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LA
COLUMNA
Rara
especie capitalina
Junto a las iguanas, los cusucos o los bosques,
hay otro recurso -si se quiere- natural que está amenazado de
extinción: son los parques. Esas espaciosas áreas verdes,
han sido desde la colonización, centros vitales de todo pueblo
o ciudad y alrededor del cual gira una vida política y cívica;
pero también han sido escenarios de innumerables actividades
musicales o de esparcimiento para los adultos. Aparte todo eso, han
significado para miles de niños y niñas, la zona de juegos
por excelencia. Y hasta de fantasías.
Allí imaginaron que eran policías o ladrones, vaqueros
del oeste, grandes deportistas o simplemente se abrigaron a los árboles
para jugar al escondelero.
Quizá en las localidades del interior del país, estos
lugares aún tengan este significado, pero en lo que respecta
a San Salvador y algunos de sus municipios más urbanizados, prácticamente
han desaparecido. San Salvador luce cada vez más congestionado
y la delincuencia e inseguridad impera en los escasos parques o plazas
capitalinas que más parecen planchas de concreto, que han ahuyentado
a los más vivaces y bulliciosos ciudadanos: los niños
y las niñas.
Para los pequeños de hoy la palabra parque significa la estrecha
zona verde cercana a sus casas, que por ley deben ceder
las empresas constructoras (es decir el 20% del área a urbanizar)
y que al final no es más que unos cuantos metros, unos cuantos
árboles y en algunos casos uno que otro juego mecánico,
en los que las centenares de niños que habitan las viviendas
de concreto juegan apiñados.
Si evocamos algunos de sus derechos como el desarrollarse en un medio
ambiente sano y a tener esparcimiento, les quedamos como deudores. Además,
el incontenible crecimiento urbanístico les está vedando
el paisaje natural, y para muestra dos botones: la sustitución
de gran parte del bosque de la finca El Espino por fríos edificios
para fines académicos y un mega centro comercial, y las faldas
del volcán Quezaltepec (mal llamado de San Salvador) o parte
de la cordillera del Bálsamo que más que árboles
exhiben casas. Si a todo esto agregamos el escaso o nulo espacio de
recreación que tienen en muchos centros educativos, es como si
los que un día nos gobernarán o sostendrán esta
sociedad, no son importantes. Algunos estudiosos del tema de la violencia
que nos envuelve, acusan esta falta de espacios de esparcimiento y convivencia
como un factor que está minando la salud mental de nuestros hijos
y privándoles de un desarrollo pleno. Por eso me uno a esa especie
de clamor que encuentro en una canción del grupo mexicano Maná
cuando se preguntan: ¿Dónde jugarán los niños?
No les privemos de ese derecho.
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