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LAS
ÚLTIMAS GOLONDRINAS
El
culto a la muerte
Mientras
unos recuerdan hoy a sus muertos, otros batallan por vivir o deambulan
por las calles sin saber su destino. En un escenario violento, no se
sabe qué tiene mayor valor, si la vida o la muerte.
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Vivir o morir. ¿Qué es más ventajoso?
A lo mejor uno más que lo otro, lo cierto es que, para los salvadoreños,
ambas situaciones tienen un significado muy particular.
Si bien este día es asumido por gran parte de la población
con respeto y acuden a los cementerios a enflorar las tumbas de sus
difuntos, la muerte y la misma vida son conceptos que, por lo general,
se miran más desde el ángulo del sarcasmo y la comicidad
que de la reflexión.
Aun cuando están en situaciones adversas y sobre todo en un clima
de violencia, los salvadoreños sobreviven y hasta se consienten
felices a pesar de todo. Pero esto, más que conformismo, parece
una peligrosa costumbre ante los altos índices de violencia que
sólo este año ha provocado la muerte de mil 500 personas
según el Instituto de Medicina Legal, un 70% de ellas con arma
de fuego y la mayoría registradas en San Salvador.
Hasta el año pasado, entre los salvadoreños circulaban
legalmene unas 200 mil armas de fuego y unas 450 mil de forma ilegal.
Y si a esta situación se agrega los efectos del problema de las
pandillas, del cúmulo de enfermedades previsibles y de la violencia
intrafamiliar, podría decirse que el salvadoreño convive
con la muerte. Quizás por eso un grupo de brujos de Izalco celebró
hace unos días un rito de invocación a un difunto, quien
en vida demostró poderes sobrenaturales, para que los protegiera
de tanta violencia.
En el otro extremo del territorio nacional, en Cacaopera, Morazán,
unos 13 mil descendientes lencas creen que tanta violencia es originada
por nosotros mismos, en la medida que dañamos la naturaleza,
el símbolo de vida. Si lo vemos desde la óptica del cristianismo,
si bien se habla de una mejor vida más allá de la expiración,
también se reconoce que el valor de la vida lo hemos devaluado.
LAS
ÚLTIMAS GOLONDRINAS
La
cosmovisión popular de muerte
Tres
escenarios, tres cosmovisiones de la muerte. Los salvadoreños
conviven cada día en un curioso sincretismo de creencias y ritos
que, muchas veces, hacen más liviano el tránsito de la
vida al más allá, y se olvidan por un momento de la realidad.
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| Eusebio
Rodríguez trabaja fabricando ataúdes en la población
de Cacaopera desde hace muchos años. |
Doña Juana Bautista se fue de este mundo como
ella quería. En vida, les pidió a sus hijos que le llevaran
mariachis a su velorio, y ellos le cumplieron.
Así, al compás de “El Ayudante”, “La
vida no vale nada”, “Madrecita querida”, entre otras
joyas de la música vernácula, vecinos y familiares dieron
su último tributo a la matriarca de la familia Cruz, en Cacaopera,
Morazán, territorio lenca.
Y no es que no sintieran dolor. Lo que pasa es que en el interior del
país hay otra visión de la muerte que, muchas veces, mezcla
aspectos míticos de culturas precolombinas.
Cacaopera es una población del oriental departamento salvadoreño
de Morazán de 135 mil 73 kilómetros cuadrados. Ahí
se mezclan las tradiciones de unos 13 mil lencas kakawiras con las de
7 mil ladinos.
Esa localidad es una de las pocas del país que aún mantienen
vivas las cosmovisiones de sus ancestros, quizá por eso es el
bajo índice delictivo, según el puesto policial de la
ciudad.
“Aquí lo más común son los hurtos, pero pequeños”,
dijo el agente Manuel Villatoro.
En la cultura kakawira (‘Cacaopera’ después de la
colonia), la muerte es sólo un paso de un nivel a otro, un paso
a otra dimensión. “Es como pasar de una puerta hacia otra”,
según Miguel Amaya, del Consejo de Guías Espirituales
de Cacaopera.
