9 de noviembre de 2003


LA COLUMNA

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

Rara especie capitalina

Junto a las iguanas, los cusucos o los bosques, hay otro recurso -si se quiere- natural que está amenazado de extinción: son los parques. Esas espaciosas áreas verdes, han sido desde la colonización, centros vitales de todo pueblo o ciudad y alrededor del cual gira una vida política y cívica; pero también han sido escenarios de innumerables actividades musicales o de esparcimiento para los adultos. Aparte todo eso, han significado para miles de niños y niñas, la zona de juegos por excelencia. Y hasta de fantasías.

Allí imaginaron que eran policías o ladrones, vaqueros del oeste, grandes deportistas o simplemente se abrigaron a los árboles para jugar al escondelero.

Quizá en las localidades del interior del país, estos lugares aún tengan este significado, pero en lo que respecta a San Salvador y algunos de sus municipios más urbanizados, prácticamente han desaparecido. San Salvador luce cada vez más congestionado y la delincuencia e inseguridad impera en los escasos parques o plazas capitalinas que más parecen planchas de concreto, que han ahuyentado a los más vivaces y bulliciosos ciudadanos: los niños y las niñas.

Para los pequeños de hoy la palabra parque significa la estrecha “zona verde” cercana a sus casas, que por ley deben ceder las empresas constructoras (es decir el 20% del área a urbanizar) y que al final no es más que unos cuantos metros, unos cuantos árboles y en algunos casos uno que otro juego mecánico, en los que las centenares de niños que habitan las viviendas de concreto juegan apiñados.

Si evocamos algunos de sus derechos como el desarrollarse en un medio ambiente sano y a tener esparcimiento, les quedamos como deudores. Además, el incontenible crecimiento urbanístico les está vedando el paisaje natural, y para muestra dos botones: la sustitución de gran parte del bosque de la finca El Espino por fríos edificios para fines académicos y un mega centro comercial, y las faldas del volcán Quezaltepec (mal llamado de San Salvador) o parte de la cordillera del Bálsamo que más que árboles exhiben casas. Si a todo esto agregamos el escaso o nulo espacio de recreación que tienen en muchos centros educativos, es como si los que un día nos gobernarán o sostendrán esta sociedad, no son importantes. Algunos estudiosos del tema de la violencia que nos envuelve, acusan esta falta de espacios de esparcimiento y convivencia como un factor que está minando la salud mental de nuestros hijos y privándoles de un desarrollo pleno. Por eso me uno a esa especie de clamor que encuentro en una canción del grupo mexicano Maná cuando se preguntan: ¿Dónde jugarán los niños? No les privemos de ese derecho.


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