2 de noviembre de 2003


LAS ÚLTIMAS GOLONDRINAS

El culto a la muerte

Mientras unos recuerdan hoy a sus muertos, otros batallan por vivir o deambulan por las calles sin saber su destino. En un escenario violento, no se sabe qué tiene mayor valor, si la vida o la muerte.

Wilfredo Hernández, Alicia Miranda y Mirella Cáceres Fotos: Álvaro Lopéz
vertice@elsalvador.com

Vivir o morir. ¿Qué es más ventajoso? A lo mejor uno más que lo otro, lo cierto es que, para los salvadoreños, ambas situaciones tienen un significado muy particular.
Si bien este día es asumido por gran parte de la población con respeto y acuden a los cementerios a enflorar las tumbas de sus difuntos, la muerte y la misma vida son conceptos que, por lo general, se miran más desde el ángulo del sarcasmo y la comicidad que de la reflexión.

Aun cuando están en situaciones adversas y sobre todo en un clima de violencia, los salvadoreños sobreviven y hasta se consienten felices a pesar de todo. Pero esto, más que conformismo, parece una peligrosa costumbre ante los altos índices de violencia que sólo este año ha provocado la muerte de mil 500 personas según el Instituto de Medicina Legal, un 70% de ellas con arma de fuego y la mayoría registradas en San Salvador.

Hasta el año pasado, entre los salvadoreños circulaban legalmene unas 200 mil armas de fuego y unas 450 mil de forma ilegal. Y si a esta situación se agrega los efectos del problema de las pandillas, del cúmulo de enfermedades previsibles y de la violencia intrafamiliar, podría decirse que el salvadoreño convive con la muerte. Quizás por eso un grupo de brujos de Izalco celebró hace unos días un rito de invocación a un difunto, quien en vida demostró poderes sobrenaturales, para que los protegiera de tanta violencia.

En el otro extremo del territorio nacional, en Cacaopera, Morazán, unos 13 mil descendientes lencas creen que tanta violencia es originada por nosotros mismos, en la medida que dañamos la naturaleza, el símbolo de vida. Si lo vemos desde la óptica del cristianismo, si bien se habla de una mejor vida más allá de la expiración, también se reconoce que el valor de la vida lo hemos devaluado.


LAS ÚLTIMAS GOLONDRINAS

La cosmovisión popular de muerte

Tres escenarios, tres cosmovisiones de la muerte. Los salvadoreños conviven cada día en un curioso sincretismo de creencias y ritos que, muchas veces, hacen más liviano el tránsito de la vida al más allá, y se olvidan por un momento de la realidad.

Eusebio Rodríguez trabaja fabricando ataúdes en la población de Cacaopera desde hace muchos años.

Doña Juana Bautista se fue de este mundo como ella quería. En vida, les pidió a sus hijos que le llevaran mariachis a su velorio, y ellos le cumplieron.

Así, al compás de “El Ayudante”, “La vida no vale nada”, “Madrecita querida”, entre otras joyas de la música vernácula, vecinos y familiares dieron su último tributo a la matriarca de la familia Cruz, en Cacaopera, Morazán, territorio lenca.

Y no es que no sintieran dolor. Lo que pasa es que en el interior del país hay otra visión de la muerte que, muchas veces, mezcla aspectos míticos de culturas precolombinas.

Cacaopera es una población del oriental departamento salvadoreño de Morazán de 135 mil 73 kilómetros cuadrados. Ahí se mezclan las tradiciones de unos 13 mil lencas kakawiras con las de 7 mil ladinos.

Esa localidad es una de las pocas del país que aún mantienen vivas las cosmovisiones de sus ancestros, quizá por eso es el bajo índice delictivo, según el puesto policial de la ciudad.
“Aquí lo más común son los hurtos, pero pequeños”, dijo el agente Manuel Villatoro.

