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PIEDRA
DE TOQUE
El
largo viaje
MARIO
VARGAS LLOSA
vertice@elsalvador.com
Hace
dos mil quinientos años, muchos hombres hacían el mismo
recorrido que yo hago ahora, pero en condiciones más difíciles,
rumbo al centro ceremonial de Chavín de Huántar. Cruzaban
los desiertos candentes de la costa, escalaban los Andes occidentales
hasta alturas que rozaban los cinco mil metros, y luego de cruzar lo
que muchos siglos después se llamaría el Callejón
de Huaylas, iniciarían el descenso de la vertiente oriental andina,
entre precipicios vertiginosos y montañas cargadas de vegetación
o de nieve, y súbitas lagunas que sobrevuelan bandadas de patos
salvajes y esas garzas de largos cuellos y vistoso plumaje llamadas
parihuanas.
En esos remotos tiempos el paisaje era más bravío y salvaje,
sin los eucaliptos de ahora, y cargado de bosques infestados de pumas
y serpientes, que debían de dar cuenta de buen número
de peregrinos antes de que llegaran al imponente santuario. Y lo mismo
ocurriría con los hombres y mujeres que subían hasta aquí
desde la selva, la futura amazonía la fuente de la civilización
que representó Chavín de Huántar, según
el arqueólogo Julio C. Tello-, desafiando el espanto y el vértigo,
para pedir mercedes a ese horrible dios, híbrido de pájaro,
crótalo y felino que todavía nos contempla recién
llegados, con sus fríos ojos de piedra y sus cuatro colmillos
cruzados.
Carezco de imaginación arqueológica y, generalmente, cuando
visito ruinas me quedo en tinieblas sobre lo que debió haber
sido la vida, la muerte, los ritos, las creencias, la guerra y el amor
entre las gentes, cuando estas piedras eran templos, palacios, viviendas,
hormigueantes ciudades. Pero en Chavín de Huántar he tenido
por primera vez la sensación de acercarme, a través de
estos restos plazas, murallas, ídolos, galerías subterráneas,
el célebre Lanzón-, a quienes hace casi tres
milenios peregrinaban hasta aquí, venciendo el miedo y los indecibles
obstáculos de la geografía y la ignorancia, para pedir
salud, venganzas, poder o magia, a estas sanguinarias divinidades que,
todavía hoy, incluso a un incrédulo pertinaz como yo,
producen escalofríos.
La plaza del hombre
El lugar es uno de los más bellos que he visto en mi vida. El
gran templo o santuario está cercado por escarpadas montañas
donde florea la amarilla retama, entre quenchuales, eucaliptos y pequeños
sembríos de papas y ollucos casi verticales, a orillas de un
río que canta en las piedras y al que desaguan las lluvias y
corrientes que deshiela la montaña aún ahora por conductos
subterráneos que fueron construidos hace cientos de años.
El cielo es diáfano, hay manchones de nieve en las cumbres y
aquí abajo, mientras trepamos escalinatas, recorremos túneles,
visitamos aposentos, nos ahogamos de calor. Hay una gran plaza cuadrada
y otra circular que algunos imaginativos llaman la plaza del hombre
y la plaza de la mujer, y de las enormes cabezas-clavas
de piedra sólo una permanece aferrada a la muralla, tal como
la colocaron quienes la labraron y clavaron aquí, para que cuidara
el santuario y alertara a los peregrinos sobre el desmesurado poder
de los dioses y demonios que lo habitaban. A las otras cabezas las derribaron
los terremotos o los aludes (los huaycos) que han desarreglado la arquitectura
de Chavín de Huántar, sepultando algunas de las construcciones
bajo toneladas de rocas y desenterrando otras, desplazando paredes y
decapitando y mutilando estelas, ídolos, ceramios. Un anciano,
que fue testigo y casi víctima del terrible huayco de los años
cuarenta, nos señala la trayectoria que siguió el desprendimiento
de la montaña, imita el rugido infernal que acompañaba
la carreras de esos bólidos de piedra y barro que destruyeron
medio pueblo y evoca el pánico de él y sus amigos, mientras
corrían, despavoridos, alejándose de la avalancha. Pero
pese a las catástrofes naturales, a la incuria de los humanos
y a la usura del tiempo, Chavín de Huántar está
todavía ahí, entre la selva y la montaña, como
testimonio de uno de los más avanzados intentos civilizadores
en la prehistoria de América.
Según
arqueólogos e historiadores, Chavín no fue un imperio,
ni un Estado, sino una laxa confederación de poblaciones y culturas
desparramados por la costa, la selva y la región andina, que
tenía en este santuario su centro ceremonial, y, también,
el nudo gordiano de un vasto tramado de intercambios y relaciones comerciales.
Pero cuando uno visita este soberbio complejo arquitectónico
-ayudado por las explicaciones del amable arqueólogo del sitio-
no tiene la menor duda: la función espiritual y religiosa de
Chavín prevaleció sobre la económica y la política.
