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PIEDRA
DE TOQUE
La
verdad sospechosa
En
el mes que llevo en Washington DC me ha impresionado la falta de equidad
con que,
casi sin excepciones, los grandes medios de comunicación de Estados
Unidos informan
sobre el conflicto palestino-israelí.
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A diferencia de lo que ocurrió en Argentina con
la comisión presidida por Ernesto Sábato y su informe
sobre la violencia y los desaparecidos durante la dictadura militar,
Nunca más, ampliamente reconocidos en el país y con una
enorme repercusión internacional, el trabajo de la Comisión
de la Verdad y la Reconciliación, en el Perú, documentando
los abusos a los derechos humanos y los crímenes contra la humanidad
perpetrados desde que, en 1980, Sendero Luminoso inició la lucha
armada hasta la actualidad, apenas ha tenido eco en el extranjero y,
en el Perú, ha generado una polémica en la que proliferan
los ataques y descalificaciones a la Comisión, que presidió
un distinguido filósofo y rector de la Pontificia Universidad
Católica, Salomón Lerner Febres.
Sus críticos comprenden un abanico político en el que
se codean los cómplices y sirvientes de la dictadura de Fujimori,
militares temerosos de ser enjuiciados, el Arzobispo de Lima, varios
partidos políticos de estirpe democrática –Acción
Popular, el APRA, el Partido Popular Cristiano- e independientes convencidos
de que el trabajo de la Comisión en vez de reconciliar a los
peruanos va a ahondar aún más sus divisiones porque en
su investigación y conclusiones hay el recóndito propósito
de atenuar los crímenes de Sendero Luminoso y del MRTA (Movimiento
Revolucionario Túpac Amaru) inflando desproporcionadamente los
asesinatos y torturas cometidos por el Ejército y la Policía
en la lucha anti subversiva. Para fundamentar estas acusaciones, los
críticos señalan la antigua vinculación de algunos
de los miembros de la Comisión con organizaciones de izquierda.
Estas críticas son totalmente infundadas. La verdad es que la
Comisión, en los dos años de trabajo, ha hecho un esfuerzo
casi sobrehumano para conocer la verdad de lo ocurrido durante estos
últimos veintitrés años, desde que, justamente
cuando el Perú recuperaba la democracia luego de doce años
de dictadura militar, Abimael Guzmán y sus huestes maoístas
fundamentalistas iniciaron la “guerra popular” que nos iba
a conducir a los peruanos a un paraíso igualitario. En verdad,
nos precipitó en un infierno de horrores cuyas víctimas
principales, y abrumadoramente mayoritarias, fueron aquellos campesinos
misérrimos a los que la Revolución se proponía
redimir. Entrevistando a millares de personas de toda procedencia y
condición, consultando documentos oficiales y materiales procedentes
de muy diversas fuentes –incluidos los partes militares e informes
de los propios subversivos a los que pudo tener acceso-, diarios, revistas
y panfletos, cruzando y procesando esta información, los miembros
de la Comisión presidida por Salomón Lerner Febres han
llegado a reconstruir una realidad que, pese a su vertiginoso salvajismo
e inhumanidad, parece expresar con un máximo de objetividad la
verdad histórica de la violencia política y social en
estas últimas dos décadas en el Perú.
La práctica generalizada
Las conclusiones no pueden ser más atroces. Más de 69
mil personas murieron o desaparecieron a consecuencia de la guerra subversiva
–el doble de lo que se creía-, tres cuartas partes de las
cuales eran campesinos quechua hablantes de la región andina,
muchas de ellas víctimas inocentes sacrificadas en exterminios
colectivos perpetrados por Sendero Luminoso o por las fuerzas del orden
para sentar un ejemplo, escarmentar a una comunidad o, simplemente,
para que no quedaran testigos de exacciones y crímenes. La tortura
fue una práctica generalizada de uno y otro lado y de ella no
se libraron ni los ancianos, ni las mujeres ni los niños. Las
matanzas, los crímenes individuales, las represalias enloquecidas,
los pillajes, los secuestros, el saqueo sistemático, están
documentados en el informe de la Comisión con una minucia tal
que muchas veces quien se sumerge en ese lodo de crueldad y degradación
debe cerrar los ojos y respirar hondo, para contener el llanto y la
náusea. ¿O sea que eso es también el Perú?
No me extraña que muchos peruanos prefieran no enterarse y opten
por recusar a la Comisión con descalificaciones políticas.
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No es cierto que el informe atenúe la responsabilidad
primera y mayor de Sendero Luminoso en esta orgía de violencia,
y la del MRTA, el otro grupo subversivo. Por el contrario, a cada momento
subraya que sin la demencial insensatez que, en un país de tan
débiles instituciones democráticas –para no decir
nulas- y con los tremendos antagonismos, frustraciones, prejuicios y
odios empozados de la sociedad peruana, significaba iniciar una guerra
contra el Estado, jamás se habría producido el cataclismo
sanguinario que arrasó aldeas y pueblos, destruyó viviendas,
carreteras, puestos de trabajo, empobreció aún más
a una región ya pobrísima, y, de otro lado, provocó
una violencia desmesurada en unas fuerzas del orden que, además
de no estar en absoluto entrenadas ni equipadas para hacer frente a
una acción insurreccional, estaban habituadas por una larga tradición
de gobiernos militares y autoritarios a actuar con olímpica prescindencia
de la legalidad. Una legalidad, por lo demás, como muestra fehacientemente
el informe de la Comisión, que no respetaban ni los partidos
políticos, ni el Parlamento, ni las autoridades, y todavía
menos que nadie los tribunales y los jueces. Una legalidad que era una
simple ficción, sobre todo para un país que acababa de
emerger –una vez más en su historia- de una dictadura castrense.
