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A
DOS AÑOS DE LA TRAGEDIA
La tierra se abrió en la tragedia
La
tierra crujió durante 45 segundos. Los expertos calcularon aquello:
7.6 en la escala de Richter, calificaron aquello. Las cifras finales
resultaron aterradoras: 994 muertos, más un millón de
damnificados y daños que resultaron devastadores. A pesar de
todo eso, dos años después, El Salvador está de
pie. El terremoto es historia.
El Diario de Hoy
vertice@elsalvador.com
Eso
fue: una tragedia que devastó el país. Dos años
después, el país todavía hace esfuerzos para recuperarse.
La furia de la tierra llegó de repente. Como si hubiesen estallado
muchas bombas atómicas debajo de la epidermis de esta tierra,
nada permaneció quieto.
Un incontrolable estremecimiento, que apenas demoró 45 segundos,
fue suficiente para que las pupilas de los salvadoreños miraran,
en el horizonte, un aterrador cuadro de muerte y destrucción.
Era una soleada mañana del sábado 13 de enero de hace
dos años. Cuando las finas agujas de los sismógrafos se
detuvieron, no quedó ninguna duda: se trataba de un terremoto
de 7.6 grados Richter.
Ese simple dato reveló algo más a los expertos de todo
el mundo, que, alertados por sus máquinas, concentraron sus ojos
en El Salvador: la magnitud de la energía liberada era tal que
en algún lugar habría quedado una herencia no deseada
por nadie.
El epicentro del terremoto fue ubicado a 55 kilómetros al sur
de la playa Los Blancos, en el departamento de La Paz, a una profundidad
de 32.1 kilómetros.
Muchos creyeron que, cerca de ese lugar, encontrarían los rastros
de una de las mayores brutalidades que puede provocar la tierra. Pero
se equivocaron.
Fue a muchos kilómetros de ese lugar, en la urbanización
Las Colinas, en Santa Tecla, donde se encontró la peor de todas
las evidencias de un terremoto que desgarró a todos: 536 personas
murieron después de caerles encima millones de metros cúbicos
de tierra y piedras.
En medio de un país enloquecido, que apenas se sobreponía
del susto sin electricidad y sin agua, los locutores de algunas radioemisoras
comenzaron a dar las primeras alertas sobre la tragedia, que no sólo
mantenía arrodillada a toda una nación: también
se comenzaban a contar, con asombro y dolor, los muertos.
El primer inventario de las autoridades fue alarmante: los daños
eran devastadores. En Las Colinas, una parte de la montaña de
la Cordillera de El Bálsamo se precipitó sobre unas 200
casas.
En otros lugares como Comasagua, Jayaque, Nueva San Salvador, San Agustín,
Berlín y muchas otras poblaciones, las casas y edificios estaban
postrados.
Más de 16 mil derrumbes sepultaron varios tramos de la carretera
Panamericana. En muchos de ellos también quedaron soterrados
los cuerpos de muchísimas personas.
Era tanta la destrucción y la muerte que el gobierno de Francisco
Flores decretó emergencia nacional poco después de ocurrido
el terremoto. Millares habían perdido sus casas. La red vial,
las escuelas, las iglesias y edificios públicos y privados y
muchísimas otras construcciones del hombre estaban afectadas.
Peor aún: la tierra no dejaba de temblar.
Cuando pasaron los días, las cifras oficiales dibujaron el balance
final: 994 muertos regados en todo el territorio nacional, aunque el
mayor número de víctimas se registró en la colonia
Las Colinas, de Santa Tecla.
Casi un millón cuatrocientas mil personas resultaron damnificadas.
La mayoría de ellas residía en el departamento de La Libertad.
Además, casi 50 mil viviendas fueron arrasadas por la fuerza
del sismo.
Sólo en Nueva San Salvador, murieron más de 600 personas.
Unas 19 mil personas encararon daños y unas cinco mil viviendas
resultaron parcial y totalmente destruidas.
Dos años después de aquella tragedia, el país muestra
otra cara. Aunque todavía no logra recuperarse del todo, la construcción
de miles de casas, la restitución de carreteras y una serie de
obras públicas permiten decir que, aunque los muertos no pueden
olvidarse, el país está de pie.
El Salvador permaneció postrado durante algún tiempo.
Pero la fuerza con que la tierra embistió el país no detuvo,
jamás, las posibilidades de recuperarse.
