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CRÓNICA
Asesiné
por cinco mil dólares
El
Ejército de los Estados Unidos lo convirtió en un arma
mortal. Fue una pieza clave en las operaciones encubiertas de la CIA
(Agencia Central de Inteligencia) en Asia, Europa y Sudamérica
derrocando regímenes de dictadores y ayudando a los pueblos que
luchaban por ser libres, hasta que Jimmy Hughes se convierte en un asesino
a sueldo de los tentáculos de la mafia italiana en los Estados
Unidos. El Departamento de Justicia no logró ponerlo tras las
rejas y el FBI (Buró Federal de Investigaciones) tuvo que darle
protección a cambio de información. Hoy relata su historia
a EL DIARIO DE HOY.
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Jimmy
Hughes, quien fue un experto en aterrorizar y matar a otro , ahora
es un evangelista internacional
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El fin de la guerra en Vietnam, en 1973, marcó
el inicio de mi carrera militar. Mis instructores y maestros fueron
los combatientes estadounidenses que lograron sobrevivir al fuego de
los guerrilleros del Vietcong. Tenía 17 años y ambicionaba
escalar puestos en la milicia.
Me inscribí en cada curso sin importar lo duro que fuera. Asistí
a escuelas de paracaidismo, buceo, operaciones de escape y rescate,
resistencia como prisionero de guerra y sobrevivencia en jungla, mar
y desierto. Me especialicé en explosivos plásticos y como
francotirador. En seis años, las escuelas militares como los
Rangers o las Fuerzas Delta me convirtieron en un soldado élite.
A mis 23 años pasé a trabajar para la CIA en misiones
encubiertas fuera de los Estados Unidos. En países de Asia, Europa
y Sudamérica luché por defender los derechos de otros.
Ayudé a pueblos que querían ser libres y a combatir regímenes
de dictadores. Es decir que el ejército de los Estados Unidos
no me entrenó para ser un maldito, sino para defender a mi país
y a los enemigos de la democracia y la libertad.
Luego de varias misiones secretas dejé la CIA y, cuatro años
después (1984), me salí del ejército y me fui a
vivir tranquilamente a California, sin imaginar que mis actos más
sangrientos estaban por venir.
A quebrar cabezas
En las filas castrenses tuve un amigo italiano que me hablaba de un
tal Padrino y nunca le presté mucha atención, pues pensé
que esas eran cosas que se ven sólo en el cine. Pero un día
me lo encontré en California, salimos a tomar unos tragos y recordamos
las experiencias que vivimos en el Ejército. Al calor de los
tragos le pregunté sobre el Padrino y me dijo que
yo podía trabajar con la Familia. A los pocos días nos
volvimos a reunir y me presentó al doctor Nichols, quien se interesó
en mí, al conocer mi carrera militar. Yo era el hombre que él
necesitaba para sus trabajos sucios. La mafia me había reclutado;
el Padrino era el Dr. Nichols.
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De
las balas al público
- Actualmente Jimmy Hughes es un evangelista internacional.
- Es el fundador
del Centro de Rehabilitación Puerta de Esperanza, que rescata
a jóvenes de las maras en Honduras.
- Es el presidente de Free The Oppressed Ministries
(Ministerio Liberen a los Oprimidos).
- El próximo 12 de julio, en el Anfiteatro de la Feria
Internacional, Jimmy dará su testimonio en el congreso
denominado Salvemos Multitudes 2003, a partir de las 6:30 de la
tarde.
- La entrada es gratis.
- Si desea mayor información llame al teléfono 242-3333.
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Mi primer trabajo en la mafia fue recolectar el dinero
de los que no pagaban sus cuentas y eso incluía quebrar piernas,
brazos y cabezas con bates de béisbol. Así empecé
a desatar una espiral de violencia callejera que crecía cada
vez más. Yo no le temía a nada ni a nadie. Familias de
mafiosos de otros estados me subcontrataban para no usar a sus propios
asesinos y así evadir a las autoridades. Había una especie
de convenio entre las familias y por eso yo viajaba a otras partes de
Estados Unidos siendo un asesino. Esa llegó a ser mi profesión:
matar por dinero.