En la cultura kakawira (‘Cacaopera’ después de la colonia), la muerte es sólo un paso de un nivel a otro, un paso a otra dimensión. “Es como pasar de una puerta hacia otra”, según Miguel Amaya, del Consejo de Guías Espirituales de Cacaopera.

Los kakawiras sostienen que venimos de la tierra, vivimos en la tierra, dañamos a la tierra y al final nuestro cuerpo regresa a la tierra, mas no el espíritu, que es el que va a otra dimensión.
Para ellos, las festividades de los muertos duran nueve días. Del 27 de octubre al 4 de noviembre. Cuando invocan a los espíritus para que se integren a la familia, compartiendo ayote y miel, los alimentos especiales de los difuntos, según su cultura.

En el velorio de doña Juana no había ayote y miel, pero sí mucho arroz blanco, pollo frito y tortillas calientes. Otra tradición ladina de esos pueblos. “Lo hacemos como agradecimiento por habernos acompañado”, me dijo el nieto de la difunta a manera de explicación.

Y los presentes, agradecidos, daban buena cuenta de su manjar. Había hasta para llevar.
“Anoche estuvo mejor”, me dijo un hombre con rasgos indígenas típicos del lugar. No me fue imposible imaginármelo. Una buena dotación de café, pan dulce, tamales de gallina, naipes, licor y los infaltables chistes “para hacer más llevadero el dolor”. Un buen velorio de pueblo.
Y es que en los pueblos, como dice Rafael Rodríguez Díaz, “el velorio, muchas veces, se hace jolgorio”.

Ahí, niños, jóvenes, ancianos comparten el dolor y lo hacen propio, pero con una peculiar y muy especial manera.

En algunos pueblos del interior del país aún se observan un profundo respeto a la tradición de los ritos religiosos

“Allí (en los pueblos) no es como en San Salvador”, dice Rodríguez Díaz. “Todo se hace en comunidad. Aquí vos velás solo a tus muertos”, agrega.

Y tiene razón el escritor, en las áreas urbanas, toda la idiosincrasia en torno al último adiós al difunto, toda la tradición de estos pueblos ha sido sustituida por velaciones silenciosas y cortejos que además cuestan mucho dinero. En un pequeño sondeo a nivel de cinco funerarias, se comprobó que los costos de los servicios funerarios oscilan entre los $100 y los $7,000.

Todo depende de la calidad del féretro, la preparación del cuerpo, el alquiler de la sala de velación, el ataúd, el personal de servicio y hasta la calidad del café.

En empresas como el parque memorial Santa Elena sólo el valor del féretro cuesta unos $1,000 mientras que en María Auxiliadora la más lujosa caja mortuoria puede alcanzar los $5,500.

Estos gastos se amplían si ante la falta de espacios que ofrecen hoy día los camposantos municipales, se busca enterrar en uno privado. Los precios también varían de acuerdo a la clase de servicio, éstos pueden alcanzar los $5,000.

Sin siquiera imaginar estos costos, doña Juana Bautista tiene mucho que agradecerle a Dios, pues fue enterrada con honores sencillos y no estuvo sola. Sus vecinos nunca se despegaron de esas sillas metálicas dispersas en un angosto corredor de piso de tierra, muy juntas para que diera abasto.

Los comentarios daban cuenta de que su muerte fue repentina. “Ninguna dolama”, ningún síntoma que hiciera sospechar lo peor, hasta que apareció ese inoportuno derrame cerebral.

Sin embargo, las meditaciones tuvieron que cesar. Faltaban veinte minutos para que se iniciara el cortejo fúnebre y había que cumplirle el último deseo a doña Juana.

El cadáver salió al compás de la música vernácula como debe ser: con los pies por delante. “Si lo hacen al revés, me dijo una señora con autoridad de quien se las sabe todas, el espíritu regresa y se lleva a toda la familia uno por uno”.

Y la música siguió durante toda la procesión rumbo al cementerio. De vez en cuando era interrumpida por unos tímidos cánticos religiosos; pero, después de unos minutos, volvían los mariachis a la carga. Doña Juana se iba de este mundo como ella quiso. Su devoción religiosa se mezcló con sus gustos paganos.

