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INTERNACIONAL
La
amenaza de la Eurodepresión
El
proyecto de una nueva Europa unida, amplia y sólida económicamente
no
es fácil de sobrellevar en medio de los vaivenes que origina
la llegada de más
estados a la Unión Europea.
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La
próxima reunión en Bruselas también significa
el punto final al semestre de presidencia italiana.
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La última Conferencia Intergubernamental (CIG)
de jefes de Estado o Gobierno de la Unión Europea, realizada
a mediados de noviembre en Nápoles, ha dejado claro que los líderes
del bloque comunitario mantienen las espadas en alto por el reparto
de poderes en la futura comunidad ampliada a 25 miembros y que la Vieja
Europa atraviesa uno de sus momentos de mayor europesimismo.
Sobre la reunión que los próximos 12 y 13 de diciembre
les congregará en Bruselas, y que pondrá punto final al
semestre de presidencia italiana, parecen proyectarse negros nubarrones
por los numerosos frentes de disputa todavía abiertos.
La próxima cita belga de la Unión podría así
convertirse en un campo de batalla que enfrente a grandes
y pequeños, vale decir a Francia y Alemania, por
un lado, las principales economías de los Quince, y los menos
poderosos como Portugal o Grecia, aliados con los pesos medios
como España y Polonia como molestos compañeros de viaje.
Una vez más, en tiempos de crisis del espíritu europeísta
como el actual, especialmente después de que el Consejo de Ministros
de Economía y Finanzas (ECOFIN) decidiera hace unos días
no sancionar a París y Berlín por sus déficit excesivos,
se refuerzan las posturas nacionales y se deja el ímpetu de construcción
comunitaria bajo mínimos.
A pesar del ambiente de pesimismo casi generalizado de cara a la Cumbre
de Bruselas, el presidente de la Convención Europea, encargada
de redactar el borrador de Carta Magna, el ex mandatario francés,
Valery Giscard DEstaing, afirma que el enfrentamiento entre países
grandes y pequeños en verdad no existe.
Giscard admitía hace unos días en un artículo de
prensa que los debates de la Convención (para la Constitución)
han sido presentados a la opinión pública como el reflejo
de una oposición de intereses entre los Estados más poblados,
normalmente llamados los grandes, y los pequeños
Estados.
Ese rumor -agregaba- intenta acreditar la idea de que existe una
maniobra concertada para reducir a los Estados pequeños para
someterlos a unas decisiones, impuestas por los grandes.
Puntos de discordia
Para el ex mandatario esa explicación sólo contribuye
a envenenar las relaciones internas de la UE. En realidad,
a pesar de sus advertencias, es lo que realmente ha sucedido en estas
últimas semanas.
Una de las principales manzanas de la discordia, que no ha podido superarse
en Nápoles, es el reparto de poder en el futuro Ejecutivo (Comisión),
además del peso específico que tendrá cada país
miembro a la hora de las grandes decisiones.
España se mantiene casi inflexible en que es necesario respetar
los acuerdos de Niza, de diciembre de 2000, por los que Madrid tenía
casi el mismo poder efectivo que los grandes de la Unión.
Polonia, el mayor de los nuevos diez países que se suman a la
UE en mayo de 2004, ha hecho causa común con Madrid, aunque su
batallar conjunto en las reuniones europeas más parece una solitaria
lucha de quijotes contra molinos de viento, metafóricamente encarnados
por el canciller germano, Gerhard Schroeder, y el presidente francés,
Jacques Chirac.
En Bruselas, tanto el presidente del Gobierno español, José
María Aznar, como la ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio,
tendrán que doblegar al frente París-Berlín, una
alianza que parece vivir un particular renacimiento y que
parece más vigorosa que nunca.
Seguros de su fortaleza en la Unión Europea, alemanes y franceses
desean abandonar el esquema de Niza a favor de un sistema de dobles
mayorías, que contempla la mitad de los Estados que representan
al menos al 60 por ciento de la población comunitaria.
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| Cierto
sector de la población polaca no está convencida de
que la adhesión a la Unión Europea les acarrea más
beneficios en materia económica y social. |
Reparto de votos
Berlín ya ha transmitido a Madrid su disposición a elevar
ese techo del 60 por ciento al 66, con lo que España tendría
casi el mismo poder de bloquear decisiones que el obtenido en el Tratado
de Niza, un sistema ponderado por el que España y Polonia tienen
27 votos cada uno y Alemania y los otros grandes 29, sobre
un total de 345 en una Unión Europea con 27 miembros.
