.7 de diciembre de 2003


INTERNACIONAL

La amenaza de la “Eurodepresión”

El proyecto de una nueva Europa unida, amplia y sólida económicamente no
es fácil de sobrellevar en medio de los vaivenes que origina la llegada de más
estados a la Unión Europea.

Fernando Heller (dpa)
BRUSELAS -

vertice@elsalvador.com
La próxima reunión en Bruselas también significa el punto final al semestre de presidencia italiana.

La última Conferencia Intergubernamental (CIG) de jefes de Estado o Gobierno de la Unión Europea, realizada a mediados de noviembre en Nápoles, ha dejado claro que los líderes del bloque comunitario mantienen las espadas en alto por el reparto de poderes en la futura comunidad ampliada a 25 miembros y que la “Vieja Europa” atraviesa uno de sus momentos de mayor “europesimismo”.

Sobre la reunión que los próximos 12 y 13 de diciembre les congregará en Bruselas, y que pondrá punto final al semestre de presidencia italiana, parecen proyectarse negros nubarrones por los numerosos frentes de disputa todavía abiertos.

La próxima cita belga de la Unión podría así convertirse en un campo de batalla que enfrente a “grandes” y “pequeños”, vale decir a Francia y Alemania, por un lado, las principales economías de los Quince, y los menos poderosos como Portugal o Grecia, aliados con los “pesos medios” como España y Polonia como molestos compañeros de viaje.

Una vez más, en tiempos de crisis del espíritu europeísta como el actual, especialmente después de que el Consejo de Ministros de Economía y Finanzas (ECOFIN) decidiera hace unos días no sancionar a París y Berlín por sus déficit excesivos, se refuerzan las posturas nacionales y se deja el ímpetu de construcción comunitaria bajo mínimos.

A pesar del ambiente de pesimismo casi generalizado de cara a la Cumbre de Bruselas, el presidente de la Convención Europea, encargada de redactar el borrador de Carta Magna, el ex mandatario francés, Valery Giscard D’Estaing, afirma que el enfrentamiento entre países “grandes” y “pequeños” en verdad no existe.

Giscard admitía hace unos días en un artículo de prensa que “los debates de la Convención (para la Constitución) han sido presentados a la opinión pública como el reflejo de una oposición de intereses entre los Estados más poblados, normalmente llamados ‘los grandes’, y los ‘pequeños’ Estados”.

“Ese rumor -agregaba- intenta acreditar la idea de que existe una maniobra concertada para reducir a los Estados pequeños para someterlos a unas decisiones”, impuestas por los grandes.

Puntos de discordia

Para el ex mandatario esa explicación sólo contribuye a “envenenar” las relaciones internas de la UE. En realidad, a pesar de sus advertencias, es lo que realmente ha sucedido en estas últimas semanas.

Una de las principales manzanas de la discordia, que no ha podido superarse en Nápoles, es el reparto de poder en el futuro Ejecutivo (Comisión), además del peso específico que tendrá cada país miembro a la hora de las grandes decisiones.

España se mantiene casi inflexible en que es necesario respetar los acuerdos de Niza, de diciembre de 2000, por los que Madrid tenía casi el mismo poder efectivo que los “grandes” de la Unión.

Polonia, el mayor de los nuevos diez países que se suman a la UE en mayo de 2004, ha hecho causa común con Madrid, aunque su batallar conjunto en las reuniones europeas más parece una solitaria lucha de quijotes contra molinos de viento, metafóricamente encarnados por el canciller germano, Gerhard Schroeder, y el presidente francés, Jacques Chirac.

En Bruselas, tanto el presidente del Gobierno español, José María Aznar, como la ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, tendrán que doblegar al frente París-Berlín, una alianza que parece vivir un particular “renacimiento” y que parece más vigorosa que nunca.

Seguros de su fortaleza en la Unión Europea, alemanes y franceses desean abandonar el esquema de Niza a favor de un sistema de “dobles mayorías”, que contempla la mitad de los Estados que representan al menos al 60 por ciento de la población comunitaria.

Cierto sector de la población polaca no está convencida de que la adhesión a la Unión Europea les acarrea más beneficios en materia económica y social.

