6 de julio de 2003


CRÓNICA
“Asesiné por cinco mil dólares”

El Ejército de los Estados Unidos lo convirtió en un arma mortal. Fue una pieza clave en las operaciones encubiertas de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) en Asia, Europa y Sudamérica derrocando regímenes de dictadores y ayudando a los pueblos que luchaban por ser libres, hasta que Jimmy Hughes se convierte en un asesino a sueldo de los tentáculos de la mafia italiana en los Estados Unidos. El Departamento de Justicia no logró ponerlo tras las rejas y el FBI (Buró Federal de Investigaciones) tuvo que darle protección a cambio de información. Hoy relata su historia a EL DIARIO DE HOY.

Textos: Mauricio Vásquez Acosta
Fotos: Omar Carbonero

vertice@elsalvador.com
Jimmy Hughes, quien fue un experto en aterrorizar y matar a otro , ahora es un evangelista internacional

El fin de la guerra en Vietnam, en 1973, marcó el inicio de mi carrera militar. Mis instructores y maestros fueron los combatientes estadounidenses que lograron sobrevivir al fuego de los guerrilleros del Vietcong. Tenía 17 años y ambicionaba escalar puestos en la milicia.

Me inscribí en cada curso sin importar lo duro que fuera. Asistí a escuelas de paracaidismo, buceo, operaciones de escape y rescate, resistencia como prisionero de guerra y sobrevivencia en jungla, mar y desierto. Me especialicé en explosivos plásticos y como francotirador. En seis años, las escuelas militares como los Rangers o las Fuerzas Delta me convirtieron en un soldado élite.

A mis 23 años pasé a trabajar para la CIA en misiones encubiertas fuera de los Estados Unidos. En países de Asia, Europa y Sudamérica luché por defender los derechos de otros. Ayudé a pueblos que querían ser libres y a combatir regímenes de dictadores. Es decir que el ejército de los Estados Unidos no me entrenó para ser un maldito, sino para defender a mi país y a los enemigos de la democracia y la libertad.
Luego de varias misiones secretas dejé la CIA y, cuatro años después (1984), me salí del ejército y me fui a vivir tranquilamente a California, sin imaginar que mis actos más sangrientos estaban por venir.

A quebrar cabezas

En las filas castrenses tuve un amigo italiano que me hablaba de un tal Padrino y nunca le presté mucha atención, pues pensé que esas eran cosas que se ven sólo en el cine. Pero un día me lo encontré en California, salimos a tomar unos tragos y recordamos las experiencias que vivimos en el Ejército. Al calor de los tragos le pregunté sobre “el Padrino” y me dijo que yo podía trabajar con la Familia. A los pocos días nos volvimos a reunir y me presentó al doctor Nichols, quien se interesó en mí, al conocer mi carrera militar. Yo era el hombre que él necesitaba para sus trabajos sucios. La mafia me había reclutado; el Padrino era el Dr. Nichols.

De las balas al público

- Actualmente Jimmy Hughes es un evangelista internacional.

- Es el fundador del Centro de Rehabilitación Puerta de Esperanza, que rescata a jóvenes de las maras en Honduras.

- Es el presidente de “Free The Oppressed Ministries” (Ministerio Liberen a los Oprimidos).

- El próximo 12 de julio, en el Anfiteatro de la Feria Internacional, Jimmy dará su testimonio en el congreso denominado Salvemos Multitudes 2003, a partir de las 6:30 de la tarde.

- La entrada es gratis.

- Si desea mayor información llame al teléfono 242-3333.

Mi primer trabajo en la mafia fue recolectar el dinero de los que no pagaban sus cuentas y eso incluía quebrar piernas, brazos y cabezas con bates de béisbol. Así empecé a desatar una espiral de violencia callejera que crecía cada vez más. Yo no le temía a nada ni a nadie. Familias de mafiosos de otros estados me subcontrataban para no usar a sus propios asesinos y así evadir a las autoridades. Había una especie de convenio entre las familias y por eso yo viajaba a otras partes de Estados Unidos siendo un asesino. Esa llegó a ser mi profesión: matar por dinero.