Pero lo más grave para el frente de los pesos medianos
es que ni Madrid ni Varsovia pueden contar con aliados sólidos
para defender sus posturas. Las únicas naciones que siguen al
lado de españoles y polacos son Malta y Estonia, dos de los nuevos
miembros de la Unión con escaso poder de bloqueo.
Los jefes de Estado o Gobierno de la Unión deberán hacer
esfuerzos titánicos para llegar a un acuerdo en Bruselas, porque
tras el fracaso de Nápoles, donde se comprobó que los
países siguen básicamente encasillados en la defensa de
sus intereses nacionales, la cita belga es la última oportunidad
para el acuerdo, si se quiere evitar un nuevo fracaso y el desmoronamiento
del espíritu europeo.
A pocos meses del ingreso de Polonia, Hungría, República
Checa, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Chipre (sector griego),
Malta y Eslovaquia, la Vieja Europa, como la calificó
despectivamente en su momento el secretario estadounidense de Defensa,
Donald Rumsfeld, sigue sin ponerse de acuerdo en cómo organizar
el vestíbulo de su casa para dar la bienvenida a sus nuevos miembros.
Para muchos expertos de la Unión, se corre ahora el peligro de
que -al igual que pasó con la ruptura de las reglas del Pacto
de Estabilidad, que obligaban a sancionar a París y Berlín-
si en Bruselas no se llega a un acuerdo, podría formarse un núcleo
de naciones de primera clase, como Francia y Alemania, y
otro de segunda, con naciones como
España, que se vean arrastrados de manera más o menos
pasiva por el grupo de la primera velocidad.
El razonamiento de Alemania, la principal economía del bloque
y principal contribuyente neto a las arcas comunitarias,
es a la vez simple y comprensible: con 82,5 millones de habitantes se
resiste a tener el mismo peso político específico que
España o Polonia, ambos con cerca de 41 millones de habitantes
y con un Producto Interior Bruto (PIB) muy por debajo de Berlín.
Lo cierto es que para naciones como España, que se sumó
a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) en 1986, los
próximos años, de aquí al 2006, cuando se deberán
renegociar las nuevas Perspectivas Financieras (presupuestos) del bloque
no serán precisamente un camino fácil.
Madrid, uno de los principales beneficiarios de las ayudas de Bruselas
mediante los Fondos Estructurales y los Fondos de Cohesión, ha
sido muy hábil para aprovechar ese maná de
recursos comunitarios para desarrollar enormemente sus infraestructuras
y acortar el diferencial de desarrollo con los más ricos del
bloque.
Con el ingreso de diez nuevos países, con mucha menor tasa de
prosperidad que España, las regiones y provincias españolas
denominadas Objetivo-1, situadas por debajo de la media
comunitaria de riqueza, pasarán -por efecto estadístico
automático- a ser consideradas regiones ricas. Toda
una paradoja de los guarismos, pero que preocupa mucho a Madrid.
Los retos que enfrentará la UE del futuro son enormes. Algunos
de ellos, como el terrorismo global, son compartidos por prácticamente
toda la comunidad internacional.
Otros, sin embargo, atañen específicamente a la construcción
del bloque y tienen que ver con la compleja maraña institucional
en la que se convertirá la Unión a partir de 2004 y posteriormente,
en 2007, con la segunda oleada de la ampliación que afectará
a Rumania, Bulgaria y -tal vez- a Turquía.
La Europa de los años 2000 atraviesa una crisis de confianza
y en estos momentos son muchos los euro-optimistas que suspiran
por el retorno de la primera mitad de los dorados años 90, cuando
presidía la Comisión de la Unión el francés
Jacques Delors. Nos gustaría que volviera el espíritu
Delors: necesitamos más Europa, confiesa un funcionario,
entre bastidores, en Bruselas. Pero otros van más allá
y creen que es el momento de recuperar a los padres de la patria
europea: Robert Schumman y Jean Monnet para poder superar con
garantías esta fase de eurodepresión.
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