7 de septiembre de 2003


EDICIÓN ESPECIAL
FOTOHISTORIA

vertice@elsalvador.com

Vidas simétricas / Así nació este trabajo

Bitácora

En sus manos tiene una extraordinaria historia, construida con la complicidad del azar, como muchísimas veces sucede en el periodismo.

Este relato comenzó al lado de un hombre adicto al crack y con la vida perforada por el
síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida).

Acabó con el llanto de un fotógrafo, quien recibió la noticia de la muerte de su amigo mientras enfocaba con su lente, en Santo Domingo, a la atleta mexicana Ana Guevara.

Alvaro López es un fotoperiodista de raza. Siempre recorre un kilómetro extra para conseguir lo que quiere.

Un buen día se le ocurrió pararse en un sitio donde la vida es más intensa. Ahí se encontró con Abel, en un nido de fumadores de crack.

En poco tiempo nació una amistad. Más tarde, Abel le cuenta a Alvaro, en medio de un cólico moral, que caminaba hacia la muerte porque estaba enfermo de sida. Una mujer que conoció en su submundo le heredó la enfermedad.

Fue entonces que Alvaro tomó una decisión: como un virtuoso coleccionista de momentos, decidió acompañarlo, con su cámara, hasta la muerte.

Comenzó a visitar a Abel en mayo pasado. Lo veía dos o tres veces por semana. En algunas ocasiones se reunían en la madriguera de los fumadores de crack. Después, en la casa de la hermana de Abel.

Cuando ese hombre comenzó a empeorar y su silueta se volvía oscura, casi intemporal, los encuentros se producían en los hospitales. Alvaro lo buscó ahí donde la muerte le concedía una tregua.

Ésta, sin embargo, no es una historia de morbo. Tampoco sensacionalista. Mucho menos es producto de una estética caduca.

Lo que hizo Alvaro fue proyectar, con su cámara, conceptos que nos ayuden a comprender el mundo y la naturaleza humana. ¿Acaso no es eso lo que hacen los buenos fotógrafos como él?

Además, Alvaro es un hombre honesto que respeta lo que fotografía.

En esa medida, lo que hizo fue eternizar el recorrido del sufrimiento humano que, al fin y al cabo, no tiene dueño.

Eso nos recuerda lo que decía el Gaspar Cristaldo construido por Roa Bastos: “No vivimos otra vida que la que nos mata”.

Esta historia tiene otra recompensa para los lectores: contribuye a sensibilizarnos ante el problema
del sida mientras se recorren los últimos tramos de la vida de un hombre, a quien esa enfermedad humilló, aunque no hasta la maceración.

Estoy convencido de que, al final de esta historia, todos aprenderemos algo de la fantasmagoría de la muerte, y Alvaro, y EL DIARIO DE HOY, habrá contribuido a hacernos un poco más humanos.

Alvaro, quien es un fotógrafo enchapado por la vocación, no quería escribir esta historia en primera persona. Creía que eso tildaría su protagonismo.

Fui yo quien lo convenció de que la escribiera de esta forma. Le dije que le ayudaría a hacerlo.

Cada vez que pienso en una conexión directa con los lectores, recuerdo una larguísima conversación que sostuve una noche de bohemia y copas con Gabriel García Márquez, en Cartagena.

Cuando le pregunté a Gabo sobre el primer libro que escribió (Relato de un naufrago), donde narra el camino hacia la sobrevivencia de un militar cuya barcaza se hundió en el mar, me respondió:

“La persona que vive una experiencia vital hay que ponerla a contar en primera persona. Yo podía narrar la historia de ese hombre en tercera persona. Pero no estuve ahí. Entre mi relato y el cuento de quien estuvo en el mar, hay que quedarse con el segundo. ¿A quién, carajos, le va a creer la gente?”.

Al final, eso fue lo que hizo Alvaro: contar dos vidas que casi se volvieron simétricas entre un fotógrafo y una persona a quien la muerte le tenía guardado su mejor reposo

.Lafitte Fernández
Gerente de Redacción


Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.