Aquello fue un duro golpe al progreso, que, además, acabó
con casi mil vidas.
Muchos estiman que las obras de recuperación deben avanzar con
mayor rapidez. Todavía existe gente que vive en champas. Sin
embargo, hay que aceptar que el esfuerzo ha sido verdaderamente descomunal.
Los
días de aprietos
Tras
el terremoto, nada estaba igual. El país sufría. Sobrevino
una sensación de derrota ante la naturaleza. Nada se podía
hacer. Sólo contar los muertos y la destrucción que dejó
la furia de la tierra sembrada en 45 segundos.
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Destrucción
a pesar de los daños, el país
ha logrado recuperarse de las ruinas
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Tras el terremoto, ninguna cabeza de los salvadoreños estaba
en su lugar.
Las cifras de los muertos sorprendían a todo. Lo que ocurrió
en la colonia Las Colinas golpeó el alma de cada uno. Cada muerto
que apareciera, en cualquier lugar del país, se agolpaba en las
mentes de todos.
Aquellos fueron días de calamidad. Sin electricidad ni agua,
las primeras horas se hicieron angustiantes.
Los periodistas recorrían todo el territorio nacional en busca
de nuevos hallazgos. Nadie podía estar tranquilo ante semejante
tragedia y frente a los nuevos y constantes anuncios que reflejaban
un efecto devastador.
Los representantes del gobierno trataban, después de declarar
la emergencia nacional, de socorrer a los desvalidos.
Muchos representantes de empresas locales e internacionales llegaron
a la oficina del presidente Francisco Flores a ofrecer toda la contribución
que fuera necesaria.
Muchos otros, o casi todos los salvadoreños, se apiadaron frente
a quienes estaban en desgracia.
Muchísimos llevaban alimentos y agua a los campos como el mejor
ejemplo de solidaridad.
Era lo menos que se podía hacer en ese momento. La tragedia obligaba,
precisamente, a eso, a la solidaridad.
Ahora, esos son recuerdos en las mentes de muchos. Pero, con el tiempo,
se convirtieron en pasajes que jamás se olvidarán. Los
muertos dolieron. Los daños también.
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Ayuda
de los amigos
Los países amigos no renunciaron a ayudar a El Salvador.
La tragedia los conmovió.
Primeras horas
Pocas horas después de ocurrido el terremoto del 13 de
enero, la ayuda extranjera fue enviada al país por aire
y por tierra. A pocas horas de la catástrofe, apoyo humano
y aviones cargados de víveres, material médico y
ropa comenzaron a llegar a El Salvador. Arribaron decenas de voluntarios
de México, Turquía, venezuela, Nicaragua, Japón,
Honduras, Taiwán, Francia y Ecuador, entre otros.
Números del dolor
Todo cuanto heredó el terremoto del 13 de enero fue cuantificado
en números. Cuando llegó el balance final, no sólo
nació el asombro. Todo estaba trastocado. Contar muertos
y destrucción no es fácil. Muchos menos reponerse
de la fuerza brutal con la que nos embistió la tierra
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Muertos 994
La mayoría de los fallecidos se registró
en la colonia Las Colinas, en Santa Tecla. A pesar de ello,
el terremoto dejó su herencia de muerte en todo el
territorio nacional.
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Afectados 1.3 mills.
La mayoría de los damnificados quedó en el
departamento de La Libertad. Las pérdidas materiales
se calcularon en muchísimos millones de dólares.
Un golpe duro para la economía.
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Viviendas 45 mil
Las residencias que más sufrieron fueron las construidas
con bahareque y adobe. Muchos debieron dormir en campamentos
de refugiados mientras llegaba el abrigo.
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A
DOS AÑOS DE LA TRAGEDIA
Pesadilla a las 11:33
Las
lágrimas vuelven a brotar cuando se recuerda la desgracia que
ocurrió en la colonia La Colina, el 13 de enero de 2001. Echar
una mirada a esos momentos de terror es contraer, de nuevo, el rostro
y recrear el dolor de miles de familias que perdieron a sus seres más
queridos. Tres testigos de la catástrofe nos narran sus momentos
más críticos, cuando la lucha tenía un solo nombre:
supervivencia
Lorena
Baires/Guadalupe Hernández
vertice@elsalvador.com
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Doña
Alicia de Domínguez observa la parte de su casa que fue
destruida por el alud. Aún recuerda que la tierra no se
llevó el sofá verde que se encontraba frente al
televisor.
