido el terremoto del 13 de enero, la ayuda extranjera fue enviada al país por aire y por tierra. A pocas horas de la catástrofe, apoyo humano y aviones cargados de víveres, material médico y ropa comenzaron a llegar a El Salvador. Arribaron decenas de voluntarios de México, Turquía, venezuela, Nicaragua, Japón, Honduras, Taiwán, Francia y Ecuador, entre otros.


Números del dolor

Todo cuanto heredó el terremoto del 13 de enero fue cuantificado en números. Cuando llegó el balance final, no sólo nació el asombro. Todo estaba trastocado. Contar muertos y destrucción no es fácil. Muchos menos reponerse de la fuerza brutal con la que nos embistió la tierra

Muertos 994

La mayoría de los fallecidos se registró en la colonia Las Colinas, en Santa Tecla. A pesar de ello, el terremoto dejó su herencia de muerte en todo el territorio nacional.

 

Afectados 1.3 mills.

La mayoría de los damnificados quedó en el departamento de La Libertad. Las pérdidas materiales se calcularon en muchísimos millones de dólares. Un golpe duro para la economía.

 

Viviendas 45 mil

Las residencias que más sufrieron fueron las construidas con bahareque y adobe. Muchos debieron dormir en campamentos de refugiados mientras llegaba el abrigo.



A DOS AÑOS DE LA TRAGEDIA
Pesadilla a las 11:33

Las lágrimas vuelven a brotar cuando se recuerda la desgracia que ocurrió en la colonia La Colina, el 13 de enero de 2001. Echar una mirada a esos momentos de terror es contraer, de nuevo, el rostro y recrear el dolor de miles de familias que perdieron a sus seres más queridos. Tres testigos de la catástrofe nos narran sus momentos más críticos, cuando la lucha tenía un solo nombre: supervivencia

Lorena Baires/Guadalupe Hernández
vertice@elsalvador.com

Doña Alicia de Domínguez observa la parte de su casa que fue destruida por el alud. Aún recuerda que la tierra no se llevó el sofá verde que se encontraba frente al televisor.

La mañana de aquel sábado de enero, los vecinos de la colonia realizaban sus actividades cotidianas, sin imaginar la tragedia que llegaría

Doña Alicia de Domínguez se encontraba en la cocina de su casa; pelaba las verduras para preparar su tradicional sopa de carne. Eran las 11:00 de la mañana y, en la cochera, su hermana Úrsula, su hijo Roni y su sobrina Jacqueline “estaban llenando con agua unos barriles que íbamos a llevar en el carro de mi esposo hacia la casa de mi mamá. Toñito, mi hijo menor, estaba jugando Nintendo en el cuarto de arriba”, recuerda Alicia, de 53 años.
Su esposo, Antonio, se dirigía hacia Jayaque, La Libertad, a traer un cargamento de café. Estaba en la carretera que conduce a Los Chorros. Se había marchado temprano.
En La Colina, con el sonido del televisor de fondo, transcurrieron alrededor de 30 minutos.
De pronto, a las 11:33 a.m., la tierra empezó a moverse. “Tranquilamente dejé el cuchillo con las verduras y me fui a la sala; mi hermana y los niños ya estaban ahí. Nos pusimos frente al televisor para detenerlo por si se caía, después nos arrodillamos en suelo a rezar fuerte”.
Los cuadros, adornos y hasta el teléfono ya habían caído al suelo. Roni subió al cuarto por su hermano menor e inmediatamente regresó a la sala.
El silbido de un fuerte viento y el movimiento incesante de la puerta de entrada, hicieron que Alicia levantara la mirada.
“No recuerdo cómo, pero Jacqueline y Toñito se me habían salido, y en ese momento venían corriendo con el rostro pálido. Me gritaban: ¡Mami, mami, ahí viene la montaña!

