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PIEDRA
DE TOQUE
Recado
a los tartamudos
Cuando
la Agencia de Carmen Balcells me hizo saber que había comenzado
a recibir cartas de una Fundación Española de la Tartamudez,
y de tartamudos particulares, dirigidas a mí, indignadas y dolidas
por un texto mío insultante contra la tartamudez, me quedé
estupefacto. ¿Cuándo y por qué estúpida
razón habría yo escrito semejante cosa?
Tengo ahora bajo mis ojos la docena de cartas recibidas (me anuncian
otras más, incluida una carta pública) y, en efecto, todas
ellas transpiran la cólera de quien ha sido ridiculizado y vejado
de la manera más vil.
Algunas me amenazan y, por lo menos una, propone que se quemen todos
mis libros. El escrito materia de escándalo es una frase extraída
de una conferencia que leí hace unos cuatro años en la
Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, de Lima, y dice así:
Una humanidad sin novelas, no contaminada de literatura, se parecería
mucho a una comunidad de tartamudos y de afásicos, aquejada de
tremendos problemas de comunicación debido a lo basto y rudimentario
de su lenguaje.
Salta a la vista que la intención del párrafo no es herir
ni ridiculizar la tartamudez ni la afasia, sino ilustrar con una metáfora,
usando dos casos típicos de disfunción de la capacidad
expresiva de las personas, la idea central: que sin buenas lecturas
literarias el habla se empobrecería hasta reducirse a un vocabulario
elemental y tosco, generando un cierto babelismo.
¿Era un buen ejemplo? Francamente, no, y reconozco que la mención
de la tartamudez, en ese contexto, además de ser torpe, es también
inexacta. Hago públicas mis excusas a todos los tartamudos del
mundo y, en especial, a los miembros de la Fundación Española
de la Tartamudez, que preside el Sr. Adolfo Sánchez García.
Ahora bien, ¿había justificación para que esa frase
perdida, de aquella conferencia, suscitara semejante reacción
hipersensible? Hasta ayer me parecía que no, que era una exageración
absurda y quisquillosa, el afán de buscarle tres pies al gato
cuando es evidente que tiene cuatro. Pero anoche, en los largos desvelos
que me produce el ayuno o en sus sueños tan ligeros que
se confunden con la vigilia estuve dando largas vueltas al asunto
y cambié de opinión.
Sin ánimo de ofender
El Sr. Sánchez García me recuerda en su carta abierta
que muchos escritores eminentes fueron tartamudos (y cita entre ellos
a Guillermo Cabrera Infante, a quien nunca he oído tartamudear),
empezando por Lewis Carroll y terminando por Isaías Berlin, dos
escribidores a los que profeso la mayor admiración.
Es algo que yo sé muy bien, sin necesidad de escudriñar
la literatura universal, porque entre mis conocidos y amigos hay tartamudos
de enorme talento y brillantez intelectual. Uno de ellos, filósofo
y políglota, tartamudea sólo en español; en cambio,
cuando dicta sus clases en inglés, sus palabras fluyen naturalmente,
sin el menor bache o vacilación.
En mi desvelo nocturno, inspirado por la lluvia de cartas inesperadas,
recordé Los Miserables de Victor Hugo, donde, en
uno de sus desplantes exhibicionistas, el narrador dice en un momento
que no va a reproducir el tartamudeo de la vieja Toussant porque le
repugnaba reproducir musicalmente una enfermedad.
Pero, recordé sobre todo lo cruel e implacable que suele ser
la gente y la manera como suele ensañarse con las personas que
padecen algún defecto o incapacidad, o, simplemente, son distintas
al modelo común.
Volví al año 1946, en Piura. Mi familia se había
trasladado allí desde Cochabamba, Bolivia, donde pasé
toda mi infancia, porque al abuelo Pedro lo habían nombrado Prefecto
de aquel departamento norteño. Fue el primer año que pasé
en mi país natal.
Me
matricularon en el Colegio Salesiano y los nueve meses que estuve en
esas aulas fueron un verdadero vía crucis. Yo hablaba como los
niños serranos de los Andes, arrastrando las erres y pronunciando
la s como si fuera una sh, algo que a los costeños les produce
burla e hilaridad.