Aunque en el ejército ya había saboreado lo que era matar,
con la mafia llegué a ofrecer mis talentos y mis dones al dinero,
al billete. Asesiné por cinco, diez, veinte, treinta y cuarenta
mil dólares. Lo más que cobré por matar a un ser
fue cincuenta mil dólares, ya que era un trabajo profesional.
Fue así como a los 27 años me vendí a la prostitución
de la maldad.
Llegué a ser el confidente de el Padrino, quien se dedicaba al
negocio de los casinos. Fui el guardaespaldas de sus hijos. Llegué
a tener tanta fama como sicario que cuando la mafia en todo los Estados
Unidos pedía a Jimmy Hughes, la Familia me enviaba porque sabían
que podían confiar en mi trabajo por completo.
Yo arreglaba las situaciones de violencia y si había que secuestrar
a alguien para amenazarlo yo era un profesional en aterrorizar a un
ser humano. Era un experto en esa área.
Para ese entonces ya era cocainómano; me encantaba la cocaína.
Tenía una adicción terrible, siempre llevaba droga en
mis bolsillos. Tomaba licor todos los días. Pero una cosa te
lleva a la otra y esa adicción me empezó a robar horas
de sueño; sólo dormía dos veces a la semana debido
a que siempre sufría de graves pesadillas. Con tanta sangre que
derramé se podría llenar una piscina.
Muerte gratuita
Un día el Padrino me llamó y me dio el encargo de matar
a un sujeto por 30 mil dólares. Para sorpresa mía, a ese
tipo yo lo conocía; éramos amigos. Pero, entre la mafia,
bussines are bussines (negocios son negocios).
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Cuando llegué a la casa del sujeto, yo ya no
era un ser normal; ver tanta violencia me había convertido en
un endemoniado. él me recibió con un saludo: Qué
tal, cómo estás, mucho gusto... y entré en
su casa.
Nunca se imaginó que le había abierto las puertas a la
muerte. Pero, dentro de la mansión, había otras cinco
personas que estaban bebiendo e inhalando coca. Yo pensé: Tengo
que matar a éste por los 30 mil, pero los otros cinco no sé
quiénes son. A los demás no los vi como personas
importantes y hasta pensé que le hacía un favor a la sociedad
eliminándolos también. Me dije: Bueno, los otros
cinco se van gratis en el contrato.
La noche empezaba a caer y cuando saqué mi arma nadie se dio
cuenta, porque estaban drogados, alcoholizados y hablando tonterías.
Allí empecé: ¡Bum, bum, bum....
Todos cayeron muertos alrededor de mí en cuestión de segundos,
nadie pudo reaccionar. Estaban desprevenidos, nadie esperaba morir.
El balazo les cayó en su cabeza.
Pero sucede que aún teniendo el arma en mi mano, en medio del
charco de sangre, veo el rostro destrozado por la bala de aquel hombre
por el que me pagarían los 30 mil dólares. En ese rostro
deshecho, me veo reflejado como en un espejo.
Se me erizan los pelos y me congelo de ver que eso soy yo. A la vez
empiezo a escuchar una voz que me dice: Jimmy sepas tú
hoy que yo te amo y te puedo perdonar. Me dije en ese momento:
qué es lo que pasa. O Dios está loco o yo ya estoy
perdiendo el sentido por tanta droga, tanta sangre, tanta violencia.
En aquella escena macabra, medio me reí; pero después
me sobrevino un gran escalofrío.
Sentí que casi se me paralizaba el corazón y una vez más
vuelvo a oír la voz: Jimmy sepas tú hoy que yo te
amo y te puedo perdonar. Entonces salí huyendo de aquel
lugar, dejando media docena de muertos por 30 mil dólares.