Aunque en el ejército ya había saboreado lo que era matar, con la mafia llegué a ofrecer mis talentos y mis dones al dinero, al billete. Asesiné por cinco, diez, veinte, treinta y cuarenta mil dólares. Lo más que cobré por matar a un ser fue cincuenta mil dólares, ya que era un trabajo profesional. Fue así como a los 27 años me vendí a la prostitución de la maldad.

Llegué a ser el confidente de el Padrino, quien se dedicaba al negocio de los casinos. Fui el guardaespaldas de sus hijos. Llegué a tener tanta fama como sicario que cuando la mafia en todo los Estados Unidos pedía a Jimmy Hughes, la Familia me enviaba porque sabían que podían confiar en mi trabajo por completo.

Yo arreglaba las situaciones de violencia y si había que secuestrar a alguien para amenazarlo yo era un profesional en aterrorizar a un ser humano. Era un experto en esa área.

Para ese entonces ya era cocainómano; me encantaba la cocaína. Tenía una adicción terrible, siempre llevaba droga en mis bolsillos. Tomaba licor todos los días. Pero una cosa te lleva a la otra y esa adicción me empezó a robar horas de sueño; sólo dormía dos veces a la semana debido a que siempre sufría de graves pesadillas. Con tanta sangre que derramé se podría llenar una piscina.

Muerte gratuita

Un día el Padrino me llamó y me dio el encargo de matar a un sujeto por 30 mil dólares. Para sorpresa mía, a ese tipo yo lo conocía; éramos amigos. Pero, entre la mafia, ‘bussines are bussines’ (negocios son negocios).

Cuando llegué a la casa del sujeto, yo ya no era un ser normal; ver tanta violencia me había convertido en un endemoniado. él me recibió con un saludo: ‘Qué tal, cómo estás, mucho gusto...’ y entré en su casa.

Nunca se imaginó que le había abierto las puertas a la muerte. Pero, dentro de la mansión, había otras cinco personas que estaban bebiendo e inhalando coca. Yo pensé: ‘Tengo que matar a éste por los 30 mil, pero los otros cinco no sé quiénes son’. A los demás no los vi como personas importantes y hasta pensé que le hacía un favor a la sociedad eliminándolos también. Me dije: ‘Bueno, los otros cinco se van gratis en el contrato’.

La noche empezaba a caer y cuando saqué mi arma nadie se dio cuenta, porque estaban drogados, alcoholizados y hablando tonterías. Allí empecé: ‘¡Bum, bum, bum...’.

Todos cayeron muertos alrededor de mí en cuestión de segundos, nadie pudo reaccionar. Estaban desprevenidos, nadie esperaba morir. El balazo les cayó en su cabeza.

Pero sucede que aún teniendo el arma en mi mano, en medio del charco de sangre, veo el rostro destrozado por la bala de aquel hombre por el que me pagarían los 30 mil dólares. En ese rostro deshecho, me veo reflejado como en un espejo.

Se me erizan los pelos y me congelo de ver que eso soy yo. A la vez empiezo a escuchar una voz que me dice: ‘Jimmy sepas tú hoy que yo te amo y te puedo perdonar’. Me dije en ese momento: ‘qué es lo que pasa. O Dios está loco o yo ya estoy perdiendo el sentido por tanta droga, tanta sangre, tanta violencia’.

En aquella escena macabra, medio me reí; pero después me sobrevino un gran escalofrío.

Sentí que casi se me paralizaba el corazón y una vez más vuelvo a oír la voz: ‘Jimmy sepas tú hoy que yo te amo y te puedo perdonar’. Entonces salí huyendo de aquel lugar, dejando media docena de muertos por 30 mil dólares.
Al llegar a la casa estaba desesperado y buscaba cómo desahogar aquella angustia que no dejaba de perseguirme. Por primera vez sentía en mi interior una especie de arrepentimiento. Sentí que ya no podía más, que todo era un infierno.

