6 de abril de 2003

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INTERNACIONAL
Stalin
¿Murió envenenado?

La imagen del hombre de hierro -oriundo de Georgia- todavía es admirada por las viejas generaciones que recuerdan la victoria en la II Segunda Guerra Mundial. En Occidente, en cambio, nadie olvida que fue un tirano que purgó a más de 10 millones de víctimas.

Vértice/ Por Michael Wines
The New York Times News Service
vertice@elsalvador.com

Moscú - Cincuenta años después de que muriera el dictador José V. Stalin, derribado por una hemorragia cerebral en su dacha, una investigación exhaustiva de los registros soviéticos guardados en secreto durante muchísimo tiempo, da nuevo peso a una vieja teoría de que en realidad fue envenenado; quizá para evitar una guerra inminente contra Estados Unidos.
Es muy posible que esa guerra haya estado más cerca de lo que nadie fuera del Kremlin sospechara en esa época, dicen los autores de un nuevo libro basado en los registros.
El libro, de 402 páginas, “Stalin’s Last Crime”, fue publicado a fines de marzo. Con base en el informe que de los últimos días de Stalin hicieron los médicos, anteriormente mantenido en secreto, los autores sugieren que es posible que Stalin haya sido envenenado con “warfarina”, un adelgazador de sangre sin sabor ni color, también usado para matar ratas, durante una última cena con cuatro miembros de su politburó, el 1 de marzo de 1953.
Ellos fundamentan en parte esa teoría con los primeros borradores del informe, en los que se muestra que Stalin sufrió una hemorragia estomacal extensiva durante su agonía. Los autores plantean que referencias significativas a una hemorragia estomacal, fueron eliminadas del registro médico oficial de 20 páginas el cual no fue dado a conocer sino hasta junio de 1953, más de tres meses después de su muerte el 5 de marzo de 1953.
Cuatro miembros del politburó estuvieron en esa cena: Lavrenti P. Beria, entonces jefe de la policía secreta; Georgi M. Malenkov, sucesor inmediato de Stalin; Nikita S. Khrushchev, quien finalmente llegó a la posición más alta, y Nikolai Bulganin.
Los autores, el historiador ruso Vladimir P. Naumov y un experto en la Unión Soviética de la Universidad de Yale, Jonathan Brent, sugieren que el sospechoso más probable del asesinato es el temible Beria, el despechado ministro de seguridad interior de Stalin durante 15 años.
Supuestamente, el día del trabajo, dos meses después de la muerte de Stalin, Beria hizo alarde de haberlo matado. “¡Yo lo maté! Los salvé a todos ustedes”, le dijo Beria a Vyacheslav Molotov, otro miembro del politburó, según la cita que aparece en las memorias de Khrushchev, publicadas en 1970: “Khrushchev Remembers”.

