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REPORTAJE
Entre el trabajo sexual y la escuela
Estigmatizadas,
incapaces de sobrevivir de otra manera, así se mira a las
trabajadoras del sexo. Hace unos días un grupo de estas mujeres
cambiaron
ese panorama al ingresar a la escuela formal y graduarse en computación.
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La mañana del pasado 3 de diciembre, mañana
de vientos, varios cuartos donde se comercia sexo amanecieron cerrados
en el llamado distrito 6 de San Salvador.
Sus perennes inquilinas tenían razones para abrirlos: era su
día de graduación, el día en que recibirían
el diploma que las acreditaba como operadoras básicas de computación.
Reunidas en la tercera planta del mercado Tinetti, en el sur oriente
de la capital, sudaban incesantemente mientras se preparaban para ingresar
al salón donde se celebraría la ceremonia sencilla. Sonreían,
era una mezcla de alegría, satisfacción y muchas expectativas.
Estamos muy nerviosas, repetían casi al unísono.
No sabemos quienes van a calificar para quedarse trabajando en
la fundación, decían algunas, según la promesa.
Haber dejado durante dos horas el balcón de sus cuartos de alquiler,
situados en la calle Castillo y la 20 Avenida Sur, para tomar clases
de computación tres días cada semana a lo largo de un
año y dos meses, tuvo su recompensa.
No pagaron por el curso; sólo pusieron su voluntad al aceptar
la invitación de la Fundación Huellas.
Huellas es una organización laica integrada por jóvenes
a los que un día se les ocurrió llevar la evangelización
a este sector vulnerable; la evangelización, pero de manera diferente.
Nuestra estrategia era acercarnos a las niñas que son las
más desprotegidas; pero, al final, identificamos necesidades
en adultos, pues cada quien luchaba por lograr un ingreso que les permitiera
sobrevivir diariamente.
Esto los llevó a rastrear las zonas capitalinas
de comercio sexual y se encontraron con dos realidades: los que se lucran
y los que venden sus cuerpos para sobrevivir. Escogieron a estos últimos
para echar a andar su proyecto Magdalena, el cual pretendía
identificar necesidades prioritarias, y una de ellas fue la falta de
educación en grupos en
riesgo social, que en un 60% son trabajadoras del sexo, entre ellas
menores de edad.
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Luis Carlos Estrada, director de Huellas, dice que fue
difícil penetrar en esta población y venderles la idea
de que tienen potencial para superarse en la vida. Carmen, una mujer
de 29 años, respalda las palabras de Estrada cuando dice:
jamás pensamos que nos fuéramos a graduar.
Al final se graduaron 22 personas -entre adultos y menores, hombres
y mujeres- en quienes la informática se plantea como una luz
para pensar que su futuro está más allá de su actual
ocupación. Es la puerta para salir del maltrato y el riesgo.
Para Mauricio López, uno de los dos instructores, ellas han descubierto
que pueden hacer mucho más en la vida; además, están
estimuladas a buscar otro tipo de trabajo.
La escuela
Dos de ellas, podrán practicar sus conocimientos si montan un
negocio de reproducción de textos, ya que la fundación
las recompensó con computadoras por su rendimiento en el curso.
Otras dos, que fueron las más aplicadas, serán contratadas
por la institución.
Ellas constituyen el inicio de un proyecto que espera capacitar a 400
personas en los próximos dos años. De hecho, para el curso
de 2004 ya se inscribieron 75. No sabemos como le vamos a hacer
para financiar su aprendizaje; esperamos no defraudar a ese grupo,
dice Estrada.
Algunas mujeres fueron doblemente beneficiadas, al llevar a la par la
educación formal; ese mismo día recibieron su certificación
del Ministerio de Educación de primer y segundo grado. Algunas
nunca habían ido a la escuela.
Según López, la mayoría de estas aprendices ahora
tiene más de una herramienta: saben manejar programas windows,
excell, power point...
Ellas
pueden desempeñarse en alguna empresa que maquile datos,
asegura.
Mirar aquella primera promoción de mujeres nerviosas, antes de
su ceremonia de graduación, dista mucho de la imagen que muestran
a diario sostenidas de los balcones en espera de clientes.
Por eso el diploma recibido es más que un cartón. Para
unas significa un estímulo para seguir estudiando; para otras
una posible puerta de escape de un mundo al que no quieren pertenecer
más.
