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REPORTAJE
Estados débiles, estados fuertes
¿Nuestro
país es un terreno seguro en materia financiera? Después
de vivir malas experiencias en el pasado, una sucesión de reformas
ha elevado la supervisión del Estado. Pero no falta quien señale
que el mayor enemigo de la sociedad es la desidia
y el encubrimiento de algunas autoridades encargadas de velar por la
transparencia.
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| Pese a todo, Rodriguez Loucel dice
que volvería a asumir un cargo público. |
Es probable que si le pidieran depositar una cierta
cantidad de dinero en una financiera que le ofrece altos intereses en
corto tiempo recordaría el caso de FINSEPRO e INSEPRO y lo deseche
sin pensarlo dos veces.
Pero también es muy posible que vuelva a caer en una trampa similar
y -al final- se quede lamentando las consecuencias. Como dijo el ex
superintendente del Sistema Financiero, Rafael Rodríguez Loucel,
“estos casos acontecen y vuelven a acontecer, (porque) tenemos
una mente corta porque se olvidaron casos como el de FOMIEXPORT”.
Rodríguez insiste en la debilidad del sistema debido a varios
factores que inciden y vulneran la estabilidad económica de una
nación.
Otras, más graves aún, por las actitudes de algunos funcionarios
de “proteger” a los implicados.
Y en esto coinciden tanto Rodríguez Loucel como Jaime López,
de la organización no gubernamental Probidad, cuando dicen que
muchas veces lo que falla no son los mecanismos de control sino “la
desidia o el encubrimiento de algunas autoridades supervisoras”.
¿Preocupante? Sí. A pesar de que la Superintendencia del
Sistema Financiero (SSF) está amparada en un cuerpo de leyes
-su misma normativa orgánica y la ley de bancos- que le permite
supervisar las operaciones de las entidades financieras; además
de contar con una central de riesgo de deudores, sistemas contables
estadísticos, entre otros, y obliga a las entidades supervisadas
a aplicar la llamada norma prudencial que regula los riesgos inherentes
en una financiera. Aún así parece que no es suficiente.
En teoría, legalmente estamos protegidos. Sin embargo, ante las
actuaciones personales de algunos funcionarios enquistados en las entidades
de supervisión, estamos expuestos porque “no hay normativas
que obliguen a la rendición de cuentas de los involucrados en
estos casos”, de acuerdo con López.
La protección
Rodríguez Loucel, superintendente financiero en el período
que ocurrió el escándalo FINSEPRO e INSEPRO, señala
que “se extienden cortinas de humo para proteger a las personas
involucradas”.
Siete años antes de que se desatara el último escándalo
financiero, que alcanzó cifras que rondan los mil 400 millones
de colones presuntamente defraudados a más de mil ahorrantes
(incluyendo entidades gubernamentales e, incluso, a la misma Iglesia
Católica), había entrado en vigor el Programa de Saneamiento,
Fortalecimiento y Privatización del Sistema Financiero que, entre
otras bondades, establecía constituir reservas de saneamiento
y ajuste de estados financieros que reflejaran la realidad monetaria
de las instituciones. Es decir, que mostraran la solvencia o los posibles
problemas de iliquidez que tuvieran las entidades.
Pero el escándalo demostró que a la ley le faltaban dientes.
Luego de las lecciones aprendidas con FINSEPRO e INSEPRO, dos años
después es reformada la Ley de Bancos y Financieras, y pasó
a llamarse Ley de Bancos.
Entre las modificaciones que se le hicieron a la normativa resalta,
sobremanera, el criterio de la SSF.
La potestad que tiene ahora la SSF, como ente supervisor, es mayor cuando
se trata de analizar para hacer supervisión consolidada de grupos
financieros como también para actuar en el caso de una captación
ilegal. Eso “no era posible durante la época del fraude
(de FINSEPRO e INSEPRO)”, señala un técnico de la
institución al ser cuestionado sobre el tema.
Otra de las reformas importantes, de acuerdo con la misma fuente, es
la creación del Instituto de Garantía de Depósitos
(IGD), que perseguía garantizar los depósitos del público
hasta por $6,700, según el artículo 167 de la ley, en
caso de disolución y liquidación forzosa de un banco miembro.
Lo que falló
Si se tiene toda esa normativa, y de hecho gran parte de ella existía
desde antes del escándalo de FINSEPRO e INSEPRO, entonces ¿cómo
es que fallaron esos controles? ¿Estamos protegidos actualmente
ante posibles casos fraudulentos?.
Luz María de Portillo, presidenta del Banco Central de Reserva
(BCR), asegura que sí lo estamos. Según ella, la legislación
financiera del país se ha fortalecido.
Además, agrega, con el IGD no sólo se reforzó la
normativa, sino que incorporó responsabilidades a las instituciones
bancarias y auditores externos, ya que obliga a la divulgación
informativa al público y tipifica como delito la captación
de fondos públicos sin autorización.
Según de Portillo, la misma Ley de Integración Monetaria
introduce requisitos de liquidez a los bancos con el fin de que cuenten
con los recursos necesarios para atender oportunamente sus obligaciones.
