11 de mayo de 2003

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CRÓNICA

El humilde señor “K”

El Reino de España le concedió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades hace una semana. Su nombre es sinónimo del movimiento del Nuevo Periodismo y sus crónicas han dado tantas vueltas al mundo como su vida: Kapuscinski, reconocido internacionalmente, pero ignorado en nuestras universidades.

Erick Lombardo Lemus
vertice@elsalvador.com

La escena que observa desde su mesa es simple: un salón vacío con una joven llevando café al frente desperezándose. No está en Varsovia. Aquella mañana ha amanecido en Buenos Aires y un joven dubitativo le desea ‘buenos días’. También luce dormido o ¿estará confundido?

Él, a cambio, se incorpora más rápido de lo que el curioso se imagina y extiende su mano con una sonrisa franca que le disipa dudas. Es Kapuscinski, el cronista más grande del siglo XX, el infatigable periodista curioso, quien sin mayor aspaviento pregunta: ¿De dónde eres? “El Salvador”, le responde. “¿El Salvador? Que interesante, muy interesante”; pero cuando observa el plato vacío del joven, agrega: “Come, come bien, come”. El aludido vuelve a colocar los trozos de fruta sobre el plato y quiere preguntar tantas cosas, pero aquel hombre de calva lustrosa y mirada inquisitiva lo intuye: “come, luego hablaremos” y opta por seguir desayunando en su habitación al ver que llegan otros comensales que, a lo largo de una semana, serán sus estudiantes.

Este encuentro se produjo hace meses a iniciativa de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que eligió a unos pocos para conversar sobre periodismo con uno de sus representantes insignes: el polaco Ryszard Kapuscinski.

Hace una semana, España lo distinguió por su trayectoria admirada en Europa, Estados Unidos y Suramérica. Nadie que aspire a ser periodista ha dejado de leer su obra; aunque, en Centroamérica, los universitarios no han tenido tanta suerte. De hecho, sus libros solo se ofertan en una reconocida librería guatemalteca y las escasas copias que vienen al país son contadas joyas del periodismo literario.

El día que Kapu, como lo abrevian, recibió el Premio Príncipe de Asturias, aquellos que lo admiran recordaron la esencia de su escuela.

El estilo de Ryszard Kapuscinski está construido sencillamente desde abajo. La estructura de sus historias está hecha a partir de las pequeñas cosas, los detalles, los humores, los gestos que ha recogido en África, Europa del este, Latinoamérica y Asia central.

Pero esa forma de plasmar lo que mira tiene un fundamento, una de las virtudes más escasas entre los comunicadores: la humildad. Una tremenda humildad que abruma a los redactores arrogantes.

Por ejemplo, nadie se imagina a uno de los más grandes cronistas del siglo XX desayunando a solas en un hotel de Buenos Aires. O disfrutando un partido de fútbol en La Bombonera en medio de toda la hinchada. O saboreando un bife en un restaurante de obreros en el barrio de La Boca o desnudando sus textos a la luz de una veintena de curiosos que quieren ser como él.

“He viajado muchísimo y a donde he ido, si me hubieran reconocido como extranjero, es probable que nadie me habría dirigido la palabra”, explica al ser interrogado sobre cómo hizo para sobrevivir en África durante las guerras de descolonización.

Una de sus obras cumbres, “Ébano”, ilustra mejor que nada su método cuando busca un apartamento en Lagos, que será su base de operaciones para toda África.

“Pero a un blanco no le resulta fácil vivir en un barrio africano. Los primeros en indignarse y protestar son los europeos. El que alberga unas intenciones como las mías tiene que ser un loco, no estar en su sano juicio (...) Tampoco la parte africana contempla con entusiasmo mi idea. En primer lugar, porque hay dificultades técnicas (...) La cuestión del agua, sin ir más lejos: hay que acarrearla desde la bomba, que está al otro extremo de la calle. Es trabajo de los niños. Las mujeres lo hacen a veces, pero los hombres, jamás. Y de repente, ante el pozo, se planta un señor blanco haciendo cola junto a los niños. ¡Ja, ja, ja! ¡Imposible!”.

Ryszard Kapuscinski, en Buenos Aires, se llevó un recuerdo: la firma de todos los periodistas que asistieron al taller de la FNPI.