Carmen María Varela, de ocho años, estaba alegre. Iría de paseo con su padre a Ilobasco.
Echó una ropa en su mochila de clases, pero, por aquellas cosas de la vida, —cuya explicación aparecería más tarde— también quiso llevarse algunas fotografías familiares.
En los retratos aparecían su madre, doña Carmen, de 51 años, y su hermana Adriana, de 11, quienes no quisieron ir al viaje, la primera porque una tenía que planchar y la segunda debía que forrar los útiles escolares. Carmen María y su padre, don David Varela, se marcharon con la tristeza de no haberlas convencido para que los acompañaran. Ese día, a las 11:33 a.m, los viajeros ya habían llegado a Ilobasco.



Don David Varela buscó incansablemente a sus familiares. En las primeras horas albergó la idea de encontrarlas con vida. Pero luego, se resignó a buscarlas entre los muertos.

La fuerza del terremoto se extendió hasta aquella región del país. Don David y Carmen María se asustaron, pero nunca se imaginaron la dimensión de la tragedia.
Marcaron el número telefónico de la casa, pero sólo sonaba y sonaba y nadie contestaba, pensaron que, a lo mejor, ellas habían salido.
El padre de Carmen María recibió algunas llamadas telefónicas de sus amigos, quienes le advirtieron que el terremoto había destruido La Colina.
La preocupación afloró. Subió a su hija al pick up para regresar. Encendió la radio y escuchó que la senda Las Margaritas, en donde se ubicaba su casa, estaba soterrada.
Su corazón latía a mil por hora y el camino de Ilobasco a San Salvador se hizo más largo que de costumbre. Cuando por fin llegaron a la colonia, la impresión fue terrible, la escena era grotesca. “Sentí mareos y estuve a punto de desmayarme”.

El señor Varela sintió desfallecer cuando observó el desastre.

Zuleyma Orellana había amanecido pensativa, nerviosa e incómoda. Pero sabía que tenía que ir a comprar los útiles escolares de sus hijos al colegio Santa Inés. Así que a las 11:00 a.m. decidió irse a bañar; a sus hijos los había alistado desde temprano.
“La empleada de mi hermano, que vivía a la par, me dijo que no iba a poder acompañarme, así que en media hora me alisté”.
Zuleyma llamó, como de costumbre, a los taxistas de la central Sinaí; el motorista de la unidad 16 pitó a las 11:30 a.m. frente al portón de la casa. Los niños jugaban con las bicicletas en la entrada de la senda.
“Como el motorista era de confianza, rápido subió a los niños al carro y me avisó que ya estaba listo. Me cercioré de que todos los electrodomésticos estuvieran apagados. Salí de casa y eché doble llave en el portón, en ese momento, otro motorista platicaba con el de la unidad 16.
“Cuando iba a cerrar la puerta, el carro saltaba y se movía como hamaca. Mis hijos empezaron a gritar y, del nerviosismo, hasta me estaban ahorcando”.

Mientras duró el temblor se mantuvo en el carro “porque el otro motorista nos dijo que era mejor esperar a que pasara, para evitar el riesgo de que algo nos cayera encima”.
Ella empezó a observar el panorama hacia todos lados. Al ver hacia atrás, había una enorme nube negra que venía en dirección del taxi y, cuando la tierra tocó el suelo, se escuchó como una bomba.
“Mi vecino, don Alex, venía corriendo como loco; encima de aquella ola de tierra logré ver que venían carros, camiones, postes y árboles. El volcán se movía como las olas del mar”.
Preso del pánico, el taxista no podía arrancar el auto, los niños gritaban histéricos y Zuleyma empezó a sentir un fuerte dolor de cabeza producido por su incurable migraña. Mis hijos gritaban: “¡Mami, mami nos vamos a morir aplastados!”.