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La mañana de aquel sábado de enero, los vecinos de
la colonia realizaban sus actividades cotidianas, sin imaginar la tragedia
que llegaría
Doña Alicia de Domínguez se encontraba en la cocina de
su casa; pelaba las verduras para preparar su tradicional sopa de carne.
Eran las 11:00 de la mañana y, en la cochera, su hermana Úrsula,
su hijo Roni y su sobrina Jacqueline estaban llenando con agua
unos barriles que íbamos a llevar en el carro de mi esposo hacia
la casa de mi mamá. Toñito, mi hijo menor, estaba jugando
Nintendo en el cuarto de arriba, recuerda Alicia, de 53 años.
Su esposo, Antonio, se dirigía hacia Jayaque, La Libertad, a
traer un cargamento de café. Estaba en la carretera que conduce
a Los Chorros. Se había marchado temprano.
En La Colina, con el sonido del televisor de fondo, transcurrieron alrededor
de 30 minutos.
De pronto, a las 11:33 a.m., la tierra empezó a moverse. Tranquilamente
dejé el cuchillo con las verduras y me fui a la sala; mi hermana
y los niños ya estaban ahí. Nos pusimos frente al televisor
para detenerlo por si se caía, después nos arrodillamos
en suelo a rezar fuerte.
Los cuadros, adornos y hasta el teléfono ya habían caído
al suelo. Roni subió al cuarto por su hermano menor e inmediatamente
regresó a la sala.
El silbido de un fuerte viento y el movimiento incesante de la puerta
de entrada, hicieron que Alicia levantara la mirada.
No recuerdo cómo, pero Jacqueline y Toñito se me
habían salido, y en ese momento venían corriendo con el
rostro pálido. Me gritaban: ¡Mami, mami, ahí viene
la montaña!
Carmen María Varela, de ocho años, estaba alegre.
Iría de paseo con su padre a Ilobasco.
Echó una ropa en su mochila de clases, pero, por aquellas cosas
de la vida, cuya explicación aparecería más
tarde también quiso llevarse algunas fotografías
familiares.
En los retratos aparecían su madre, doña Carmen, de 51
años, y su hermana Adriana, de 11, quienes no quisieron ir al
viaje, la primera porque una tenía que planchar y la segunda
debía que forrar los útiles escolares. Carmen María
y su padre, don David Varela, se marcharon con la tristeza de no haberlas
convencido para que los acompañaran. Ese día, a las 11:33
a.m, los viajeros ya habían llegado a Ilobasco.
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Don
David Varela buscó incansablemente a sus familiares. En
las primeras horas albergó la idea de encontrarlas con
vida. Pero luego, se resignó a buscarlas entre los muertos.
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La fuerza del terremoto se extendió hasta aquella región
del país. Don David y Carmen María se asustaron, pero
nunca se imaginaron la dimensión de la tragedia.
Marcaron el número telefónico de la casa, pero sólo
sonaba y sonaba y nadie contestaba, pensaron que, a lo mejor, ellas
habían salido.
El padre de Carmen María recibió algunas llamadas telefónicas
de sus amigos, quienes le advirtieron que el terremoto había
destruido La Colina.
La preocupación afloró. Subió a su hija al pick
up para regresar. Encendió la radio y escuchó que la senda
Las Margaritas, en donde se ubicaba su casa, estaba soterrada.
Su corazón latía a mil por hora y el camino de Ilobasco
a San Salvador se hizo más largo que de costumbre. Cuando por
fin llegaron a la colonia, la impresión fue terrible, la escena
era grotesca. Sentí mareos y estuve a punto de desmayarme.
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El
señor Varela sintió desfallecer cuando observó
el desastre.
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Zuleyma Orellana había amanecido pensativa, nerviosa
e incómoda. Pero sabía que tenía que ir a comprar
los útiles escolares de sus hijos al colegio Santa Inés.
Así que a las 11:00 a.m. decidió irse a bañar;
a sus hijos los había alistado desde temprano.
La empleada de mi hermano, que vivía a la par, me dijo
que no iba a poder acompañarme, así que en media hora
me alisté.