Al llegar a la casa estaba desesperado y buscaba cómo desahogar
aquella angustia que no dejaba de perseguirme. Por primera vez sentía
en mi interior una especie de arrepentimiento. Sentí que ya no
podía más, que todo era un infierno.
Atrapado en la soledad de mi casa, tomé el teléfono y
decidí llamar a mi madre, quien se encontraba como misionera
cristiana en Guatemala.
Cuando contestó a mi llamada, de inmediato le dije: Mami,
estoy en problemas. Ella respondió: Jimmy, siempre
has estado en problemas.
Escucha -dije-, no sé si el FBI me va a atrapar o si me
entrego. No sé si me enviarán a la cárcel o si
la mafia me matara; pero quiero que ores por mí. No quiero morir
o ir a la cárcel sin antes hacer las pases con Dios.
Ella oró intensamente por mi. A través de la línea
telefónica pudimos unirnos mi madre, en Guatemala; yo, en California,
y Dios, en los cielos. Por primera vez experimenté el inmenso
poder de la oración, un poder superior a cualquier arma que había
tenido siempre en mis manos.
De la mafia al FBI
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Al día siguiente me presenté donde el
Padrino y le dije que quería renunciar, que ya no volvería
a matar a nadie y que quería estar en paz.
él me miró como quien tiene enfrente a un loco. Me pagó
los 30 mil dólares; pero me aclaró de inmediato: Jimmy,
usted sabe el procedimiento, sabes que pones tu vida en peligro.
Yo respondí: Sí, lo sé; pero
usted sabe que si pasa algo nos morimos todos.
El Padrino no se fiaba, me tenían respeto, porque sabían
de lo que había sido capaz de hacer por dinero. Rompí
los lazos con la mafia, pero los problemas no terminaban.
El FBI, el Departamento de Justicia y la Policía ya me tenían
fichado. Estaban tras de mí, querían saber qué
era lo que yo tenía en el cerebro, qué cosas sabía
de la mafia.
Pero en los Estados Unidos se cumple al pie de la letra eso de que eres
inocente hasta que se te pruebe lo contrario.
Antes de llevarte a juicio, los fiscales se aseguran de tener pruebas
en tu contra. Entonces, yo, como era un profesional, nunca dejé
una huella digital en las escenas del crimen. Ese era como un orgullo
para mí. Yo fui muy cuidadoso en eso, porque mi entrenamiento
fue muy profesional.
Cuando se dieron cuenta de que no existían pruebas en mi contra
para llevarme a juicio, me incluyeron en el Programa de Protección
de Testigos del FBI, a cambio de darle a las autoridades cierta información.
Yo conocía la ley, había estudiado mucho y sabía
a qué atenerme. Los agentes del FBI sabían que no trataban
con un bruto; sin embargo, llegué al límite de tener un
mano a mano con el FBI y les dije que ya había colaborado lo
suficiente. Que ya no tenía ninguna información que darles.
Mi vida seguía atribulada. Cada vez que subía a mi auto,
temía que al encenderlo estallara o que la mafia me mandara un
par de matones a mi casa. Estaba acorralado y fue en ese callejón
sin salida cuando hice mi pacto con Dios: vivir o morir. Y Él
decidió que yo viviera para dar mi testimonio a cualquier parte
a donde Él me lleva. Para decirle a las gentes que si Dios perdonó
al apóstol Pablo, que perseguía cristianos para matarlos,
y me ha perdonado a mí, que tantas veces manché mis manos
con sangre, también puede perdonar a todo aquel que ha pecado.
No hay ningún malo al que el poder de Dios no pueda perdonar.
En 1997 llegué donde mi madre a Guatemala. Al encontrarnos nos
fundimos en un abrazo intenso. Ella recuperaba a su hijo perdido y yo
encontraba a la madre que nunca me había abandonado en sus oraciones.
Me entregué de lleno a ser un instrumento de Dios, estudié
teología y me gradué de reverendo y ahora sirvo a la mafia
del bien, liderada por el Padrino de la salvación y la vida eterna,
Jesucristo.
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