3 de agosto de 2003


TRANCAS AL PERIODISMO

Eviten cazar periodistas

Más que enfrentar a periodistas que formularon cuestionamientos a las unidades de prensa en ministerios y autónomas, debe realizarse un trabajo correctivo frente a los problemas de “desgano”, maltratos y dudosa calidad de información que se provee.

Víctor Hugo Dueñas
vertice@elsalvador.com
Mantener alejados a los periodistas de la infotmacioón pública viola uno de principales derechos a infotmarse e infrtmar

“¡Ya identificamos a dos que nos visitan seguido y vamos a hablar con ellos!”, expuso, vía telefónica, una encargada de comunicaciones de un hospital público. Se refería a dos de los 64 periodistas encuestados por Vértice, que evaluaron el trabajo en las oficinas de comunicaciones, prensa o relaciones públicas, en los ministerios y entidades autónomas.

Los nombres de los supuestos culpables surgieron —imagino— luego de una minuciosa revisión y depuración al listado de periodistas que calzaba la edición especial de la revista, publicada el 27 de julio pasado, con el título “Trancas al Periodismo”.

Con dudas razonables de que esa pareja de comunicadores fueran los que calificaron mal a su departamento, la vocera del hospital esperaba que Vértice confirmara o desmintiera sus sospechas. Es más, sugirió abiertamente revisar una a una las encuestas administradas.

Ni lo uno ni lo otro. Si bien se posee la mayoría de nombres de quienes colaboraron con la investigación, la técnica de encuestaje propicia la reserva de identidad de los opinantes.

Además, no se expondría a quiénes formularon cuestionamientos considerando el propósito anunciado: enfrentarlos.

En cuanto a revisar las encuestas contestadas, hay que decirlo de nuevo: el material es exclusivo de Vértice, aunque pueden consultarse datos globales u obtener una copia (impresa o electrónica) de los mismos, como lo solicitaron algunas oficinas de prensa públicas.

Sendos mensajes a los otros miembros de oficinas de prensa gubernamentales con iguales intenciones.

En lo personal, el punto que merece mayor atención se refiere al conglomerado de opiniones (de periodistas que laboran en 25 Medios de Comunicación del país) que permitieron identificar a las “buenas”, “regulares” y “malas” instituciones de prensa oficiales y el cuestionado manejo que dan a la información pública.

Caben inquietudes de cuán objetivas son las respuestas de los periodistas, pero que la mitad o más coincidan en los temas de “desgano”, para calificar el trabajo de las unidades de comunicaciones; que duden de la calidad de información que proveen las entidades o se entreguen datos de forma tardía y parcial, o en el peor de los casos, se nieguen… es para reflexionar con serenidad.

También hay coincidencias sobre el trato “desdeñoso” y “maltratos” que reciben los periodistas, no solo en las oficinas sino de funcionarios.

Frente a este panorama, más que dedicarse a la caza de periodistas lo más sano puede ser una autorevisión, institucional y particular, al interior de las unidades de prensa.

¿Se confirma todo con el silencio?
Ninguna institución evaluada expresó su disposición de acogerse al “derecho de respuesta”, luego de ser calificadas por un conglomerado de periodistas salvadoreños.

En números: once miembros del gabinete, 14 oficinas públicas (en ministerios y poderes de Estado) y 30 oficinas en autónomas, fueron evaluadas por periodistas.
Ninguna, además de las que intentaron localizar a los periodistas que las evaluaron, se pronunció por la lluvia de señalamientos recibidos.
No hubo reacción, al menos pública, para apegarse al “derecho de respuesta” que concede el ejercicio periodístico, a las personas o instituciones aludidas por medio de una publicación.
¿El silencio de los ministros o sus representantes, de los encargados de prensa en las instituciones públicas, significa consentir, por apego a la verdad, la publicación?
De ser así, un trabajo encomiable espera a los funcionarios y sus unidades de comunicaciones, en el sentido de corregir los variados problemas que se les atribuyen, sobre todo, cuando se olvida el carácter público —premeditado o no— de la información que manejan las instituciones del Estado.



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