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ESPECIAL
A
90 años del magnicidio
Doctor Manuel Enrique Araujo
Los
móviles del asesinato del expresidente doctor Manuel Enrique
Araujo permanecen en el misterio. No se pudo o no se quiso lograr una
clara confesión de parte de los autores materiales del magnicidio
quienes fueron fusilados de manera sumaria, ni de un testigo clave que
presuntamente se suicidó en la celda donde estaba preso.
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El
médico Manuel Enrique Araujo gobernó al país
de tal manera que se ganó el cariño y el respeto
de su pueblo. Mantenía estrecha comunicación con
la gente.
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Manuel, esta noche, por favor, no asistas al concierto.
He tenido un sueño tan claro y real, en el cual te mataban.
Así le decía doña María Peralta de Araujo
a su marido, el doctor Manuel Enrique Araujo, al levantarse en la mañana
del 4 de febrero de 1913. No sabemos qué contestó el doctor
Araujo, a la sazón Presidente de la República. Pero lo
terrible fue, que aquella premonición se cumplió casi
exactamente como lo soñara doña María.
El doctor Araujo, debió pensar que se trataba de suspicacias
y temores infundados de su esposa, y como era su costumbre, se dirigió
esa noche al Parque Bolívar, actualmente Plaza Barrios o Plaza
Cívica, donde se sentó en su banco favorito en el costado
nor-oriente del parque, lugar en el que siempre departía con
sus amigos. Iba solo, sin ninguna escolta como siempre y dada la cercanía
de su casa, el recorrido habitualmente lo hacía a pie, saludando
a la gente, que se sentía muy contenta de encontrarse con su
Presidente.
De estatura alta y complexión delgada y distinguida, destacaba
su gran bigote y grandes ojos enmarcados en unas espesas cejas, castaño
oscuras al igual que su pelo. El color de su piel era moreno claro.
Elegantemente vestido de lino blanco, ya que era una noche calurosa.
Llevaba sombrero de paja panameño, su bastón de diario,
con un anillo de oro en el cuello de la empuñadura, y en la mano
derecha su famoso solitario de brillante, purísimo de varios
quilates, que la gente decía que era del tamaño de uncuís,
moneda de uso de 3 centavos.
Poco después lo acompañaron en su banco dos amigos, el
doctor Francisco Dueñas, su hermano don Carlos Dueñas
y don Tomás V. Peralta, este último su sobrino político.
Había mucha animación y entusiasmo aquella hermosa noche
veraniega. Señoritas de la capital habían acudido al concierto,
lo mismo que un contingente de caballeros solteros. Ellas caminaban
alrededor del parque en un sentido y ellos en el contrario, así,
se encontraban, miraban y saludaban y de allí surgían
a menudo los noviazgos. La gente del pueblo, en aquella sociedad fuertemente
estratificada, se mezclaba en aquel ir y venir de la elite capitalina,
pero desde determinados lugares.
Allí las hermosas mengalas esperaban también los requiebros
de sus donjuanes y miraban extasiadas los atuendos europeos de la flor
y nata social, ellas con sus enormes pamelas y trajes muchas veces franceses
y ellos impecablemente vestidos. La pequeña república
cafetalera gozaba de franca propiedad y el país, con el doctor
Araujo como su Presidente, parecía seguir el rumbo adecuado a
las circunstancias nacionales y mundiales de la época.
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El
Dr. Araujo (sentado al centro) posa rodeado de su Estado Mayor
y de miembros de la Misión Militar Española.
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El magnicidio
Eran las ocho y media de la noche y el concierto dirigido por el gran
maestro don José Ferrer estaba en su apogeo, tocaban en esos
momentos Un concierto en Viena, de Erte.
De pronto, tres hombres de apariencia campesina y con machetes se abalanzaron
sobre el Presidente y al momento se oyeron dos disparos. Desde ese momento
hubo terror y confusión, las personas corrían para escapar
del parque, mientras se oían nuevos disparos.
El Presidente había sido herido cinco veces con arma blanca y
un balazo que no presentaba mayor peligro en el hombro izquierdo. La
herida grave era una de las tres de la cabeza, ya que el machetazo había
llegado hasta la membrana cerebral. Aún así el Presidente
caminó una cuadra hasta la esquina del almacén París
Volcán. Allí sus amigos, casi a la fuerza lo subieron
a un carruaje y lo llevaron a casa de la matrona capitalina doña
Mercedes Ramírez V. de Meléndez, cercana a la casa del
doctor Araujo, frente a la farmacia del famoso doctor Tomás S.