Zuleyma llamó, como de costumbre, a los taxistas de la central
Sinaí; el motorista de la unidad 16 pitó a las 11:30 a.m.
frente al portón de la casa. Los niños jugaban con las
bicicletas en la entrada de la senda.
Como el motorista era de confianza, rápido subió
a los niños al carro y me avisó que ya estaba listo. Me
cercioré de que todos los electrodomésticos estuvieran
apagados. Salí de casa y eché doble llave en el portón,
en ese momento, otro motorista platicaba con el de la unidad 16.
Cuando iba a cerrar la puerta, el carro saltaba y se movía
como hamaca. Mis hijos empezaron a gritar y, del nerviosismo, hasta
me estaban ahorcando.
Mientras duró el temblor se mantuvo en el carro porque
el otro motorista nos dijo que era mejor esperar a que pasara, para
evitar el riesgo de que algo nos cayera encima.
Ella empezó a observar el panorama hacia todos lados. Al ver
hacia atrás, había una enorme nube negra que venía
en dirección del taxi y, cuando la tierra tocó el suelo,
se escuchó como una bomba.
Mi vecino, don Alex, venía corriendo como loco; encima
de aquella ola de tierra logré ver que venían carros,
camiones, postes y árboles. El volcán se movía
como las olas del mar.
Preso del pánico, el taxista no podía arrancar el auto,
los niños gritaban histéricos y Zuleyma empezó
a sentir un fuerte dolor de cabeza producido por su incurable migraña.
Mis hijos gritaban: ¡Mami, mami nos vamos a morir aplastados!.
Cuando los hijos de doña Alicia Domínguez venían
corriendo hacia la casa, yo sólo esperaba que ellos entraran
para poder cerrar la puerta, pero al final ya no pude hacerlo.
Segundos después de que los pequeños cruzaran el umbral
de la puerta, el alud de tierra cayó sobre la cochera y una parte
de la sala.
Úrsula, Alicia y los niños regresaron a la sala, frente
al televisor. A Toñito le cayeron sobre su cabeza
los escombros del cielo raso. Alicia se apresuró a recogerlo,
quitó los escombros y le limpió la cabeza. Nos fuimos
al patio de la casa, y el niño me dijo: Mami, mire... tengo
sangre en la cabeza, quizás estoy herido.
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La
vivienda de Zuleyma se encuentra muy deteriorada. Ella no dispone
de dinero para reconstruirla por completo.
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Tomó una toalla que estaba colgada y la puso sobre la
cabeza del menor, la sangre no se estancaba, su cabeza parecía
un chorro abierto. Con mucha aflicción, pensó en
llevar a su hijo al hospital. Volvió su mirada al cielo y escuchó
la voz de un hombre: ¿Hay alguien ahí?
Alicia empezó a pedir ayuda. Yo salí de la casa
y nunca volví a ver en dirección a la montaña,
sólo corrí hacia el punto de taxis y le dije a uno de
los motoristas que me llevara al hospital San Rafael. Llegué,
estaba muy lleno, me fui a una clínica privada.
Dejó al niño en la clínica y regresó a casa
a traer dinero para cancelar la operación de Toñito.
Cuando volvió a la clínica, su hijo ya había sido
operado. La voz de su esposo, Antonio, en la entrada de lugar, le hizo
brotar lágrimas de alegría. Nos vimos y nos abrazamos
con gran fuerza. Llorando, le dimos gracias a Dios de habernos salvado
de morir.
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Zuleyma
Orellana no ha podido superar el impacto de la tragedia.
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Al caminar por todo aquel desastre y ver tantos muertos, la
esperanza de don David por encontrar a sus familiares con vida se fue
perdiendo.
La búsqueda entre cadáveres comenzó. Los ojos se
le abrían más cuando observaba algún cuerpo de
tez blanca, como el de su esposa e hija; intentaba ver más allá
de un cuerpo desfigurado, observaba la ropa, el pelo... pero nada.
Cuando llegó a la morgue que se improvisó por la tragedia,
alcanzó a ver un cuerpo. El color del vestido del cadáver
le confirmó el horrible temor.
Pero un rayito de esperanza apareció cuando otra persona aseveraba
que el cuerpo era de un familiar suyo. Don David esperó. Pero
una prótesis dental terminó de desgarrarle el alma: el
cuerpo era de su esposa.
