7 de septiembre de 2003


EDICIÓN ESPECIAL
FOTOHISTORIA

En el sótano de la vida / El principio del fin

El infierno

El primer encuentro fue casual. Abel permitió hacerle algunas fotografías. “Cero nombres. Cero direcciones”, dijo. Después narró su calvario con las drogas. Aseguraba que se lanzó a tiempo completo al vicio luego que lo abandonara su mujer.

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El final
Abel murió el sábado 19 de agosto. Una atribulada alma se apagó, sin dejar más sombra que la suya.

Lo miro a la cara. Tiene unos ojos nostálgicos, grandes y pardos.
Su cuerpo es esquelético. Parece rumiar una paradoja.
Viste una camisa gris, desabotonada. Sus zapatos fueron blancos en algún tiempo. Están rotos.

Es una calurosa tarde del 28 de mayo mayo. Me topo con Abel por casualidad.
—Dame para fumar —me dice. Su voz tiene una cualidad extraña: es carrasposa.
Pienso que así se la construyó el crack.

Abajo, un poco lejos, se encuentra, en esta colonia La Chacra, un nido de fumadores de crack, construido con láminas de zinc oxidadas, colocadas desordenadamente a la orilla de una barranca. Aquí nadie se atreve a cotizar ni su propia vida.

Respiro. Allá huele a porquería.

—¿En que andás aquí? —pregunta Abel.
Le explico que busco a una fumadora de crack que me recomendó un amigo. Le doy su nombre.

También le aclaro que mi pretensión es tomar una fotografía de un fumador de crack para ilustrar una historia de Vértice.

Como si tuviese una brújula instintiva, Abel me dice que no baje a la champa porque “es peligroso”.

—Creerán que sos policía. Iré a buscar a la mujer. Quedate aquí.
Abel se marcha. Espero, pacientemente, con mis cámaras fotográficas en la mano.

Pasan algunos minutos. Abel regresa y me dice que la mujer no está en la madriguera.
—La vi hace un rato en la colonia Santa Marta. Ahora no está aquí —asegura.

Abel ve mi cara de frustración por el viaje perdido. Entonces me dice:
—No te preocupés. Yo te ayudo. A mí me entrevistaron un día. Eso sí: no saqués el rostro. Cero nombres y cero direcciones.

La lealtad
El amigo más leal de Abel era su perro. Ambos hacían esfuerzos para comer un día sí, otro no.

La escena

Acepto la propuesta de Abel. Caminamos hasta la champa. Aquel desordenado y maloliente lugar alberga a unos seis fumadores de crack. Todos ellos me miran con desconfianza.

Están drogados. Tienen los ojos vidriosos. Están en su porfía habitual.

Abel se sienta a mi lado en la mugrienta champa. Fuma y me cuenta que desde los 19 años se droga.

—Empecé por curiosidad —dice. Y luego se justifica: —Me hice adicto a tiempo completo cuando llegué un día a la casa y sólo encontré una pequeña cama y un ventilador.

Su esposa lo dejó y se llevó el hijo de un año de edad.

—No sé por qué lo hizo —replica. Me cegó la furia. Lo único que quería era vengarme de ella. Llamé a un amigo y le pedí que comprara 300 colones de crack, una botella de licor, una cajetilla de cigarros y un encendedor.

Escucho a Abel. Me cuenta, con detalle, los tres días que pasó sin dormir, en una borrachera de drogas.

—Empecé por curiosidad —dice. Y luego se justifica: —Me hice adicto a tiempo completo cuando llegué un día a la casa y sólo encontré una pequeña cama y un ventilador.

Su esposa lo dejó y se llevó el hijo de un año de edad.

—No sé por qué lo hizo —replica. Me cegó la furia. Lo único que quería era vengarme de ella. Llamé a un amigo y le pedí que comprara 300 colones de crack, una botella de licor, una cajetilla de cigarros y un encendedor.

Escucho a Abel. Me cuenta, con detalle, los tres días que pasó sin dormir, en una borrachera de drogas.

Después de eso, tocó los carbones del infierno: se quedó sin trabajo y comenzó a vender sus pocas pertenencias.
Cuando ya no le quedó nada, comenzó a robar para comprar crack. Y entonces fue a parar, varias veces, a la cárcel

Adicción
Abel se derrumbó ante el crack. Después llegó el sida. Una fórmula para acelerar la muerte.
Abel intentó suicidarse en dos ocasiones. Fue su hermana quien lo sacó de sus crisis, a puro coraje y amor.

Luckie amó a su dueño hasta la muerte. Todavía lo busca, cada día, por todos los rincones de la casa. Su mundo
Quizá eso era lo mejor. Esperar la muerte y luchar contra la adicción al “crack”, aunque esto fuese difícil.

 


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