7 de diciembre de 2003


REPORTAJE

Entre el trabajo sexual y la escuela

Estigmatizadas, incapaces de sobrevivir de otra manera, así se mira a las
trabajadoras del sexo. Hace unos días un grupo de estas mujeres cambiaron
ese panorama al ingresar a la escuela formal y graduarse en computación.

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

La mañana del pasado 3 de diciembre, mañana de vientos, varios cuartos donde se comercia sexo amanecieron cerrados en el llamado distrito 6 de San Salvador.

Sus perennes inquilinas tenían razones para abrirlos: era su día de graduación, el día en que recibirían el diploma que las acreditaba como operadoras básicas de computación.

Reunidas en la tercera planta del mercado Tinetti, en el sur oriente de la capital, sudaban incesantemente mientras se preparaban para ingresar al salón donde se celebraría la ceremonia sencilla. Sonreían, era una mezcla de alegría, satisfacción y muchas expectativas.

“Estamos muy nerviosas“, repetían casi al unísono. “No sabemos quienes van a calificar para quedarse trabajando en la fundación”, decían algunas, según la promesa.

Haber dejado durante dos horas el balcón de sus cuartos de alquiler, situados en la calle Castillo y la 20 Avenida Sur, para tomar clases de computación tres días cada semana a lo largo de un año y dos meses, tuvo su recompensa.

No pagaron por el curso; sólo pusieron su voluntad al aceptar la invitación de la Fundación Huellas.
Huellas es una organización laica integrada por jóvenes a los que un día se les ocurrió llevar la evangelización a este sector vulnerable; la evangelización, pero de manera diferente.

“Nuestra estrategia era acercarnos a las niñas que son las más desprotegidas; pero, al final, identificamos necesidades en adultos, pues cada quien luchaba por lograr un ingreso que les permitiera sobrevivir diariamente.

Esto los llevó a rastrear las zonas capitalinas de comercio sexual y se encontraron con dos realidades: los que se lucran y los que venden sus cuerpos para sobrevivir. Escogieron a estos últimos para echar a andar su proyecto “Magdalena”, el cual pretendía identificar necesidades prioritarias, y una de ellas fue la falta de educación en grupos en
riesgo social, que en un 60% son trabajadoras del sexo, entre ellas menores de edad.

Luis Carlos Estrada, director de Huellas, dice que fue difícil penetrar en esta población y venderles la idea de que tienen potencial para superarse en la vida. Carmen, una mujer de 29 años, respalda las palabras de Estrada cuando dice: “ jamás pensamos que nos fuéramos a graduar”.

Al final se graduaron 22 personas -entre adultos y menores, hombres y mujeres- en quienes la informática se plantea como una luz para pensar que su futuro está más allá de su actual ocupación. Es la puerta para salir del maltrato y el riesgo.

Para Mauricio López, uno de los dos instructores, ellas han descubierto que “pueden hacer mucho más en la vida; además, están estimuladas a buscar otro tipo de trabajo”.

La escuela

Dos de ellas, podrán practicar sus conocimientos si montan un negocio de reproducción de textos, ya que la fundación las recompensó con computadoras por su rendimiento en el curso. Otras dos, que fueron las más aplicadas, serán contratadas por la institución.

Ellas constituyen el inicio de un proyecto que espera capacitar a 400 personas en los próximos dos años. De hecho, para el curso de 2004 ya se inscribieron 75. “No sabemos como le vamos a hacer para financiar su aprendizaje; esperamos no defraudar a ese grupo”, dice Estrada.

Algunas mujeres fueron doblemente beneficiadas, al llevar a la par la educación formal; ese mismo día recibieron su certificación del Ministerio de Educación de primer y segundo grado. Algunas nunca habían ido a la escuela.

Según López, la mayoría de estas aprendices ahora tiene más de una herramienta: saben manejar programas windows, excell, power point...

“Ellas pueden desempeñarse en alguna empresa que maquile datos”, asegura.

Mirar aquella primera promoción de mujeres nerviosas, antes de su ceremonia de graduación, dista mucho de la imagen que muestran a diario sostenidas de los balcones en espera de clientes.

Por eso el diploma recibido es más que un cartón. Para unas significa un estímulo para seguir estudiando; para otras una posible puerta de escape de un mundo al que no quieren pertenecer más.