A la 1:25 de la tarde, el ataúd con los restos de doña Juana traspasaba el umbral de la puerta del camposanto y, como dice en la cornisa, “terminó con los odios y canceló los rencores”, a pesar de que el cura del pueblo le falló.

El hermano Macario

Al otro lado del país el protagonista era un hombre. La mañana del 27 de octubre, la tumba de Macario Canizález, en el cementerio de Izalco, Sonsonate, era la envidia de sus vecinos

Muchas veces, los ritos tienen un curioso sincretismo de tradiciones en los distintos pueblos.

Seis personas colocaban flores y velas en el mausoleo forrado de azulejos, donde 45 personas habían llegado a celebrar con una vigilia el día del hermano Macario, a quien en vida se le atribuyeron poderes sobrenaturales y que después de su muerte se convirtió en el auxilio y protector de los grupos espiritistas de Izalco y del país.

Douglas Rivera, uno de los dos guías espiritistas que habían llegado esa mañana, realizaba los rituales alrededor del nicho de Macario sin que le importara la presencia de los curiosos; incluso, nosotros.

El otro, identificado como José, miraba -sentado en el brazo de una cruz- con desconfianza a
los intrusos. “¿Qué quiere saber? Usted va a poner que venimos porque tenemos fe. ¡Eso es lo que va a poner en el reportaje!”, ordena con autoridad.

Ese recelo de José, por proteger la intimidad de la ceremonia, recuerda el alma guerrera de los pipiles que habitaron en esa zona occidental del país. Satisfecho con su intervención, José vuelve a fijar su vista en el ritual. La ceremonia, poco habitual por cierto, consiste en rociar alcohol a las flores, mientras las demás personas, entre adultos y niños, fuman sendos puros (cigarrillos artesanales) hasta impregnar el lugar de un fuerte olor a tabaco.

La devoción con la que fumaban parecía que cada bocanada significaba un favor pagado. Media hora más tarde, cuando no quedó tabaco sin fumar, Douglas ordenó que comenzara la serenata preparada para el hermano Macario.

Y las melodías comenzaron a sonar, entre ellas, sorpresa, “Amor eterno”, del cantautor mexicano Juan Gabriel. Y la balada sonó.

La desconfianza

Estos grupos se enfrentan a diario con la desconfianza de muchas personas o con el rechazo. “¡Qué cosas!”, dijo un señor que hacía unos minutos se había sentado en una tumba. “Esta gente tiene que creer en el abogado de las prostitutas y de los borrachos porque no hay quien los proteja. ¡Izalco ya no es el mismo de antes”, aseguró.

Quizás recordó los altos índices de violencia en el municipio el año pasado. Según reporta el Instituto de Medicina Legal, Izalco presentó los mayores porcentajes de homicidios en el departamento occidental.

Cuando la primera ceremonia terminó, el segundo grupo comenzó a prepararse para su ritual; aunque, antes pidió, una vez más, privacidad.

A la entrada del cementerio, recostados sobre un mausoleo, dos hombres dan crédito a los poderes del hermano Macario y sus seguidores. “Aquí se les respeta mucho esas creencias. Y, bueno, parece que los muertos ayudan más que los vivos ¿verdad?”, reflexionaron.
Izalco se aferra a una devoción poco entendida por muchos.

Una visión de mundo que describe como desde los pipiles hasta los devotos del hermano Macario Canizález, le sonríen a la muerte, en lugar de llorarle. O temerle.

El efecto de la violencia amenaza colapsar la capacidad de los cementerios.

Ficción o realidad

En San Juan Nonualco, José Luis Ramírez, sí dice temerle a la muerte, sobre todo si a una persona lo acechan seres sobrenaturales, sombras que aparecen de la nada, en calles solitarias y cercanas al cementerio, del que por cierto es su administrador. “Creo que con un asaltante se puede dialogar, pero con una aparición uno no puede hacer nada”, explica.