Los kakawiras sostienen que venimos de la tierra, vivimos en la tierra,
dañamos a la tierra y al final nuestro cuerpo regresa a la tierra,
mas no el espíritu, que es el que va a otra dimensión.
Para ellos, las festividades de los muertos duran nueve días.
Del 27 de octubre al 4 de noviembre. Cuando invocan a los espíritus
para que se integren a la familia, compartiendo ayote y miel, los alimentos
especiales de los difuntos, según su cultura.
En el velorio de doña Juana no había ayote y miel, pero
sí mucho arroz blanco, pollo frito y tortillas calientes. Otra
tradición ladina de esos pueblos. “Lo hacemos como agradecimiento
por habernos acompañado”, me dijo el nieto de la difunta
a manera de explicación.
Y los presentes, agradecidos, daban buena cuenta de su manjar. Había
hasta para llevar.
“Anoche estuvo mejor”, me dijo un hombre con rasgos indígenas
típicos del lugar. No me fue imposible imaginármelo. Una
buena dotación de café, pan dulce, tamales de gallina,
naipes, licor y los infaltables chistes “para hacer más
llevadero el dolor”. Un buen velorio de pueblo.
Y es que en los pueblos, como dice Rafael Rodríguez Díaz,
“el velorio, muchas veces, se hace jolgorio”.
Ahí, niños, jóvenes, ancianos comparten el dolor
y lo hacen propio, pero con una peculiar y muy especial manera.
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| En
algunos pueblos del interior del país aún se observan
un profundo respeto a la tradición de los ritos religiosos
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“Allí (en los pueblos) no es como en San
Salvador”, dice Rodríguez Díaz. “Todo se hace
en comunidad. Aquí vos velás solo a tus muertos”,
agrega.
Y tiene razón el escritor, en las áreas urbanas, toda
la idiosincrasia en torno al último adiós al difunto,
toda la tradición de estos pueblos ha sido sustituida por velaciones
silenciosas y cortejos que además cuestan mucho dinero. En un
pequeño sondeo a nivel de cinco funerarias, se comprobó
que los costos de los servicios funerarios oscilan entre los $100 y
los $7,000.
Todo depende de la calidad del féretro, la preparación
del cuerpo, el alquiler de la sala de velación, el ataúd,
el personal de servicio y hasta la calidad del café.
En empresas como el parque memorial Santa Elena sólo el valor
del féretro cuesta unos $1,000 mientras que en María Auxiliadora
la más lujosa caja mortuoria puede alcanzar los $5,500.
Estos gastos se amplían si ante la falta de espacios que ofrecen
hoy día los camposantos municipales, se busca enterrar en uno
privado. Los precios también varían de acuerdo a la clase
de servicio, éstos pueden alcanzar los $5,000.
Sin siquiera imaginar estos costos, doña Juana Bautista tiene
mucho que agradecerle a Dios, pues fue enterrada con honores sencillos
y no estuvo sola. Sus vecinos nunca se despegaron de esas sillas metálicas
dispersas en un angosto corredor de piso de tierra, muy juntas para
que diera abasto.
Los comentarios daban cuenta de que su muerte fue repentina. “Ninguna
dolama”, ningún síntoma que hiciera sospechar lo
peor, hasta que apareció ese inoportuno derrame cerebral.
Sin embargo, las meditaciones tuvieron que cesar. Faltaban veinte minutos
para que se iniciara el cortejo fúnebre y había que cumplirle
el último deseo a doña Juana.
El cadáver salió al compás de la música
vernácula como debe ser: con los pies por delante. “Si
lo hacen al revés, me dijo una señora con autoridad de
quien se las sabe todas, el espíritu regresa y se lleva a toda
la familia uno por uno”.
Y la música siguió durante toda la procesión rumbo
al cementerio. De vez en cuando era interrumpida por unos tímidos
cánticos religiosos; pero, después de unos minutos, volvían
los mariachis a la carga. Doña Juana se iba de este mundo como
ella quiso. Su devoción religiosa se mezcló con sus gustos
paganos.