“Es una población estigmatizada, se someten a riesgos grandes en su vida. Se les ve como una mancha en la sociedad y lamentablemente son parte de un mercado regido por la ley de la oferta y la demanda”, opina el doctor Estrada.

De hecho, la escasez de clientes ahora es para ellas un mal signo. La mayoría coincide en que cada vez sus ingresos disminuyen y sus gastos aumentan. Dicen ganar generalmente entre $6 y $7, un ingreso insuficiente para mantener a tres o cuatro hijos, pagar estudios, agua, y luz, pues, además, son madres solteras.

Ante un trabajo no muy rentable, no hay otra alternativa que buscar otros mecanismos de sobrevivencia. Magdalena Reyes, ex trabajadora del sexo y ahora promotora social de la organización Flor de Piedra, tiene en claro la difícil situación económica que atraviesan estas mujeres: “Si hay desempleo, no hay clientes y, por ende, no hay dinero”, dice.

La nueva forma de ver la vida
Haber ingresado al mundo académico las ha estimulado a tocar puertas que, en otro tiempo, ni siquiera imaginaron.

Cuando supo que su trabajo y sus tatuajes en los brazos y la espalda no impidieron para que la aceptaran en el curso de computación, Agustina López se propuso no faltar ni un tan sólo día a sus clases de computación, las mismas que alternaba con sus estudios de primero y segundo grado. “Es que cuando yo empiezo algo, no lo dejo hasta que lo termino”, dice esta mujer de 43 años de edad y 31 de ejercer la prostitución.
Esa disciplina le mereció ganarse una de las dos computadoras que regaló la fundación. Por un lado estaba alegre por la capacitación; por el otro, la dicha de que el MINED la autorizaba a cursar el tercero y cuarto grados el próximo año gracias a sus buenas notas.
Nada la desanima de ahora en adelante. Tiene inmensas ganas de seguir estudiando hasta que “Dios me lo permita”. El próximo año volverá al salón en el Tinetti facilitado por la alcaldía a la Fundación Huellas para que siga con el proyecto.
Nuevo rumbo
Agustina es una de las trabajadoras del sexo que suman entre 750 y 1200 de la zona 6, según algunos cálculos, que se ha beneficiado con este proyecto.
Los estudios de cuarto grado, que dejó cuando tenía doce años, los ha retomado 31 años después con la intención de cambiar de trabajo, el mismo sueño que tiene el resto que se ha embarcado en este viaje. Sueños de escapar de la marginación de la sociedad y los sufrimientos que les dejan clientes, algunas veces policías municipales, pandilleros o dueños de negocios. Unos exigen dinero; otros, favores sexuales a cambio.
“Yo he sufrido en esto. He sufrido hasta cárcel. Mi sueño es salirme, eso es lo principal que quiero. Me prometieron trabajo en un hospital cuando terminara el curso, así que voy a llevarles el diploma, a ver que dice Dios”, dice Agustina.
La esperanza de esta mujer es compartida por otras. “¿Quién no va a querer dejar este trabajo? Si uno lo hace porque no tuvo la oportunidad de educarse y tiene que mantener de alguna manera a sus hijos”, señala Daisy Leiva.
“Yo voy a emplear estos conocimientos, pienso buscar trabajo”, asegura Carmen, convencida de dejar la prostitución que ha ejercido por 4 años.

 
Reflejo de la marginación

Un vistazo a la vida que llevan las trabajadoras del sexo del Distrito 6 de San Salvador refleja serias violaciones a sus derechos.
- Su derecho
a la vida


Su trabajo es un riesgo permantente contra su vida, sobre todo en estos días en que los pandilleros les demandan el pago de impuesto, conocido como “renta”.
- Sin una vida
digna


La mayoría de las casi un millar de trabajadoras y trabajadores del sexo viven en extrema pobreza. Sus ingresos mensuales no llegan ni al salario mínimo.
- Sin acceso educativo

La mayoría de estas mujeres posee bajos niveles educativos. Esta habría sido una de las razones que las empujaron hacia la prostitución desde adolescentes. -
- Una salud
en riesgo


Diábetes, hipertensión arterial, problemas dentales, bajo nivel nutricional y las infecciones venéreas, son apenas algunos reflejos de su precaria salud.
- Jefas de
hogar


Son en su mayoría las que sostienen el hogar con entre 3 y 5 hijos, lo cual se torna difícil con los bajos ingresos que obtienen y el abandono de sus maridos.

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