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CRÓNICA
El
humilde señor K
El
Reino de España le concedió el Premio Príncipe
de Asturias de Comunicación y Humanidades hace una semana. Su
nombre es sinónimo del movimiento del Nuevo Periodismo y sus
crónicas han dado tantas vueltas al mundo como su vida: Kapuscinski,
reconocido internacionalmente, pero ignorado en nuestras universidades.
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La escena que observa desde su mesa es simple: un salón
vacío con una joven llevando café al frente desperezándose.
No está en Varsovia. Aquella mañana ha amanecido en Buenos
Aires y un joven dubitativo le desea buenos días.
También luce dormido o ¿estará confundido?
Él, a cambio, se incorpora más rápido de lo que
el curioso se imagina y extiende su mano con una sonrisa franca que
le disipa dudas. Es Kapuscinski, el cronista más grande del siglo
XX, el infatigable periodista curioso, quien sin mayor aspaviento pregunta:
¿De dónde eres? El Salvador, le responde.
¿El Salvador? Que interesante, muy interesante; pero
cuando observa el plato vacío del joven, agrega: Come,
come bien, come. El aludido vuelve a colocar los trozos de fruta
sobre el plato y quiere preguntar tantas cosas, pero aquel hombre de
calva lustrosa y mirada inquisitiva lo intuye: come, luego hablaremos
y opta por seguir desayunando en su habitación al ver que llegan
otros comensales que, a lo largo de una semana, serán sus estudiantes.
Este encuentro se produjo hace meses a iniciativa de la Fundación
para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que eligió a
unos pocos para conversar sobre periodismo con uno de sus representantes
insignes: el polaco Ryszard Kapuscinski.
Hace una semana, España lo distinguió por su trayectoria
admirada en Europa, Estados Unidos y Suramérica. Nadie que aspire
a ser periodista ha dejado de leer su obra; aunque, en Centroamérica,
los universitarios no han tenido tanta suerte. De hecho, sus libros
solo se ofertan en una reconocida librería guatemalteca y las
escasas copias que vienen al país son contadas joyas del periodismo
literario.
El día que Kapu, como lo abrevian, recibió el Premio Príncipe
de Asturias, aquellos que lo admiran recordaron la esencia de su escuela.
El estilo de Ryszard Kapuscinski está construido sencillamente
desde abajo. La estructura de sus historias está hecha a partir
de las pequeñas cosas, los detalles, los humores, los gestos
que ha recogido en África, Europa del este, Latinoamérica
y Asia central.
Pero esa forma de plasmar lo que mira tiene un fundamento, una de las
virtudes más escasas entre los comunicadores: la humildad. Una
tremenda humildad que abruma a los redactores arrogantes.
Por ejemplo, nadie se imagina a uno de los más grandes cronistas
del siglo XX desayunando a solas en un hotel de Buenos Aires. O disfrutando
un partido de fútbol en La Bombonera en medio de toda la hinchada.
O saboreando un bife en un restaurante de obreros en el barrio de La
Boca o desnudando sus textos a la luz de una veintena de curiosos que
quieren ser como él.
He viajado muchísimo y a donde he ido, si me hubieran reconocido
como extranjero, es probable que nadie me habría dirigido la
palabra, explica al ser interrogado sobre cómo hizo para
sobrevivir en África durante las guerras de descolonización.
Una de sus obras cumbres, Ébano, ilustra mejor que
nada su método cuando busca un apartamento en Lagos, que será
su base de operaciones para toda África.
Pero a un blanco no le resulta fácil vivir en un barrio
africano. Los primeros en indignarse y protestar son los europeos. El
que alberga unas intenciones como las mías tiene que ser un loco,
no estar en su sano juicio (...) Tampoco la parte africana contempla
con entusiasmo mi idea. En primer lugar, porque hay dificultades técnicas
(...) La cuestión del agua, sin ir más lejos: hay que
acarrearla desde la bomba, que está al otro extremo de la calle.
Es trabajo de los niños. Las mujeres lo hacen a veces, pero los
hombres, jamás. Y de repente, ante el pozo, se planta un señor
blanco haciendo cola junto a los niños. ¡Ja, ja, ja! ¡Imposible!.
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Ryszard
Kapuscinski, en Buenos Aires, se llevó un recuerdo: la
firma de todos los periodistas que asistieron al taller de la
FNPI.