Pero, además de las bromas y ofensas que debí padecer
por mí manera de hablar, eran sobre todo mis dientes salidos
los que hacían las delicias de mis compañeros, que me
preguntaban a quién iba a morder, y me apodaban perro bravo,
dientón y cosas menos presentables. Más tarde, en Lima,
ya no fue mi acento pues había aprendido a hablar como
costeño lo que me hacía blanco de apodos y pasadas
de pésimo gusto, sólo mis largos y protuberantes incisivos,
por los que en el Colegio Leoncio Prado me llamaban Bugs Bunny (el conejo
de la suerte) y los cadetes acostumbraban hacerme morisquetas con la
boca muy abierta y sacando toda la dentadura al aire como para sugerir
un hocico monstruoso, de lobo o tigre.
¿Tonterías sin importancia y perfectamente normales entre
chicos? Ahora sí me lo parecen, desde luego, y me asombro de
que semejantes idioteces me hubieran hecho pasar tan malos ratos y generado
en mí un verdadero complejo por mis dientes salidos. Tanto que,
si mal no recuerdo, la única vez que le pedí algo a mi
padre, en los pocos años que viví con él, fue que
me hiciera poner los fierros correctores que el papá de un amigo,
dentista, me ofreció colocarme, con un buen descuento (mi padre
dijo que sí pero no lo hizo nunca y me quedé dientón).
Sufrimientos de niñez
Si ese pequeño defecto físico fue causa de tanto colerón
y sufrimiento en mi infancia, hubiera sido muchísimo peor, sin
duda, si hubiera sido cojo, tuerto, manco, sordomudo y, por supuesto,
y acaso sobre todo, tartamudo.
No sólo a los niños, también a los adultos les
produce una irresistible comicidad escuchar a una persona atracándose
con las palabras y luchando por sacarlas de la boca, pero al menos las
personas mayores tienen no siempre, por supuesto la discreción
de disimularlo. Muchos, no.
Por el contrario, se divierten a costa de las limitaciones y defectos
del prójimo como si, ensañándose contra quien padece
alguna limitación, disfunción o defecto, se vacunaran
contra el riesgo de contraerlo.
En los niños y jóvenes es mucho peor. A esa edad no hay
inhibiciones, convenciones que se respeten; los instintos y pulsiones
peores se manifiestan libremente, y a veces con verdadero salvajismo,
humillando, zahiriendo y vejando al que es distinto, y sobre todo, al
que se halla afectado o disminuido en su capacidad física o intelectual.
No me cabe duda de que la vida de un tartamudo debe ser difícil,
una prueba permanente de carácter y resistencia moral contra
las pullas y maltratos de que son víctimas en razón de
la ilimitada maldad humana.
Mi desvelo fue instructivo y enriquecedor. Me llevó a comprender,
y casi casi, justificar la hipersensibilidad con que leyeron aquella
frase torpe los amigos de la Fundación Española de la
Tartamudez, a quienes aseguro que en adelante seré más
cuidadoso cuando pergeñe alegorías o metáforas.
Hacen muy bien en enfrentarse a los prejuicios y a la ignorancia que
los discrimina y en muchos casos margina socialmente.
Y todavía mejor programando campañas encaminadas a hacer
entender a la gente común que la tartamudez, mera discapacidad
de expresión, no perturba en absoluto la inteligencia, ni la
imaginación, ni el talento, como lo demuestra el hecho de que
en tantas ramas del saber y del arte hayan destacado tantos tartamudos.
Dicho esto, hecha mi autocrítica, en mi desvelo de ayunante también
pensé, como conclusión final de esta malaventura, que
cada vez va siendo más difícil escribir sin llevarse de
encuentro a alguien, sin infligir un involuntario mandoble a una asociación,
comunidad, fraternidad, religión o colectivo de cualquier índole,
que legítimamente protestará sintiéndose ofendido
o calumniado.
Pensé que, por ejemplo, hoy le hubiera sido absolutamente imposible
a Ernesto Sábato publicar su mejor novela, Sobre héroes
y tumbas, porque probablemente la genial y delirante diatriba
de sus páginas, el Informe para ciegos, lo habría
expuesto a la vindicta de las asociaciones de invidentes y, acaso, hasta
un proceso judicial. Avanza la justicia, sin duda, pero a un precio
bastante alto: los recortes a la libertad.
© Mario Vargas Llosa, 2003.
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