Con el corazón destrozado, don David continuó la búsqueda;
faltaba su hija. En esa búsqueda vio cómo muchas personas
se aprovechaban de la situación y se dedicaban a robar, incluso
las prendas de valor que tenían los muertos.
Terminó formando parte de las cadenas humanas que removían
los escombros. En cada cuerpo que sacaban, intentaba ver algunos rasgos
de su adorada hija.
Más tarde supo que el cuerpo de la pequeña Adriana había
sido enterrado en una fosa común. Jamás volvió
a verla.
Por fin, el carro arrancó y salimos recto sobre
la calle, sin doblar en ninguna esquina. A mis sobrinos, que vivían
a la par, los vi que trataban de correr junto al taxi, pero ellos doblaron
en la esquina de una tienda.
Zuleyma recordó que su hijo mayor se encontraba en el ITCA, así
que decidió ir a traerlo y después regresar a ayudar a
sus vecinos. Cuando lo recogió, el taxista los llevó a
la entrada de la colonia Utila y ahí se esperaron, mientras ella
regresa a la zona del desastre a ayudar.
Al volver Zuleyma, logró entrar a su casa para sacar sus pertenencias,
pues los vecinos le advirtieron que los ladrones saqueaban las viviendas.
Sentí un dolor muy fuerte en el pecho, yo quería
ayudar a mis vecinos a salvarse, pero no podía. Llegaron mis
familiares, y me llevaron al hospital, porque me había trastornado.
Cuando sentí, estaba en un cuarto en el Seguro Social. Ese día
no pude parar de llorar, recordaba los momentos que había vivido
junto a mis vecinos.
Las familias Domínguez Rivera, Varela y Orellana han
regresado a convivir con sus tristes recuerdos; tienen la esperanza
de reconstruir sus viviendas y reanudar sus vidas, pese a las dificultades
económicas y sicológicas que persisten.
Ellos son una pequeña muestra del drama que centenares de familias
vivieron a causa del terremoto. El recuerdo de lo que fuera una comunidad
unida permanecerá en su memoria.
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El
parque memorial
Las familias que han regresado no están de acuerdo
con la construcción de un parque
Urgen viviendas
Los afectados de La Colina II desean que primero se resuelva el
problema habitacional antes de la construcción de un parque
memorial o uno ecológico.
A juicio de Juan Hernández, síndico de la Asociación
de Desarrollo Comunal de La Colina II, hay personas que no han
podido reconstruir su vivienda, porque no tienen asesoramiento
sobre cuáles pasos seguir.
Las viviendas son más importantes que cualquier parque,
dice Hernández.
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A
DOS AÑOS DE LA TRAGEDIA
El día que no pasó al olvido
Los
sobrevivientes del trágico 13 de enero han sobrevivido a sus
recuerdos, al dolor de los ausentes y al desamparo tras perder su hogar.
En todo el país, miles de almas quedaron marcadas por el resto
de su vida debido a las sacudidas del 13 de enero y febrero de 2001.
Esta mañana, el escenario emblemático de la tragedia,
la colonia Las Colinas, ofrendará un homenaje a quienes ya no
están.
Víctor H. Dueñas/Erick L. Lemus
vertice@elsalvador.com
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Cada
2 de noviembre y 13 de enero, familiares y amigos de víctimas
mortales en Las Colinas depositan ofrendas florales en el lugar
de la tragedia.
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El silencio que envuelve el sector poniente del cementerio de Santa
Tecla solo es roto por dos empleados municipales que remozan la tumba
colectiva.
Allí, bajo unos metros de profundidad, descansan los restos de
más de 400 víctimas de la tragedia en Las Colinas.
La zona catorce del cementerio, alberga sinnúmeros de historias
de tragedia y dolor que terminan por inundar los ojos de unos y enervar
el ánimo de otros.
Ana, Alicia, Adán, Alberto, Bertha, Beatríz, Belisario,
Benito, Carmen, Cecy, Carlos, César, Deysi, David, Daniel, Elsa,
Esther, Edwin, Francisco, Gilma, Gerson... son algunos de los nombres,
pintados a mano, sobre una laja que encabeza el monumento
in memorian a las víctimas.
Son 100 metros de largo de la fosa, con cruces de hierro a ambos extremos,
a la que fueron a parar familias completas.
Armando Melgar y Alfredo Castillo, los dos empleados municipales que
pican la tierra en los montículos de la zona catorce, hablan
del drama que viven los familiares de los fallecidos.