Reparto de votos

Berlín ya ha transmitido a Madrid su disposición a elevar ese techo del 60 por ciento al 66, con lo que España tendría casi el mismo poder de bloquear decisiones que el obtenido en el Tratado de Niza, un sistema ponderado por el que España y Polonia tienen 27 votos cada uno y Alemania y los otros “grandes” 29, sobre un total de 345 en una Unión Europea con 27 miembros.

Pero lo más grave para el frente de los “pesos medianos” es que ni Madrid ni Varsovia pueden contar con aliados sólidos para defender sus posturas. Las únicas naciones que siguen al lado de españoles y polacos son Malta y Estonia, dos de los nuevos miembros de la Unión con escaso poder de bloqueo.

Los jefes de Estado o Gobierno de la Unión deberán hacer esfuerzos titánicos para llegar a un acuerdo en Bruselas, porque tras el fracaso de Nápoles, donde se comprobó que los países siguen básicamente encasillados en la defensa de sus intereses nacionales, la cita belga es la última oportunidad para el acuerdo, si se quiere evitar un nuevo fracaso y el desmoronamiento del espíritu europeo.

A pocos meses del ingreso de Polonia, Hungría, República Checa, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Chipre (sector griego), Malta y Eslovaquia, la “Vieja Europa”, como la calificó despectivamente en su momento el secretario estadounidense de Defensa, Donald Rumsfeld, sigue sin ponerse de acuerdo en cómo organizar el vestíbulo de su casa para dar la bienvenida a sus nuevos miembros.

Para muchos expertos de la Unión, se corre ahora el peligro de que -al igual que pasó con la ruptura de las reglas del Pacto de Estabilidad, que obligaban a sancionar a París y Berlín- si en Bruselas no se llega a un acuerdo, podría formarse un núcleo de naciones de “primera clase”, como Francia y Alemania, y otro de “segunda”, con naciones como
España, que se vean arrastrados de manera más o menos pasiva por el grupo de la “primera velocidad”.

El razonamiento de Alemania, la principal economía del bloque y principal contribuyente neto a las arcas comunitarias,
es a la vez simple y comprensible: con 82,5 millones de habitantes se resiste a tener el mismo peso político específico que España o Polonia, ambos con cerca de 41 millones de habitantes y con un Producto Interior Bruto (PIB) muy por debajo de Berlín.

Lo cierto es que para naciones como España, que se sumó a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) en 1986, los próximos años, de aquí al 2006, cuando se deberán renegociar las nuevas Perspectivas Financieras (presupuestos) del bloque no serán precisamente un camino fácil.

Madrid, uno de los principales beneficiarios de las ayudas de Bruselas mediante los Fondos Estructurales y los Fondos de Cohesión, ha sido muy hábil para aprovechar ese “maná” de recursos comunitarios para desarrollar enormemente sus infraestructuras y acortar el diferencial de desarrollo con los más ricos del bloque.

Con el ingreso de diez nuevos países, con mucha menor tasa de prosperidad que España, las regiones y provincias españolas denominadas “Objetivo-1”, situadas por debajo de la media comunitaria de riqueza, pasarán -por efecto estadístico automático- a ser consideradas regiones “ricas”. Toda una paradoja de los guarismos, pero que preocupa mucho a Madrid.

Los retos que enfrentará la UE del futuro son enormes. Algunos de ellos, como el terrorismo global, son compartidos por prácticamente toda la comunidad internacional.

Otros, sin embargo, atañen específicamente a la construcción del bloque y tienen que ver con la compleja maraña institucional en la que se convertirá la Unión a partir de 2004 y posteriormente, en 2007, con la segunda oleada de la ampliación que afectará a Rumania, Bulgaria y -tal vez- a Turquía.

La Europa de los años 2000 atraviesa una crisis de confianza y en estos momentos son muchos los “euro-optimistas” que suspiran por el retorno de la primera mitad de los dorados años 90, cuando presidía la Comisión de la Unión el francés Jacques Delors. “Nos gustaría que volviera el espíritu Delors: necesitamos más Europa”, confiesa un funcionario, entre bastidores, en Bruselas. Pero otros van más allá y creen que es el momento de recuperar a los “padres de la patria europea”: Robert Schumman y Jean Monnet para poder superar con garantías esta fase de “eurodepresión”.


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