“En septiembre de 2002, un conjunto de reformas a la Ley de Bancos
amplió las facultades de la SSF para actuar de manera correctiva
y se desarrolló un proceso ordenado de salida del mercado de
bancos en problemas. Con esta reforma se mejoraron las normas para la
prevención y manejo de riesgos. Con base en esto, el capital
exigido está en función de los riesgos que los bancos
asumen”, añade de Portillo.
La SSF prefiere decir que la posibilidad de que aparezcan fraudes similares
al pasado “ha disminuido” por las modificaciones legales
que plantea la presidenta del BCR.
Sin embargo, dice la institución, “así como una
buena supervisión es imprescindible para reducir las posibilidades
de que ocurra un fraude, también lo es la disciplina de mercado.
Los usuarios del Sistema Financiero deben tener cuidado en las decisiones
financieras que toman”.
Probidad concuerda en parte con ambos funcionarios. Acepta que en el
caso de las estafas millonarias no fallaron los controles, lo que permitió
el fraude, sostiene, “fue la desidia o el encubrimiento por parte
de las autoridades supervisoras”.
Rodríguez Loucel va más allá y tilda a la SSF de
ser “un tigre sin dientes” porque “no tiene las herramientas
jurídicas ni administrativas para operar” o al menos no
las tenía durante su gestión. Sin embargo, la protección
existe. La presidenta del BCR considera que la legislación actual
es un pilar fundamental para la estabilidad del sistema financiero por
cuanto ha sido diseñada con base en principios internacionales.
La Supertintendencia estima que los ahorrantes están conscientes
de las ventajas y los riesgos del sistema bancario, así como
de la calidad entre uno y otro. El público debe ser “cuidadoso
dónde colocan su dinero”.
El pelo en la sopa
Como ayuda, dice, se han hecho esfuerzos para mejorar la información
del sistema que se le
brinda a los usuarios. La SSF, por ejemplo, publica por diferentes medios,
entre otros, cuáles son las entidades autorizadas para captar
fondos “ a fin de que los usuarios sepan distinguir entre las
entidades legales e ilegales y estén conscientes del riesgo que
ello significa”, advierte.
Luz de Portillo del BCR observa que el mismo hecho de otorgarle a la
SSF facultades legales para supervisar o sancionar (en caso de infracciones)
para que actúe de manera oportuna y preventiva, es parte de la
modernización, de la legislación financiera y, por ende,
de la estabilidad del sistema financiero.
¿Nuestro Estado es más fuerte o débil después
de casos de defraudación pública como los señalados?
El último informe sobre el Índice de Percepción
de la Corrupción 2003 ubica a El Salvador entre las naciones
que mantienen un grado preocupante de corrupción (ver nota aparte).
El índice juega con una escala del 1 al 10 donde quien se acerca
a 1 es más corrupto, mientras que en sentido ascendente están
aquellos países con sistemas de fiscalización pública
más transparentes.
Por su parte, el especialista estadounidense Jim Wesberry, ex-director
del Proyecto de Responsabilidad/Anticorrupción en las Américas,
estima que la lucha contra la corrupción no solo requiere de
instrumentos de ley. “El Salvador no es diferente respecto de
sus hermanos estados centroamericanos, continentales y mundiales. La
imagen de todos es mala”, dice.
Wesberry enfatiza que “los gobiernos democráticos son espejos
que reflejan a sus ciudadanos. Hasta que los ciudadanos mismos lleguen
a ser plenamente incorruptos e incorruptibles por medio de un cambio
total de sus propios corazones, no habría ninguna esperanza de
vencer a la corrupción en el planeta”.
La
mala nota en transparencia
Una organización no gubernamental con sede en Alemania
clasificó el trabajo público de nuestro país
con un nivel preocupante de corrupción. La ONG define la
corrupción como “valerse de algún cargo público
en beneficio propio”. ¿Le suena?
El trabajo
de nuestros políticos y funcionarios públicos está
en entredicho. Al menos, eso se interpreta a la luz del último
informe del Índice de Percepción de Corrupción
(IPC) elaborado por la agencia alemana Transparency International
(TI) corrrespondiente a este año.
TI, fundada en 1993 y con sede en Berlín, Alemania, es
una organización no gubernamental líder dedicada
en exclusivo a la lucha contra la corrupción.
De 133 países observados, TI ubica a El Salvador entre
las naciones que mantienen un nivel preocupante de corrupción.
En una medición donde 10 es “altamente limpio”
y cero es “altamente corrupto”, TI coloca al país
con un índice de 3,7. En la región sólo superamos
a México (3,6), Panamá (3,4), Nicaragua (2,6), Guatemala
(2,4) y Honduras (2,3).
El IPC se concentra en la corrupción del sector público
y la define como el “abuso de un cargo público para
el beneficio privado”.
Las últimas informaciones dan cuenta de las prácticas
“ocultas” de muchos funcionarios que se han valido
de su cargo para ganar licitaciones o proyectos de envergadura.
Y es que para nadie es secreto que, en los últimos años,
la política, más que servicio se ha convertido en
una oportunidad de beneficio personal.
Algo distinto, según TI, ocurre en Finlandia, Islandia,
Dinamarca, Nueva Zelanda, Singapur y Suecia, países que
alcanzaron niveles arriba de nueve.
En el área, El Salvador está abajo de Costa Rica,
que presenta un nivel de percepción de corrupción
de 4,3.
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