Aqui viene gente a llorar, a recordar a sus parientes.
Cualquier día de la semana, a cualquier hora, es posible encontrar
a alguna persona frente a la sepultura, donde suelen depositar oraciones
y ramilletes de flores.
El tradicional Día de los Difuntos y, sobre todo, el 13 de enero,
los visitantes al camposanto aumentan por cien.
En noviembre pasado uno de los visitantes fue Jenny Hernández,
de piel blanca y cabello castaño, quien depositó tres
crisantemos, unas chastas y una rosa roja sobre la tierra húmeda
del lugar. Yo perdí tres; ella nueve, entre niños,
niñas y adultos, comentó, en aquel momento, un joven
que la acompañaba.
Fueron segundos los que permanecieron en el lugar y, tras de ellos,
decenas de personas más llegaron a rendir tributo.
Segundo aniversario
Esta mañana habrá una conmemoración en la zona
del desastre. Luego, los dolientes marcharan en silencio al cementerio.
El símbolo será una rosa roja. La flor será pintada
en uno de los muros que sobrevivió al deslave, al pie de la montaña.
En ese mismo muro, los familiares de las víctimas han escrito
en rojo: resurgiremos.
El año pasado fueron como tres mil personas las que se
congregaron y participaron en la procesión, asegura uno
de los voceros de la comuna tecleña. Este año puede
ser el mismo número o más, agrega.
Además del dolor que sufren por la pérdida de sus familiares,
algunos de los sobrevivientes enfrentan otra tragedia, una que tiene
que ver con la posible expropiación. El problema en Las Colinas
surgió desde que el gobierno de Francisco Flores indemnizó
con ¢75 mil a quienes aceptaran. La plusvalía original de
cada lote es mucho mayor a esa cifra, pero el objetivo es crear un Parque
Memorial, que será administrado por la Fundación Técnica
Pro Medio Ambiente (FUTECMA). Pero los sobrevivientes, que no han vendido,
se oponen tajantemente.
Una sobreviviente aceptó vender su propiedad cuando perdió
a su familia de siete miembros. ¿Cómo iba a hacer
para enterrarlos? No tenía ni cinco. Todo se perdió. Por
eso me decidí a recibir el dinero. Ella logró comprar
los féretros y sepultar a los suyos, pero ahora vive de la caridad
pública. Mi casa está ahí, señala.
Un tema pendiente
Aún no hay claridad sobre el destino de Las Colinas, si convertirla
en Parque Memorial o permitir que sea repoblada.
El problema es complejo. A iniciativa del gobierno y usando fondos donados,
se procedió a la compra de fragmentos de la zona de deslave,
a solo días de ocurridos los terremotos. Quienes decidieron vender,
recibieron ¢75 mil como pago fijo, independiente al tamaño
o inversión realizada en la compra y modificación de las
viviendas destruidas.
El gobierno entregó los terrenos adquiridos a FUTECMA para asegurarse
que los ex propietarios no volverían al lugar.
Cuestiónn de pago
Sin embargo, a dos años de la tragedia, quienes no vendieron
continúan viviendo en el mismo lugar; sobre todo, porque no tienen
otro lugar donde residir. Y algunos de los que vendieron también
quieren regresar, debido a que tampoco tienen donde habitar. Estos últimos,
cuestionan el bajo pago que recibieron a cambio de sus propiedades.
Al dilema de los residentes de Las Colinas se agregan las exigencias
de FUTECMA, que sabiéndose dueña de algunos terrenos,
los reclama para iniciar la construcción del parque y asumir
su administración.
¿A quién beneficia el parque? Al menos, a nosotros
no, sentencian los propietarios que demandan la ejecución
de las obras de mitigación de la cordillera. Sabe cuál
es el colmo, no somos sujetos de crédito porque dicen que vivimos
en una zona de alto riesgo. ¡Por Dios! Después del terremoto,
digame qué lugar de El Salvador no es de alto riesgo, dice
David, mientras lo rodean los retratos de su esposa e hija, que partieron
el 13 de enero.
A la fecha, ni una autoridad tampoco habla de las obras que ejecutó
la sociedad El Paso, meses antes, en la montañita colindante
a la casa de Mimi Guirola. Allá arriba se iban a construir
23 casas y durante días estuvieron corta que corta los árboles.
