7 de diciembre de 2003


LA DIETA PELIGROSA

Comida que mata

Más de 500 mil salvadoreños padecen diabetes y el cáncer estomacal es la segunda
causa de muerte -entre hombres y mujeres- en el registro del Seguro Social. Cuidado.
La muerte entra por la boca. La glotonería, grasas y químicos en la calidad de los alimentos.

Mirella Cáceres /Wilfredo Hernández
vertice@elsalvador.com

Frijoles, crema, plátano y huevo fritos. Pan o tortillas, café. Ese es el típico desayuno con el que el salvadoreño promedio comienza el día.

Eso no es todo. A media mañana se come un refrigerio. Alguna fruta o más café “para aguantar hasta la hora del almuerzo”. Por su parte, los niños en la escuela pueden degustar alguna golosina, algún refresco artificial o un empalagoso dulce. Todo depende del dinero que le hayan dado para llevar al colegio.

Llega el almuerzo. Un plato con arroz frito, ensalada de codos con mayonesa, un bistec de carne de res o una porción de pollo encebollado y una orden de ensalada, de preferencia aderezada también con mayonesa, y un refresco, natural o artificial, muy dulce.

En apariencia una buena comida, sin embargo, de acuerdo con nutricionistas y médicos, la mayoría de salvadoreños ingiere una dieta no muy rica en nutrientes, a decir de ellos, “desbalanceada”, la que repercute, en gran medida, en su estado de salud. Incluso, los efectos pueden ser fatales, aducen.

Para los especialistas, el salvadoreño promedio ha obviado en su dieta los complementos importantes en la nutrición.
Carlos Chávez y González, endocrinólogo del Hospital Rosales, sostiene que los salvadoreños se olvidaron de incluir alimentos sanos, verduras, ensaladas, frutas, en sus comidas, es decir, “se acostumbraron a la dieta desbalanceada”.

Así, un día tras otro. Semana tras semana, se exponen, inconscientemente, a sufrir enfermedades de graves consecuencias por sus hábitos alimenticios, higiénicos e, incluso, su estilo de vida.

“Una dieta desbalanceada, aparte del sedentarismo y la falta de ejercicio, son condiciones del estilo de vida nuestro que predisponen a diabetes, pero también a hipertensión arterial, a todas las enfermedades cardiacas que ahora tenemos. Es decir, es consecuencia de todos los trastornos crónicos de la persona como cardiacos y metabólicos”, manifiesta Chávez y González.

El creciente número de casos de enfermedades relacionadas con la mala alimentación le dan la razón al galeno. También, María Teresa de Morán, del programa nacional de nutrición, del Ministerio de Salud, coincide con él y asegura que, incluso, la mayoría de padecimientos renales y otras enfermedades están relacionados con el desorden alimenticio que nos caracteriza.

Eso mismo, además, tiene su incidencia en casos de cáncer de estómago, tanto, que sólo en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS) constituye la segunda causa de enfermedad en mujeres y hombres.

Otro trastorno que se deriva de la mala alimentación, en ocasiones, es la diabetes. En el país, de acuerdo con informaciones de la Asociación de Diabéticos de El Salvador (ASADI), existen más de 500 mil personas que padecen esa enfermedad. Muchos de estos casos provocados por la obesidad, producto del exceso alimenticio.

Y las consecuencias no sólo tocan a los adultos. Lo preocupante es que la obesidad está afectando a los más pequeños y los vuelve potenciales diabéticos por el aumento de insulina que necesitan para metabolizar la sobrecarga de azúcar. Su esperanza de vida también disminuye.

Hábitos dañinos

Acostumbrar a un niño a que ingiera a diario bebidas o golosinas dulcificadas artificialmente y sobre todo refinadas significa una amenaza.

“Un refresco natural no es más que un vaso de agua con 30 gramos de azúcar, color y sabor artificial. Una golosina sólo es portadora de grasas”, explica Armando Velasco, presidente de la Asociación de Nutricionistas y Dietistas de El Salvador.

La investigación encontró que la obesidad infantil está determinada por ciertos comportamientos que involucran el consumo de esos productos.

Alumnos de la Universidad Evangélica realizaron, hace dos años, un trabajo de investigación tomando como muestra a niños obesos atendidos en el Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom, y encontraron que el 80.76% de ellos degustaban golosinas mientras miraban la televisión. Ese comportamiento, establecen en el estudio, los obligó a abandonar la práctica del juego, que les habría ayudado a quemar esas calorías.