A la 1:25 de la tarde, el ataúd con los restos de doña
Juana traspasaba el umbral de la puerta del camposanto y, como dice
en la cornisa, “terminó con los odios y canceló
los rencores”, a pesar de que el cura del pueblo le falló.
El hermano Macario
Al otro lado del país el protagonista era un hombre. La mañana
del 27 de octubre, la tumba de Macario Canizález, en el cementerio
de Izalco, Sonsonate, era la envidia de sus vecinos
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| Muchas
veces, los ritos tienen un curioso sincretismo de tradiciones en
los distintos pueblos. |
Seis personas colocaban flores y velas en el mausoleo
forrado de azulejos, donde 45 personas habían llegado a celebrar
con una vigilia el día del hermano Macario, a quien en vida se
le atribuyeron poderes sobrenaturales y que después de su muerte
se convirtió en el auxilio y protector de los grupos espiritistas
de Izalco y del país.
Douglas Rivera, uno de los dos guías espiritistas que habían
llegado esa mañana, realizaba los rituales alrededor del nicho
de Macario sin que le importara la presencia de los curiosos; incluso,
nosotros.
El otro, identificado como José, miraba -sentado en el brazo
de una cruz- con desconfianza a
los intrusos. “¿Qué quiere saber? Usted va a poner
que venimos porque tenemos fe. ¡Eso es lo que va a poner en el
reportaje!”, ordena con autoridad.
Ese recelo de José, por proteger la intimidad de la ceremonia,
recuerda el alma guerrera de los pipiles que habitaron en esa zona occidental
del país. Satisfecho con su intervención, José
vuelve a fijar su vista en el ritual. La ceremonia, poco habitual por
cierto, consiste en rociar alcohol a las flores, mientras las demás
personas, entre adultos y niños, fuman sendos puros (cigarrillos
artesanales) hasta impregnar el lugar de un fuerte olor a tabaco.
La devoción con la que fumaban parecía que cada bocanada
significaba un favor pagado. Media hora más tarde, cuando no
quedó tabaco sin fumar, Douglas ordenó que comenzara la
serenata preparada para el hermano Macario.
Y las melodías comenzaron a sonar, entre ellas, sorpresa, “Amor
eterno”, del cantautor mexicano Juan Gabriel. Y la balada sonó.
La desconfianza
Estos grupos se enfrentan a diario con la desconfianza de muchas personas
o con el rechazo. “¡Qué cosas!”, dijo un señor
que hacía unos minutos se había sentado en una tumba.
“Esta gente tiene que creer en el abogado de las prostitutas y
de los borrachos porque no hay quien los proteja. ¡Izalco ya no
es el mismo de antes”, aseguró.
Quizás recordó los altos índices de violencia en
el municipio el año pasado. Según reporta el Instituto
de Medicina Legal, Izalco presentó los mayores porcentajes de
homicidios en el departamento occidental.
Cuando la primera ceremonia terminó, el segundo grupo comenzó
a prepararse para su ritual; aunque, antes pidió, una vez más,
privacidad.
A la entrada del cementerio, recostados sobre un mausoleo, dos hombres
dan crédito a los poderes del hermano Macario y sus seguidores.
“Aquí se les respeta mucho esas creencias. Y, bueno, parece
que los muertos ayudan más que los vivos ¿verdad?”,
reflexionaron.
Izalco se aferra a una devoción poco entendida por muchos.
Una visión de mundo que describe como desde los pipiles hasta
los devotos del hermano Macario Canizález, le sonríen
a la muerte, en lugar de llorarle. O temerle.
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| El efecto de la violencia amenaza
colapsar la capacidad de los cementerios. |
Ficción o realidad
En San Juan Nonualco, José Luis Ramírez, sí dice
temerle a la muerte, sobre todo si a una persona lo acechan seres sobrenaturales,
sombras que aparecen de la nada, en calles solitarias y cercanas al
cementerio, del que por cierto es su administrador. “Creo que
con un asaltante se puede dialogar, pero con una aparición uno
no puede hacer nada”, explica.