Cuando los hijos de doña Alicia Domínguez venían corriendo hacia la casa, “yo sólo esperaba que ellos entraran para poder cerrar la puerta, pero al final ya no pude hacerlo”. Segundos después de que los pequeños cruzaran el umbral de la puerta, el alud de tierra cayó sobre la cochera y una parte de la sala.
Úrsula, Alicia y los niños regresaron a la sala, frente al televisor. A Toñito le cayeron —sobre su cabeza— los escombros del cielo raso. Alicia se apresuró a recogerlo, quitó los escombros y le limpió la cabeza. “Nos fuimos al patio de la casa, y el niño me dijo: “Mami, mire... tengo sangre en la cabeza, quizás estoy herido”.



La vivienda de Zuleyma se encuentra muy deteriorada. Ella no dispone de dinero para reconstruirla por completo.

Tomó una toalla que estaba colgada y la puso sobre la cabeza del menor, “la sangre no se estancaba, su cabeza parecía un chorro abierto”. Con mucha aflicción, pensó en llevar a su hijo al hospital. Volvió su mirada al cielo y escuchó la voz de un hombre: – ¿Hay alguien ahí?
Alicia empezó a pedir ayuda. “Yo salí de la casa y nunca volví a ver en dirección a la montaña, sólo corrí hacia el punto de taxis y le dije a uno de los motoristas que me llevara al hospital San Rafael. Llegué, estaba muy lleno, me fui a una clínica privada”.
Dejó al niño en la clínica y regresó a casa a traer dinero para cancelar la operación de Toñito.
Cuando volvió a la clínica, su hijo ya había sido operado. La voz de su esposo, Antonio, en la entrada de lugar, le hizo brotar lágrimas de alegría. “Nos vimos y nos abrazamos con gran fuerza. Llorando, le dimos gracias a Dios de habernos salvado de morir”.

Zuleyma Orellana no ha podido superar el impacto de la tragedia.

Al caminar por todo aquel desastre y ver tantos muertos, la esperanza de don David por encontrar a sus familiares con vida se fue perdiendo.
La búsqueda entre cadáveres comenzó. Los ojos se le abrían más cuando observaba algún cuerpo de tez blanca, como el de su esposa e hija; intentaba ver más allá de un cuerpo desfigurado, observaba la ropa, el pelo... pero nada.
Cuando llegó a la morgue que se improvisó por la tragedia, alcanzó a ver un cuerpo. El color del vestido del cadáver le confirmó el horrible temor.
Pero un rayito de esperanza apareció cuando otra persona aseveraba que el cuerpo era de un familiar suyo. Don David esperó. Pero una prótesis dental terminó de desgarrarle el alma: el cuerpo era de su esposa.
Con el corazón destrozado, don David continuó la búsqueda; faltaba su hija. En esa búsqueda vio cómo muchas personas se aprovechaban de la situación y se dedicaban a robar, incluso las prendas de valor que tenían los muertos.
Terminó formando parte de las cadenas humanas que removían los escombros. En cada cuerpo que sacaban, intentaba ver algunos rasgos de su adorada hija.
Más tarde supo que el cuerpo de la pequeña Adriana había sido enterrado en una fosa común. Jamás volvió a verla.

“Por fin, el carro arrancó y salimos recto sobre la calle, sin doblar en ninguna esquina. A mis sobrinos, que vivían a la par, los vi que trataban de correr junto al taxi, pero ellos doblaron en la esquina de una tienda”.
Zuleyma recordó que su hijo mayor se encontraba en el ITCA, así que decidió ir a traerlo y después regresar a ayudar a sus vecinos. Cuando lo recogió, el taxista los llevó a la entrada de la colonia Utila y ahí se esperaron, mientras ella regresa a la zona del desastre a ayudar.
Al volver Zuleyma, logró entrar a su casa para sacar sus pertenencias, pues los vecinos le advirtieron que los ladrones saqueaban las viviendas.
“Sentí un dolor muy fuerte en el pecho, yo quería ayudar a mis vecinos a salvarse, pero no podía. Llegaron mis familiares, y me llevaron al hospital, porque me había trastornado. Cuando sentí, estaba en un cuarto en el Seguro Social. Ese día no pude parar de llorar, recordaba los momentos que había vivido junto a mis vecinos”.