Difícil de roer

Sin embargo, Naumov y Brent descartan el propio relato de Khrushchev sobre la muerte de Stalin, que aparece en las mismas memorias, por considerarlo una distorsión casi caricaturesca de la verdad. Dado que ahora prácticamente todos los involucrados en el caso están muertos, es posible que nunca se sepa la historia verdadera, dijo Brent en una entrevista efectuada recientemente.
“Algunos médicos son escépticos respecto a que si se realizara una autopsia, se pudiera encontrar la respuesta concluyente a la pregunta de si fue envenenado o no”, dijo.
“Personalmente creo que la muerte de Stalin no fue fortuita. Simplemente hay demasiadas flechas apuntando hacia la otra dirección”.
El libro, al igual que casi todos los volúmenes como este, describe una imagen escalofriante de Stalin, profundamente paranoico e interminablemente astuto a la vez, que continuamente inventaba enemigos y después los exterminaba para justificar el terrorismo que mató a millones y mantuvo a millones más en el trabajo que permitió que la Unión Soviética diera el brinco del zarismo a la edad industrial y se convirtiera en una superpotencia.
Con todo, los rusos modernos están profundamente divididos en relación a su memoria. En la última encuesta de opinión realizada entre 1,600 adultos por el All-Russian Public Opinion Center, dada a conocer en vísperas del 50 aniversario de su muerte, se muestra que más de la mitad de todos los encuestados cree que el papel de Stalin en la historia rusa fue positivo, en tanto que poco menos de la tercera parte estuvo en desacuerdo.
Según las cifras de la encuesta, el 27 por ciento de los rusos juzgan a Stalin como un tirano cruel e inhumano. Sin embargo, el 20 por ciento lo llamó sabio y humano, entre el cual está el jefe del Partido Comunista, Gennady Zyuganov, quien comparó a Stalin con “los personajes más grandiosos del Renacimiento”.
Brent y Naumov, el secretario de una comisión del gobierno ruso para rehabilitar a las víctimas de la represión, han pasado años en los archivos de la KGB y de otros organismos soviéticos.
Funcionarios rusos les permitieron el acceso a algunos documentos para su obra más reciente, en la que inicialmente se rastrea el curso fabuloso del Complot de los Médicos, una supuesta conspiración de médicos del Kremlin para asesinar a altos líderes comunistas a finales de los cuarenta.
De hecho, la conspiración fue una invención de funcionarios del Kremlin que, en gran parte, actuaron bajo las órdenes de Stalin. Para el momento en el que Stalin dio a conocer la existencia de la conspiración a un pueblo soviético pasmado en enero de 1953, ya la había aderezado hasta convertirla en un amplio complot, conducido por los judíos bajo la dirección secreta de Estados Unidos, para matarlo a él y destruir a la propia Unión Soviética.
Ese febrero, el Kremlin ordenó la construcción de cuatro gigantescos campos para prisioneros en Kazakhstán, Siberia y el Ártico norte, aparentemente en preparación de un segundo gran terrorismo: en esta ocasión dirigido contra los millones de ciudadanos soviéticos de ascendencia judía.

La última cena

Sin embargo, el terrorismo nunca se produjo. El 1 de marzo de 1953, dos semanas después de que se ordenara la construcción de los campos y dos semanas antes de que los médicos acusados tuvieran que ir a juicio, Stalin se colapsó en Blizhnaya, una dacha al norte de Moscú, después de la cena con sus cuatro camaradas del politburó que duró toda la noche.
Cuatro días después, Stalin murió a los 73 años. Se informó que la causa de la muerte había sido una hemorragia letal en el lado izquierdo del cerebro.
Menos de un mes después, los médicos que anteriormente habían sido acusados de tratar de matarlo, fueron exonerados en forma abrupta y se consideró que el caso en su contra había sido una invención de la policía secreta. Ningún judío fue deportado al este. Para finales del año, Beria se veía frente a una pelotón de fusilamiento y Khrushchev había atenuado la hostilidad soviética hacia Estados Unidos.
En su libro, Naumov y Brent citan relatos que varían muchísimo sobre las últimas horas de Stalin como prueba de que sus colegas del politburó, al menos, no le proporcionaron ayuda médica en las primeras horas de su enfermedad, cuando habría podido resultar efectiva.
Khrushchev y otros recordaron mucho después de la muerte de Stalin que habían cenado con él hasta las primeras horas del 1 de marzo. En el suyo y en la mayoría de los demás reportes se establece que posteriormente Stalin fue encontrado inconsciente, tumbado en el suelo, y un ejemplar de Pravda cerca.
No obstante, ningún médico fue llamado hasta la mañana del 2 de marzo. El por qué sigue siendo un misterio: al poco tiempo, un guardia dijo que Beria había llamado poco después de que encontraran a Stalin y le ordenó que no dijera nada sobre su enfermedad. Khrushchev escribió que Stalin se había emborrachado durante la cena y que sus compañeros, que sabían de su enfermedad, supusieron que se había caído de la cama, hasta que quedó claro que la cosa era más seria.
Más revelador, no obstante, es el relato médico oficial de la muerte de Stalin, proporcionado al Comité Central del Partido Comunista en junio de 1953 y enterrado entre los archivos durante los siguientes cincuenta años hasta que fue desenterrado por Naumov y Brent.
En él se sostiene que Stalin se había puesto enfermo en las primeras horas del 2 de marzo, un día completo después de que, de hecho, había sufrido un derrame cerebral.
El efecto del informe oficial alterado es el de implicar que los médicos fueron llamados rápidamente después de que encontraron a Stalin, en lugar de con un día de retraso.
Los autores plantean que la hemorragia cerebral sigue siendo la explicación más simple de la muerte de Stalin y que el envenenamiento sigue siendo hasta ahora una cuestión especulativa. Pero, médicos occidentales que examinaron el informe oficial sobre los últimos días de Stalin elaborado por los médicos soviéticos, dijeron que efectos físicos similares podrían haber sido producidos por una dosis de cinco a diez días de “warfarina”, la que había sido patentada en 1950 y que en la época había sido promocionada fuertemente en todo el mundo.