Los pobladores de San Juan están repartidos entre creer o no
creer sobre la existencia de un mundo más allá de la vida
física. Mientras personas como Luis, incluso, dan fe a la visita
de otros seres, otros como Teresa Guevara se resisten. Ella vive en
el barrio El Calvario, escenario de variadas historias fantasmagóricas
que envolvieron en pánico a todo el poblado. “Yo nunca
oí nada, nunca vi nada, creo que son tonteras”, dice.
Al parecer, hasta los años setenta, sus calles testificaron de
brujos transformados en animales,
mujeres vestidas de negro que emitían lamentos, enormes caballos
y funerales nocturnos que pretendían llevarse a más de
alguno.
Hoy, a inicios del nuevo siglo, son leyendas para los viejos y “paja”
para los jóvenes. Hoy se
vincula la muerte a algo que le puede pasar a cualquiera porque la delincuencia
está presente en todos lados.
Sin embargo, esa línea entre la muerte y la vida parece muy delgada.
Jóvenes como Ernesto Guevara, cuentan que en el cementerio hacen
ritos. ¿Ritos de muerte? preguntamos. “Eso no se lo puedo
decir”, contesta con una sonrisa pícara.
Tan natural como la
vida es la muerte
Los tratados y convenios internacionales son el marco de la
Ley para la Determinación de la Condición de Personas
Refugiadas en El Salvador.
Asilados políticos y refugiados pueden solicitar la misma
oportunidad de permanecer en El Salvador. Sin em qu
En el caso del asilo político, será el gobierno
el que bajo su discrecionalidad le otorga o no esta condición
a una persona. Básicamente, estos son los dos instrumentos
elementales en los que responde la Ley.
El delgado camino de
la salvación
Los árabes tienen la idea del paraíso y el infierno
como premio y castigo, sólo que para arribar al paraíso
las almas de los bienaventurados, dice el Corán, deben
pasar por el grueso de un cabello: así, sólo llegan
a la meta aquellos que tienen fe y no se caen por esa travesía.
La idea de la resurrección es determinante, así
como la concepción del pecado.
El respeto a la inmortalidad
del alma
En la cultura oriental, al sudoeste de Asia, se cree en la inmortalidad
del alma. Por esta razón los ancianos y ancestros fallecidos
son respetados. La muerte es recibida con ritos fúnebres
de las culturas taoístas y budistas.
Los miembros de la familia se abstienen de comidas abundantes
o celebraciones de cualquier tipo durante un tiempo. Después
de que el período de duelo termina, continúan
realizando ritos ceremoniales y rindiendo tributo al alma del
fallecido cada aniversario de su muerte, ya sea en el día
de los Difuntos como en otros festivales importantes.
| Datos:
MUERTES 185
El número de homicidios que reporta la PNC en Sonsonate
hasta la fecha es el segundo lugar. 18
Los homicidios ocurridos en el departamento de Morazán
de enero a septiembre de 2003.
ARMAS
727
El número de muertes producidas por armas de fuego,
según el Instituto de Medicina Legal.
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EN
ABRIL 229
Los homicidios reportados por la PNC en el mes de abril,
considerado el más violento de 2003.
DELITOS 173
El número de homicidios por delincuencia que reporta
la PNC hasta septiembre 2003.
CASOS 1,519
Homicidios a causa de la violencia social, según
la PNC hasta septiembre de 2003. |
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LAS
ÚLTIMAS GOLONDRINAS
“Morir
es intrascendente”
El
escritor Rafael Rodríguez observa que, si bien los salvadoreños
viven rodeados de violencia y acostumbrados a ella, no están
sensibilizados frente a la muerte. No la asumimos con responsabilidad.
Mirella
Cáceres
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| El
escritor Rafael Rodríguez junto a una pintura alegórica
a la muerte que decora la capilla de la UCA. |
No se considera una persona creyente, pero piensa en
la muerte como un paso hacia una región desconocida para la que
debemos estar preparados.