Las familias Domínguez Rivera, Varela y Orellana han regresado a convivir con sus tristes recuerdos; tienen la esperanza de reconstruir sus viviendas y reanudar sus vidas, pese a las dificultades económicas y sicológicas que persisten.
Ellos son una pequeña muestra del drama que centenares de familias vivieron a causa del terremoto. El recuerdo de lo que fuera una comunidad unida permanecerá en su memoria.

El parque memorial

Las familias que han regresado no están de acuerdo con la construcción de un parque

Urgen viviendas
Los afectados de La Colina II desean que primero se resuelva el problema habitacional antes de la construcción de un parque memorial o uno ecológico.
A juicio de Juan Hernández, síndico de la Asociación de Desarrollo Comunal de La Colina II, hay personas que no han podido reconstruir su vivienda, porque no tienen asesoramiento sobre cuáles pasos seguir.
“Las viviendas son más importantes que cualquier parque”, dice Hernández.



A DOS AÑOS DE LA TRAGEDIA
El día que no pasó al olvido

Los sobrevivientes del trágico 13 de enero han sobrevivido a sus recuerdos, al dolor de los ausentes y al desamparo tras perder su hogar. En todo el país, miles de almas quedaron marcadas por el resto de su vida debido a las sacudidas del 13 de enero y febrero de 2001. Esta mañana, el escenario emblemático de la tragedia, la colonia Las Colinas, ofrendará un homenaje a quienes ya no están.

Víctor H. Dueñas/Erick L. Lemus
vertice@elsalvador.com

Cada 2 de noviembre y 13 de enero, familiares y amigos de víctimas mortales en Las Colinas depositan ofrendas florales en el lugar de la tragedia.

El silencio que envuelve el sector poniente del cementerio de Santa Tecla solo es roto por dos empleados municipales que remozan la tumba colectiva.
Allí, bajo unos metros de profundidad, descansan los restos de más de 400 víctimas de la tragedia en Las Colinas.
La zona catorce del cementerio, alberga sinnúmeros de historias de tragedia y dolor que terminan por inundar los ojos de unos y enervar el ánimo de otros.
Ana, Alicia, Adán, Alberto, Bertha, Beatríz, Belisario, Benito, Carmen, Cecy, Carlos, César, Deysi, David, Daniel, Elsa, Esther, Edwin, Francisco, Gilma, Gerson... son algunos de los nombres, pintados a mano, sobre una ‘laja’ que encabeza el monumento in memorian a las víctimas.
Son 100 metros de largo de la fosa, con cruces de hierro a ambos extremos, a la que fueron a parar familias completas.
Armando Melgar y Alfredo Castillo, los dos empleados municipales que pican la tierra en los montículos de la zona catorce, hablan del drama que viven los familiares de los fallecidos.
“Aqui viene gente a llorar, a recordar a sus parientes”.
Cualquier día de la semana, a cualquier hora, es posible encontrar a alguna persona frente a la sepultura, donde suelen depositar oraciones y ramilletes de flores.
El tradicional Día de los Difuntos y, sobre todo, el 13 de enero, los visitantes al camposanto aumentan por cien.
En noviembre pasado uno de los visitantes fue Jenny Hernández, de piel blanca y cabello castaño, quien depositó tres crisantemos, unas chastas y una rosa roja sobre la tierra húmeda del lugar. “Yo perdí tres; ella nueve, entre niños, niñas y adultos”, comentó, en aquel momento, un joven que la acompañaba.
Fueron segundos los que permanecieron en el lugar y, tras de ellos, decenas de personas más llegaron a rendir tributo.