Palomo.
Lo acostaron en el lecho de don Carlos Meléndez y allí
perdió el conocimiento. Era enorme la cantidad de sangre que
había perdido.
Eminentes médicos de la época acudieron de inmediato:
los doctores Palomo, Guevara, Castro, Cano y Medina. Poco después
llegó el doctor Letona Hernández y Peralta Lagos, su sobrino
político.
Su aterrada esposa, doña María, al oír las detonaciones
exclamó en el acto: ¡Mataron a Manuel!. Llegó
al lecho de su herido esposo acompañada de su hermana doña
Mercedes Peralta de García González y dos sobrinas. La
hija única del matrimonio, Conchita Araujo Peralta se encontraba
entonces de temporada con amigos y familiares en el Puerto El Triunfo,
Usulután.
Avisada del suceso a la mañana siguiente, a bordo del vapor Acajutla,
desembarcó la señorita Araujo en el puerto del mismo nombre.
Llegó a San Salvador al medio día.
Del 5 al 8 de febrero, aunque la gravedad del enfermo era evidente,
su recia constitución física le permitió hablar
con muchas personas y aún levantarse de su cama por breves momentos.
Era atendido en su residencia particular.
La mañana del 9 de febrero en el Hospital Rosales, se le extrajeron
tres esquirlas de hueso que tenía en el seno frontal, asistido
por once médicos. Antes de la operación, previendo un
fatal desenlace, se nombró como su sucesor al Primer Designado
a la Presidencia, don Carlos Meléndez, ya que el Vice-Presidente
don Onofre Durán, rico ahuachapaneco, alegando varios motivos
personales, declinó asumir el cargo.
Entonces todavía no existía la penicilina y pese a los
cuidados, la herida del doctor Araujo se infectó. De la operación
que no duró mucho tiempo, el doctor Araujo quedó prácticamente
en estado de coma. Falleció a las cuatro de la tarde del 9 de
febrero después de haber recibido la extremaunción y la
bendición papal del Arzobispo Monseñor Adolfo Pérez
y Aguilar, su particular amigo.
Sus funerales realizados al día siguiente fueron solemnísimos
y emotivos por el inmenso dolor que manifestaba el pueblo. Se le rindieron
homenajes en la Asamblea Legislativa que funcionaba en el Palacio Nacional
y en la Catedral. Se calcula que cerca de 15,000 personas participaron
en las honras fúnebres, suma que significaba quizás la
tercera parte de la población total capitalina.
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Doña
María Peralta de Araujo, esposa del Dr. Manuel Enrique
Araujo.
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Orígenes
¿Quién era el doctor Araujo? Había nacido en el
seno de una antigua familia de origen portugués establecida en
la Zona Oriental del país en el Siglo XVIII. De allí se
extendieron todas las ramas de los Araujo. Don Manuel Enrique nació
en la antigua hacienda El Condadillo, propiedad ribereña
del río Lempa. Fueron sus padres don Manuel Enrique Araujo y
doña Juana Rodríguez de Araujo.
Su padre, añilero y político, logró que su hacienda
La Labor se convirtiera en un pueblo, El Triunfo, cercano
a Sesori, al que dio este nombre por sus repetidos esfuerzos para lograr
su cometido.
El doctor Araujo fue bautizado en Alegría, pero su familia residía
en Jucuapa, ciudad a la que siempre consideró como la suya.
Era el menor de siete hermanos, en su orden: Ramón Enrique, Miguel
Enrique, Rosendo Enrique y Fernando Enrique (que fue político),
Jesús (soltera), Mercedes (soltera) y Fidelia, casada con el
doctor Francisco Cisneros que murió sin descendencia.
Desde pequeño Manuel Enrique fue un estudiante excepcional. Concluyó
las carreras de Medicina, especializado en cirugía, neurología
y patología exótica, y el doctorado en Farmacia.
Después de graduarse en la Universidad Nacional realizó
estudios en Europa. En París y Viena fue objeto de grandes reconocimientos
por dos pequeños instrumentos que inventó para facilitar
el parto. Fue Alcalde de San Salvador, de 1880 a 1889. En 1887 se casó
con la señorita María Peralta Lara, miembro de una de
las familias mas antiguas y distinguidas de la capital, hija del Senador
y Presidente de la República en funciones, en tres ocasiones,
don José María Peralta. Fue Vice-Presidente de la República
en la administración del general Fernando Figueroa (1907-1911).
