5 de octubre de 2003


LA COLUMNA

Wilfredo Hernández
vertice@elsalvador.com

A propósito de…

El 30 de septiembre de 1990, la Organización de las Naciones Unidas adoptó en la Cumbre Mundial en favor de la infancia la Declaración Mundial sobre la Supervivencia, la Protección y el Desarrollo del Niño.

Los firmantes, entre otras cosas, aceptaban que “los niños del mundo son inocentes, vulnerables y dependientes. También son curiosos, activos y están llenos de esperanza. Su infancia debe ser una época de alegría y paz, juegos, aprendizaje y crecimiento. Su futuro debería forjarse con espíritu de armonía y colaboración”. Trece años después, en la realidad, la infancia de muchos niños es muy diferente a la descrita.

Hoy en día, como dice el escritor uruguayo Mario Benedetti, “en buena parte del tercer mundo el niño ha pasado a ser
un estorbo analfabeto, una molestia social…” sometido a la indiferencia ciudadana que ha llegado al extremo de ver “normal” el que un infante deambule por las calles en horas de escuela o que se someta a trabajos que no dignifican en nada su condición de niño.

¿Quien es responsable? Todos. Sí, todos. Porque es muy fácil delegar la responsabilidad en instituciones o en el estado mientras usted y yo nos quedamos sentados viendo televisión, escuchando radio o tomándonos unas copas, y no movemos ni un dedo por “brindar soluciones” a la problemática o sin preguntarnos cuál es nuestra responsabilidad.
Los problemas sociales se solucionan en sociedad. Y el de buena parte de la niñez en nuestro país nos está reventando en la cara.

Porque es fácil también desprendernos de unas monedas al ver una manita extendida por la ventana del carro, en el asiento del autobús o en alguna acera, lo difícil es “cuestionarnos porqué permitimos esa situación y porqué no la evitamos”, me dijo Mario Lima, de CARE.

Quizá las maras, la violencia, la pérdida de valores y otros males sociales que actualmente agobian a la sociedad salvadoreña no existieran o fueran menos si los ahora adolescentes en su infancia hubieran tenido un poco de
atención.

Sólo un poco.

Muchas veces me he preguntado porqué sólo en octubre nos acordamos de la niñez. El resto del año parece que somos insensibles a sus problemas. Ahí están, pero es como que no estuvieran. Octubre debería ser una oportunidad para comprometernos a trabajar, de verdad, por nuestros niños, como lo es diciembre con los propósitos.

Ya no utilicemos a los infantes sólo para ganarnos simpatías, cargándolos en brazos y haciéndose pasar por ridículos Papás Noel. Pongámonos serios y trabajemos por el futuro de El Salvador.


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