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LA
COLUMNA
Wilfredo
Hernández
vertice@elsalvador.com
¿Estamos locos?
La pregunta se antoja tras un somero repaso de
las noticias de los últimos días, y que aparecen en los
medios de comunicación sin que haya una reacción por parte
de cualquiera de nosotros.
Si el mal es la ausencia del bien, el no ser, que decían los
clásicos, la locura sería la ausencia de la cordura.
Si nos atenemos al origen etimológico de cordura, que proviene
de cor, raíz de corazón en latín, y de chorda:cuerda
de un instrumento musical, podríamos asumir entonces que la cuerda
que controlaba los salvajes impulsos del corazón, la cordura,
se ha desatado y el mundo da vueltas sin sentido como un trompo mal
tirado.
Tanto es así que, el domingo pasado, a un conductor ebrio no
le importó que transportaba personas y con su imprudencia
se llevó de encuentro la vida de catorce personas en Ozatlán,
sólo porque estaba convencido de que borracho manejaba
mejor.
En otro departamento de la zona oriental del país, el hospital
más importante de esa región aún alberga pacientes
en galeras después de resultar dañado por los terremotos
de hace dos años y no se ven visos de una pronta solución,
ni las autoridades dan respuestas a las serias necesidades del nosocomio
migueleño.
O qué me dice del abuelo que asesinó a la nieta de tres
años, en Metapán, sólo porque la niña mucho
lloraba. El señor mantenía a la niña amarrada y
lo sometía a un castigo sistemático porque ya no soportaba
los llantos de la pequeña.
O del asesinato de dos primos en Zacatecoluca por una rivalidad
por una mujer. O del esposo que asesinó a su cónyuge
en San Vicente en un aparente ataque de celos.
Más dramático aún es leer en los periódicos
o ver en los noticiarios que siguen apareciendo partes de cuerpos humanos
en distintos lugares del país y nosotros ni nos inmutamos cuando
nos enteramos, y seguimos con nuestra rutina diaria sin ni siquiera
exigir una investigación realmente eficiente por parte de las
autoridades.
En lugar de eso nos sentamos tranquilamente frente al periódico
o al televisor con una taza de café como si lo que estamos viendo
o leyendo fuera de lo más normal del mundo.
O nos sentamos a ver las imágenes de la guerra en Irak, como
si se tratara de una película de Hollywood, sin siquiera mostrar
un mínimo asomo de sentimiento por el sufrimiento de tanta víctima
inocente, de ambos bandos. Lejos de eso, nos atrevemos a decir que en
la guerra todo es válido, mientras le damos el último
sorbo a la taza de café que tenemos entre las manos.
¿Dónde quedaron los sentimientos? ¿Realmente estamos
locos? Quizá, sí. O cómo explicar que no mostremos
sentimientos a lo que pasa a nuestro alrededor y sigamos nuestras vidas
como si nada. Como dijo alguien, ¡Que se pare el mundo que me
quiero bajar!
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