Con impecable lógica, la Comisión de la Verdad reprocha
al Gobierno de Belaunde Terry haber vacilado muchos meses antes de reconocer
la existencia de un movimiento subversivo en Ayacucho y haber actuado
en consecuencia. Se lo reprochamos también nosotros, en 1982,
los autores del Informe sobre Uchuraccay, cuyas conclusiones centrales
–más vale tarde que nunca- la Comisión ha terminado
por convalidar. Pero las razones por las que Belaunde se resistía
a llamar al Ejército a debelar la subversión de Sendero
Luminoso no eran gratuitas. Era, simplemente, que él sabía
muy bien lo que iba a pasar. A mediados de los sesenta, la insurrección
castrista del MIR y del ERL fue sofocada por el Ejército, que
luego de aplastar a los guerrilleros aplastó la democracia e
inauguró la ignominiosa dictadura del general Velasco.
El estado de inseguridad que el terrorismo propagó en la sociedad
sirvió, al cabo de los años, para que una mayoría
de peruanos celebrara alborozada el golpe de Estado de Fujimori y apoyara
a la cleptocracia autoritaria que gobernó el país hasta
1999.
A unos como a otros
El Informe hace también una crítica severa a la izquierda
legal –representada por Izquierda Unida en esos años- que,
pese a estar contra la acción armada y haber sido víctimas
del terrorismo algunos de sus militantes, se mostró dubitativa
y confusa, sin hacer una clara toma de posición contra la subversión
y a favor de la democracia, y que, en determinadas ocasiones, incluso
contribuyó a socavar las renacientes instituciones democráticas.
¿Por qué un Informe tan visiblemente juicioso y moderado,
que a cada página se esfuerza por no extralimitarse ni sesgar
sus juicios, sino mantenerse dentro de una posición serena y
de máxima imparcialidad, ha provocado la reticencia cuando no
el rechazo de muchos peruanos? No me refiero a los que por razones interesadas
–los fujimoristas, los autores de crímenes contra los derechos
humanos que podrían ser procesados- condenan a la Comisión,
sino a muchos ciudadanos bien intencionados y decentes, que deberían
ser los primeros en aplaudir este gigantesco esfuerzo para sacar a la
luz una verdad escondida de nuestra historia moderna, y, sin embargo,
prefieren exorcizarla. Porque la imagen que este Informe presenta de
nuestro país es espantosamente triste: la de un país sumido
en la barbarie, donde, bajo una frágil y delgada fachada de modernidad
y civilización, imperan todavía la ley del más
fuerte y los instintos prevalecen sobre las razones, y tienen una vigencia
abrumadora el racismo, la ignorancia, y la brutalidad sin límites
que ejercitan los poderosos contra los débiles y los débiles
y pobres entre sí.
Eso es también nuestro país y es mejor que los peruanos
lo asumamos con determinación, con vergüenza y, sobre todo,
con la voluntad de superarlo. Sin proponérselo, la Comisión
de la Verdad y la Reconciliación, además de un catastro
de la violencia política, ha elaborado el más sólido
y documentado testimonio sobre el subdesarrollo peruano.
Este informe deberían leerlo y estudiarlo los políticos,
ser un manual en las escuelas, consultarlo los militares y los jueces,
analizarlo y discutirlo en las universidades y en los sindicatos, y
por todos los medios hacerlo conocer de grandes y chicos, de provincianos
y limeños, de costeños, serranos y selváticos,
para que todos los peruanos sepan de una vez, y a fondo, lo que es y
no debe seguir siendo ya más nuestro país.
Pero este Informe en su estado actual jamás llegará a
ser leído sino por un puñadito de personas. Consta de
cerca de tres mil páginas que, aun cuando se publicaran en libro,
llegarían apenas a unos cuantos lectores. Además, escrito
por muchas manos, es a veces repetitivo, pesado de leer, por momentos
farragoso y aquejado en ciertas páginas de esa jerga sociológica
que desmoraliza al lector más avezado.
Ese informe debe ser reducido drásticamente y estilísticamente
unificado para que tenga la claridad expositiva y la ebullición
de ideas que tiene el discurso con que Salomón Lerner Febres
lo presentó en la Plaza de Armas de Ayacucho el 28 de agosto
de 2003.
Él y sus compañeros de trabajo deben sentirse sorprendidos
y afligidos con las críticas injustas que les llueven en estos
días como premio a su admirable esfuerzo. Que no se preocupen:
tarde o temprano serán desagraviados con el respeto y la gratitud
de millones de peruanos.
© Mario Vargas Llosa, 2003.
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