El complot que no fue

El por qué Stalin podría haber sido asesinado es una pregunta menos difícil. Los miembros del politburó vivían atemorizados por Stalin; más allá de ello, en el libro se cita un reporte que se había mantenido en secreto como prueba de que Stalin se estaba preparando para agregar una nueva dimensión al supuesto complot estadounidense conocido como el Complot de los Médicos.
En ese informe -el interrogatorio realizado en 1951 a un supuesto agente estadounidense llamado Iván I. Varfolomeyev-, se indica que el Kremlin se estaba preparando para acusar a Estados Unidos de un complot para destruir gran parte de Moscú con una nueva arma nuclear y después iniciar una invasión a territorio soviético a lo largo de la frontera china.
En documentos soviéticos, se denomina al fantástico complot de Varfolomeyev como “el plan del golpe interno”. Stalin, se expone en el libro, le había designado al caso Varfolomeyev la más alta prioridad y se preparaba para proceder con un juicio público, a pesar de los temores de sus subalternos de que debido a que los cargos eran tan increíbles harían que el Kremlin quedara como el hazmerreir del mundo.
Naumov dijo en una entrevista realizada hace una semana que el plan, combinado con otros preparativos militares soviéticos en el extremo oriente de Rusia en aquella época, sugieren fuertemente que Stalin se estaba preparando para una guerra en la costa del Pacífico de Estados Unidos.
Lo que sigue sin quedar claro, dijo, es si planeaba atacar primero o si la conspiración, multiplicándose conforme se desarrollaba en Moscú, era para servir como una provocación que conduciría a que ambas partes llegaran a un punto álgido.
“Se me ha dicho que el único caso en el que ambas partes estuvieron al borde de una guerra fue durante la crisis cubana”, en 1962, comentó. “Pero yo pienso que este fue el primer caso. Y esta primera ocasión en la que estuvimos al borde de la guerra fue aun más peligrosa”, porque la devastación de las armas nucleares aún no era un artículo de fe.
Brent dijo que cree que el temor de un holocausto nuclear pudo haber conducido a Beria y quizás a otros en esa última cena a consentir en la muerte de Stalin.
“No hay duda; tenían miedo. Pero sabían que la dirección en la que Stalin estaba era una de un conflicto cada vez más feroz con Estados Unidos”, dijo. “Esto fue lo que Khrushchev vio y fue lo que Beria vio. Y se asustaron terriblemente”.
Los autores dicen que Stalin sabía de los temores de sus camaradas y como prueba citan observaciones que altos líderes comunistas hicieron durante una reunión efectuada en diciembre de 1952, en la que Stalin comenzó a exponer el alcance del Complot de los Médicos y de la amenaza estadounidense contra el poder soviético.
“¡Hey!, mírense: ciegos, gatitos”, en el registro se establece que dijo Stalin. “No ven al enemigo. ¿Qué harán sin mí?”. Pero, hace 50 años, la vida de este líder de extremos de la ex-URSS es historia.


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