Los pobladores de San Juan están repartidos entre creer o no creer sobre la existencia de un mundo más allá de la vida física. Mientras personas como Luis, incluso, dan fe a la visita de otros seres, otros como Teresa Guevara se resisten. Ella vive en el barrio El Calvario, escenario de variadas historias fantasmagóricas que envolvieron en pánico a todo el poblado. “Yo nunca oí nada, nunca vi nada, creo que son tonteras”, dice.

Al parecer, hasta los años setenta, sus calles testificaron de brujos transformados en animales,
mujeres vestidas de negro que emitían lamentos, enormes caballos y funerales nocturnos que pretendían llevarse a más de alguno.

Hoy, a inicios del nuevo siglo, son leyendas para los viejos y “paja” para los jóvenes. Hoy se

vincula la muerte a algo que le puede pasar a cualquiera porque la delincuencia está presente en todos lados.

Sin embargo, esa línea entre la muerte y la vida parece muy delgada. Jóvenes como Ernesto Guevara, cuentan que en el cementerio hacen ritos. ¿Ritos de muerte? preguntamos. “Eso no se lo puedo decir”, contesta con una sonrisa pícara.

Costumbres mayas

Tan natural como la vida es la muerte
Los tratados y convenios internacionales son el marco de la Ley para la Determinación de la Condición de Personas Refugiadas en El Salvador.

Asilados políticos y refugiados pueden solicitar la misma oportunidad de permanecer en El Salvador. Sin em qu
En el caso del asilo político, será el gobierno el que bajo su discrecionalidad le otorga o no esta condición a una persona. Básicamente, estos son los dos instrumentos elementales en los que responde la Ley.

Cultura árabe

El delgado camino de la salvación
Los árabes tienen la idea del paraíso y el infierno como premio y castigo, sólo que para arribar al paraíso las almas de los bienaventurados, dice el Corán, deben pasar por el grueso de un cabello: así, sólo llegan a la meta aquellos que tienen fe y no se caen por esa travesía.
La idea de la resurrección es determinante, así como la concepción del pecado.

Cultura oriental

El respeto a la inmortalidad del alma
En la cultura oriental, al sudoeste de Asia, se cree en la inmortalidad del alma. Por esta razón los ancianos y ancestros fallecidos son respetados. La muerte es recibida con ritos fúnebres de las culturas taoístas y budistas.
Los miembros de la familia se abstienen de comidas abundantes o celebraciones de cualquier tipo durante un tiempo. Después de que el período de duelo termina, continúan realizando ritos ceremoniales y rindiendo tributo al alma del fallecido cada aniversario de su muerte, ya sea en el día de los Difuntos como en otros festivales importantes.

Datos:

MUERTES 185

El número de homicidios que reporta la PNC en Sonsonate hasta la fecha es el segundo lugar. 18
Los homicidios ocurridos en el departamento de Morazán de enero a septiembre de 2003.

ARMAS 727
El número de muertes producidas por armas de fuego, según el Instituto de Medicina Legal.

EN ABRIL 229
Los homicidios reportados por la PNC en el mes de abril, considerado el más violento de 2003.

DELITOS 173

El número de homicidios por delincuencia que reporta la PNC hasta septiembre 2003.

CASOS 1,519
Homicidios a causa de la violencia social, según la PNC hasta septiembre de 2003.

 


LAS ÚLTIMAS GOLONDRINAS

“Morir es intrascendente”

El escritor Rafael Rodríguez observa que, si bien los salvadoreños viven rodeados de violencia y acostumbrados a ella, no están sensibilizados frente a la muerte. No la asumimos con responsabilidad.


Mirella Cáceres

El escritor Rafael Rodríguez junto a una pintura alegórica a la muerte que decora la capilla de la UCA.

No se considera una persona creyente, pero piensa en la muerte como un paso hacia una región desconocida para la que debemos estar preparados.