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La regla básica
Frente a los rostros cejijuntos de becarios e invitados al taller de
la FNPI, y que co-auspició la Fundación ítalo-argentina
Proa, Kapuscinski no tiene escapatoria. Sus alumnos tienen muchas preguntas:
¿De dónde sacó tiempo para escribir libros tan
densos y a la vez trabajar como corresponsal de noticias? ¿Usa
grabadora? ¿Conoció a Haile Selassie, el emperador de
Etiopía? ¿Cómo sobrevivió a cuatro fusilamientos?
¿Tuvo familia? Él, sonriendo, responde a cada una a pausas
y con minucioso detalle. Así se sabe que Kapu, cuando trabajó
como corresponsal de guerra en el Tercer Mundo, pasó hasta seis
meses sin noticias de su esposa e hija y que detesta las grabadoras
(nunca ha usado) porque prefiere escudriñar, observar, escuchar,
comprender la realidad antes de escribirla.
Pero ese es su rostro literario; el otro, el periodístico, está
marcado por el sacrificio. Ser corresponsal es un trabajo muy
duro, sin descanso, las 24 horas al día. Entonces, si quieres
escribir un libro sobre lo que has visto, debes hacerlo justo después
de terminar el trabajo. Es cuando empieza el otro trabajo. Se requiere
mucha, pero mucha disciplina.
La vida de Kapuscisnki también ha tenido episodios
divertidos porque si hay una cualidad extra a su humildad es su sentido
del humor.
Un día, durante un almuerzo en el barrio de La Boca, junto a
obreros cesantes, los talleristas deliberaban si formular o no una pregunta
indiscreta: ¿Le han dicho que, a veces, se parece a su coterráneo,
Karol Wojtyla? Por fin, nos animamos y le hacemos saber la duda...
Kapu nos mira a todos y responde con una carcajada. Sí,
ya me lo han dicho, añade, divertido, y relata una anécdota
que tuvo en África.
Había que pasar un retén del ejército y legalmente
era imposible. Su cara rosada y el color de los ojos era la única
salvación y, por supuesto, el atuendo de un sacerdote. Cuando
llegó al retén y los soldados pidieron los documentos,
sus acompañantes se limitaron a decir: disculpen, pero
es el obispo. Los oficiales bajaron sus armas y abrieron paso.
Pero también ha tenido sustos de sobra, como cuando una cobra
lo escapó a morder, una ventisca casi lo mata en Siberia o el
día en que casi muere atravesado por una bala, en una zona fronteriza,
durante la guerra de 1969, una guerra que, según decían,
se había iniciado a raíz de un partido de fútbol.
Esa ha sido la ocasión que más cerca ha estado de El Salvador.
hay que viajar solo, aprender un idioma, involucrarse
con la gente y no puede estar pensando en tu familia
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El
maestro Kapuscinski junto a unos talleristas seleccionados
por la FNPI.
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Una vida para informar
Nació en Pinsk, Polonia,
en 1932. Estudió Historia en la Universidad de Varsovia
y cursó un Magister en Humanidades. Inició en
el periodismo con la Agencia Polaca de Prensa en 1959.
Kapuscinski es autor de más de 20 libros que han sido
publicados en más de 20 idiomas. En ellos, el autor recoge
lo mejor de sus vivencias como corresponsal de guerra desde
1959 hasta 1981.
Durante todos esos años, cubrió un total de 17
guerras en África, Asia y América Latina. El escritor
habla perfectamente un total de seis idiomas (ruso, polaco,
inglés, francés, español y portugués).
En castellano, solo se han editado Ébano,
sobre las guerras de descolonización en África
(2000); El Imperio, sobre la extinta Unión
Soviética (1994); La guerra del fútbol,
una colección de crónicas periodísticas
entre las que que está la cobertura a la guerra entre
Honduras y El Salvador (1992); El Emperador, sobre
el dictador de
Etiopía, Haile Selassie (1989); El Sha o la desmesura
del poder sobre la caída de Reza Palhevi de Irán
(1987) y Los cínicos no sirven para este oficio,
con prólogo de Maria Nadotti (2002). Esta es la publicación
más reciente en español; aunque, según
él mismo aclara -con mucho humor- , ese libro no
lo he escrito yo. En realidad es una relatoría
hecha a una serie de conferencias que dictó en Italia
sobre el buen periodismo más un diálogo con el
crítico de arte John Berger.
También fue galardonado con el Premio Viarreggo, la máxima
distinción de las letras italianas. Sus artículos
aparecen en The New York Times, Frankfurter Allgemeine Zeitung
y Times.
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