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LA
COLUMNA
A
propósito de
El 30 de septiembre de 1990, la Organización
de las Naciones Unidas adoptó en la Cumbre Mundial en favor de
la infancia la Declaración Mundial sobre la Supervivencia, la
Protección y el Desarrollo del Niño.
Los firmantes, entre otras cosas, aceptaban que los niños
del mundo son inocentes, vulnerables y dependientes. También
son curiosos, activos y están llenos de esperanza. Su infancia
debe ser una época de alegría y paz, juegos, aprendizaje
y crecimiento. Su futuro debería forjarse con espíritu
de armonía y colaboración. Trece años después,
en la realidad, la infancia de muchos niños es muy diferente
a la descrita.
Hoy en día, como dice el escritor uruguayo Mario Benedetti, en
buena parte del tercer mundo el niño ha pasado a ser
un estorbo analfabeto, una molestia social
sometido a la
indiferencia ciudadana que ha llegado al extremo de ver normal
el que un infante deambule por las calles en horas de escuela o que
se someta a trabajos que no dignifican en nada su condición de
niño.
¿Quien es responsable? Todos. Sí, todos. Porque es muy
fácil delegar la responsabilidad en instituciones o en el estado
mientras usted y yo nos quedamos sentados viendo televisión,
escuchando radio o tomándonos unas copas, y no movemos ni un
dedo por brindar soluciones a la problemática o sin
preguntarnos cuál es nuestra responsabilidad.
Los problemas sociales se solucionan en sociedad. Y el de buena parte
de la niñez en nuestro país nos está reventando
en la cara.
Porque es fácil también desprendernos de unas monedas
al ver una manita extendida por la ventana del carro, en el asiento
del autobús o en alguna acera, lo difícil es cuestionarnos
porqué permitimos esa situación y porqué no la
evitamos, me dijo Mario Lima, de CARE.
Quizá las maras, la violencia, la pérdida de valores y
otros males sociales que actualmente agobian a la sociedad salvadoreña
no existieran o fueran menos si los ahora adolescentes en su infancia
hubieran tenido un poco de
atención.
Sólo un poco.
Muchas veces me he preguntado porqué sólo
en octubre nos acordamos de la niñez. El resto del año
parece que somos insensibles a sus problemas. Ahí están,
pero es como que no estuvieran. Octubre debería ser una oportunidad
para comprometernos a trabajar, de verdad, por nuestros niños,
como lo es diciembre con los propósitos.
Ya no utilicemos a los infantes sólo para ganarnos simpatías,
cargándolos en brazos y haciéndose pasar por ridículos
Papás Noel. Pongámonos serios y trabajemos por el futuro
de El Salvador.
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