Atrapado en la soledad de mi casa, tomé el teléfono y decidí llamar a mi madre, quien se encontraba como misionera cristiana en Guatemala.

Cuando contestó a mi llamada, de inmediato le dije: ‘Mami, estoy en problemas’. Ella respondió: ‘Jimmy, siempre has estado en problemas’.

‘Escucha -dije-, no sé si el FBI me va a atrapar o si me entrego. No sé si me enviarán a la cárcel o si la mafia me matara; pero quiero que ores por mí. No quiero morir o ir a la cárcel sin antes hacer las pases con Dios’.

Ella oró intensamente por mi. A través de la línea telefónica pudimos unirnos mi madre, en Guatemala; yo, en California, y Dios, en los cielos. Por primera vez experimenté el inmenso poder de la oración, un poder superior a cualquier arma que había tenido siempre en mis manos.

De la mafia al FBI

Al día siguiente me presenté donde el Padrino y le dije que quería renunciar, que ya no volvería a matar a nadie y que quería estar en paz.

él me miró como quien tiene enfrente a un loco. Me pagó los 30 mil dólares; pero me aclaró de inmediato: ‘Jimmy, usted sabe el procedimiento, sabes que pones tu vida en peligro’.

Yo respondí: ‘Sí, lo sé; pero usted sabe que si pasa algo nos morimos todos’.
El Padrino no se fiaba, me tenían respeto, porque sabían de lo que había sido capaz de hacer por dinero. Rompí los lazos con la mafia, pero los problemas no terminaban.

El FBI, el Departamento de Justicia y la Policía ya me tenían fichado. Estaban tras de mí, querían saber qué era lo que yo tenía en el cerebro, qué cosas sabía de la mafia.

Pero en los Estados Unidos se cumple al pie de la letra eso de que eres inocente hasta que se te pruebe lo contrario.
Antes de llevarte a juicio, los fiscales se aseguran de tener pruebas en tu contra. Entonces, yo, como era un profesional, nunca dejé una huella digital en las escenas del crimen. Ese era como un orgullo para mí. Yo fui muy cuidadoso en eso, porque mi entrenamiento fue muy profesional.

Cuando se dieron cuenta de que no existían pruebas en mi contra para llevarme a juicio, me incluyeron en el Programa de Protección de Testigos del FBI, a cambio de darle a las autoridades cierta información. Yo conocía la ley, había estudiado mucho y sabía a qué atenerme. Los agentes del FBI sabían que no trataban con un bruto; sin embargo, llegué al límite de tener un mano a mano con el FBI y les dije que ya había colaborado lo suficiente. Que ya no tenía ninguna información que darles.

Mi vida seguía atribulada. Cada vez que subía a mi auto, temía que al encenderlo estallara o que la mafia me mandara un par de matones a mi casa. Estaba acorralado y fue en ese callejón sin salida cuando hice mi pacto con Dios: vivir o morir. Y Él decidió que yo viviera para dar mi testimonio a cualquier parte a donde Él me lleva. Para decirle a las gentes que si Dios perdonó al apóstol Pablo, que perseguía cristianos para matarlos, y me ha perdonado a mí, que tantas veces manché mis manos con sangre, también puede perdonar a todo aquel que ha pecado. No hay ningún malo al que el poder de Dios no pueda perdonar.

En 1997 llegué donde mi madre a Guatemala. Al encontrarnos nos fundimos en un abrazo intenso. Ella recuperaba a su hijo perdido y yo encontraba a la madre que nunca me había abandonado en sus oraciones. Me entregué de lleno a ser un instrumento de Dios, estudié teología y me gradué de reverendo y ahora sirvo a la mafia del bien, liderada por el Padrino de la salvación y la vida eterna, Jesucristo.


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