Yo bien me recuerdo que el suelo vibraba y nosotros fuimos a querer
detener la obra; pero fue imposible. Todo esos trabajadores murieron
el 13, relata un anciano.
El alcalde de Santa Tecla, Oscar Ortíz, también se refiere
al problema de la zona de deslave. Esa es la deuda que queda,
sostiene.
El alcalde explica que la ciudad fue destruida en un 70 por ciento.
Hubo más de 2,000 viviendas destruidas; 2,500 más dañadas
e inhabitables y 420 dañadas pero con posibilidad de ser utilizadas.
Pese a todo, el edil sostiene que a dos años Santa Tecla
está bastante bien e insiste: el tema pendiente es
Las Colinas.
La urbanización está enclavada en la Cordillera del Bálsamo,
de ahí que el tema no solo sea Las Colinas sino la extensa zona
de vegetación.
Ortíz habla de obras de mitigación y protección.
Hay estudios que nos dicen dónde construir y cómo.
No se trata, sostiene, de bloquear el desarrollo,
pero debe procurarse evitar nuevas tragedias.
Pero, ahora, los residentes que sobrevivieron elevarán una plegaria
por sus seres queridos.
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TESCUELA DE DESTRUCCIÓN
El drama de las colinas incluye la zona de deslave
y el cementerio general de San Tecla. Parte de la urbanización
permanece desolada. Aún no se define que hacer con ella.
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TUMBAS
100 metros de largo fueron habilitados para depositar los cuerpos
y restos de las víctimas de Las Colinas.
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VICTIMAS
400 fueron sepultados, aproximadamente, en la fosa común,
del sector 14, en el cementerio tecleño.
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A
DOS AÑOS DE LA TRAGEDIA
Los riesgos persisten
Los
expertos coinciden en advertir, tras realizar una serie de estudios,
que la cordillera de El Bálsamo puede provocar nuevos derrumbes
y poner en peligro vidas humanas y construcciones realizadas por el
hombre. La montaña que mató a centenares de personas está
viva y frágil. Nadie puede fiarse de ella, sobre todo, si ocurren
nuevos sismos en un país adicto a los temblores
Heydi Vargas
vertice@elsalvador.com
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Las
Colinas. El deslave dejó un saldo aproximado de 600 muertos,
y cientos de familias salvadoreñas preguntándose
por qué sucedió.
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Siempre la cordillera ha sido catalogada como zona de máxima
protección. Sin embargo, el riesgo aún persiste. ¿Qué
se está haciendo para que no suceda otra tragedia de igual magnitud?
Si se le mira a la distancia, aparece ante nuestros ojos como una montaña
silenciosa, tranquila aunque enigmática. Hace dos años,
esa tierra construida por Dios se desgarró, rodaron millones
de metros cúbicos y , sin misericordia alguna, sepultaron a casi
600 personas y más de trescientas viviendas. Los primeros que
llegaron a ese lugar se asombraron ante lo que miraron ahí. La
tierra parecía blanda pero escondía el color de la muerte.
Un terremoto de magnitud 7.6 en la escala de Richter fue la causa de
todo. Muchos sabían, sobre todo los expertos, que esa montaña
que forma parte de la cordillera de El Bálsamo estaba rodeada
de peligro. Por eso se le llamó zona de máxima protección.
Han pasado dos años y el peligro amenazador subsiste. Todavía
está ahí.
¿Por qué sucedió esa tragedia? ¿Se pudo
haber evitado?
El mortal deslizamiento lo desencadenó un fuerte terremoto que
ocurrió en plena época seca.
Pero la montaña tenía sus propias secretos. A pesar de
la época, el derrumbe se comportó como un flujo de lodo.
Y esto último significó la presencia de agua en la masa
de tierra.
Es cierto: la montaña actuó extrañamente. Los científicos
dicen que produjo un efecto de licuefacción en una capa que,
efectivamente, contenía agua.
Es difícil de explicar pero, al moverse la tierra, en la zona
de la cresta más elevada de esa montaña, se produjeron
desplazamientos de tierra y sobrepresiones de agua que ayudaron a causar
la tragedia.
La excavación de caminos a media ladera, el vertido de los restos
de excavación, la deforestación, las sobrecargas sobre
la montaña que introdujeron las estructuras urbanísticas
y el vertido de aguas no controladas colocaron el terreno en un grado
máximo de vulnerabilidad.