Los primitivos peruanos venían hasta aquí arrostrando
los más grandes peligros, antes que a comerciar y a guerrear,
a salvar sus almas, a asegurarse un porvenir de paz o de dicha en el
otro mundo, luego del trámite de la muerte.
Benevolencia de los dioses
Esas mujeres y esos hombres vivían, día y noche, en la
más absoluta inseguridad, devorados por el miedo. De ese misterioso
entorno geográfico que amenazaba con enterrarlos súbitamente
cuando la tierra se encolerizaba y se ponía a temblar y a rugir
hasta que las montañas de deshacían y les caían
encima, o los inundaba y ahogaba con las bruscas subidas de las aguas
que hinchaba los ríos y los desbordaba en aniegos que arruinaban
las cosechas y hundían las viviendas y sumergían a los
perros, los cuyes, las llamas, las vicuñas. Pero, más
todavía que al temblor, al rayo, los aniegos y el huayco, la
razón primordial de su pavor eran las garras y los colmillos
del puma y el jaguar, o la mordedura del crótalo, que anidaban
por doquier en estos bosques intrincados y que debían causar
innumerables víctimas en las aldeas y caseríos.
Por eso los convirtieron en divinidades y trataron de sobornarlos y
aplacarlos, construyéndoles este majestuoso santuario, donde
venían a traerles ofrendas y hacer sacrificios atroces, desde
las regiones más remotas. El miedo que sentían explica
el salvajismo al que se entregaban, la inaudita violencia a que recurrían
tratando de conseguir la benevolencia de esas fieras que seguramente,
además de sus bosques y riscos, poblaban también sus sueños
y sus pesadillas, e, incluso cuando dormían, los picaban y mordían,
inoculándoles un veneno que los hacía morir a cuentagotas,
entre dolores horribles, y descoyuntándolos y cercenándoles
piernas, brazos, manos.
A curarse de ese miedo cerval -miedo pánico, en el sentido cabal
de la palabra- venían a Chavín de Huántar, desde
los cuatro confines de lo que sólo dos mil años más
tarde se llamaría el Perú. Eran tantos, que el santuario
se llenó de habitaciones y recintos para alojar a estos peregrinos,
que hablaban distintas lenguas y se vestían con atuendos diferentes,
se entendían por señas, y tenían de común
sólo su miedo inconmensurable y su fe en estas divinidades pétreas.
La espera debía ser larga, de días y semanas, por la afluencia
de peregrinos y por la estrechez de los túneles que tenían
que recorrer a cinco o seis metros bajo tierra rumbo al encuentro con
el dios.
Entiendo perfectamente lo que sentían mientras, al bajar a estas
galerías de ultratumba, angostas, iluminadas por sustancias resinosas,
se desnudaban, y en estos cubículos que parecen nichos, se entregaban
a los ritos purificadores, acaso azotándose y lavándose
y depilándose, y tomando cocimientos alucinógenos. Cuando,
por fin, el peregrino entraba al minúsculo reducto, donde quedaba
a solas, frente a frente, con el Lanzón, la formidable piedra
esculpida de más de dos metros de altura donde la trinidad de
la teología Chavín -el felino, la serpiente y el pájaro-
se confunden en un tremebundo personaje pesadillesco, debía sentir
algo muy parecido a lo que siente el devoto mahometano que llega a la
Meca, o el católico que entra al Vaticano y besa la mano del
Papa.
Pero en Chavín todo era más dramático y espectacular,
de acuerdo a la barbarie de los tiempos. Porque el Lanzón al
que se enfrentaba el peregrino en la soledad asfixiante de este recinto
que a mí me acelera el corazón por la insoportable claustrofobia
que de pronto se apodera de mí, estaba impregnado de sangre humana,
que chorreaba sobre él, de las víctimas sacrificadas por
los sacerdotes, allá arriba, en el templo, en la piedra que era
el ara propiciatoria, estratégicamente colocada del tal modo
que la sangre del sacrificado bañara al dios de la caverna. Muchos
peregrinos caerían fulminados, aquí, de terror y devoción.
¿Regresaban a sus comunidades aliviados, exaltados, reconciliados
consigo mismos, luego del largo viaje a Chavín de Huántar?
Eso no hay manera de saberlo, desde luego. Pero cabe suponer que así
sería, pues, si no ¿por qué seguirían emprendiendo
la peregrinación a Chavín de Huántar aún
ahora tantos brujos, chamanes, curanderos, desde los más remotos
pueblos del Perú, dos mil novecientos años después
de construido el santuario? El arqueólogo del sitio me asegura
que vienen muchos, que en esta plaza y sobre estos muros perpetran sus
ceremonias, con coca o ayahuasca, y que luego parten, envalentonados,
purificados, fortalecidos en sus magias, por el contacto con los manes
de este sagrado lugar, hacia sus lugares de origen. Qué tales
bobos ¿no es verdad? ¿Pero, por qué diablos, al
emprender el retorno a Huaraz, de repente empiezo a sentir cierta envidia
de estos aprendices de paganos?
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