Segundo aniversario

Esta mañana habrá una conmemoración en la zona del desastre. Luego, los dolientes marcharan en silencio al cementerio.
El símbolo será una rosa roja. La flor será pintada en uno de los muros que sobrevivió al deslave, al pie de la montaña. En ese mismo muro, los familiares de las víctimas han escrito en rojo: “resurgiremos”.
“El año pasado fueron como tres mil personas las que se congregaron y participaron en la procesión”, asegura uno de los voceros de la comuna tecleña. “Este año puede ser el mismo número o más”, agrega.
Además del dolor que sufren por la pérdida de sus familiares, algunos de los sobrevivientes enfrentan otra tragedia, una que tiene que ver con la posible expropiación. El problema en Las Colinas surgió desde que el gobierno de Francisco Flores indemnizó con ¢75 mil a quienes aceptaran. La plusvalía original de cada lote es mucho mayor a esa cifra, pero el objetivo es crear un Parque Memorial, que será administrado por la Fundación Técnica Pro Medio Ambiente (FUTECMA). Pero los sobrevivientes, que no han vendido, se oponen tajantemente.
Una sobreviviente aceptó vender su propiedad cuando perdió a su familia de siete miembros. “¿Cómo iba a hacer para enterrarlos? No tenía ni cinco. Todo se perdió. Por eso me decidí a recibir el dinero”. Ella logró comprar los féretros y sepultar a los suyos, pero ahora vive de la caridad pública. “Mi casa está ahí”, señala.
Un tema pendiente
Aún no hay claridad sobre el destino de Las Colinas, si convertirla en Parque Memorial o permitir que sea repoblada.
El problema es complejo. A iniciativa del gobierno y usando fondos donados, se procedió a la compra de fragmentos de la zona de deslave, a solo días de ocurridos los terremotos. Quienes decidieron vender, recibieron ¢75 mil como pago fijo, independiente al tamaño o inversión realizada en la compra y modificación de las viviendas destruidas.
El gobierno entregó los terrenos adquiridos a FUTECMA para asegurarse que los ex propietarios no volverían al lugar.

Cuestiónn de pago

Sin embargo, a dos años de la tragedia, quienes no vendieron continúan viviendo en el mismo lugar; sobre todo, porque no tienen otro lugar donde residir. Y algunos de los que vendieron también quieren regresar, debido a que tampoco tienen donde habitar. Estos últimos, cuestionan el bajo pago que recibieron a cambio de sus propiedades.
Al dilema de los residentes de Las Colinas se agregan las exigencias de FUTECMA, que sabiéndose dueña de algunos terrenos, los reclama para iniciar la construcción del parque y asumir su administración.
“¿A quién beneficia el parque? Al menos, a nosotros no”, sentencian los propietarios que demandan la ejecución de las obras de mitigación de la cordillera. “Sabe cuál es el colmo, no somos sujetos de crédito porque dicen que vivimos en una zona de alto riesgo. ¡Por Dios! Después del terremoto, digame qué lugar de El Salvador no es de alto riesgo”, dice David, mientras lo rodean los retratos de su esposa e hija, que partieron el 13 de enero.
A la fecha, ni una autoridad tampoco habla de las obras que ejecutó la sociedad El Paso, meses antes, en la montañita colindante a la casa de Mimi Guirola. “Allá arriba se iban a construir 23 casas y durante días estuvieron corta que corta los árboles. Yo bien me recuerdo que el suelo vibraba y nosotros fuimos a querer detener la obra; pero fue imposible. Todo esos trabajadores murieron el 13”, relata un anciano.
El alcalde de Santa Tecla, Oscar Ortíz, también se refiere al problema de la zona de deslave. “Esa es la deuda que queda”, sostiene.
El alcalde explica que la ciudad fue destruida en un 70 por ciento. Hubo más de 2,000 viviendas destruidas; 2,500 más dañadas e inhabitables y 420 dañadas pero con posibilidad de ser utilizadas.
Pese a todo, el edil sostiene que a dos años “Santa Tecla está bastante bien” e insiste: “el tema pendiente es Las Colinas”.
La urbanización está enclavada en la Cordillera del Bálsamo, de ahí que el tema no solo sea Las Colinas sino la extensa zona de vegetación.
Ortíz habla de obras de mitigación y protección. “Hay estudios que nos dicen dónde construir y cómo”.
“No se trata”, sostiene, “de bloquear el desarrollo, pero debe procurarse evitar nuevas tragedias”.
Pero, ahora, los residentes que sobrevivieron elevarán una plegaria por sus seres queridos.

