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INTERNACIONAL
Hipopótamos
y ruinas:
Lo que dejó Pablo Escobar
El
rey del narcotráfico colombiano, que estremeció los años
80 y dejó una estela de luto y muerte, es una difusa leyenda
ahora. Donde otrora se elevó el palacete de don Pablo, no quedan
más que telarañas, polvo y animales salvajes.
Juan
Ramón Martínez *
vertice@elsalvador.com
PUERTO
TRIUNFO, Colombia - Diez hipopótamos salvajes deambulan por las
ruinas de la abandonada finca del ex capo de la droga Pablo Escobar,
dejando enormes huellas en el barro y asustando a las vacas que pastan
en el lugar.
Los hipopótamos son lo único que queda del zoológico
privado de Escobar. En sus tiempos de gloria, en la década de
1980, Escobar importó elefantes, rinocerontes, leones, jirafas
y otros exóticos animales a su lujoso rancho en el centro de
Colombia como tributo a su inmensa fortuna.
La mayoría de los animales fueron confiscados por las autoridades
y transferidos a zoológicos locales después de la muerte
del ex rey de la cocaína a manos de la policía en 1993.
Pero los hipopótamos se quedaron atrás.
Pese a no tener ningún guardián que los cuide, los hipopótamos,
algunos de los cuales pesan dos toneladas, se han adaptado y reproducido
en una laguna llena de lodo cerca del Río Magdalena como si fuera
su hábitat natural. Seis de los hipopótamos nacieron en
la finca.
Nunca he oído nada parecido en mi vida, dijo Steve
Thompson, un experto en hipopótamos en el Lincoln Park Zoo de
Chicago, y quien ha viajado a Botsuana, Kenia y Tanzania para estudiar
el comportamiento de esos animales.
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Uno
de los automoviles clásicos que Escobar coleccionó
en sus años de gloria es como una pieza de museo.
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Yo sólo he visto hipopótamos salvajes en Africa,
pero me imagino que si tienen la comida adecuada y el hábitat
acuático adecuado también pueden vivir en Colombia,
afirmó.
Los grandes mamíferos africanos comparten la finca con unas pocas
familias de desplazados, quienes huyeron de sus casas después
de que fueran atacadas por la guerrilla. Los refugiados viven en lo
que antes eran las lujosas casas de huéspedes en la finca, ahora
carcomidas bajo el sol tropical.
Una decena de niños desplazados juegan en los alrededores y los
hipopótamos los observan desde el lago. Sólo sus gordas
cabezas rojizas y sus pequeñas orejas retorciéndose nerviosamente
se asoman por encima del agua. Si los niños se acercan demasiado,
los hipopótamos resoplan, braman y abren sus enormes bocas de
forma amenazadora para asustarlos.
Imposibles de encerrar
Los hipopótamos son herbívoros, pueden vivir hasta 40
años y llegan a pesar 4,5 toneladas, dijo Thompson.
El período de gestación de los hipopótamos es de
aproximadamente 235 días y el cachorro al nacer puede pesar entre
27 y 50 kilos.
Las huellas de el patrón
La Hacienda Nápoles, una finca de unas 3.000 hectáreas
en la provincia de Antioquia, cerca del pueblo de Puerto Triunfo,
fue el símbolo del imperio multimillonario. |
Al anochecer, los animales salen del agua a pastar en las orillas del
lago y a hacer escapadas nocturnas a los establos, donde les gusta comerse
la sal de las vacas.
Los desplazados han intentado varias veces encerrar a los hipopótamos
con una cerca de alambres para evitar que deambulen por la finca y trastornen
a las vacas. Pero la cerca fue sólo una molestia para estos animales,
no un obstáculo.
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Nápoles
es un especie de gran jardín infantil a donde acuden los
niños desplazados por el sangriento conflicto.
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Cada vez que pongo la cerca la rompen y dejan todo hecho un desastre.
Pero ¿qué puede hacer uno? Son enormes, dijo Perea,
un campesino de 64 años, señalando una cerca derribada
en el suelo y cruzada por un rastro de huellas de hipopótamos.
