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OPINIÓN
Bush
y Kirchner se enfrentan a la crisis
El
presidente Bush propuso y logró una disminución sustancial
de la tasa de impuestos que pagan los norteamericanos. ¿Por qué
lo hizo? La razón última es muy simple: dotar a la sociedad
de recursos extraordinarios para que compre, ahorre o invierta. Bush
intenta sacudir la pereza económica que se observa en el país
y frenar la tendencia a la destrucción de empleos, que ya se
mueve en torno al 6% de la fuerza laboral.
¿Cómo sabe Bush que esa medida va a lograr los efectos
deseados? No lo sabe con la certeza con que se explican
las reglas matemáticas. Lo supone. No lo puede asegurar, pero
la experiencia demuestra, y cito aproximadamente sus palabras, que cuando
en algún lugar alguien gasta o invierte, en otro lugar se fortalece
la economía y una persona encuentra un empleo. O sea: el
presidente de los Estados Unidos reconoce humildemente que en una economía
abierta como la americana, quienes logran el milagro del crecimiento
sostenido son los ciudadanos cuando actúan libremente en el mercado
y no los planificadores del gobierno.
Hace medio siglo, cuando el británico John Maynard Keynes dominaba
el pensamiento económico occidental, la receta para salir de
la crisis hubiera sido diferente. Se hubiera recurrido al gasto público,
se habría aumentado la presión fiscal, y los burócratas
hubiesen utilizado el presupuesto oficial para asignar esos recursos
a distintos sectores de la sociedad elegidos por los economistas al
servicio de la maquinaria estatal. En aquellos tiempos, la presunción
más extendida, a medio camino entre la arrogancia y el optimismo,
consistía en suponer que los expertos eran capaces de tomar decisiones
que afectaban al conjunto de la economía con mucha más
eficacia que los individuos o las empresas.
La experiencia y el análisis académico desmintieron esos
supuestos. La verdad -como la estableció la Escuela de
Elección Pública o Public Choice para
gloria del Premio Nobel a James Buchanan- es que los políticos
y los burócratas no toman las decisiones guiados por impulsos
generosos teñidos de altruismo, sino en defensa de sus propios
intereses personales o partidistas. La verdad es que, con frecuencia,
la intervención del Estado en las actividades económicas
suele transformarse en un foco de corrupción, clientelismo e
injustas reparticiones de dinero público.
Cuando el Estado decide favorecer a Juan, inevitablemente lo hace perjudicando
a Pedro y distorsionando toda la ecuación económica en
detrimento de la eficiencia del sistema.
Lo que aprendimos a lo largo del siglo XX fue a ser humildes y a aceptar
que el mercado, con sus ganadores y perdedores, es mucho más
eficiente que la burocracia para asignar recursos. Y la razón
es comprensible: en las sociedades complejas la economía de mercado
es un vastísimo y dinámico sistema de comunicación
en el que cada consumidor o productor dispone de cierta información
única y está sujeto a gustos y necesidades particulares,
y ese infinito universo, absolutamente subjetivo y cambiante, no puede
ser abarcado por ningún grupo de burócratas o políticos
decidido a lograr la felicidad colectiva.
Mercado ante burocracia
Mientras George W. Bush, al frente de la nación más rica
y exitosa del planeta aceptaba sus limitaciones melancólicamente,
en Argentina, en el otro extremo del hemisferio, el flamante presidente
Néstor Kirchner tomaba posesión de su cargo con un discurso
y un gabinete concebidos dentro del viejo estilo intervencionista y
populista propio del peronismo más rancio: el Estado recupera
el polvoriento discurso nacionalista, retoma la dirección de
las actividades económicas y utilizará el gasto público
para reactivar una economía devastada por la devaluación
de la moneda en más de un 300% en los últimos tres años.
Naturalmente, si el señor Kirchner persiste en ese camino empobrecerá
aún más a los argentinos, eventualmente generará
una espiral inflacionaria, y hundirá unos cuantos centímetros
más a ese castigado país.
Pero lo que resulta sorprendente, y en cierta medida irracional, es
comprobar la cándida estupefacción con que cierto sector
del peronismo (tal vez mayoritario) y de la clase dirigente, con el
aplauso de una buena parte de los ciudadanos, ensaya incesantemente
el mismo experimento, siempre a la espera de que los resultados alguna
vez sean diferentes. ¿No aprendieron en la escuela que cada vez
que alguien acerca una cerilla encendida a una botella de gasolina se
produce un incendio?
Es un insondable misterio que la misma sociedad -culta, crítica,
llena de gentes brillantes y elocuentes- que desprecia a sus políticos,
a quienes con bastante justicia tacha de corruptos e incapaces, y que
acusa a los burócratas de administrar el Estado de una manera
torpe e injusta, periódicamente les otorgue más recursos
y poderes a unos y otros, ilusionada con la creencia de que esta vez
sus infinitos males van a ser aliviados por esos mismos políticos
y burócratas que previamente la han hundido en la miseria.
Lo único interesante de este nuevo remake del drama
argentino, tantas veces visto, es tratar de anticipar quiénes
van a resultar imputados tras los próximos fracasos. ¿El
imperialismo norteamericano? ¿El Fondo Monetario Internacional?
¿El proteccionismo europeo? Da igual. A fin de cuentas es más
fácil asignar culpas que recursos.
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