TESCUELA DE DESTRUCCIÓN
El drama de las colinas incluye la zona de deslave y el cementerio general de San Tecla. Parte de la urbanización permanece desolada. Aún no se define que hacer con ella.


TUMBAS

100 metros de largo fueron habilitados para depositar los cuerpos y restos de las víctimas de Las Colinas.

 

VICTIMAS

400 fueron sepultados, aproximadamente, en la fosa común, del sector 14, en el cementerio tecleño.



A DOS AÑOS DE LA TRAGEDIA
Los riesgos persisten

Los expertos coinciden en advertir, tras realizar una serie de estudios, que la cordillera de El Bálsamo puede provocar nuevos derrumbes y poner en peligro vidas humanas y construcciones realizadas por el hombre. La montaña que mató a centenares de personas está viva y frágil. Nadie puede fiarse de ella, sobre todo, si ocurren nuevos sismos en un país adicto a los temblores

Heydi Vargas
vertice@elsalvador.com

Las Colinas. El deslave dejó un saldo aproximado de 600 muertos, y cientos de familias salvadoreñas preguntándose por qué sucedió.

Siempre la cordillera ha sido catalogada como zona de máxima protección. Sin embargo, el riesgo aún persiste. ¿Qué se está haciendo para que no suceda otra tragedia de igual magnitud?

Si se le mira a la distancia, aparece ante nuestros ojos como una montaña silenciosa, tranquila aunque enigmática. Hace dos años, esa tierra construida por Dios se desgarró, rodaron millones de metros cúbicos y , sin misericordia alguna, sepultaron a casi 600 personas y más de trescientas viviendas. Los primeros que llegaron a ese lugar se asombraron ante lo que miraron ahí. La tierra parecía blanda pero escondía el color de la muerte. Un terremoto de magnitud 7.6 en la escala de Richter fue la causa de todo. Muchos sabían, sobre todo los expertos, que esa montaña que forma parte de la cordillera de El Bálsamo estaba rodeada de peligro. Por eso se le llamó zona de máxima protección. Han pasado dos años y el peligro amenazador subsiste. Todavía está ahí.
¿Por qué sucedió esa tragedia? ¿Se pudo haber evitado?
El mortal deslizamiento lo desencadenó un fuerte terremoto que ocurrió en plena época seca.
Pero la montaña tenía sus propias secretos. A pesar de la época, el derrumbe se comportó como un flujo de lodo. Y esto último significó la presencia de agua en la masa de tierra.
Es cierto: la montaña actuó extrañamente. Los científicos dicen que produjo un efecto de licuefacción en una capa que, efectivamente, contenía agua.
Es difícil de explicar pero, al moverse la tierra, en la zona de la cresta más elevada de esa montaña, se produjeron desplazamientos de tierra y sobrepresiones de agua que ayudaron a causar la tragedia.
La excavación de caminos a media ladera, el vertido de los restos de excavación, la deforestación, las sobrecargas sobre la montaña que introdujeron las estructuras urbanísticas y el vertido de aguas no controladas colocaron el terreno en un grado máximo de vulnerabilidad.
La ladera norte de la cordillera de El Bálsamo presenta numerosas evidencias de inestabilidad.
El problema actual es que, ante nuevos sismos, otra parte de esa sierra puede volverse a desplomar. De eso están seguros los expertos de varios países del mundo que han llegado hasta Santa Tecla.
Después de todo lo que sucedió, la cordillera de El Bálsamo se ha convertido en uno de los puntos más estudiados por científicos atraídos al país.
Empresas como la italiana Lotti, FundaSísmica y Geólogos del Mundo han realizado una serie de estudios en la ladera norte de la sierra del norte.
Los técnicos de esas firma concuerdan en que el peligro persiste y, aunque no aseguran que un nuevo sismo de tal magnitud pueda provocar otro desastre similar, advierten la necesidad de realizar obras que neutralicen el peligro.
Según el alcalde de Santa Tecla, Óscar Ortiz, falta mucho por hacer, especialmente en la zona del propio deslave y en la parte alta de la colonia Pinares de Suiza. “Los trabajos más importantes se han hecho en la parte baja de la cordillera, en la quebrada El Piro, que había quedado bien afectada también, y en la parte baja de las zonas de Pinares de Suiza, pero todavía hay trabajos no realizados que son los más importantes”, explicó Ortiz.
Se trata de trabajos en el propio deslave de Las Colinas y en la parte alta de Pinares de Suiza.