Al hablar con este escritor salvadoreño, autor -entre otros libros-
de “Temas Salvadoreños”, se advierte una especie
de admiración hacia toda la tradición popular que rodea
el concepto entre los salvadoreños, una tradición que
-lamenta- se esté sustituyendo por el dios ídolo: el dinero.
Vértice: ¿Cómo explicaría el concepto
de muerte?
Rafael Rodríguez: Pienso que la muerte es una incógnita.
¡Sería interesante que fuera algo agradable! La muerte
es como una especie de pasaje hacia una región desconocida, lo
que algunos llaman la región de los sueños o de la inconsciencia
completa. ¡Uno debe prepararse!
¿Cree que hay que prepararse?
Es que lo vemos muy dramáticamente cuando en realidad es algo
natural . En otras culturas, por ejemplo los orientales, se lo toman
como algo natural.
Pero aquí parece que la muerte no asusta. En los velorios hasta
chistes hacen.
En el libro “Temas Salvadoreños” planteo que hay
una especie de fascinación por la muerte.
¡Aquí la vida no vale nada!
La gran cantidad de asesinatos y mucha violencia me indica que la muerte
es algo cotidiano. Antes, los ritos populares que se realizaban en el
día de los difuntos, por ejemplo, le daban a la muerte una trascendencia;
pero, en la sociedad contemporánea, eso se ha perdido.
¿Cómo se ha perdido?
Es que vemos tantas cifras de muertos, de accidentes, que nos vamos
insensibilizando. Vivimos con la muerte pero no le damos un sentido
trascendente; más bien nos acostumbramos a la idea. En ese sentido,
hay una familiaridad con la muerte.
Estamos en una situación que no es la deseable. No valoramos
la vida ni la muerte. Hay que asumir la muerte de una forma madura.
¡Me refiero a que tenemos que prepararnos para ese momento! Hay
que tomar la muerte en su justa medida; asumirla con responsabilidad.
¿Hay algún remedio a esa insensibilidad?
¡Espero que sí! Lo que sospecho es que esta sociedad “light”,
globalizada, ayuda poco. Lo que se va haciendo es sustituir la trascendencia
o el sentido por la vida y la muerte por ídolos como el dinero,
por ejemplo.
“La
vida está amenazada”
Oscar
Rodríguez, sacerdote católico, cree que la cultura de
la muerte deriva en antivalores que atentan la vida.
Alicia
Miranda
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| El
padre Rodríguez cree para el cristiano la muerte no es el
fin. |
La vida debe valorarse por cuanto es un don divino.
Así lo define el párroco de la iglesia María Auxiliadora
de San Salvador’. La violencia social, la pena de muerte y la
práctica del aborto constituyen antivalores y un reflejo de que
el valor de la vida ha disminuido, es decir, se ha devaluado.
Vértice: ¿Cuál es el valor de la vida que
se tiene en estos tiempos?
Oscar Rodríguez: La existencia humana es un regalo de Dios al
hombre, es en sí un valor y ninguno tiene derecho a quitarla.
Es inviolable desde un principio. El ser humano tiene derecho a que
se le defienda la vida desde la concepción. Existen muchas amenazas
contra la vida como la violencia, el aborto, la pena de muerte y cualquier
cosa que atente contra la vida es un antivalor que además atenta
contra Dios. Muchos han perdido la conciencia de la vida.
Hoy en día nos hace falta ser conscientes del valor de Dios y
fortalecer los valores del respeto, de la sana convivencia, lo que nos
une, comenzando en la familia.
¿Se podría decir que tenemos una
cultura de muerte?
Yo creo que hay dos clases de personas, los que están por la
vida y los que no (pero); la muerte no es el final de todo, somos compuestos
de cuerpo y alma... el cuerpo que va a la tierra (lo hace) como una
semilla para el día de la resurrección. Para el creyente
es el inicio de una nueva vida donde todo es armonía, paz y felicidad.
Creo que (aún) hay personas que les hace falta el sentido de
la vida y la muerte cristiana.
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