Es una población estigmatizada, se someten a riesgos grandes
en su vida. Se les ve como una mancha en la sociedad y lamentablemente
son parte de un mercado regido por la ley de la oferta y la demanda,
opina el doctor Estrada.
De hecho, la escasez de clientes ahora es para ellas un mal signo. La
mayoría coincide en que cada vez sus ingresos disminuyen y sus
gastos aumentan. Dicen ganar generalmente entre $6 y $7, un ingreso
insuficiente para mantener a tres o cuatro hijos, pagar estudios, agua,
y luz, pues, además, son madres solteras.
Ante un trabajo no muy rentable, no hay otra alternativa que buscar
otros mecanismos de sobrevivencia. Magdalena Reyes, ex trabajadora del
sexo y ahora promotora social de la organización Flor de Piedra,
tiene en claro la difícil situación económica que
atraviesan estas mujeres: Si hay desempleo, no hay clientes y,
por ende, no hay dinero, dice.
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La
nueva forma de ver la vida
Haber ingresado al mundo académico las ha estimulado a
tocar puertas que, en otro tiempo, ni siquiera imaginaron.
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Cuando
supo que su trabajo y sus tatuajes en los brazos y la espalda
no impidieron para que la aceptaran en el curso de computación,
Agustina López se propuso no faltar ni un tan sólo
día a sus clases de computación, las mismas que
alternaba con sus estudios de primero y segundo grado. Es
que cuando yo empiezo algo, no lo dejo hasta que lo termino,
dice esta mujer de 43 años de edad y 31 de ejercer la prostitución.
Esa disciplina le mereció ganarse una de las dos computadoras
que regaló la fundación. Por un lado estaba alegre
por la capacitación; por el otro, la dicha de que el MINED
la autorizaba a cursar el tercero y cuarto grados el próximo
año gracias a sus buenas notas.
Nada la desanima de ahora en adelante. Tiene inmensas ganas de
seguir estudiando hasta que Dios me lo permita. El
próximo año volverá al salón en el
Tinetti facilitado por la alcaldía a la Fundación
Huellas para que siga con el proyecto.
Nuevo rumbo
Agustina es una de las trabajadoras del sexo que suman entre 750
y 1200 de la zona 6, según algunos cálculos, que
se ha beneficiado con este proyecto.
Los estudios de cuarto grado, que dejó cuando tenía
doce años, los ha retomado 31 años después
con la intención de cambiar de trabajo, el mismo sueño
que tiene el resto que se ha embarcado en este viaje. Sueños
de escapar de la marginación de la sociedad y los sufrimientos
que les dejan clientes, algunas veces policías municipales,
pandilleros o dueños de negocios. Unos exigen dinero; otros,
favores sexuales a cambio.
Yo he sufrido en esto. He sufrido hasta cárcel. Mi
sueño es salirme, eso es lo principal que quiero. Me prometieron
trabajo en un hospital cuando terminara el curso, así que
voy a llevarles el diploma, a ver que dice Dios, dice Agustina.
La esperanza de esta mujer es compartida por otras. ¿Quién
no va a querer dejar este trabajo? Si uno lo hace porque no tuvo
la oportunidad de educarse y tiene que mantener de alguna manera
a sus hijos, señala Daisy Leiva.
Yo voy a emplear estos conocimientos, pienso buscar trabajo,
asegura Carmen, convencida de dejar la prostitución que
ha ejercido por 4 años.
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Reflejo
de la marginación
Un vistazo a la vida que llevan las trabajadoras del sexo del Distrito
6 de San Salvador refleja serias violaciones a sus derechos. |
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Su derecho
a la vida
Su trabajo es un riesgo permantente contra su vida, sobre todo en
estos días en que los pandilleros les demandan el pago de
impuesto, conocido como renta. |
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Sin una vida
digna
La mayoría de las casi un millar de trabajadoras y trabajadores
del sexo viven en extrema pobreza. Sus ingresos mensuales no llegan
ni al salario mínimo. |
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Sin acceso educativo
La mayoría de estas mujeres posee bajos niveles educativos.
Esta habría sido una de las razones que las empujaron hacia
la prostitución desde adolescentes. - |
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Una salud
en riesgo
Diábetes, hipertensión arterial, problemas dentales,
bajo nivel nutricional y las infecciones venéreas, son apenas
algunos reflejos de su precaria salud. |
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Jefas de
hogar
Son en su mayoría las que sostienen el hogar con entre 3
y 5 hijos, lo cual se torna difícil con los bajos ingresos
que obtienen y el abandono de sus maridos. |
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