Las medidas de la Alcaldía

En Pinares de Suizas, otra de las colonias afectadas, se han hecho trabajos de mitigación, pero continúa el riesgo.

Estas son las medidas que tomó la Alcaldía tecleña luego del desastre:

1- No permitir más construcciones en la parte alta de la cordillera. Las obras en esa zona estaban restringidas. Tras el terremoto, las restricciones se endurecieron. La cordillera de El Bálsamo tiene dos historias: antes y después del terremoto del 13 de enero.

2- Los trabajos, el proceso de seguimiento permanente después de las época de lluvia, son otros aspectos que se toman en cuenta. Por ejemplo, se analiza si la cantidad de lluvia que cae no provoca o fisuras o escorrentillas que amenacen con pequeños o medianos deslaves, o desprendimientos que pudieran resultar peligrosos

3- La necesidad de realizar trabajos de mitigación, fundamentalmente en dos zonas en Las Colinas y en la parte alta de Pinares de Suiza, no ha encontrado respuesta en el Gobierno Central. Por eso, la Alcaldía ha incluido en el presupuesto para este año trabajos de mitigación para prevenir otro desastre cuando llegue el nuevo invierno.

El estudio de Lotti

La empresa Italiana C. Lotti & Associati-Enel.Hydro realizó un estudio integral en la cordillera de El Bálsamo. Éste mostró una serie de obras que deben realizarse en el sector de Las Colinas para mitigar los riesgos que están presentes, y establece la urgente necesidad de seguir realizando trabajos de protección para reducir la alta vulnerabilidad y sensibilidad de la zona en cuestión. El mismo equipo recomendó la remoción de ocho manzanas de zona boscosa, a 500 metros del deslave en la finca Normandía, bajo el argumento de que el impacto provocado es neutro para la cordillera, sin haber presentado hasta hoy un estudio de impacto ambiental.

El estudio DE GEóLOGOS DEL MUNDO

La ONG Geólogos del Mundo realizó un informe preliminar de evaluación sobre el estado de riesgo por causas sísmicas, geológicas y ambientales en las colonias de Alpes Suizos, Pinares de Suiza y Europa II.

El mismo equipo recomendó realizar una serie de obras para evitar nuevas tragedias en el futuro. Un documento recomienda, de manera técnica, las tareas que deben realizarse. Otros organismos coinciden en esas necesidades.

Tres grupos

Los técnicos hacen tres grupos de recomendaciones que deben aplicarse:

Sugerencias
Debe realizarse una propuesta de zonificación de riesgo por inestabilidades en las laderas.
También debe hacerse una descripción de estudios necesarios en el área y zonas próximas. Igualmente se pide que se elaboren propuestas de revisión de planes y proyectos en el ámbito de la planificación y ordenación territorial.

 


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