La Hacienda Nápoles, una finca de unas 3.000 hectáreas
en la provincia de Antioquia, cerca del pueblo de Puerto Triunfo, se
convirtió en el símbolo del imperio multimillonario de
Escobar y de su extravagante estilo de vida.
Escobar construyó aeropuertos, lagos artificiales, piscinas,
una plaza de toros, un jardín con 100.000 árboles frutales,
gigantes dinosaurios de cemento y el zoológico para entretener
a sus invitados, que incluían políticos, jueces, estrellas
de fútbol y reinas de la belleza.
Abierto al público
El zoológico, que ofrecía visitas gratuitas en autobús
para el público, tenía cientos de animales exóticos
traídos de todos los rincones del mundo, desde cisnes negros
hasta camellos y flamencos. El Patrón, como era conocido
Escobar, transportó los animales en barcos desde Asia y Africa.
Yo vi pasar en camiones a los hipopótamos, las jirafas,
las cebras y los leones, dijo Marcos, un taxista de 24 años
que de niño vendía paletas a los turistas a la entrada
de la finca. Esto era un paraíso, agregó.
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Los
hipopótamos son herbívoros, pueden vivir hasta 40
años y llegan a pesar 4,5 toneladas. Estos están
saludables.
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Lo único que queda hoy del zoológico es un cartel borroso
que dice: Bienvenidos Parque Zoológico Natural Nápoles.
Por un tiempo, unas pocas cebras, también abandonadas, correteaban
por la finca. La última cebra solitaria, ya senil, desapareció
en la maleza el año pasado, afirman testigos.
Nápoles pertenece a una época en la que los capos de la
droga colombiana presumían en público de sus fortunas
y asesinaban a quien se pusieran en su camino.
Escobar, quien inició su carrera criminal como ladrón
de lápidas funerarias, acumuló una fortuna valorada en
3.000 millones de dólares a la edad de 33 años.
Los traficantes mantienen hoy un perfil más bajo, debido en gran
parte a nuevas leyes que permiten su extradición a Estados Unidos.
Pero Colombia exporta más droga que nunca.
La mansión cobija hoy a los niños.
Después de que fuera confiscado por el Estado, Nápoles
cayó en el olvido. Las mansiones fueron saqueadas por vecinos
en busca de tesoros que se decía estaban escondidos en suelos
y paredes.
La avioneta en la que Escobar transportó su primer cargamento
de cocaína a Estados Unidos fue bajada de la parte alta de la
entrada de la hacienda y desmontada por curiosos.
Nápoles es ahora un gran jardín infantil. Los niños
exploran las habitaciones de Escobar, invadidas por la maleza y donde
las lagartijas duermen al sol. Los pequeños juegan a las escondidas
en las piscinas vacías y cubiertas de maleza, donde los capos
y sus amigos se bañaban en medio del más absoluto lujo.
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Escobar
construyó aeropuertos, piscinas, para entretener a sus
invitados, que eran políticos oö jueces.
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El estacionamiento aún guarda un número de automóviles
desvencijados de la época de los gángsters, incluido uno
que fue tiroteado por Escobar para darle un aire más auténtico.
Los niños se suben a las chatarras de los automóviles
y juegan en una carroza colonial. Los dinosaurios de cemento son sus
columpios.
Muchos de estos niños tienen historias atroces de cuando huyeron
de sus casas después de que sus familiares fueran asesinados
por la guerrilla, pero en Nápoles parecen felices.
Aquí nos divertimos mucho. Tenemos todo esto para jugar,
dijo Leo, un niño de 13 años.
Sentado bajo una gran acacia que se mece al viento, Perea, quien se
gana la vida con sus vacas y vendiendo plátanos, dijo que a veces
extraña su tierra en la provincia de Chocó.
Me gustaba tocar la guitarra y cantar en las noches con mis amigos
y tomarme unos tragos, pero tuve que dejar la guitarra en el pueblo.
Esta es mi casa ahora, relató Perea, mirando a los hipopótamos.
Supongo que soy un poco como los hipopótamos. Ellos también
vinieron de lejos, pero ahora son felices aquí.
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