Caficultor de gran éxito, por propio esfuerzo, llegó a
ser el productor individual mas importante del país al sobrepasar
los 10,000 quintales de café en 1910, en su enorme finca Galerigajua
en la Villa de San Agustín en Usulután.
Pero lo más importante del doctor Araujo era la aceptación
de que gozaba entre la gente. A sus audiencias presidenciales de nueve
a once de la mañana podía asistir todo el que quisiera,
al quienes concedía un promedio de tres minutos de plática.
Jamás cobró a la gente pobre la consulta ni las operaciones.
Fue el primero en operar con éxito el bocio en el país.
Y su sueldo como Presidente, de manera anónima, lo donaba integro
al Hospital Rosales.
Decretó a favor de los obreros, leyes que los favorecían,
entre ellas la indemnización por accidentes de trabajo. Subió
el impuesto al café, a pesar de ser él naturalmente afectado
y dio al país el verdadero rumbo hacia la modernidad en sus escasos
dos años de gobierno.
Los actuales Escudo y Bandera nacionales son también obra suya,
ya que como ferviente centroamericanista y liberal, los adecuó
a los originales que tuvo la Patria grande.
Para el Escudo hubo un concurso en el que salió ganador el talentoso
calígrafo don Rafael Barraza. Se oficializaron en solemne ceremonia
el 15 de septiembre de 1912 en el Campo de Marte, hoy Parque Infantil.
El año anterior, con un esplendor nunca visto, se celebró
a nivel centroamericano el Centenario del Primer Grito de Independencia
del antiguo Reino de Guatemala, dado en San Salvador el 5 de noviembre
de 1811.
Recuerdo de este acto es el actual monumento a los Próceres en
la ahora Plaza Libertad, obra del insigne escultor y arquitecto italiano
Francisco Durinni.
Entre otras muchas obras de progreso, amplió la red ferrocarrilera
nacional y la de caminos. Se comenzó la construcción del
Teatro Nacional y el edificio para la preparación de los maestros
que sería después Casa Presidencial en el Barrio de San
Jacinto, hasta el 2001.
Para combatir la delincuencia en el campo, fomentada por la fabricación
clandestina de aguardiente, fundó la Guardia Nacional con asesoría
española. Creyó siempre en el Ejército como guardián
de la vida misma de la nación y lo modernizó con la ayuda
solicitada a España y Chile.
Se creó el Ateneo de El Salvador, inició la pavimentación
de la capital y fundó el Zoológico Nacional en la finca
Modelo. Se estableció también la Primera Sección
de Protocolo en el Ministerio de Relaciones Exteriores.
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El
entierro del Dr. Araujo atrajo multitudes que le rindieron homenaje
póstmo a su paso por las calles de San Salvador..
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En el misterio
Su muerte es todavía un misterio sin resolver, que quizá
algún día se esclarezca. Los tres indígenas capturados
eran gente sencilla e ignorante que no tenía ni siquiera claro
lo que hacía. Se llamaban Mulatillo, Fabián Graciano y
Fermín Pérez. Fueron acusados de ser los autores materiales
y sentenciados a fusilamiento diez días después de la
muerte del Presidente.
El testigo clave, también autor material del magnicidio, ya que
fue quien hirió con revolver al Presidente, era el mayor Fernando
Carmona. Pero antes de que pudiera rendir valiosa información,
fue capturado y apareció muerto a los tres días de guardar
prisión. Supuestamente se suicidó en su celda y con su
arma.
Se incriminaron como autores intelectuales del magnicidio al doctor
Prudencio Alfaro, eterno adversario de cada gobierno de turno, a don
Federico Castillo quien murió cuando era perseguido para su captura
y a otras personas.
Entre las conjeturas y teorías que el hecho trajo consigo, en
su orden de posible veracidad, está la de una conjura del doctor
Alfaro en alianza con el dictador de Guatemala, licenciado Manuel Estrada
Cabrera; problemas de faldas, ya que una de las veleidades del doctor
Araujo, hay que reconocerlo, era precisamente las mujeres; una conjura
de los
Estados Unidos ya que el Presidente criticaba ácremente la política
intervencionista de este país en Nicaragua.