Pero no sólo es eso. A ese sedentarismo y la compulsividad al comer se une la casi ausencia de masticación y hasta las mismas condiciones de insalubridad en que ingieren los alimentos. Esto acarrea también sus efectos.

Entre el 29 de diciembre de 2002 al 27 de noviembre de 2003, el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS) da cuenta de una creciente atención de enfermedades derivadas por lo mismo. En ese período se atendió un total de 237 mil 321 casos de diarreas y gastroenteritis, tres de cólera y 453 de intoxicación alimenticia.

El día continúa y el salvadoreño sigue “llenando” de comida al organismo sin reparar, por ignorancia o conciencia, de que lo que hace es dañar seriamente su salud.

La merienda, la cena, los antojitos en la noche mientras se ve la televisión, son los agregados diarios en la alimentación del salvadoreño.

Y es que, para los especialistas, los hábitos alimenticios del salvadoreño son desordenados.
De acuerdo con Velasco, los salvadoreños comen por instinto y no con inteligencia. “El instinto es comer cualquier cosa, simplemente para satisfacer una necesidad sin importar qué se come”, expresa.

Balance y educación

Pero no todo es negativo. Al menos el contenido de nuestra dieta acostumbrada no es malo, dice Velasco, lo perjudicial es la forma en la que se come.

Porque el salvadoreño piensa que alimentarse significa comer en grandes cantidades, ingerir alimentos saturados de grasas, sin las suficientes proteínas o fibras que proporcionan las frutas y verduras, o comer compulsivamente, especialmente entre comidas, “ahí es donde se falla”, agrega.

¿Significa que no hemos aprendido a comer en El Salvador?
A juicio de Velasco, los salvadoreños, por regla general, dejan de comer hasta hartarse. Cuando lo único que hacen es provocar trastornos en el organismo. No hay que olvidar que, como dice el dicho, “a la fuerza hasta la comida es mala”.
Comer lo suficiente, lo que el organismo necesita en cantidad y calidad es lo que, al parecer, los salvadoreños no han aprendido, dice Velasco.
Esto lo refleja nuestra dieta nada balanceada y el hecho que comamos a toda hora cualquier cosa.

¿Pero cuál es el problema en todo esto? ¿Cuáles son las consecuencias de no reparar en lo que comemos y cuánto comemos?
Porque saber alimentarse no tiene nada que ver con la estética o la apariencia física. Es cuestión de salud.
Pocas veces relacionamos las enfermedades con nuestros hábitos alimenticios poco sanos. Comer poco o mucho e ingerir alimentos que no aportan ningún valor nutricional a nuestro organismo, incide en la variedad de enfermedades que más golpean a los salvadoreños, según médicos consultados.

Arturo Hernández, un joven de 26 años, es un testimonio de como la inadecuada alimentación lo llevó a una gastritis crónica .

“Comía casi todos los días hamburguesas, pollo rostizado, tortas mexicanas, pizza o papas fritas. No comía frutas. El médico me prohibió todo alimento grasoso y condimentado pero no le hice caso hasta que me dio una úlcera en 1999. Desde entonces trato de comer saludable”, señala.

Ante esto, lo que necesitamos, aconseja Roberto Cerritos, presidente de ASADI, es saber que una buena alimentación está formada por agua, grasas, carbohidratos, proteínas, vitaminas y minerales.

El tradicional desayuno salvadoreño es balanceado y adecuado porque provee en los frijoles, las tortillas o el pan los carbohidratos; en el huevo, las proteínas, y en el plátano, el potasio como mineral, considera Velasco.

Pero añade que lo ideal sería que sepamos variar esos componentes y sustituirlos con otros equivalentes, a fin de obtener los nutrientes necesarios. “Por ejemplo, el arroz en el almuerzo se puede cambiar por puré de papas, pasta o una porción de yuca”, refiere.

Pero las prácticas alimenticias que tenemos en su generalidad revelan un desconocimiento de como nutrirnos, de qué cantidad de alimentos necesitamos según nuestras complexión física y actividad que tenemos.

Desde hace un par de años, estudiantes de una universidad privada investigan el contenido de las loncheras de los párvulos como parte de su proceso de graduación. Encontraron que la mayoría de niños de colegios de clase media alta sólo llevaban golosinas.

