9 de febrero de 2003

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LA ARISTA AFILADA

La hora de abandonar Corea

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Probablemente, la decisión menos mala que puede tomar Washington ante la crisis de Corea sería comenzar a empacar los matules y abandonar discretamente esa península antes de poner en peligro a los treinta y siete mil soldados allí acantonados. Al fin y al cabo, la presencia norteamericana en ese país es la consecuencia de una etapa superada de la historia: la segunda guerra mundial y la inmediata guerra fría que siguió a la derrota del eje nazi fascista.

En 1945, los rusos entraron por el norte en persecución de los ejércitos japoneses y los norteamericanos por el sur. Tras la derrota de Tokio, poder dominante en Corea desde principios del siglo XX, el paralelo 38 marcó la frontera entre las dos zonas de influencia, y cinco años más tarde, en 1950, la Corea comunista, auxiliada por China y dirigida por la URSS, desató una terrible guerra de conquista. Harry Truman, entonces comprometido con la política de contención frente al espasmo imperial de los soviéticos, presentó batalla y consiguió derrotar a los invasores al altísimo costo de un millón y medio de cadáveres, de los cuales más de treinta mil fueron jóvenes norteamericanos. Finalmente, se firmó un armisticio provisional, todavía vigente, que devolvió la situación al status anterior al conflicto.

A partir de ese momento comenzó una fascinante competencia entre las dos Coreas, entre los dos sistemas, en la que ambos partían de las ruinas dejadas por la tremenda devastación de la guerra. El Norte, protegido y asesorado por China y la URSS, se convirtió en un manicomio colectivista, organizado como una especie de colmena humana, obediente y laboriosa, bajo la dirección del caudillo Kim Il Sung, mientras el sur, cobijado por el paraguas norteamericano, comenzó a evolucionar lentamente en dirección del multipartidismo y la libertad económica, lo que necesariamente implicaba crisis frecuentes en la estructura de poder, escándalos relacionados con la corrupción, improvisaciones en el terreno de las medidas de gobierno y fluctuaciones provocadas por los bandazos propios de un sistema abierto.

Por otra parte, étnicamente los coreanos conformaban uno de los pueblos más homogéneos del planeta, de manera que el mundo estaba ante un perfecto ensayo de laboratorio destinado a comparar los resultados que se obtenían con la aplicación del modelo comunista o con la economía de mercado y las instituciones políticas liberales defendidas en Occidente.
Tras varias décadas de contraste la conclusión era inocultable: Corea del Norte, gobernada con mano de hierro, se había convertido en un país absolutamente miserable, incapaz de alimentarse o de calentarse en el invierno, víctima de severas hambrunas que liquidaban al diez por ciento de la población, mientras Corea del Sur se había transformado en una nación próspera, con una economía industrial muy variada y producción dotada de alto valor agregado, mientras, simultáneamente, conquistaba parcelas crecientes de libertad política y respeto por los derechos humanos. Corea del Sur era uno de los "tigres asiáticos". Corea del Norte, una especie de coyote aullador, muerto de frío y de hambre, que sólo había logrado cierto grado de excelencia en un aspecto siniestro de la producción: la industria armamentística. Entre los cañones y la mantequilla, había optado por los cañones.

Espíritu anti yanqui

Ante la exitosa historia de Corea del Sur muchos norteamericanos se preguntan por qué los
rechazan tantos surcoreanos, incluidos los triunfadores en los últimos comicios, si la prosperidad y la estabilidad de ese país se deben, esencialmente, a la presencia y el respaldo de Estados Unidos. Y la respuesta es comprensible: porque los surcoreanos, a estas alturas de la historia, se sienten capaces de volar por cuenta propia. Atrapados entre chinos y japoneses, los surcoreanos siempre vivieron bajo el "síndrome del protectorado". A principios del siglo XX, cuando fueron ocupados por Japón -zarpazo imperial que pragmática y un tanto inmoralmente aceptó Teddy Roosevelt- la sociedad perdió el control de su destino. Luego, en la segunda mitad de la centuria, los protegió el ala militar y económica de Estados Unidos. Ya no los necesitan.

Es cierto que Corea del Norte, con sus armas nucleares y su descarada extorsión -ahora quiere utilizar sus cañones para robar mantequilla-, es un problema internacional, pero no exactamente para Estados Unidos, sino, en primer lugar, para Corea del Sur, Japón, China y Rusia: que sean esas naciones, dos de ellas potencias nucleares, las que se enfrenten al problema. Pero para poder alejarse del conflicto es indispensable repatriar las tropas estadounidenses, pues mientras estén al alcance de un misil atómico norcoreano no son realmente guardianes sino rehenes sometidos a chantaje.

¿Cuál es el lado débil de esta proposición? Probablemente, la pérdida de protagonismo y liderazgo que comporta, pero es preferible la disminución del role norteamericano como única potencia del planeta que desangrarse inútilmente en el desempeño de un papel que, además, casi nadie agradece. Estados Unidos, sabiamente, abandonó Filipinas tras el fin de la Segunda Guerra y Panamá varias décadas más tarde. Ahora le llegó el turno a Corea del Sur. A Churchill se le atribuye la frase de que el genio de las grandes naciones no está en saber escoger a sus amigos, sino a sus enemigos. Seguramente tenía razón.


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