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INTERNACIONAL
Salvadoreños
en Honduras
Ana
Guadalupe Martínez, ex militante del ERP y del FMLN, pasó
a vestir de verde desde las últimas semanas de 2002. La noticia
generó controversia y se especuló que intentaría
asumir un cargo público. Contra todas las predicciones, Martínez
no ha sido postulada para estos comicios y se limita a apoyar a los
candidatos de su agrupación. Siempre fui del PDC,
sostiene.
Juan
Ramón Martínez *
vertice@elsalvador.com
Mitos,
mentiras y realidades dominan las relaciones entre salvadoreños
y hondureños desde inicios del siglo pasado. Los salvadoreños
se consideran más trabajadores que sus vecinos en materia de
cultivos y comercio. Los hondureños hacen gala de su resistencia
para trabajos pesados y para desempeñar tareas industrializadas
propias de la maquila.
La más importante inmigración de salvadoreños a
Honduras, tiene efecto en la década de los treinta del siglo
pasado.
En aquella oportunidad, se enrumban hacia Honduras en donde se fortalece
el cultivo de banano en la Costa Norte. Se integran pacíficamente
en la escala media de la jerarquía bananera, consiguiendo alguna
protección por parte del sistema de seguridad de las compañías
fruteras.
Para la década de los cuarenta, una gran proporción de
los salvadoreños, especialmente los que tienen más escolaridad
promedio, se convierten en capataces de las fincas bananeras. Desde
aquí, van consolidando un discreto poder de dar o no dar trabajo
a la gente; y la oportunidad de proteger a sus compatriotas recién
llegados.
Pero hay otra migración, más silenciosa, que se va irradiando
desde los pueblos y aldeas salvadoreñas de la frontera, hacia
el interior del país. Establecidos en las aldeas de las pequeñas
comunidades hondureñas de la frontera común, cultivan
la tierra en Honduras; pero siguen articulados en casi todo el resto
de las actividades necesarias, con el sistema político y social
de El Salvador.
Finalmente hay un tercer grupo de salvadoreños pobres que huyendo
de las condiciones políticas y económicas de su país,
se internan en todo el territorio hondureño, especialmente en
las regiones rurales en donde se dedican al cultivo de la tierra, más
con ánimo de subsistencia que con fines comerciales.
Fuera de estas actividades solo hay que destacar que algunos salvadoreños
se hacen pulperos en las pequeñas ciudades de la
frontera; o comerciantes de granos básicos en comunidades del
interior.
Proporcionalmente son pocos los salvadoreños que tienen éxitos
singulares y de dimensión nacional. Algunos ejemplos, sin embargo,
confirman que localmente varios de ellos, logran hacerse de un nombre;
pero no tienen la trascendencia que en su momento lograron los chinos
y los llamados turcos entre nosotros.
Autoestima
En lo que los salvadoreños se destacaron siempre de los hondureños
es en lo que se refiere a su autoestima.
Siempre estuvieron más orgullosos de su país y de sus
cosas, que los hondureños. Por eso, siempre se sintieron más
hábiles inteligentes, trabajadores y austeros que los hondureños.
Los hondureños convencidos que tal cosa era verdad, no desaprovechaban
ninguna oportunidad cuando se relacionaban con los salvadoreños,
para mostrar su inferioridad sin tener para ello que hacer mayores esfuerzos.
Posiblemente los hondureños han sido entrenados en la creencia
que, para sobrevivir con extranjeros, era necesario descalificarse.
Por supuesto, estas afirmaciones, no pretenden desconocer las virtudes
para el trabajo de la mayoría de los salvadoreños que
se establecieron en Honduras en los años anteriores a la guerra
de 1969. De lo que se trata, es de evitar la idea que solo uno de los
dos pueblos, el salvadoreño, es trabajador. O que los méritos
de los salvadoreños se construyen sobre las debilidades o defectos
de sus vecinos.
Esa apreciación, al tiempo que nos parece muy estrecha, no ayuda
en nada a comprender las realidad regionales; ni mucho menos, a construir
puentes de comunicación entre dos pueblos.
Desde 1969 hasta la fecha, muchas cosas han cambiado en las relaciones
entre los dos países. Pero el fondo del problema de la incomunicación,
basado en una comprensión equivocada de los motivos que originan
los comportamientos del otro, se mantiene intacto. Nadie hasta ahora,
ha hecho que la suspicacia mutua se reduzca; y ni siquiera las relaciones
comerciales que pudieron haber mejorado las cosas, se han aprovechado
convenientemente.
* Martínez es periodista en La Tribuna, Honduras.
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