2 de noviembre de 2003


LA COLUMNA

Wilfredo Hernández
vertice@elsalvador.com

Una mezcla fatal

Siempre he creído que las armas de juego no van en una sociedad como la nuestra. Sin embargo, en nuestro país, cada día crece el número de armas sin que nadie, absolutamente nadie, haga algo por evitarlo.

El jueves pasado, cuando aún no despuntaba el alba, dos personas murieron acribilladas a balazos después de una discusión, según algunas versiones de los testigos.
Independientemente de las causas de este hecho, hay que reflexionar sobre nuestra realidad. ¿Se ha puesto a pensar usted cuántas armas circulan en nuestro país, legal o ilegalmente?
A saber, el Ministerio de la Defensa confirmó el año pasado que, legalmente, en El Salvador hay más de 200 mil armas registradas. Listo. A este número agréguele usted las 450 mil armas aproximadamente que, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), no están registradas, más las 20 mil que portan los agentes privados de seguridad, más las casi 20 mil de los militares, más las 18 mil de los agentes de la Policía Nacional Civil y qué resulta, lastimosamente, en hechos como el del jueves pasado. Y si a todo este polvorín le agregamos el consumo casi indiscriminado de alcohol, con ordenanzas municipales olvidadas o la desidia de las autoridades policiales, imagínese las consecuencias. Digo desidia porque no es la primera vez que en ese sector de la colonia Zacamil se agarran a balazos, a pesar de que la delegación policial está a unas cuatro cuadras de esos negocios o que ocurren reyertas con golpeados, heridos, botellazos y conexos incluidos.

Lo peor de todo es que la Policía llega, como ya es costumbre, hasta que todo ha pasado. Mientras, los parroquianos de ese lugar se entregan sin restricciones a las manos de Baco. En estos tiempos de “mano dura” ¿donde está la prevención? Será que las fuerzas están concentradas en atrapar tatuados y remitirlos a los tribunales para que salgan al siguiente día.
Lamentable situación a la que hemos llegado. Mil quinientos asesinados en lo que va del año. La mayoría con armas de juego. Y todos tranquilos, como que no pasara nada. Lo vemos tan normal, que hasta nos admiramos, cuando después de una balacera, “sólo hay un muerto”. ¿A dónde hemos llegado? ¿Cuál es nuestra responsabilidad en esta situación? Porque no es suficiente con alzar la voz si nos quedamos sentados en espera que las autoridades hagan algo. ¿ Y si no lo hacen? ¿o si lo hacen mal? o peor aún si sus actuaciones generan impunidad. Recordemos casos como las mutiladas, Katia Miranda, Lorena Saravia, García Prieto, o la mayoría de los 1,500 muertos de este año ¿cuántos están solucionados?


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