“Por desconocimiento o descuido, la gente prefiere meterle en la lonchera comida chatarra que un pan con frijoles y queso, que es mucho más saludable”, dice Velasco. “Lo que necesitamos es una buena educación para poder tener un balance adecuado de lo que comemos, y lógicamente eso nos va a dar salud”, recomienda Roberto Cerritos,
presidente de ASADI.

Trabajo coordinado

Velasco es consciente de que la guerra contra la preferencia de los niños con las golosinas probablemente está perdida.

Por eso, como asociación de dietistas y nutricionistas estudian una receta para que éstas sean elaboradas con harina fortificada sin que pierda el atractivo sabor, informa. Además dice que hay un movimiento para crear en las escuelas chalés donde vendan alimentos saludables.

En otros países, como México, se ha logrado lo que aquí se podría imitar como estrategia educativa en materia alimenticia, adjuntar a la publicidad de golosinas, por ejemplo, mensajes dirigidos a la población como “come frutas y verduras”.

María Teresa de Morán, del programa nacional de nutrición, del Ministerio de Salud, dice que ya se está aplicando eso, pero sólo en lo referido a la lactancia materna.

“Aquí la industria alimentaria podría colaborar, aunque la responsabilidad de educar a la gente es del gobierno a través de los ministerios de Educación y de Salud Pública”, sugiere, por su parte, Velasco.

Morán acepta el reto y sostiene que se está trabajando en eso. prueba de ello es la divulgación de una Guía de Alimentación para la Familia Salvadoreña, distribuida por esa cartera. Sin embargo, ésta se queda corta a la hora de llegar a la población porque “se trabaja en desventaja” frente al agresivo mercadeo de las distribuidoras de productos, afirma.

De acuerdo con la funcionaria, la educación alimentario-nutricional llega a la población a través de las escuelas, los establecimientos de salud, convenios con alcaldías y gobernaciones y los medios de comunicación, pero éstos últimos son muy costosos para mantener una campaña permanente de educación sobre buenos hábitos alimenticios.

Según endocrinólogos del Hospital Rosales, el tratamiento de tantas enfermedades derivadas en gran parte de la inadecuada alimentación, significa un gasto millonario en atención de enfermedades por lo que también consideran necesaria una política preventiva.

Lastimosamente no se puede determinar el costo que representan los tratamientos porque el Ministerio de Salud no respondió a las solicitudes hechas durante la investigación.

Si bien los males entran por la boca y nos ponen en riesgo de morir, ¿no es mejor vigilar mejor lo que comemos? Entonces la educación es por un lado lo más adecuado.


Buena nutrición no sólo es salud

Además de mejorar el estado de vida, la buena alimentación determina, además,
más intelecto y éste, a su vez, mayor productividad. Los beneficios son integrales.

El último Informe sobre Desarrollo Humano (IDH) realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) lo tiene claro, “una buena alimentación está ligada estrechamente a muchos factores que afectan el desarrollo humano y la capacidad de una sociedad para aprovechar las oportunidades de la globalización”, reza el documento.

Y es que los beneficios de una adecuada alimentación no sólo se traducen en salud, sino también en un mejoramiento en la condición de vida de la ciudadanía.

Así, una sociedad adecuadamente nutrida verá incrementada su capacidad intelectual, y ésta, a su vez, permitiría a la persona tener una mayor productividad en el trabajo.

Pero para que la sociedad pueda brindarse una mejor alimentación, y así mejorar en parte su nivel de vida, tiene que, necesariamente, tener acceso a los servicio sociales básicos, de acuerdo con el PNUD.

El IDH sostiene que el estado de salud está determinado por las condiciones de salubridad de la comunidad, el acceso a agua potable, los servicios de salud de calidad y, como factor importante, por una buena alimentación de la persona.

La atención preventiva de muchas enfermedades pasaría por orientar políticas públicas de educación alimenticia desde muy temprano, como dice el Dr. Roberto Cerritos, presidente de la Asociación de Diabéticos de El Salvador.

“Eso es sumamente importante, yo creo que la educación en cuanto a un estilo adecuado de vida debe comenzar con el niño. Una escuela saludable no debería darle de comer al niño, sino enseñarle a vivir. Eso es lo importante”, agregó.

Pero para eso hay que crear un ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, de lo contrario se estaría creando un peligroso campo fértil para el aparecimiento de enfermedades. “(Ahora) lo que se está alterando es el estilo de vida de nuestros ciudadanos, la dieta de éstos ya no es balanceada, al contrario, es dañina”, dicen algunos.


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