A una carta del Presidente Taft que lo recriminaba por ésto,
había respondido: No obedezco órdenes de nadie
Agregó que El Salvador era libre para determinar su política
exterior.
La izquierda acusó a notables familias de la época: que
los autores fueron miembros de la familia Meléndez, ya que le
sucedieron en el poder, algo dudosa la tesis dada la relación
de amistad que existía entre las familias Araujo y Meléndez.
Al cumplirse 90 años de su fallecimiento, el pasado 9 de abril,
la Escuela de Comando y Estado Mayor que lleva su nombre, le honró
con un solemne y lucido acto en el Cementerio de los Ilustres.
Su Director en funciones, el coronel César Adonai Acosta Bonilla
citó un pensamiento del Presidente Araujo que dice: En
aras de mi sentimiento nacionalista no habría nada, absolutamente
nada, que no pueda ofrendar, desde mis intereses, mi posición
de gobernante, hasta el sacrificio de mi vida.
Sobre la Presidencia del doctor Araujo, en una ocasión el general,
en ingeniero y escritor José María Peralta Lagos, dijo:
Fue el hombre más completo y capaz que jamás ocupase
la Presidencia de El Salvador.
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Doña
Conchita Araujo Peralta, hija única del doctor Araujo.
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La descendencia del Presidente
Mártir
La descendencia del Dr. Araujo está
conformada por ilustres familias, muchos de cuyos miembros aún
viven.
Del matrimonio del doctor Araujo con doña María
Peralta, hubo una hija única, Concha Araujo, quien se casó
en 1914 con don Alberto Mena Marín, miembro de viejas familias
de Zacatecoluca y tataranieto de uno de los primeros Jefes de
Estado de El Salvador, don Juan Vicente Villacorta, que es también
uno de los próceres poco conocidos de la Independencia
y quien gobernó de 1824-1826.
Del matrimonio Mena-Araujo nacieron seis hijos: María Mena
Araujo, casada con el doctor Santiago Hernández; Carmen
Mena Araujo, casada con el doctor Samuel Antonio Castro; Concha
Mena Araujo, casada con el ciudadano alemán don Rodolfo
Kuny Morgenstern; Mercedes Mena Araujo, casada con el doctor Fernando
B. Castellanos; Manuel Enrique Mena Araujo, casado con Elina Altamirano
y Alberto Mena Araujo, casado con Eda Valencia.
De estas uniones provienen sus bisnietos: Hernández-Mena;
Castro-Mena y sus ramas: Arana-Castro y González de la
Vega-Castro; Kuny-Mena y sus ramas: Kuny-Guirola, Viand-Kuny,
Phillips-Kuny, Kuny-Aquino, Torrijos-Kuny y Quintanilla-Kuny;
Castellanos-Mena y sus ramas: Castellanos-Cornejo, Castellanos-Prado,
Castellanos-Argüello, Zollo-Castellanos y Quintanilla-Castellanos;
los Mena-Altamirano y sus ramas: Mena-Claros y Fernández-Mena;
los Mena-Valencia y su rama: Keesler -Mena.
De sus tataranietos han surgido las ramas de los Kuny-Mejía,
Quintanilla-Viaud, Castellanos-Origi y Barón-Castellanos.
Solamente viven actualmente dos nietas del doctor Araujo, doña
Concha Mena Araujo y doña Mercedes Mena Araujo de Castellanos.
Los sobrinos-nietos directos del doctor Araujo en la actualidad
son: doña Aída Geissman Araujo de Patiño;
doña Margarita Araujo de Arrieta Gallegos; doña
Marta Sol Araujo de Escalante Arce; doña Clelia Sol Araujo
de Quiñónez Meza; don Roberto Sol Araujo, don Miguel
Araujo Fielderig y doña Elena Avendaño de González.
En casa del doctor Araujo vivieron y se educaron como hijas suyas
sus sobrinas huérfanas: doña Margoth Boza Araujo,
casada con el doctor Hermógenes Alvarado h.; doña
Luisa Boza Araujo, casada con don Roberto Mac Kartney; y doña
Virginia Boza Araujo, casada con don Salvador Salguero.
Hace casi un año falleció en San Francisco, California,
una hija del doctor Araujo, fuera de matrimonio, pero reconocida,
doña Blanca Brener de Loomis a quien le sobrevive su hija
Norman Loomis Brener.
De seguro habrá otros descendientes del doctor Araujo,
pero lamentablemente desconozco sus nombres y ubicación
actual.
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