2 de febrero de 2003

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INTERNACIONAL

Salvadoreños en Honduras

Ana Guadalupe Martínez, ex militante del ERP y del FMLN, pasó a vestir de verde desde las últimas semanas de 2002. La noticia generó controversia y se especuló que intentaría asumir un cargo público. Contra todas las predicciones, Martínez no ha sido postulada para estos comicios y se limita a apoyar a los candidatos de su agrupación. “Siempre fui del PDC”, sostiene.

Juan Ramón Martínez *
vertice@elsalvador.com

Mitos, mentiras y realidades dominan las relaciones entre salvadoreños y hondureños desde inicios del siglo pasado. Los salvadoreños se consideran más trabajadores que sus vecinos en materia de cultivos y comercio. Los hondureños hacen gala de su resistencia para trabajos pesados y para desempeñar tareas industrializadas propias de la maquila.
La más importante inmigración de salvadoreños a Honduras, tiene efecto en la década de los treinta del siglo pasado.
En aquella oportunidad, se enrumban hacia Honduras en donde se fortalece el cultivo de banano en la Costa Norte. Se integran pacíficamente en la escala media de la jerarquía bananera, consiguiendo alguna protección por parte del sistema de seguridad de las compañías fruteras.
Para la década de los cuarenta, una gran proporción de los salvadoreños, especialmente los que tienen más escolaridad promedio, se convierten en capataces de las fincas bananeras. Desde aquí, van consolidando un discreto poder de dar o no dar trabajo a la gente; y la oportunidad de proteger a sus compatriotas recién llegados.
Pero hay otra migración, más silenciosa, que se va irradiando desde los pueblos y aldeas salvadoreñas de la frontera, hacia el interior del país. Establecidos en las aldeas de las pequeñas comunidades hondureñas de la frontera común, cultivan la tierra en Honduras; pero siguen articulados en casi todo el resto de las actividades necesarias, con el sistema político y social de El Salvador.
Finalmente hay un tercer grupo de salvadoreños pobres que huyendo de las condiciones políticas y económicas de su país, se internan en todo el territorio hondureño, especialmente en las regiones rurales en donde se dedican al cultivo de la tierra, más con ánimo de subsistencia que con fines comerciales.
Fuera de estas actividades solo hay que destacar que algunos salvadoreños se hacen ‘pulperos’ en las pequeñas ciudades de la frontera; o comerciantes de granos básicos en comunidades del interior.
Proporcionalmente son pocos los salvadoreños que tienen éxitos singulares y de dimensión nacional. Algunos ejemplos, sin embargo, confirman que localmente varios de ellos, logran hacerse de un nombre; pero no tienen la trascendencia que en su momento lograron los chinos y los llamados turcos entre nosotros.

Autoestima

En lo que los salvadoreños se destacaron siempre de los hondureños es en lo que se refiere a su autoestima.
Siempre estuvieron más orgullosos de su país y de sus cosas, que los hondureños. Por eso, siempre se sintieron más hábiles inteligentes, trabajadores y austeros que los hondureños. Los hondureños convencidos que tal cosa era verdad, no desaprovechaban ninguna oportunidad cuando se relacionaban con los salvadoreños, para mostrar su inferioridad sin tener para ello que hacer mayores esfuerzos.
Posiblemente los hondureños han sido entrenados en la creencia que, para sobrevivir con extranjeros, era necesario descalificarse.
Por supuesto, estas afirmaciones, no pretenden desconocer las virtudes para el trabajo de la mayoría de los salvadoreños que se establecieron en Honduras en los años anteriores a la guerra de 1969. De lo que se trata, es de evitar la idea que solo uno de los dos pueblos, el salvadoreño, es trabajador. O que los méritos de los salvadoreños se construyen sobre las debilidades o defectos de sus vecinos.
Esa apreciación, al tiempo que nos parece muy estrecha, no ayuda en nada a comprender las realidad regionales; ni mucho menos, a construir puentes de comunicación entre dos pueblos.
Desde 1969 hasta la fecha, muchas cosas han cambiado en las relaciones entre los dos países. Pero el fondo del problema de la incomunicación, basado en una comprensión equivocada de los motivos que originan los comportamientos del otro, se mantiene intacto. Nadie hasta ahora, ha hecho que la suspicacia mutua se reduzca; y ni siquiera las relaciones comerciales que pudieron haber mejorado las cosas, se han aprovechado convenientemente.

* Martínez es periodista en La Tribuna, Honduras.


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