La regla básica

Frente a los rostros cejijuntos de becarios e invitados al taller de la FNPI, y que co-auspició la Fundación ítalo-argentina Proa, Kapuscinski no tiene escapatoria. Sus alumnos tienen muchas preguntas: ¿De dónde sacó tiempo para escribir libros tan densos y a la vez trabajar como corresponsal de noticias? ¿Usa grabadora? ¿Conoció a Haile Selassie, el emperador de Etiopía? ¿Cómo sobrevivió a cuatro fusilamientos? ¿Tuvo familia? Él, sonriendo, responde a cada una a pausas y con minucioso detalle. Así se sabe que Kapu, cuando trabajó como corresponsal de guerra en el Tercer Mundo, pasó hasta seis meses sin noticias de su esposa e hija y que detesta las grabadoras (nunca ha usado) porque prefiere escudriñar, observar, escuchar, comprender la realidad antes de escribirla.

Pero ese es su rostro literario; el otro, el periodístico, está marcado por el sacrificio. “Ser corresponsal es un trabajo muy duro, sin descanso, las 24 horas al día. Entonces, si quieres escribir un libro sobre lo que has visto, debes hacerlo justo después de terminar el trabajo. Es cuando empieza el otro trabajo. Se requiere mucha, pero mucha disciplina”.

La vida de Kapuscisnki también ha tenido episodios divertidos porque si hay una cualidad extra a su humildad es su sentido del humor.

Un día, durante un almuerzo en el barrio de La Boca, junto a obreros cesantes, los talleristas deliberaban si formular o no una pregunta indiscreta: ¿Le han dicho que, a veces, se parece a su coterráneo, Karol Wojtyla? Por fin, nos animamos y le hacemos saber la duda...

Kapu nos mira a todos y responde con una carcajada. “Sí, ya me lo han dicho”, añade, divertido, y relata una anécdota que tuvo en África.

Había que pasar un retén del ejército y legalmente era imposible. Su cara rosada y el color de los ojos era la única salvación y, por supuesto, el atuendo de un sacerdote. Cuando llegó al retén y los soldados pidieron los documentos, sus acompañantes se limitaron a decir: “disculpen, pero es el obispo”. Los oficiales bajaron sus armas y abrieron paso.

Pero también ha tenido sustos de sobra, como cuando una cobra lo escapó a morder, una ventisca casi lo mata en Siberia o el día en que casi muere atravesado por una bala, en una zona fronteriza, durante la guerra de 1969, una guerra que, según decían, se había iniciado a raíz de un partido de fútbol.

Esa ha sido la ocasión que más cerca ha estado de El Salvador.

“hay que viajar solo, aprender un idioma, involucrarse con la gente y no puede estar pensando en tu familia”

El maestro Kapuscinski junto a unos talleristas seleccionados por la FNPI.

Una vida para informar

Nació en Pinsk, Polonia, en 1932. Estudió Historia en la Universidad de Varsovia y cursó un Magister en Humanidades. Inició en el periodismo con la Agencia Polaca de Prensa en 1959.

Kapuscinski es autor de más de 20 libros que han sido publicados en más de 20 idiomas. En ellos, el autor recoge lo mejor de sus vivencias como corresponsal de guerra desde 1959 hasta 1981.

Durante todos esos años, cubrió un total de 17 guerras en África, Asia y América Latina. El escritor habla perfectamente un total de seis idiomas (ruso, polaco, inglés, francés, español y portugués).

En castellano, solo se han editado “Ébano”, sobre las guerras de descolonización en África (2000); “El Imperio”, sobre la extinta Unión Soviética (1994); “La guerra del fútbol”, una colección de crónicas periodísticas entre las que que está la cobertura a la guerra entre Honduras y El Salvador (1992); “El Emperador”, sobre el dictador de
Etiopía, Haile Selassie (1989); “El Sha o la desmesura del poder” sobre la caída de Reza Palhevi de Irán (1987) y “Los cínicos no sirven para este oficio”, con prólogo de Maria Nadotti (2002). Esta es la publicación más reciente en español; aunque, según él mismo aclara -con mucho humor- , “ese libro no lo he escrito yo”. En realidad es una relatoría hecha a una serie de conferencias que dictó en Italia sobre el buen periodismo más un diálogo con el crítico de arte John Berger.

También fue galardonado con el Premio Viarreggo, la máxima distinción de las letras italianas. Sus artículos aparecen en The New York Times, Frankfurter Allgemeine Zeitung y Times.



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