La ladera norte de la cordillera de El Bálsamo presenta numerosas
evidencias de inestabilidad.
El problema actual es que, ante nuevos sismos, otra parte de esa sierra
puede volverse a desplomar. De eso están seguros los expertos
de varios países del mundo que han llegado hasta Santa Tecla.
Después de todo lo que sucedió, la cordillera de El Bálsamo
se ha convertido en uno de los puntos más estudiados por científicos
atraídos al país.
Empresas como la italiana Lotti, FundaSísmica y Geólogos
del Mundo han realizado una serie de estudios en la ladera norte de
la sierra del norte.
Los técnicos de esas firma concuerdan en que el peligro persiste
y, aunque no aseguran que un nuevo sismo de tal magnitud pueda provocar
otro desastre similar, advierten la necesidad de realizar obras que
neutralicen el peligro.
Según el alcalde de Santa Tecla, Óscar Ortiz, falta mucho
por hacer, especialmente en la zona del propio deslave y en la parte
alta de la colonia Pinares de Suiza. Los trabajos más importantes
se han hecho en la parte baja de la cordillera, en la quebrada El Piro,
que había quedado bien afectada también, y en la parte
baja de las zonas de Pinares de Suiza, pero todavía hay trabajos
no realizados que son los más importantes, explicó
Ortiz.
Se trata de trabajos en el propio deslave de Las Colinas y en la parte
alta de Pinares de Suiza.
Las
medidas de la Alcaldía
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En
Pinares de Suizas, otra de las colonias afectadas, se han hecho
trabajos de mitigación, pero continúa el riesgo.
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Estas son las medidas que tomó la Alcaldía tecleña
luego del desastre:
1- No permitir más construcciones en la parte alta de la cordillera.
Las obras en esa zona estaban restringidas. Tras el terremoto, las restricciones
se endurecieron. La cordillera de El Bálsamo tiene dos historias:
antes y después del terremoto del 13 de enero.
2- Los trabajos, el proceso de seguimiento permanente después
de las época de lluvia, son otros aspectos que se toman en cuenta.
Por ejemplo, se analiza si la cantidad de lluvia que cae no provoca
o fisuras o escorrentillas que amenacen con pequeños o medianos
deslaves, o desprendimientos que pudieran resultar peligrosos
3- La necesidad de realizar trabajos de mitigación, fundamentalmente
en dos zonas en Las Colinas y en la parte alta de Pinares de Suiza,
no ha encontrado respuesta en el Gobierno Central. Por eso, la Alcaldía
ha incluido en el presupuesto para este año trabajos de mitigación
para prevenir otro desastre cuando llegue el nuevo invierno.
El estudio de Lotti
La empresa Italiana C. Lotti & Associati-Enel.Hydro realizó
un estudio integral en la cordillera de El Bálsamo. Éste
mostró una serie de obras que deben realizarse en el sector de
Las Colinas para mitigar los riesgos que están presentes, y establece
la urgente necesidad de seguir realizando trabajos de protección
para reducir la alta vulnerabilidad y sensibilidad de la zona en cuestión.
El mismo equipo recomendó la remoción de ocho manzanas
de zona boscosa, a 500 metros del deslave en la finca Normandía,
bajo el argumento de que el impacto provocado es neutro para la cordillera,
sin haber presentado hasta hoy un estudio de impacto ambiental.
El estudio DE GEóLOGOS DEL MUNDO
La ONG Geólogos del Mundo realizó un informe preliminar
de evaluación sobre el estado de riesgo por causas sísmicas,
geológicas y ambientales en las colonias de Alpes Suizos, Pinares
de Suiza y Europa II.
El mismo equipo recomendó realizar una serie de obras para evitar
nuevas tragedias en el futuro. Un documento recomienda, de manera técnica,
las tareas que deben realizarse. Otros organismos coinciden en esas
necesidades.
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Tres
grupos
Los técnicos hacen tres grupos de recomendaciones que
deben aplicarse:
Sugerencias
Debe realizarse una propuesta de zonificación de riesgo
por inestabilidades en las laderas.
También debe hacerse una descripción de estudios
necesarios en el área y zonas próximas. Igualmente
se pide que se elaboren propuestas de revisión de planes
y proyectos en el ámbito de la planificación y ordenación
territorial.
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