Al hablar con este escritor salvadoreño, autor -entre otros libros- de “Temas Salvadoreños”, se advierte una especie de admiración hacia toda la tradición popular que rodea el concepto entre los salvadoreños, una tradición que -lamenta- se esté sustituyendo por el dios ídolo: el dinero.

Vértice: ¿Cómo explicaría el concepto de muerte?
Rafael Rodríguez:
Pienso que la muerte es una incógnita. ¡Sería interesante que fuera algo agradable! La muerte es como una especie de pasaje hacia una región desconocida, lo que algunos llaman la región de los sueños o de la inconsciencia completa. ¡Uno debe prepararse!

¿Cree que hay que prepararse?

Es que lo vemos muy dramáticamente cuando en realidad es algo natural . En otras culturas, por ejemplo los orientales, se lo toman como algo natural.

Pero aquí parece que la muerte no asusta. En los velorios hasta chistes hacen.

En el libro “Temas Salvadoreños” planteo que hay una especie de fascinación por la muerte.

¡Aquí la vida no vale nada!


La gran cantidad de asesinatos y mucha violencia me indica que la muerte es algo cotidiano. Antes, los ritos populares que se realizaban en el día de los difuntos, por ejemplo, le daban a la muerte una trascendencia; pero, en la sociedad contemporánea, eso se ha perdido.

¿Cómo se ha perdido?

Es que vemos tantas cifras de muertos, de accidentes, que nos vamos insensibilizando. Vivimos con la muerte pero no le damos un sentido trascendente; más bien nos acostumbramos a la idea. En ese sentido, hay una familiaridad con la muerte.
Estamos en una situación que no es la deseable. No valoramos la vida ni la muerte. Hay que asumir la muerte de una forma madura. ¡Me refiero a que tenemos que prepararnos para ese momento! Hay que tomar la muerte en su justa medida; asumirla con responsabilidad.

¿Hay algún remedio a esa insensibilidad?

¡Espero que sí! Lo que sospecho es que esta sociedad “light”, globalizada, ayuda poco. Lo que se va haciendo es sustituir la trascendencia o el sentido por la vida y la muerte por ídolos como el dinero, por ejemplo.


“La vida está amenazada”

Oscar Rodríguez, sacerdote católico, cree que la cultura de la muerte deriva en antivalores que atentan la vida.

Alicia Miranda

El padre Rodríguez cree para el cristiano la muerte no es el fin.

La vida debe valorarse por cuanto es un don divino. Así lo define el párroco de la iglesia María Auxiliadora de San Salvador’. La violencia social, la pena de muerte y la práctica del aborto constituyen antivalores y un reflejo de que el valor de la vida ha disminuido, es decir, se ha devaluado.

Vértice: ¿Cuál es el valor de la vida que se tiene en estos tiempos?
Oscar Rodríguez: La existencia humana es un regalo de Dios al hombre, es en sí un valor y ninguno tiene derecho a quitarla. Es inviolable desde un principio. El ser humano tiene derecho a que se le defienda la vida desde la concepción. Existen muchas amenazas contra la vida como la violencia, el aborto, la pena de muerte y cualquier cosa que atente contra la vida es un antivalor que además atenta contra Dios. Muchos han perdido la conciencia de la vida.
Hoy en día nos hace falta ser conscientes del valor de Dios y fortalecer los valores del respeto, de la sana convivencia, lo que nos une, comenzando en la familia.

¿Se podría decir que tenemos una cultura de muerte?
Yo creo que hay dos clases de personas, los que están por la vida y los que no (pero); la muerte no es el final de todo, somos compuestos de cuerpo y alma... el cuerpo que va a la tierra (lo hace) como una semilla para el día de la resurrección. Para el creyente es el inicio de una nueva vida donde todo es armonía, paz y felicidad. Creo que (aún) hay personas que les hace falta el sentido de la vida y la muerte cristiana.


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